martes, 28 de junio de 2011

El viajero: La calle Rota de Badajoz



Quizás este relato que ahora reedito precise de alguna explicación adicional para ser enteramente comprendido. Durante mi época en la Comunidad del País trabé conocimiento y amistad  literaria con un gran escritor: el señor don Primitivo Algaba, el cual en su blog llamado Debajo de una Coliflor, entre otras publicaciones geniales —como todas las suyas—  ensalzaba las maravillas de una calle de Badajoz que a mí me dio por pensar que debía ser algo así como la calle Mayor o Real que suelen tener todas las poblaciones. Sin percibir la retranca o ironía que iba cuidadosamente envuelta en el indudable cariño que ponía en sus descripciones lo di por bueno y por eso cuando estuve allí, insistí en buscarla por el centro. Aprendí que lo que hace importante a una calle no son los comercios, la proximidad al centro o el valor por metro cuadrado de sus solares, sino lo que cada uno lleva de ella en el corazón.





Total ¡que me dio hambre! Y me dije: «Para comer..¡A Portugal!» (No sé donde había oído eso antes) Así que puse rumbo para allá sin importarme que estuviera, según dicen los mapas, bien lejos —que a mí no me resultó tanto porque ¿qué son trescientos o cuatrocientos kilómetros cuando el hambre aprieta?— Así que, ya que iba a Portugal, me pasé por Ávila para ver si continuaban en pie las murallas que sí que lo estaban y luego por el pueblo de Gredos de donde salí al día siguiente  igual que siempre: ahumado y somnoliento  por la velada de trasnoche  en torno a la chasca trajinando con la parrilla y vaciando botellas con los colegas.  Aunque recordaba haber estado en Plasencia me dije que esa pobre ciudad que no atina con su nombre entre Valencia y Palencia, bien merece que se la visite al menos dos veces en la vida. Total que ya cerca de Portugal pensé ¿y por qué no ir a ver la famosa calle Rota de Badajoz —esa de la que habla el de la coliflor— y tomarme de aperitivo unas aceitunas machás entre las nubes de paseantes acompañadas quizás por unos buenos pistachos? Así que, aunque las tripas ya me hacían de nuevo  gorgoritos, allá que te fui.  Al llegar aparqué en un solar hacia las afueras de la ciudad porque el viajero ya está escarmentado de meterse con ese tanque que tiene por vehículo por el medio de poblaciones desconocidas. Allí pregunté al primer paisano que pasaba:
— Oiga, ¿La famosa calle Rota, sería tan amable de indicarme?  —.Pero el hombre no sabía. Nada por demás verdaderamente extraño si tenemos en consideración la pinta de quinqui que tenía el buen hombre y que dios me perdone por juzgar tan a la ligera.
—Este ha pasado los últimos quince años en la cárcel —pensé extrañado de que a pesar de ello estuviera tan moreno.
 Bueno, no había que preocuparse, allí mismo había un cartel que señalaba “Centro histórico. Ayuntamiento” y hacia allá que te fui por calles solitarias que las gentes supongo que ya andaban de sobremesa saboreando una copa de anís y viendo la tele por ser las horas que eran. Total que desemboqué en una plaza que llaman la de Cervantes y no pude por menos que considerarlo el mejor de los augurios ya que entre escritores estábamos haciendo este sucedido. Tres viejos acartonados al sol permanecían pegados a un banco. Cuando me convencí de que no estaban disecados me decidí a preguntarles. Ninguno sabía. Bueno, sí; el más viejito tartamudeó algo como: «Sí, sí…me suena pero eso está lejos de aquí…» y me indicó. Se lo agradecí mucho aunque ¿cómo fiarse de esas mentes, arrasadas por el alzhéimer que pueden confundir la batalla de Belchite con el salmón ahumado y la famosa calle Rota con el extrarradio? Así que proseguí en mi camino hacia el centro. Estaba convencido que la famosa calle Rota de Badajoz tenía que unir la Catedral con el Castillo o el Casino con el Ayuntamiento o algo con algo igual de importante e ilustre.


Al final llegué a una calle peatonal igual de vacía aunque techada a tramos con paneles muy coloridos y me dije con una exclamación de triunfo «Hete aquí la famosa calle Rota de Badajoz!»  Pero no ¡qué va! no lo era. Sin embargo parecía una importante calle comercial aunque solitaria también en ese momento, que no sé si llegué a cruzarme con dos personas y aun así una de ellas era perro que lo llamó "Chiquitín" la dueña y era un mastín de más de un metro de alzada que no creo yo que si fuera persona iba a ir así, a cuatro patas, como hacía este y enseñándolo todo. Seguí por la calle arriba hasta llegar a un alto aparentemente habitado por gitanos, todos primos de aquel al que pregunté abajo, que a saber si no estaban ya disfrutando de todas mis humildes pertenencias que dejé abandonadas y bien visibles en el coche antes de comenzar esta odisea. En fin que volví al auto cabizbajo, dispuesto a abandonar,  y ya más preocupado por la cena y por encontrar un lugar donde dejar reposar mis huesos a lo largo de la noche que por cualquier otra cosa.


Pero el viajero es una mezcla extraña de conquistador extremeño y tozudo aragonés, así que cuando ya enfilaba para la carretera se dijo que «por sus huevos —y perdonen la expresión tan grosera pero es que este viajero a veces es así y no para en mientes de si hay delante niños, señoras o clérigos con sotana—  él encontraba la famosa calle Rota de Badajoz o moría en el intento» y se volvió haciendo eses con el tanque hacia la dirección que le había indicado el viejito del parque. Tras arduas pesquisas y buenas caminatas, desembocó en el inicio de la famosa calle Rota y sonriendo ante las puertas de un colegio no pudo menos que imaginarse a los maestros saliendo en los recreos a tomarse un botellín y a hablar de sus cosas, que si patatín…que si patatán… y recordó que ya decía Cervantes —ese que dijimos que también escribía..., el de la plaza..— que "Una onza de buena fama, vale más que una libra de perlas" así que dio por buenas y comidas las aceitunas machás y los inigualables pistachos y continúo satisfecho su viaje.

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