martes, 28 de junio de 2011

El viajero: La calle Rota de Badajoz



Quizás este relato que ahora reedito precise de alguna explicación adicional para ser enteramente comprendido. Durante mi época en la Comunidad del País trabé conocimiento y amistad  literaria con un gran escritor: el señor don Primitivo Algaba, el cual en su blog llamado Debajo de una Coliflor, entre otras publicaciones geniales —como todas las suyas—  ensalzaba las maravillas de una calle de Badajoz que a mí me dio por pensar que debía ser algo así como la calle Mayor o Real que suelen tener todas las poblaciones. Sin percibir la retranca o ironía que iba cuidadosamente envuelta en el indudable cariño que ponía en sus descripciones lo di por bueno y por eso cuando estuve allí, insistí en buscarla por el centro. Aprendí que lo que hace importante a una calle no son los comercios, la proximidad al centro o el valor por metro cuadrado de sus solares, sino lo que cada uno lleva de ella en el corazón.





Total ¡que me dio hambre! Y me dije: «Para comer..¡A Portugal!» (No sé donde había oído eso antes) Así que puse rumbo para allá sin importarme que estuviera, según dicen los mapas, bien lejos —que a mí no me resultó tanto porque ¿qué son trescientos o cuatrocientos kilómetros cuando el hambre aprieta?— Así que, ya que iba a Portugal, me pasé por Ávila para ver si continuaban en pie las murallas que sí que lo estaban y luego por el pueblo de Gredos de donde salí al día siguiente  igual que siempre: ahumado y somnoliento  por la velada de trasnoche  en torno a la chasca trajinando con la parrilla y vaciando botellas con los colegas.  Aunque recordaba haber estado en Plasencia me dije que esa pobre ciudad que no atina con su nombre entre Valencia y Palencia, bien merece que se la visite al menos dos veces en la vida. Total que ya cerca de Portugal pensé ¿y por qué no ir a ver la famosa calle Rota de Badajoz —esa de la que habla el de la coliflor— y tomarme de aperitivo unas aceitunas machás entre las nubes de paseantes acompañadas quizás por unos buenos pistachos? Así que, aunque las tripas ya me hacían de nuevo  gorgoritos, allá que te fui.  Al llegar aparqué en un solar hacia las afueras de la ciudad porque el viajero ya está escarmentado de meterse con ese tanque que tiene por vehículo por el medio de poblaciones desconocidas. Allí pregunté al primer paisano que pasaba:
— Oiga, ¿La famosa calle Rota, sería tan amable de indicarme?  —.Pero el hombre no sabía. Nada por demás verdaderamente extraño si tenemos en consideración la pinta de quinqui que tenía el buen hombre y que dios me perdone por juzgar tan a la ligera.
—Este ha pasado los últimos quince años en la cárcel —pensé extrañado de que a pesar de ello estuviera tan moreno.
 Bueno, no había que preocuparse, allí mismo había un cartel que señalaba “Centro histórico. Ayuntamiento” y hacia allá que te fui por calles solitarias que las gentes supongo que ya andaban de sobremesa saboreando una copa de anís y viendo la tele por ser las horas que eran. Total que desemboqué en una plaza que llaman la de Cervantes y no pude por menos que considerarlo el mejor de los augurios ya que entre escritores estábamos haciendo este sucedido. Tres viejos acartonados al sol permanecían pegados a un banco. Cuando me convencí de que no estaban disecados me decidí a preguntarles. Ninguno sabía. Bueno, sí; el más viejito tartamudeó algo como: «Sí, sí…me suena pero eso está lejos de aquí…» y me indicó. Se lo agradecí mucho aunque ¿cómo fiarse de esas mentes, arrasadas por el alzhéimer que pueden confundir la batalla de Belchite con el salmón ahumado y la famosa calle Rota con el extrarradio? Así que proseguí en mi camino hacia el centro. Estaba convencido que la famosa calle Rota de Badajoz tenía que unir la Catedral con el Castillo o el Casino con el Ayuntamiento o algo con algo igual de importante e ilustre.


