domingo, 31 de julio de 2011

Romances de ciego (y mudo). I.- La política


De política ya ni hablo
Que si fuera por hablar
Echando pestes me estaría
Del principio hasta el final.
Digo pestes porque huele
—Y siempre lo hace fatal—
A podrido el Parlamento…
Ayuntamiento… Comunidad…
No se salva, aquí, ninguno;
Aunque si fueran a naufragar
De tanto chupar del bote
Tienen barco en que flotar.
Conchabados con los ricos
Izquierdas, derechas…¡da igual!
Cuidan de nuestra libertad
Celosos, y nos llevan a votar
Para elegir cada cuatro años
Otros perros de pastorear.
Mientras tanto con impuestos
Cárcel, jueces, policías y un par
Tranquilamente nos van trasquilando
Y desnudos que nos dejaran
Vestidos de nada y pena
Cubiertos de deuda sin pan
Servidores y servilletas
Para una mesa más vacía
y desierta que un solar
Con más hambres que las que tuvo,
Del ciego, famélico, el can

martes, 26 de julio de 2011

El mensaje

 
Me senté, como cada día, a leer en la terraza del bar que tengo debajo de casa. Alcé la vista, curioseando, y entonces la vi: Estaba allí, en la mesa de al lado, llorando sin grandes aspavientos ante un vaso y una botella de coca cola vacíos. Era muy joven, con aspecto de norteamericana. Algo gordita; de ojos azules y una sana dentadura de dientes grandes, quizás un poco infantiles y cuadrados. No cesaba de toquetear el móvil aunque sin llegar a hacer ninguna llamada.

A los pocos minutos —tras vanos intentos de aislarme tratando de leer y saltando de renglón en renglón sin conseguir enterarme de nada—  le pregunté si podía ayudarla. Chapurreó que se encontraba bien pero que sería de gran ayuda si le prestaba mi teléfono para una llamada local; el suyo se había quedado rápidamente sin saldo debido al roaming.

Marcó titubeando, fijándose numerosas veces en un número de su propia agenda, y escuchó impaciente los tonos sin respuesta al otro lado de la línea. Le sugerí que pusiese un mensaje identificándose, no fuera a ser que no contestaran al resultarles mi número desconocido.

Veinte minutos más tarde un pequeño Opel paró junto a la acera. De él se bajó presurosa una chica con el pelo teñido de rubio y rizado artificialmente. Tras un vago gesto de reconocimiento se abrazaron torpemente, como en un velatorio, de pie junto a las mesas. Era evidente que apenas se conocían.  Entraron a pagar y después se dirigieron al auto hablando de manera sofocada. En el último instante, justo antes de entrar en el coche, la joven volvió sobre sus pasos, se acercó a mí, me clavó la mirada —los ojos límpidos, como si fueran trocitos de cielo de esa mañana de verano— y me dio lentamente las gracias mientras me tendía la mano.

Cuando se fueron todo volvió a quedar tranquilo;  como antes. Revisé el teléfono. Un mensaje enviado a un número desconocido decía: «Paula, soy Jane, la amiga de Patty. Perdona que te moleste pero ha sucedido algo horrible. Necesito ayuda urgente. Estoy en el Mogador».

Volví a la lectura sin poder concentrarme. El libro me estaba resultando tremendamente tedioso. La vida escribe páginas mucho más interesantes que las que tenía abiertas ante mí; y lo hace sobre cualquier soporte, en cualquier lugar, en cualquier momento.



lunes, 25 de julio de 2011

La hierba del diablo

Aquí estáis. Creciendo en el solar de al lado de mi casa. Inadvertidas, ignoradas, llenas de vuestro extraordinario poder.   



