lunes, 18 de julio de 2011

Dawa




El 7 de abril del 2007 Dawa Jalil Aswad’s fue lapidada y linchada hasta la muerte ante más de mil personas por sus familiares de la secta Yasida en la aldea de Bashika en las proximidades de Mosul (Iraq). El motivo: haber faltado una noche de casa y,  presuntamente, haberse convertido al Corán para casarse con un joven sunita. Pocos días después, en una represalia sunita, 23 yasidas fueron secuestrados mientras viajaban en un autobús de trasporte público y asesinados salvajemente en las afueras de Mosul. 



1.- Me van a matar
2.- Yalal
3.- Malik Taus
4.- Dawa Jalil Aswad's
5.- Hassan Malek








1.- Me van a matar.



No cabe duda. Lo veo en sus ojos fanáticos cargados de odio; en su expresión adusta; en lo cortante de sus voces que nos ordenan mantenernos agachados. Son media docena de hombres que empuñan distintas armas: desde rifles automáticos a pistolas y machetes. Han parado el autobús en medio de la carretera y han obligado a bajarse al conductor, a los cristianos y a los musulmanes. Nos han separado como a borregos. Dos docenas de yezidas hemos permanecido arriba, asustados.

Uno de ellos ha comenzado a conducir como un loco, carretera adelante, camino de Mosul. A través de los cristales veo Tell Kuyunjik, las ruinas de Nínive y las feraces tierras regadas por el Tigris. Un destello de luz, junto con un dolor inmenso, explota en mi cabeza cuando recibo ese culatazo y la orden de agacharme.

Me van a matar. Ezid es grande. Dios me perdone.

Siento la sangre caliente que resbala por mi cara brotando del oído. Con la nariz pegada al suelo del autobús me viene tu imagen, Dawa. Tu imagen de adolescente siempre envuelta en risas. Y entonces… recuerdo.

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2.- Yalal



 He escondido la bicicleta detrás de las ruinas de la última casa del pueblo. Bajo un talud lleno de escombros y basuras y llego a las ralas sombras de unos arbustos que flanquean el cauce —casi siempre seco— del arroyo. Entre ellas veo a Dawa con su rostro luminoso, infantil. Pone un dedo sobre sus labios para acallar con un gesto mis voces.

— ¡Dawa! —exclamo —. Mi amor; mi princesa.

—¡Yalal! ¡Ten cuidado! Creo que hay gente cerca,,, en el camino…

Sonríe y señala la vereda sobre la que cae el sol a plomo.

Dawa tiene la cabellera negra y ondulada, y unos ojos, relucientes como luceros, que tiran dardos de alegría desde el arco de sus finísimas cejas. Dawa tiene diecisiete años y yo tengo un año y dos meses más. Nos vemos a escondidas porque yo soy sunní y ella yezida. Árabes y yezidas no se pueden juntar; eso nos dicen. Las familias jamás consentirían nuestra unión. Se odian.

Tumbados sobre el fresco lecho de arena y piedras lisas pulidas por el agua, abrazados, miramos el cielo entre los huecos que dejan las ramas y hacemos planes sobre nuestro futuro. Lejos de los odios; de los dioses celosos e inflexibles; de las miradas que parecen atravesar las paredes.


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3. - Malik Taus


—Malik Taus. El Ángel de Pavo Real que todo lo ve, oculte mi vergüenza —ruge desesperado el padre. Se mesa los cabellos y las barbas. Da puntapiés a todos los bancos, y los cántaros ruedan rotos por el suelo con estrépito.

—¡Mi honor mancillado! Mi propia hija abandonado la casa donde le di el pan para unirse a un árabe impuro —grita, ronco de ira.

Los familiares, los vecinos, murmuran en el patio con indignación:  Dawa Jalil se escapó anteayer para unirse a un demonio árabe; abrazó su religión abominable para poder estar junto a él. ¡Qué escándalo! Una yezida sólo puede casarse con otro yezida  de su propia casta ¡y siempre con el permiso del padre!

Dawa está encerrada en una pequeña habitación de la casa. Yalal le había prometido que en Bagdad pasarían desapercibidos y podrían vivir juntos; felices. Esta mañana salieron de su escondite en casa de unos primos de él y fueron a la estación de autobuses. Allí la encontraron los hermanos que vigilaban todas las salidas de la ciudad y la trajeron de vuelta a la aldea. Atendiendo a sus falsas promesas de perdón, Dawa volvió. Quería despedirse de su hermanita y obtener la bendición de su padre antes de marchar.

En la casa, un sumarísimo y ancestral juicio de honor ya le ha impuesto la condena: Lapidación.


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4.- Dawa Jalil Aswad's


¡Ángeles del cielo! Me escapo por la ventana y voy corriendo a casa de mi vecino Hassan Malek. Es bondadoso y amable. Nunca tuvo hijos y a mí me ha demostrado siempre un cariño paternal. ¡La de veces que de niña me quedé dormida en sus rodillas a la sombra perfumada de la higuera de su patio! ¡Con qué ternura él apartaba los rizos de mi frente y me soplaba despacito en los ojos para despertarme cuando me devolvía a mi casa en sus brazos! ¡Seguramente pueda esconderme o convencerlos de que me dejen partir lejos! ¡Con Yalal! ¡No hacemos daño a nadie!

Hassan me recibe. Su anciano rostro enmarcado en una pulcra barba blanca refleja el miedo. Me abraza y me besa en la cara llena de moratones.

Aporrean la puerta. Hassan abre y quiere razonar con ellos. Lo apartan a empellones. Mis hermanos y los amigos de mi padre me agarran por los brazos y por el pelo y me sacan a rastras.

En la calle hay más de un millar de personas que me insultan: ¡Puta! ¡Puta! ¡Puta! La primera pedrada me provoca un dolor agudo en el pecho, Siento una costilla que cruje al romperse. Me golpean y me zarandean hasta que caigo al suelo donde me dan de patadas. Llueven más piedras sobre mí. Todo es confuso. Veo los ojos de los que me rodean. Las bocas abiertas gritando, aunque no entiendo nada. La falda se me ha subido a la cintura. Me da vergüenza estar así ante mi padre. Intento cubrirme las piernas… ¡Yalal!


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5.- Hassan Malek


Esta mañana he tomado el autobús para Mosul. Después de lo sucedido no quiero quedarme un solo día más en la aldea. Durante treinta minutos estuvieron golpeando el cuerpo de la niña. Incluso después de quebrar su cabeza como una nuez con un enorme bloque de cemento, siguieron golpeándola y arrojando piedras.

Camino de Mosul contemplo por la ventanilla las feraces riberas del río Tigris. Un grupo de exaltados sunnies han cruzado un coche y nos han obligado a parar. Nos han separado como a  borregos; bajado a los pocos cristianos y musulmanes que viajaban en el autobús.

Me duele mucho la cabeza, tengo toda la barba cubierta de sangre.

Sé que me van a matar. Ezid es grande. Dios me perdone.

Y entonces recuerdo tu imagen, querida Dawa, y te veo dormida en mis rodillas. Las sombras de la higuera haciendo fantásticos dibujos en el suelo. El zumbar de los insectos… Esas quietas tardes de verano…


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