Al final llegué a una calle peatonal igual de vacía aunque techada a tramos con paneles muy coloridos y me dije con una exclamación de triunfo «Hete aquí la famosa calle Rota de Badajoz!»  Pero no ¡qué va! no lo era. Sin embargo parecía una importante calle comercial aunque solitaria también en ese momento, que no sé si llegué a cruzarme con dos personas y aun así una de ellas era perro que lo llamó "Chiquitín" la dueña y era un mastín de más de un metro de alzada que no creo yo que si fuera persona iba a ir así, a cuatro patas, como hacía este y enseñándolo todo. Seguí por la calle arriba hasta llegar a un alto aparentemente habitado por gitanos, todos primos de aquel al que pregunté abajo, que a saber si no estaban ya disfrutando de todas mis humildes pertenencias que dejé abandonadas y bien visibles en el coche antes de comenzar esta odisea. En fin que volví al auto cabizbajo, dispuesto a abandonar,  y ya más preocupado por la cena y por encontrar un lugar donde dejar reposar mis huesos a lo largo de la noche que por cualquier otra cosa.


Pero el viajero es una mezcla extraña de conquistador extremeño y tozudo aragonés, así que cuando ya enfilaba para la carretera se dijo que «por sus huevos —y perdonen la expresión tan grosera pero es que este viajero a veces es así y no para en mientes de si hay delante niños, señoras o clérigos con sotana—  él encontraba la famosa calle Rota de Badajoz o moría en el intento» y se volvió haciendo eses con el tanque hacia la dirección que le había indicado el viejito del parque. Tras arduas pesquisas y buenas caminatas, desembocó en el inicio de la famosa calle Rota y sonriendo ante las puertas de un colegio no pudo menos que imaginarse a los maestros saliendo en los recreos a tomarse un botellín y a hablar de sus cosas, que si patatín…que si patatán… y recordó que ya decía Cervantes —ese que dijimos que también escribía..., el de la plaza..— que "Una onza de buena fama, vale más que una libra de perlas" así que dio por buenas y comidas las aceitunas machás y los inigualables pistachos y continúo satisfecho su viaje.

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domingo, 26 de junio de 2011

La noche


Se extiende la noche como mantequilla en una tostada caliente. Las buenas gentes atrancan las puertas de sus casas para protegerse de los peligros que acechan y se ponen a salvo ante sus televisores para ahuyentar el miedo. Relampaguean las pantallas en los salones con las luces apagadas. A través de las ventanas se oyen, -en volumen exagerado- las risas, los gritos, la música de los programas de entretenimiento. 

Todo eso es ajeno, no está ahí; no sucede en este momento.

Sin embargo para ellos ha dejado de existir el mundo real. Lo hacen desaparecer tras una cortina de luz y ruido. 

Aunque no quieran verlo, algo en la  noche late. Desde sus rincones más oscuros se ha puesto en movimiento…


miércoles, 22 de junio de 2011

El viajero: Queijinhos conventuais


El viajero —al que le da por viajar en esta época del año cuando todo el mundo está trabajando o estudiando o en paro o haciendo pellas… pero en definitiva en su casa— está un poco harto de ir a los sitios recomendados por las guías y encontrarlo todo demasiado turístico, casi vacío y nada más que con pomposas parejas de matrimonios ingleses sexagenarios que parecen nécoras recién cocidas.

El viajero también está un poco harto de ser atendido por amables camareros que le hablan en inglés y de sospechosas cartas con menús en tres idiomas, así que cuando al pasar por cualquier calle ve un bar o restaurante atiborrado de paisanos y las mesas cubiertas con rápidos y utilitarios manteles de papel, no lo duda; se cuela dentro y pide una mesa «¿para cuantos?» «para uno». Al viajero siempre le parece que lo miran sospechosa y despreciativamente cuando pide su mesa para uno. Desde el punto de vista del local una mesa para uno es reducir drásticamente la expectativa de lucro. El viajero pone mucha cara de hambre y de pedir cosas caras para que se compadezcan de él y le hagan un huequito. La mayor parte de las veces el truco funciona y el viajero acaba en esa mesa de paso a la cocina o situada debajo del televisor,  que para lo que entiende el viajero de lo que están diciendo en él no se pierde gran cosa; y faltaría más,  que no ve la tele en su país y va a venir aquí a preocuparse por lo que dicen en este, que la política es igual en todos los sitios… Claro que menos aun va a querer comprar ese detergente que lo deja todo relimpio pero que sólo se vende aquí, y acabar volviendo a casa con todo el coche lleno de cajas para tener durante todo el año, y, si acaso, para toda la vida, porque no sabe cuándo volverá, si es que lo hace, y podría preocuparle el quedar desabastecido.