“Si completas con bien el segundo paso -dijo don Juan-, sólo podré enseñarte otro paso más. Al ir aprendiendo sobre la yerba del diablo me di cuenta de que no era para mí, y ya no adelanté más en su camino.
- ¿Qué le hizo decidir  en contra de ello, don Juan?
- La yerba del diablo estuvo a punto de matarme todas las veces que traté de usarla. Una vez me fue tan mal que me di por acabado. Y sin embargo, yo habría podido evitar todo ese dolor.
- ¿Cómo? ¿Hay alguna manera especial de evitar el dolor?
- Sí, hay una manera.
- ¿Es una fórmula, o un procedimiento, o qué?
- Es una manera de agarrarse a las cosas. Por ejemplo, cuando yo estaba aprendiendo sobre la yerba del diablo, era demasiado ansioso. Me agarraba a las cosas de la misma manera que los niños agarran dulces. La yerba de diablo es sólo un camino entre cantidades de caminos. Cualquier cosa es un camino entre cantidades de caminos. Por eso debes tener siempre presente que un camino es sólo un camino;  si sientes que  no deberías seguirlo, no debes seguir en él bajo ninguna condición. Para tener esa claridad debes llevar una vida disciplinada. Sólo entonces sabrás que un camino es nada más que un camino, y no hay afrenta, ni para ti ni para otros, en dejarlo si eso es lo que tu corazón te dice. Pero tu decisión de seguir en el camino o de dejarlo debe estar libre de ambición. Te prevengo. Mira cada camino de cerca y con intención. Pruébalo tantas veces como consideres necesario. Luego hazte a ti mismo, y a ti solo, una pregunta. Es una pregunta que sólo se hace un hombre muy viejo. Mi benefactor me hablo de ella una vez cuando yo era joven, y mi sangre era demasiado vigorosa para que yo atendiera. Ahora sí la entiendo. Te diré cuál es:  «¿Tiene corazón este camino?»
Todos los caminos son el mismo: no llevan a ninguna parte. Son caminos que van por el matorral. Puedo decir que en mi propia vida he recorrido caminos largos, largos, pero no estoy en ninguna parte. Ahora tiene sentido la pregunta de mi benefactor. ¿Tiene corazón este camino? Si tiene, el camino es bueno; si no, de nada sirve. Ningún camino lleva a ninguna parte, pero uno tiene corazón y el otro no. Uno hace gozoso el viaje; mientras lo sigas, eres uno con él. El otro te hará maldecir tu vida. Uno te hace fuerte el otro te debilita.”


Las enseñanzas de Don Juan.  C. Castaneda







lunes, 18 de julio de 2011

Dawa




El 7 de abril del 2007 Dawa Jalil Aswad’s fue lapidada y linchada hasta la muerte ante más de mil personas por sus familiares de la secta Yasida en la aldea de Bashika en las proximidades de Mosul (Iraq). El motivo: haber faltado una noche de casa y,  presuntamente, haberse convertido al Corán para casarse con un joven sunita. Pocos días después, en una represalia sunita, 23 yasidas fueron secuestrados mientras viajaban en un autobús de trasporte público y asesinados salvajemente en las afueras de Mosul. 



1.- Me van a matar
2.- Yalal
3.- Malik Taus
4.- Dawa Jalil Aswad's
5.- Hassan Malek








1.- Me van a matar.



No cabe duda. Lo veo en sus ojos fanáticos cargados de odio; en su expresión adusta; en lo cortante de sus voces que nos ordenan mantenernos agachados. Son media docena de hombres que empuñan distintas armas: desde rifles automáticos a pistolas y machetes. Han parado el autobús en medio de la carretera y han obligado a bajarse al conductor, a los cristianos y a los musulmanes. Nos han separado como a borregos. Dos docenas de yezidas hemos permanecido arriba, asustados.

Uno de ellos ha comenzado a conducir como un loco, carretera adelante, camino de Mosul. A través de los cristales veo Tell Kuyunjik, las ruinas de Nínive y las feraces tierras regadas por el Tigris. Un destello de luz, junto con un dolor inmenso, explota en mi cabeza cuando recibo ese culatazo y la orden de agacharme.

Me van a matar. Ezid es grande. Dios me perdone.

Siento la sangre caliente que resbala por mi cara brotando del oído. Con la nariz pegada al suelo del autobús me viene tu imagen, Dawa. Tu imagen de adolescente siempre envuelta en risas. Y entonces… recuerdo.

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2.- Yalal



 He escondido la bicicleta detrás de las ruinas de la última casa del pueblo. Bajo un talud lleno de escombros y basuras y llego a las ralas sombras de unos arbustos que flanquean el cauce —casi siempre seco— del arroyo. Entre ellas veo a Dawa con su rostro luminoso, infantil. Pone un dedo sobre sus labios para acallar con un gesto mis voces.

— ¡Dawa! —exclamo —. Mi amor; mi princesa.

—¡Yalal! ¡Ten cuidado! Creo que hay gente cerca,,, en el camino…

Sonríe y señala la vereda sobre la que cae el sol a plomo.

Dawa tiene la cabellera negra y ondulada, y unos ojos, relucientes como luceros, que tiran dardos de alegría desde el arco de sus finísimas cejas. Dawa tiene diecisiete años y yo tengo un año y dos meses más. Nos vemos a escondidas porque yo soy sunní y ella yezida. Árabes y yezidas no se pueden juntar; eso nos dicen. Las familias jamás consentirían nuestra unión. Se odian.

Tumbados sobre el fresco lecho de arena y piedras lisas pulidas por el agua, abrazados, miramos el cielo entre los huecos que dejan las ramas y hacemos planes sobre nuestro futuro. Lejos de los odios; de los dioses celosos e inflexibles; de las miradas que parecen atravesar las paredes.


