jueves, 2 de junio de 2011

San Juan de Chamula

En el transporte colectivo a San Juan de Chamula desde San Cristóbal una muchacha indígena nos pregunta de dónde somos. No localiza muy bien España que se la imagina más bien por encima de los Estados Unidos o algo así. Mira y mira con timidez juntando valor y al poco se decide y me pregunta:
—¿Cómo se dice “te quiero”?
—¿Te quiero? —repito, extrañado.
—Sí, en inglés.
Todavía más extrañado, le pregunto si es que quiere decir “estar enamorado”.
Se sonroja y se tapa la cara a la vez que ríe.
—I_love_ you —digo despacito.
Intenta repetirlo sin éxito. Se queda en un puritito “ay”.

Los Chamulas son indígenas de diversas etnias mayas, sobre todo tzotziles,  y tanto en San Juan cómo el cercano San Andrés vive una gran población de ellos.
Dentro de la iglesia hay un ambiente de misticismo. Lo domina todo el olor de las agujas de pino que recubren el suelo y de los cientos de velas que arden por todas partes. No hay bancos. La luz está tamizada pero se ven bien los más de veinte santos dentro de hornacinas que están rodeadas de búcaros con flores de color blanco y espejos que reflejan la maldad (dicen). En algún sitio leí o me contaron que a los que no hacen milagros los castigan desnudándolos y sacándolos fuera de la iglesia, pero no puedo confirmarlo.
Las familias indígenas se sientan en el suelo y hacen sus ritos. Encienden multitud de velitas muy delgadas que plantan en el suelo formando hileras. Traen consigo botellas de Coca-Cola que, aunque suene extraño,  utilizan para sus ritos. Destapan la botella y la sirven en vasitos de los que beben pequeños tragos. Los hombres dedicados al servicio religioso visten unos ponchos blancos que sujetan con un cinturón. Se conocen como Mayordomos para Cristo y ellos si son muy cazurros y pedigüeños y poco espirituales.
Las indias rezan un canto monocorde mezclando palabras españolas e indígenas que supongo que son tzotzil:
—Señor “totatana es quien de tana”.
—Señor los angelitos “jarana, condana, selana”.
—Señor “ochi, mochi, lana”...
…y cosas así. Una melopea sin final hasta perder el aliento.
Los hombres de rodillas, muy derechos. Las mujeres sentadas, y los niños correteando y arrastrándose por el suelo, jugando. También están por el suelo las tres campanas, vaya usted a saber porqué. Del techo cruzan telas de lado a lado pendiendo de una gran soga que atraviesa la iglesia en sentido longitudinal. Se está bien a la sombra.
Afuera una gran plaza bajo el fuerte sol. La iglesia está pintada de blanco con adornos verdes. Hay grandes anuncios de Coca Cola por todas partes. Como sucede en tantas otras partes, cuanto más de paso es el turismo, más tenaces pedigüeños son los niños y los vendedores de recuerdos. Saben que tienen escasos minutos para cazar al turista que suele aparecer en oleadas. La inmensa mayoría del turismo que pasa por aquí es de paquete.
Huyendo del acoso de los vendedores de la plaza nos perdemos por los alrededores. A pocas decenas de metros ya volvemos a ser personas y no un animal al que expoliar enseguida. Entramos en un comercio pequeñito más por curiosear que por comprar unas galletas.
Detrás del mostrador una señora mayor moja el dedo en un frasco que parece contener aceite y masajea a una niña. Nos explica que es porque la niña no come.
—Se les da un “sobadito” por todo el cuerpo y a los tres días un laxante…— nos dice.
Y esto hace que el niño coma.
La niña tiene unos ojos grandotes y melancólicos que parecen aún más profundos en la oscuridad del recinto. Nos mira moviendo el cuerpo acompasadamente mientras recibe el masaje de la abuelita.
—¿Cómo te llamas? —le pregunto.
—Selene Guadalupe Pereda de Villarte, señor—. Por aquí, cuanto más pobres y descalzos van más largo tienen el nombre.
—Bonito nombre —respondo— ¿Ya sabes lo que significa?
—No señor.
—Selene es luna —le digo—. En latín —. Intento aclarar y todavía es peor.
—¡Ah! —se interesa la vieja— ¿y en español, cómo se dice luna?
Ahora el que se queda estupefacto soy yo.
—Pues…luna, luna. Igualito.



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