El viajero al poco rato ya está en su salsa y no se siente nada cohibido. Todo el espacio a su alrededor ha crecido. Parece que hubiera estado ahí toda la vida; como esos parroquianos habituales a los que se les reserva el sitio —su sitio—; algo así como si estuviera en un estrado, una tribuna o un sillón de académico o de senador vitalicio. «No, no se puede usted sentar ahí. Esa es la mesa de el viajero» le dirían a cualquiera que llegara y quisiera ocupar tan privilegiado lugar y no tendría más remedio que fastidiarse y sentarse en esa mesa grande para cuatro, en el rincón más opuesto a la puerta, que al principio a el viajero le pareció tan envidiable y ahora sin embargo se le semeja tan inhóspita y con tan pocas vistas.

Al viajero con que le pongan una jarrita de vino, el pan y unas aceitunas, ya es el hombre más feliz de la tierra y se dedica a dar buena cuenta de ello mirando curioso y entretenido a todos los que ocupan las mesas y a los que entran y salen. Al poco rato, el viajero, ya ha evaluado a todos los hombres y decide condescendiente que ninguno de ellos es rival suficiente para él. También ha examinado a todas las mujeres que no cesan de observarlo fingiendo que miran a la tele. El viajero que está feliz porque anoche encontró un coletero y se lo ha puesto para sujetarse las greñas, sabe que hoy está con el guapo subido y que es la única alternativa interesante que hay en la sala.

Está claro que todos los hombres quisieran ser el viajero y andar por ahí solos viviendo aventuras, sin aguantar a su lado a esas pencas que los tienen bien atados y no les dejan ni menearse; que solamente una vez se fueron de viaje solos y durmieron fuera de casa por una cosa del trabajo, pero, mecachis, que no supieron aprovechar la oportunidad y que si se repitiera otra vez otro gallo cantaría…
Y claro que todas las mujeres quisieran estar comiendo al lado de ese viajero de feroz barba de bandido, finas manos y mirada dulce y soñadora, y no con sus aburridos y ordinarios maromos. Que «a dónde irá», que «qué pensará», que «qué hará, cómo besará... Seguro que necesita una como yo que le dé mucho cariño y le prepare buenos platos». Que «peladito y afeitadito tiene que quedar la mar de mono y no como va ahora que está hecho un Adán…»
Total que en toda su vida ha estado el viajero más acompañado. Todos apelotonados —hombres, mujeres, y el viajero— en esa pequeña mesa debajo del televisor que anda parloteando solo porque nadie le hace ni puñetero caso. La única que no está,  y a él le gustaría verla de nuevo, ya que se han terminado las aceitunas y casi el pan —la jarra va por la mitad—, es la camarera que en realidad sigue siendo la que más le interesa de todos. Primero por una cuestión casi edípica, y es que a través suyo tiene expectativas de alimentarse; y segundo, porque cuando después de su  primera visita se dio garbosamente la vuelta para irse a ese paradero desconocido a ese limbo ignoto en el que desaparecen todos los camareros del mundo tras traer los cubiertos a la mesa, se reveló gloriosamente que no era sólo el rostro lo que ella tenía de rotundo e interesante.

Por fin la camarera aparece y le pregunta qué es lo que desea, y a punto está el viajero de decirle la verdad; que eso de ser extranjero —aunque sea sólo un poco como en este caso— y además viajero, da mucho aplomo y desfachatez;  eso sin contar lo de la media jarra de vino, que, sin ser determinante, también ayuda; pero piensa que quizás habrá mejor ocasión y se limita a ordenar la comida, y no es sino a los postres cuando el viajero tontea un poco con ella dejándose recomendar. Quiere algo dulce, exquisito; así que ella le trae un plato con una pequeña delicia entre dos hostias: unos queijinhos conventuais que dichos por su boca suenan todavía más dulces;  tanto que el viajero no tiene más remedio que repetir. Al viajero,  que conoce  —sin necesitar siquiera mirarlo en google— la historia de la monja portuguesa Mariana Alcoforado y sus deliciosas cartas de amor escritas desde el convento a un militar francés, esto de los queijinhos conventuais le ha dado ya el punto exacto que le faltaba y le acaba de decidir del todo.

Las mesas se han ido vaciando, como las dos jarras que al final pidió el viajero, y por la tele dicen —el viajero entiende algo— que la economía está mal, pero que muy mal, y que hay crisis y no sé qué del desarrollo sostenible... así que el viajero le dice a la camarera que ella sí que lo tiene todo desarrollado y sostenible y que a qué hora termina. Ella ríe y simula que no entiende y se va, pero al poco vuelve haciendo como que recoge. El dueño no le quita la vista de encima. De tanto como se demora y remolonea, parece limpiar las migas de la mesa de una en una. Agacha la cabeza, esconde la cara entre el pelo y sonríe. Al final resulta que viene a buscarla su novio, pero que si mañana el viajero quiere tomar un café, después de comer, que ella termina a eso de las cuatro o cuatro y media...