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3. - Malik Taus


—Malik Taus. El Ángel de Pavo Real que todo lo ve, oculte mi vergüenza —ruge desesperado el padre. Se mesa los cabellos y las barbas. Da puntapiés a todos los bancos, y los cántaros ruedan rotos por el suelo con estrépito.

—¡Mi honor mancillado! Mi propia hija abandonado la casa donde le di el pan para unirse a un árabe impuro —grita, ronco de ira.

Los familiares, los vecinos, murmuran en el patio con indignación:  Dawa Jalil se escapó anteayer para unirse a un demonio árabe; abrazó su religión abominable para poder estar junto a él. ¡Qué escándalo! Una yezida sólo puede casarse con otro yezida  de su propia casta ¡y siempre con el permiso del padre!

Dawa está encerrada en una pequeña habitación de la casa. Yalal le había prometido que en Bagdad pasarían desapercibidos y podrían vivir juntos; felices. Esta mañana salieron de su escondite en casa de unos primos de él y fueron a la estación de autobuses. Allí la encontraron los hermanos que vigilaban todas las salidas de la ciudad y la trajeron de vuelta a la aldea. Atendiendo a sus falsas promesas de perdón, Dawa volvió. Quería despedirse de su hermanita y obtener la bendición de su padre antes de marchar.

En la casa, un sumarísimo y ancestral juicio de honor ya le ha impuesto la condena: Lapidación.


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4.- Dawa Jalil Aswad's


¡Ángeles del cielo! Me escapo por la ventana y voy corriendo a casa de mi vecino Hassan Malek. Es bondadoso y amable. Nunca tuvo hijos y a mí me ha demostrado siempre un cariño paternal. ¡La de veces que de niña me quedé dormida en sus rodillas a la sombra perfumada de la higuera de su patio! ¡Con qué ternura él apartaba los rizos de mi frente y me soplaba despacito en los ojos para despertarme cuando me devolvía a mi casa en sus brazos! ¡Seguramente pueda esconderme o convencerlos de que me dejen partir lejos! ¡Con Yalal! ¡No hacemos daño a nadie!

Hassan me recibe. Su anciano rostro enmarcado en una pulcra barba blanca refleja el miedo. Me abraza y me besa en la cara llena de moratones.

Aporrean la puerta. Hassan abre y quiere razonar con ellos. Lo apartan a empellones. Mis hermanos y los amigos de mi padre me agarran por los brazos y por el pelo y me sacan a rastras.

En la calle hay más de un millar de personas que me insultan: ¡Puta! ¡Puta! ¡Puta! La primera pedrada me provoca un dolor agudo en el pecho, Siento una costilla que cruje al romperse. Me golpean y me zarandean hasta que caigo al suelo donde me dan de patadas. Llueven más piedras sobre mí. Todo es confuso. Veo los ojos de los que me rodean. Las bocas abiertas gritando, aunque no entiendo nada. La falda se me ha subido a la cintura. Me da vergüenza estar así ante mi padre. Intento cubrirme las piernas… ¡Yalal!


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5.- Hassan Malek


Esta mañana he tomado el autobús para Mosul. Después de lo sucedido no quiero quedarme un solo día más en la aldea. Durante treinta minutos estuvieron golpeando el cuerpo de la niña. Incluso después de quebrar su cabeza como una nuez con un enorme bloque de cemento, siguieron golpeándola y arrojando piedras.

Camino de Mosul contemplo por la ventanilla las feraces riberas del río Tigris. Un grupo de exaltados sunnies han cruzado un coche y nos han obligado a parar. Nos han separado como a  borregos; bajado a los pocos cristianos y musulmanes que viajaban en el autobús.

Me duele mucho la cabeza, tengo toda la barba cubierta de sangre.

Sé que me van a matar. Ezid es grande. Dios me perdone.

Y entonces recuerdo tu imagen, querida Dawa, y te veo dormida en mis rodillas. Las sombras de la higuera haciendo fantásticos dibujos en el suelo. El zumbar de los insectos… Esas quietas tardes de verano…


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martes, 12 de julio de 2011

Vuelta a casa




En breve volveré a casa.
Todo estará —más o menos— en el mismo lugar.
La vida es puramente circunstancial  y bastante anónima; sabemos de los demás lo mismo que de un rizo formado por el aire en la superficie del agua en una tarde de verano.
Si un día desaparezco (durante demasiado tiempo)
venid y charlaremos apaciblemente en este rincón.

martes, 5 de julio de 2011

Pensaciertos: Fronteras




Lo único
que me gusta
de una frontera
es
traspasarla.












