miércoles, 22 de junio de 2011

El viajero: Queijinhos conventuais


El viajero —al que le da por viajar en esta época del año cuando todo el mundo está trabajando o estudiando o en paro o haciendo pellas… pero en definitiva en su casa— está un poco harto de ir a los sitios recomendados por las guías y encontrarlo todo demasiado turístico, casi vacío y nada más que con pomposas parejas de matrimonios ingleses sexagenarios que parecen nécoras recién cocidas.

El viajero también está un poco harto de ser atendido por amables camareros que le hablan en inglés y de sospechosas cartas con menús en tres idiomas, así que cuando al pasar por cualquier calle ve un bar o restaurante atiborrado de paisanos y las mesas cubiertas con rápidos y utilitarios manteles de papel, no lo duda; se cuela dentro y pide una mesa «¿para cuantos?» «para uno». Al viajero siempre le parece que lo miran sospechosa y despreciativamente cuando pide su mesa para uno. Desde el punto de vista del local una mesa para uno es reducir drásticamente la expectativa de lucro. El viajero pone mucha cara de hambre y de pedir cosas caras para que se compadezcan de él y le hagan un huequito. La mayor parte de las veces el truco funciona y el viajero acaba en esa mesa de paso a la cocina o situada debajo del televisor,  que para lo que entiende el viajero de lo que están diciendo en él no se pierde gran cosa; y faltaría más,  que no ve la tele en su país y va a venir aquí a preocuparse por lo que dicen en este, que la política es igual en todos los sitios… Claro que menos aun va a querer comprar ese detergente que lo deja todo relimpio pero que sólo se vende aquí, y acabar volviendo a casa con todo el coche lleno de cajas para tener durante todo el año, y, si acaso, para toda la vida, porque no sabe cuándo volverá, si es que lo hace, y podría preocuparle el quedar desabastecido.

El viajero al poco rato ya está en su salsa y no se siente nada cohibido. Todo el espacio a su alrededor ha crecido. Parece que hubiera estado ahí toda la vida; como esos parroquianos habituales a los que se les reserva el sitio —su sitio—; algo así como si estuviera en un estrado, una tribuna o un sillón de académico o de senador vitalicio. «No, no se puede usted sentar ahí. Esa es la mesa de el viajero» le dirían a cualquiera que llegara y quisiera ocupar tan privilegiado lugar y no tendría más remedio que fastidiarse y sentarse en esa mesa grande para cuatro, en el rincón más opuesto a la puerta, que al principio a el viajero le pareció tan envidiable y ahora sin embargo se le semeja tan inhóspita y con tan pocas vistas.

Al viajero con que le pongan una jarrita de vino, el pan y unas aceitunas, ya es el hombre más feliz de la tierra y se dedica a dar buena cuenta de ello mirando curioso y entretenido a todos los que ocupan las mesas y a los que entran y salen. Al poco rato, el viajero, ya ha evaluado a todos los hombres y decide condescendiente que ninguno de ellos es rival suficiente para él. También ha examinado a todas las mujeres que no cesan de observarlo fingiendo que miran a la tele. El viajero que está feliz porque anoche encontró un coletero y se lo ha puesto para sujetarse las greñas, sabe que hoy está con el guapo subido y que es la única alternativa interesante que hay en la sala.

Está claro que todos los hombres quisieran ser el viajero y andar por ahí solos viviendo aventuras, sin aguantar a su lado a esas pencas que los tienen bien atados y no les dejan ni menearse; que solamente una vez se fueron de viaje solos y durmieron fuera de casa por una cosa del trabajo, pero, mecachis, que no supieron aprovechar la oportunidad y que si se repitiera otra vez otro gallo cantaría…
Y claro que todas las mujeres quisieran estar comiendo al lado de ese viajero de feroz barba de bandido, finas manos y mirada dulce y soñadora, y no con sus aburridos y ordinarios maromos. Que «a dónde irá», que «qué pensará», que «qué hará, cómo besará... Seguro que necesita una como yo que le dé mucho cariño y le prepare buenos platos». Que «peladito y afeitadito tiene que quedar la mar de mono y no como va ahora que está hecho un Adán…»
Total que en toda su vida ha estado el viajero más acompañado. Todos apelotonados —hombres, mujeres, y el viajero— en esa pequeña mesa debajo del televisor que anda parloteando solo porque nadie le hace ni puñetero caso. La única que no está,  y a él le gustaría verla de nuevo, ya que se han terminado las aceitunas y casi el pan —la jarra va por la mitad—, es la camarera que en realidad sigue siendo la que más le interesa de todos. Primero por una cuestión casi edípica, y es que a través suyo tiene expectativas de alimentarse; y segundo, porque cuando después de su  primera visita se dio garbosamente la vuelta para irse a ese paradero desconocido a ese limbo ignoto en el que desaparecen todos los camareros del mundo tras traer los cubiertos a la mesa, se reveló gloriosamente que no era sólo el rostro lo que ella tenía de rotundo e interesante.

Por fin la camarera aparece y le pregunta qué es lo que desea, y a punto está el viajero de decirle la verdad; que eso de ser extranjero —aunque sea sólo un poco como en este caso— y además viajero, da mucho aplomo y desfachatez;  eso sin contar lo de la media jarra de vino, que, sin ser determinante, también ayuda; pero piensa que quizás habrá mejor ocasión y se limita a ordenar la comida, y no es sino a los postres cuando el viajero tontea un poco con ella dejándose recomendar. Quiere algo dulce, exquisito; así que ella le trae un plato con una pequeña delicia entre dos hostias: unos queijinhos conventuais que dichos por su boca suenan todavía más dulces;  tanto que el viajero no tiene más remedio que repetir. Al viajero,  que conoce  —sin necesitar siquiera mirarlo en google— la historia de la monja portuguesa Mariana Alcoforado y sus deliciosas cartas de amor escritas desde el convento a un militar francés, esto de los queijinhos conventuais le ha dado ya el punto exacto que le faltaba y le acaba de decidir del todo.

Las mesas se han ido vaciando, como las dos jarras que al final pidió el viajero, y por la tele dicen —el viajero entiende algo— que la economía está mal, pero que muy mal, y que hay crisis y no sé qué del desarrollo sostenible... así que el viajero le dice a la camarera que ella sí que lo tiene todo desarrollado y sostenible y que a qué hora termina. Ella ríe y simula que no entiende y se va, pero al poco vuelve haciendo como que recoge. El dueño no le quita la vista de encima. De tanto como se demora y remolonea, parece limpiar las migas de la mesa de una en una. Agacha la cabeza, esconde la cara entre el pelo y sonríe. Al final resulta que viene a buscarla su novio, pero que si mañana el viajero quiere tomar un café, después de comer, que ella termina a eso de las cuatro o cuatro y media...

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