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lunes, 20 de junio de 2011

Nanas de la cebolla

Con esta cebolla siempre lloro...



Borboteante numen



A veces pienso que se me entiende demasiado; que uso un lenguaje demasiado simplificado, demasiado sencillo. A veces pienso que quizás usted y yo nos estemos perdiendo algo...


Ínclito, borboteante numen;
Arrobado fucilazo que provoca el deliquio mío
Y en perspicuas palabras me derramo
Asaz entreveradas de poesía
Que instilando  gota a gota, de amor, el veneno,
Do  ayer  campaba  sereno
—en corazón ubérrimo y fértil—
Hoy, ágrafo, oblitera, tacha, quiebra y muda
Y menoscaba la cordura con su mendaz jáculo
Buscando acertar de pleno en mi corazón cansado
Trocando dionisíaco tirsos por ascético báculo
Y —siendo el último de una cáfila errabunda—
Se me pierde en horizontes confusos, en desiertos de penumbra.





...sabed que a mi lo hiperbólico no me resulta simpático. La Venganza de Don Mendo







sábado, 18 de junio de 2011

Cuando los pájaros cantan...

...en libertad:




Muestra geoposicionada de mensajes entre partipantes del movimiento 15M en redes sociales. Una linea entre dos puntos indica que el nodo de partida ha mencionado en ese momento al nodo de llegada.

El estudio está realizado por el BIFI de la Universidad de Zaragoza. Para más información, ver -->

http://15m.bifi.es/index.php


viernes, 17 de junio de 2011

Nuestro NO gigante.


Violencia  de los bancos
Violencia de los juzgados
Violencia de los diputados
Violencia de los púlpitos
De las columnas de los periódicos
De las tertulias de las radios
De los que nos llaman sucios,
Anti-sistema, desarrapados,
Y ellos...¡ni con rosas
Ocultan su olor a podrido,
Su olor a muerto en vida,
Su olor de gusano carroñero!
Violencia de los que manipulan.
Violencia de las grandes fortunas, 
De los que piensan que somos mercancía,
Un número, un ser idiota al que utilizar
Y del que aprovecharse.

Pero ha llegado el momento de ponerles delante

Nuestro    NO gigante.

NO me representas
NO me manipulas
NO piensas por mí.







http://www.youtube.com/watch?v=AoypBrtUc4w










jueves, 16 de junio de 2011

De repente, me golpeas


I was lying in my bed last night staring
At a ceiling full of stars
When it suddenly hit me




En cualquier esquina, en cualquier carpeta del ordenador, en cualquier mirada de reojo por la ventanilla del coche….ahí estas. Congelada en el tiempo. Viviendo otra vida en otra dimensión. Inasequible. Extraña. Aun siendo la misma, la de siempre. Detenida en el tiempo, disecada por el formol de la ausencia, desatada en la forma del amor. Esperando a que me muera para desaparecer de mis tejidos, de mis neuronas, de mi maldito comprender que la vida no tiene sentido sin ti, que todo se ha parado en aquel tiempo que quemamos juntos; en aquellos besos que bebimos juntos a grandes tragos; en aquellos cuerpos precisos que se movían rigurosos como astros celestes disparados a su destino. Balazos de trayectoria milagrosa, imposible, vertiginosa, paralela, deliciosa, envidiable. Zumbando de amor. Ardiendo de amor. Sin escuchar a nadie. Con nuestros corazones de plomo hirviente, derretido, buscando una pared donde estrellarse hasta reventar de dolor.


Es todo tan extraño ahora…






Amor precario

Amor de oficina, amor oculto, amor cohibido,
Amor sin techo, amor de bar
Amor sin noches, amor de coche
Amor de pasillo y de miradas,
Amor de puertas entornadas
Amor de mentiras y traición.
Amor con hora de salida,
Amor de cervezas y disimulos
Amor de momentos y despedidas
Amor de móvil, de sexo vestidos.
Amor sin
domingos
Amor prohibido
Amor becario, amor precario.
Amor ridículo
Amor falsario



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>Escúchelo recitado por el autor aquí---->


Olor a suelo fregado...