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domingo, 3 de julio de 2011

Doña Concha y las aceitunas

Siempre que como aceitunas de Campo Real (me gustan mucho) me acuerdo de mi abuela…

Doña Concha se acercaba todos los miércoles al mediodía a comer con nosotros sustentando su voluminoso cuerpo sobre las enclenques y reumáticas  piernas afirmadas por un bastón. Solía llevar chuches poco apetecibles y pasadas de moda  (incluso para aquella época) que ofrecía como tesoros tras quitar las pelusas que se les adherían en el fondo del bolso: Bolitas de anís, garbanzos torraos y castañas pilongas que, supongo, compraba en alguna tienda de barrio tan añosa y a punto de desaparecer como ella misma lo estaba. La buena señora resultaba para mi mente infantil igual de fascinante e incomprensible que cualquier otro viejo —familiar o no— de los que yo pudiera ver por mi entorno; sin que nunca llegase a entender a qué se dedicaban, el porqué de su existencia o cuál era su cometido en este mundo.

Doña Concha —así la llamaba la gente e incluso los niños del vecindario (para mí, naturalmente, era «abuela»)— siempre se bebía con la comida un vaso grande de los de agua lleno hasta arriba de vino. Recuerdo que al servirlo, ya que mis obligaciones en la mesa eran proveer la bebida y el pan, si se me ocurría no llenarlo hasta los bordes ella advertía invariablemente: «Hasta arriba, niño. No dejes corona que no soy monárquica» frase que yo no entendía pero que me hacía tanta gracia que a veces lo dejaba sin completar sólo por oírselo decir.

Entre otras cosas, yo estaba agradecido a mi abuela por haberse hecho cargo de Federico salvándolo de una muerte cierta. Federico había sobrevivido, sin explicación, a todas las cariñosas perrerías que yo le había hecho durante su tierna infancia de pollito comprado por mi madre en el mercado y se había convertido en un animal que ya no era adecuado tener en casa; así que mi abuela, que vivía en unas casas bajas en lo que ahora es el corazón del nuevo Madrid empresarial, se lo llevó a vivir con ella. Con el tiempo se convirtió en un gallito con un alto sentido territorial y prácticamente en el hombre de la casa, ya que guardaba celosamente a mi abuela y no dejaba que nadie se le acercase. He oído algo parecido de las ocas pero nunca de los pollos. Los niños de su vecindario (mi abuela a veces les echaba un ojo mientras las madres se iban a trabajar o a la compra) le tenían bastante respeto y ya desde la esquina preguntaban antes de atreverse a avanzar un paso de más:

—Doña Concha, ¿está Federico? —gritaban,  prestos a salir corriendo a la menor.
—Podéis venir, que ya lo he encerrado —decía mi abuela, y les daba una bolita de anís con pelusas.

Doña Concha después de comer en casa paraba un taxi en la puerta y tras una curiosa y prolija gimnasia  para acomodarse dentro, entre jadeos  y resoplidos, le decía al taxista: «Joven... al Racimo de Oro» como si ordenara que la llevaran al Palace o al Ritz o a otro sitio de mucho ringorango. Normalmente, si quería llegar bien, que siempre quería,  acababa dando  explicaciones complementarias. El Racimo de Oro era un café de los de antes, con mesas de mármol y camareros de chaqueta blanca que estaba por la zona, nada señorial por otra parte, de Cuatro Caminos. Allí, mi abuela, que sin duda era de las que pensaban que “como fuera de casa no se está en ningún sitio”, solía tomar un café y pasar la tarde.  Este café, además de resultar económico, tenía la ventaja de que en su entorno funcionaban muchos cines de barrio con sesiones dobles ,  y mi abuela siempre se informaba por si ponían alguna película de Gregory Peck, un actor de moda de aquellos tiempos y que era una de sus pasiones (pasión compartida, por cierto, con una de mis hermanas a punto de entrar en la adolescencia). Su otra gran pasión eran las aceitunas de Campo Real.

Contaba que un día el médico le interrogaba:
—¿Usted fuma?
—No, doctor. No he fumado en mi vida —respondía mi abuela.
—¿Consume bebidas alcohólicas?
—Un vaso de vino con la comida principal —. (Parece que del tamaño del vaso no veía necesario dar explicaciones).
—¿Café? —...y así siguió, intentando encontrarle (según ella) algún exceso. Al final, casi a punto de rendirse ante una anciana de costumbres tan saludables, le preguntó:
—Pero bueno señora, a usted… ¿qué es lo que más le gusta?
La ingenua de Doña Concha no supo en este caso ocultar la verdad.
—Mire doctor, a mí lo que de verdad me gusta es Gregory Peck y las aceitunas de Campo Real; me puedo comer cuarto y mitad  de una sentada sin encontrar un momento para decir amén.
—Pues nada, ¡prohibidas! ¡prohibidas las aceitunas! —exclamó triunfante el médico por haber hallado algo a lo que, por fin, poner coto.
Al final del cuento mi abuela añadía —con cierta mezcla de guasa y amargura—  una reflexión que tardé algún tiempo en llegar a comprender:

—Mejor podía haberme prohibido a Gregory Peck. Total…



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