lunes, 6 de junio de 2011

Amatenango del Valle

 Hoy hemos venido a Amatenango del Valle, un pueblo próximo a San Cristóbal de las Casas. Es conocido principalmente porque aquí las mujeres elaboran cerámica de forma artesanal modelando figuras de barro y cociéndolas a cielo abierto en hogueras hechas con leña. Este sistema lo vienen empleando seguramente desde antes de la llegada de los españoles. Las figuras son de esas zoomorfas que tanto nos gustan y que representan, cerdos, perros, palomas, y otros animales de su entorno en graciosas actitudes llenas de vida.

La combi nos suelta en el entronque de carreteras de la Panamericana y en seguida se pierde zumbando a lo lejos. Nos quedamos solos en el inhóspito cruce. A nuestra vista, alejado un par de kilómetros, se encuentra el pueblo. Vemos que el zócalo —así es como llaman en todos los pueblos y ciudades de Méjico a la plaza principal— con la iglesia de tipo colonial, el ayuntamiento y el mercado, está en lo alto de una pequeña loma. Partiendo de él en todas las direcciones se extienden las amplias calles principales pavimentadas con grandes losas de hormigón y flanqueadas por ranchitos miserables vallados con maderas negras medio podridas. Las casas son de adobe entreverado con palos de pino y están plantadas en medio de pequeñas parcelas de tierra con mucha vegetación, huertas, árboles frutales y gallinas y cerdos.
Los habitantes de Amatenango del Valle son principalmente tzeltales , otra etnia maya. Las mujeres y niños visten trajes de colores muy vivos y huipiles (una especie de camisa) lindamente bordados. Las mujeres también se cubren la cabeza con una especie de chales azules o rojos. Los niños nos tienen miedo y se meten corriendo en los ranchos. Desde el interior nos observan sin atreverse a salir a la calle.
Una mujer nos llama desde la puerta de un vallado. Nos muestra un perrito de cerámica y un artrítico dedo índice extendido.
—Uunnn peeees’o—. Hace un gran esfuerzo para hablar español.
Se lo compramos.
—¿No tiene más?
—Eestaan cruuudoss—. Entendemos que quiere decir que todavía no se han cocido.
Dos niños, mocosos y no demasiado bien nutridos, trepan por las maderas como si fueran caracoles, y un perrito —increíblemente parecido al que hemos comprado hecho en barro— menea la cola por ahí.
Damos unas vueltas por el pueblo, encantados de no tener nada que hacer. Apenas se ve gente y los pocos que se ven parecen inabordables. Ajenos a nosotros. Además, dudo que sepan hablar suficiente español.

Al final, nos sentamos a la sombra de una casa, a vaguear y ver pasar la vida por delante. Al rato aparece tocando la bocina el camioncito de Aguas Azules. Se anuncia por la megafonía que lleva incorporada. Vende agua purificada y todo el camión está lleno de grandes garrafones tintados de azul que le dan un aspecto limpio y refrescante; como de piscina ambulante. El conductor se sienta con nosotros y nos da palique
—Buenas tardes—. Y tal y tal.
—¿De dónde vienen ustedes? —nos pregunta.
—De San Cristóbal—. Disimulo, aunque sé que quiere saber de qué país somos.
—No. ¿De qué país?
—Somos españoles.
—Aaah, muy lejos. Otro continente—. Me quedo impresionado ¡Este es instruido de veras!
—¿Está cerca de Alemania? —continúa.
—Bueno, sí —contesto —.España, Francia y luego Alemania —. Y pinto tres rayas con el dedo sobre el suelo donde estamos sentados.
—En España hablan puro español. ¿No?
—Sí. Así es.
— ¿Y también hablan inglés? —(¡Qué manía tienen con el inglés!)
—No, no. Sólo español—. Nos mira; sobre todo a Alicia con su pelo rubio y grandes ojos claros. Noto que le parece raro que unos gringos como nosotros no hablemos inglés a diario, pero el hombre no parece dispuesto a discutir.
Para no ser descortés ahora me toca preguntar a mí. No se me ocurre nada.
—¿A cuánto vende las bombonas de agua?—. Espero que no piense que quiero comprar una. Son enormes...
—A cinco pesos. Son de diecinueve litros —y continúa—: Antes el agua de los ríos no estaba contaminada, pero ahora sí—. Y mueve la cabeza con una expresión entre queja y resignación por la velocidad a la que cambia el mundo, para peor.
Seguimos hablando. Se muestra muy interesado cuando le digo que un litro de agua embotellada en España cuesta diez pesos. Le parece un negocio fabuloso. Me pregunta si también van camiones repartiendo agua por los pueblos.
—No —le contesto—. En España sale agua potable del caño en todas las casas.
Le cambia la cara de inmediato. Pobre. Al poco nos despedimos. Él se va por entre los ranchos dando voces con su gangoso altavoz y con un sueño millonario desvanecido en un instante y nosotros para la carretera —decididos a no preocuparnos por nada— a ver cómo nos las apañamos para volver a San Cristóbal de las Casas. La vida continúa en Amatenango como lo lleva haciendo desde hace muchos, muchos años.
¡Eh! Parece que viene un coche…


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¡Ay! laralá....