Olor a suelo fregado
Olor a sombra
Olor a verano
Olor a vencejo
Olor a temprano
Olor a heno
Olor a hermano
Olor a ingle
A borrador
A lapicero
A cuero
A pan, a leche
A  noche, a despecho.
A sandía, a azufre, a zarcillo,
A cera, a barbecho.
A cuero cabelludo
A incienso, a pelo, a romero.
A almidón, a sábanas de algodón;  a plancha.
A café recién hecho.
A pasillo, a croissant, a luz en el techo
A portazo, a eco,
A silbido en la escalera,
A puerta y ventana abierta.
Olores, dolores, nostalgia…
¡Huele! ¡¡Duele!! ¡¡¡Despierta!!!






martes, 14 de junio de 2011

Por decreto, público- secreto, me manumito.



¿Bailar? Has dicho...¿bailar?
¿Pero qué te crees? ¡Yo soy un poeta! Una mente especial, sensible, terrible. Una antena que entra en resonancia con el universo. Se acabó el mendigar. Se acabaron  las contemplaciones.  A partir de ahora voy a reinar con mi poder absoluto. Con toda la fuerza de mi ser. Con toda la potencia de mi libre albedrio. ¡A tomar por culo, chulo! A tomar por mar, viento! ¡A tomar por siento, lento! Asomar por loma, broma, A romar por suelo, cielo. Te quiero…¿mucho? chucha chucho. Estampado, espantado, boquiabierto, congelado. Un teclado. Un teclado. Mi reino por un teclado. Palabras, letras, metas, nenas, netas, tetas. Callado. Silencio. En blanco. Otra vez callado. Solo. Casi muerto.  Despiadado. Agg, me has dado. Me has mirado, me has leído, te has reído; olvidado.






domingo, 12 de junio de 2011

La amiga inocente


Eres la mejor amiga de mi mujer. Vienes a todas partes con nosotros ¿Me estoy volviendo loco? ¿O es verdad que te insinúas? A veces pienso: «No. Es casualidad.  Me lo invento»

Pero no puede ser casual  que siempre que te bese en la mejilla me mires a los ojos levantando la cara y  note fugazmente la  humedad de tus labios en la comisura de mi boca; que siempre te descuides con  la puerta del baño y la dejes entornada y te entrevea desnuda saltando a la ducha; que te pegues así a mi cuerpo cuando jugamos a pelearnos en el agua; que me pidas que te extienda crema para el sol  en la espalda en cuanto que nos quedamos solos...

Pero no. No puede ser verdad. Realmente…eres tan ingenua,  tan inocente.


viernes, 10 de junio de 2011

El árbol enamorado

—¡Pssh, señorita! Le importaría hacerme compañía por un momento.
¡Es tan aburrido estar aquí a solas!
¡Fíjese que agradable la sombra; el canto de los pájaros!
Tengo que confesarle que ya me he fijado en usted hace bastante tiempo.
Todas las mañanas espero impaciente el momento en que sale del portal y se va por la calle, cuesta arriba, hacía la parada del autobús.
Surge usted tan radiante, tan luminosa.
Me gustaría acompañarla, pero no puedo moverme.
También  por la noche vigilo cuando vuelve a casa;
Usted no lo sabe y mira precavida a uno y otro lado antes de abrir el portal,
pero yo estoy aquí, alerta, dispuesto a darle un ramotazo a cualquier imbécil que quisiera molestarla.
¿Cómo? ¿Ya se va? No me mira, no me escucha
¿No comprende lo que le digo?
¿No entiende el susurro de mis hojas;
el bullir de mi savia;
el aroma de mi corteza enamorada?

martes, 7 de junio de 2011

Oaxaca

Los guajaqueños están muy orgullosos —y con razón— de su ciudad. Basta que uno la ensalce un poco para que se abran amistosamente y te cuenten cosas de aquí. Las casas antiguas y el pavés de la calle son de una piedra verde que saca sus mejores tonos tras un chaparrón. No hay edificios altos; una o dos alturas como máximo ya que estamos en una zona telúrica, como muy bien nos explica un agradable paisano con el que pegamos la hebra. Da gusto hablar con él por lo ameno y preciso que resulta al expresarse.

La vida de la ciudad gira —cómo no— en torno al Zócalo, una plaza de antiguos edificios con soportales y frondosos árboles (almeces). En el medio hay un templete de música y, repartidos estratégicamente, fuentes y bancos.
Vendedores de globos y animalitos hinchables se concentran en las inmediaciones de la iglesia. Los cafés y los bares restaurantes sacan sus sillas a las aceras bajo los soportales.



La actividad más placentera de Oaxaca (pronúnciese Guajaca) es, sin duda, sentarse aquí a no hacer nada; dejar pasar el tiempo, hechizados por las nubes, por la gente que pasa, por los juegos de luces y sombras que se forman entre las frondas de las copas de los arboles. Este es el Zócalo de nuestros huevos fritos con jamón a la hora del desayuno; el Zócalo de las frutas con yogur de por las noches; el Zócalo de todas las horas, marcando con sus cuatro esquinas los cuatro rumbos del universo. Suena la marimba, alegre o romántica mientras en el otro lado se arrancan los metales del mariachi en una explosión sonora extraordinaria. Bandadas de vendedores callejeros ofrecen todo tipo de cosas: nueces, pulseras... Los chiquillos revolotean por las mesas cantando canciones y pidiendo la voluntad. Bajo unos toldos frente al Palacio del Ayuntamiento viven acampados rodeados de pancartas en permanente reivindicación los damnificados de no sé qué problema o estafa. Desde un improvisado puesto del PRD nos arengan con un megáfono.

La gente compra unos globos enormes de más de metro y medio, parecidos a grandes cactus, y los lanzan al aire. Suben y bajan alegremente en la atmosfera limpia, rutilante, que ha quedado tras la breve lluvia de la primera hora de la tarde. Ahora comprendo el cartel que hay en la puerta de la iglesia y que ayer me dejó pasmado cuando fui a visitarla: "Prohibido entrar con globos" decía. ¡Menudos globos! En los mismos puestos también venden animalitos de plástico hinchables.

—«¿A cuánto el elefantito?» —pregunta el chamo que apenas levanta dos palmos del suelo al dueño del puesto que está al lado de donde permanecemos sentados. Me asombra su carita. Es una mezcla expresiva que no puede ocultar el deseo que el elemental juguete le provoca a la vez que trasluce una seria voluntad negociadora y una demasiado temprana disposición a la renuncia y la resignación. Me entran unas insoportables ganas de jugar a ser dios y de comprárselo.

Nos alojamos en un hostal próximo a los mercados y algo separado del centro pero que tiene la doble ventaja de ser económico y de que justo al lado salen los autobuses turísticos a Monte Albán. Según dicen es el preferido de los hombres de negocios y de las familias mexicanas. Las habitaciones son básicas aunque amplias y ventiladas y dan a la alberca (piscina). El ruido del tráfico se cuela por todas las rendijas. Nos quieren cobrar por adelantado , al parecer es la costumbre, pero no hemos hecho caso (nosotros también tenemos nuestras costumbres).
— Bueno, mañana me pagan ¿sí? —nos dice resignado el hombre de la recepción, torciendo su feroz bigote de bandido. Viste una chaqueta negra que sin duda conoció mejores días aunque le cuadrarían más un par de cananas llenas de munición cruzándole el pecho.

Cuando volvemos por la noche nos damos cuenta que de que por la zona hay ambiente de prostitución. En las mal alumbradas calles se ven mujeres pintarrajeadas en actitudes de oferta que no dejan lugar a muchas dudas. Sin mirarlas apenas agarro del brazo con gesto protector a mi compañera y entro al zaguán del hotel muy dignamente. Estoy un poco cortado, sobre todo por Alicia, y para dármelas de mundano le comento al recepcionista:
—¡Vaya! Parece que hay muchas lindas "señoritas" por los alrededores.
El vigilante que le acompaña, y él mismo, se parten de risa durante un buen rato. Cuando recupera el habla me dice:
—¡Son hombres! ¡Son purititos hombres! — y me da más detalles:
—Se pintan y ponen rellenos por los pechos y caderas, pero son hombres. Ja, ja, ja ¿Le gustaron?

Total, que me voy para la habitación más corrido que una mona.
A los diez minutos dormimos profundamente. Sueño que soy un globo grande, inmenso, que dando botes me he colado —sin querer — en la iglesia. Voy desnudo rebotando por todos los lados. Los feligreses me persiguen rabiosamente con cirios encendidos para explotarme. Me refugio en el techo. Abajo veo una mujer —de esas tan increíblemente guapas que hay por aquí— ataviada con un rebozo blanco finamente bordado. Me mira fijamente bajo sus amplias cejas negras. Con una mano sujeta al chamo de la plaza; en la otra, agarra firmemente un elefantito rosa por la trompa. Sí, ya sé, por la trompa.


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lunes, 6 de junio de 2011

Amatenango del Valle

 Hoy hemos venido a Amatenango del Valle, un pueblo próximo a San Cristóbal de las Casas. Es conocido principalmente porque aquí las mujeres elaboran cerámica de forma artesanal modelando figuras de barro y cociéndolas a cielo abierto en hogueras hechas con leña. Este sistema lo vienen empleando seguramente desde antes de la llegada de los españoles. Las figuras son de esas zoomorfas que tanto nos gustan y que representan, cerdos, perros, palomas, y otros animales de su entorno en graciosas actitudes llenas de vida.

La combi nos suelta en el entronque de carreteras de la Panamericana y en seguida se pierde zumbando a lo lejos. Nos quedamos solos en el inhóspito cruce. A nuestra vista, alejado un par de kilómetros, se encuentra el pueblo. Vemos que el zócalo —así es como llaman en todos los pueblos y ciudades de Méjico a la plaza principal— con la iglesia de tipo colonial, el ayuntamiento y el mercado, está en lo alto de una pequeña loma. Partiendo de él en todas las direcciones se extienden las amplias calles principales pavimentadas con grandes losas de hormigón y flanqueadas por ranchitos miserables vallados con maderas negras medio podridas. Las casas son de adobe entreverado con palos de pino y están plantadas en medio de pequeñas parcelas de tierra con mucha vegetación, huertas, árboles frutales y gallinas y cerdos.
Los habitantes de Amatenango del Valle son principalmente tzeltales , otra etnia maya. Las mujeres y niños visten trajes de colores muy vivos y huipiles (una especie de camisa) lindamente bordados. Las mujeres también se cubren la cabeza con una especie de chales azules o rojos. Los niños nos tienen miedo y se meten corriendo en los ranchos. Desde el interior nos observan sin atreverse a salir a la calle.
Una mujer nos llama desde la puerta de un vallado. Nos muestra un perrito de cerámica y un artrítico dedo índice extendido.
—Uunnn peeees’o—. Hace un gran esfuerzo para hablar español.
Se lo compramos.
—¿No tiene más?
—Eestaan cruuudoss—. Entendemos que quiere decir que todavía no se han cocido.
Dos niños, mocosos y no demasiado bien nutridos, trepan por las maderas como si fueran caracoles, y un perrito —increíblemente parecido al que hemos comprado hecho en barro— menea la cola por ahí.
Damos unas vueltas por el pueblo, encantados de no tener nada que hacer. Apenas se ve gente y los pocos que se ven parecen inabordables. Ajenos a nosotros. Además, dudo que sepan hablar suficiente español.

Al final, nos sentamos a la sombra de una casa, a vaguear y ver pasar la vida por delante. Al rato aparece tocando la bocina el camioncito de Aguas Azules. Se anuncia por la megafonía que lleva incorporada. Vende agua purificada y todo el camión está lleno de grandes garrafones tintados de azul que le dan un aspecto limpio y refrescante; como de piscina ambulante. El conductor se sienta con nosotros y nos da palique
—Buenas tardes—. Y tal y tal.
—¿De dónde vienen ustedes? —nos pregunta.
—De San Cristóbal—. Disimulo, aunque sé que quiere saber de qué país somos.
—No. ¿De qué país?
—Somos españoles.
—Aaah, muy lejos. Otro continente—. Me quedo impresionado ¡Este es instruido de veras!
—¿Está cerca de Alemania? —continúa.
—Bueno, sí —contesto —.España, Francia y luego Alemania —. Y pinto tres rayas con el dedo sobre el suelo donde estamos sentados.
—En España hablan puro español. ¿No?
—Sí. Así es.
— ¿Y también hablan inglés? —(¡Qué manía tienen con el inglés!)
—No, no. Sólo español—. Nos mira; sobre todo a Alicia con su pelo rubio y grandes ojos claros. Noto que le parece raro que unos gringos como nosotros no hablemos inglés a diario, pero el hombre no parece dispuesto a discutir.
Para no ser descortés ahora me toca preguntar a mí. No se me ocurre nada.
—¿A cuánto vende las bombonas de agua?—. Espero que no piense que quiero comprar una. Son enormes...
—A cinco pesos. Son de diecinueve litros —y continúa—: Antes el agua de los ríos no estaba contaminada, pero ahora sí—. Y mueve la cabeza con una expresión entre queja y resignación por la velocidad a la que cambia el mundo, para peor.
Seguimos hablando. Se muestra muy interesado cuando le digo que un litro de agua embotellada en España cuesta diez pesos. Le parece un negocio fabuloso. Me pregunta si también van camiones repartiendo agua por los pueblos.
—No —le contesto—. En España sale agua potable del caño en todas las casas.
Le cambia la cara de inmediato. Pobre. Al poco nos despedimos. Él se va por entre los ranchos dando voces con su gangoso altavoz y con un sueño millonario desvanecido en un instante y nosotros para la carretera —decididos a no preocuparnos por nada— a ver cómo nos las apañamos para volver a San Cristóbal de las Casas. La vida continúa en Amatenango como lo lleva haciendo desde hace muchos, muchos años.
¡Eh! Parece que viene un coche…


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¡Ay! laralá....

jueves, 2 de junio de 2011

San Juan de Chamula

En el transporte colectivo a San Juan de Chamula desde San Cristóbal una muchacha indígena nos pregunta de dónde somos. No localiza muy bien España que se la imagina más bien por encima de los Estados Unidos o algo así. Mira y mira con timidez juntando valor y al poco se decide y me pregunta:
—¿Cómo se dice “te quiero”?
—¿Te quiero? —repito, extrañado.
—Sí, en inglés.
Todavía más extrañado, le pregunto si es que quiere decir “estar enamorado”.
Se sonroja y se tapa la cara a la vez que ríe.
—I_love_ you —digo despacito.
Intenta repetirlo sin éxito. Se queda en un puritito “ay”.

Los Chamulas son indígenas de diversas etnias mayas, sobre todo tzotziles,  y tanto en San Juan cómo el cercano San Andrés vive una gran población de ellos.
Dentro de la iglesia hay un ambiente de misticismo. Lo domina todo el olor de las agujas de pino que recubren el suelo y de los cientos de velas que arden por todas partes. No hay bancos. La luz está tamizada pero se ven bien los más de veinte santos dentro de hornacinas que están rodeadas de búcaros con flores de color blanco y espejos que reflejan la maldad (dicen). En algún sitio leí o me contaron que a los que no hacen milagros los castigan desnudándolos y sacándolos fuera de la iglesia, pero no puedo confirmarlo.
Las familias indígenas se sientan en el suelo y hacen sus ritos. Encienden multitud de velitas muy delgadas que plantan en el suelo formando hileras. Traen consigo botellas de Coca-Cola que, aunque suene extraño,  utilizan para sus ritos. Destapan la botella y la sirven en vasitos de los que beben pequeños tragos. Los hombres dedicados al servicio religioso visten unos ponchos blancos que sujetan con un cinturón. Se conocen como Mayordomos para Cristo y ellos si son muy cazurros y pedigüeños y poco espirituales.
Las indias rezan un canto monocorde mezclando palabras españolas e indígenas que supongo que son tzotzil:
—Señor “totatana es quien de tana”.
—Señor los angelitos “jarana, condana, selana”.
—Señor “ochi, mochi, lana”...
…y cosas así. Una melopea sin final hasta perder el aliento.
Los hombres de rodillas, muy derechos. Las mujeres sentadas, y los niños correteando y arrastrándose por el suelo, jugando. También están por el suelo las tres campanas, vaya usted a saber porqué. Del techo cruzan telas de lado a lado pendiendo de una gran soga que atraviesa la iglesia en sentido longitudinal. Se está bien a la sombra.
Afuera una gran plaza bajo el fuerte sol. La iglesia está pintada de blanco con adornos verdes. Hay grandes anuncios de Coca Cola por todas partes. Como sucede en tantas otras partes, cuanto más de paso es el turismo, más tenaces pedigüeños son los niños y los vendedores de recuerdos. Saben que tienen escasos minutos para cazar al turista que suele aparecer en oleadas. La inmensa mayoría del turismo que pasa por aquí es de paquete.
Huyendo del acoso de los vendedores de la plaza nos perdemos por los alrededores. A pocas decenas de metros ya volvemos a ser personas y no un animal al que expoliar enseguida. Entramos en un comercio pequeñito más por curiosear que por comprar unas galletas.
Detrás del mostrador una señora mayor moja el dedo en un frasco que parece contener aceite y masajea a una niña. Nos explica que es porque la niña no come.
—Se les da un “sobadito” por todo el cuerpo y a los tres días un laxante…— nos dice.
Y esto hace que el niño coma.
La niña tiene unos ojos grandotes y melancólicos que parecen aún más profundos en la oscuridad del recinto. Nos mira moviendo el cuerpo acompasadamente mientras recibe el masaje de la abuelita.
—¿Cómo te llamas? —le pregunto.
—Selene Guadalupe Pereda de Villarte, señor—. Por aquí, cuanto más pobres y descalzos van más largo tienen el nombre.
—Bonito nombre —respondo— ¿Ya sabes lo que significa?
—No señor.
—Selene es luna —le digo—. En latín —. Intento aclarar y todavía es peor.
—¡Ah! —se interesa la vieja— ¿y en español, cómo se dice luna?
Ahora el que se queda estupefacto soy yo.
—Pues…luna, luna. Igualito.



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