viernes, 13 de mayo de 2011

Una carta sin certificar

La calle arenosa se calcina al sol del mediodía. El rio y los insectos ponen un rumor fuerte e insistente de fondo. Tan habitual que pasa desapercibido.
Juan sale a la luz desde la sombra profunda del galpón que hace las veces de almacén y cantina, cegado por el súbito resplandor y trastabillando por la borrachera.
María Consolación llega tarde. Otra vez tarde. Viene sofocada. Siente todavía aletear el pene de Gregorio entre los pliegues de su sexo. El semen ha comenzado a descender y lo nota, ya frío, empapando parte de las bragas y resbalando por el muslo derecho.
—¡Mala puta! Ahora te daré tu merecido.
La camioneta, de grandes ruedas, adaptada como todo-terreno y con vistosos carteles, ha parado junto al embarcadero donde ya esperan, varadas, como grandes cetáceos o tortugas amarillas, las lanchas neumáticas para el rafting. Los gringos bajan en un grupo gritón y multicolor como una bandada de guacamayos en la ribera del río o, mejor, como lechones sonrosados chillando detrás de la gran cerda que es el guía.
Dos perros sarnosos husmean en los montones de basura.
Helmut, pantalón corto, rubicunda calva incipiente quemada por el sol, camisa de safari de color caqui, lo quiere atrapar todo con la cámara que lleva sempiternamente colgada al cuello y con la que se podrían pagar más de un año de peonadas. En tres días ha disparado más de mil quinientas veces. Lo ha fotografiado todo: Los árboles, las casas, los animales, los atardeceres, las gentes, los miembros del grupo, los restaurantes, los albergues, los puestos callejeros, los autos destartalados, las pintadas electorales, los nidos de las oropéndolas, las cautas tarántulas reveladas en la oscuridad durante las caminatas nocturnas por el brillo metálico de sus ojos a la luz de una linterna…Se aparta un poco del grupo, ¡si pudiera fotografiar a esa mujer que camina bajo el sol con suave contoneo! Viene con una expresión indescifrable en su rostro: una extraña mezcla de satisfacción, desafío y miedo.
Suena el disparo: ¡Pam! Un ruido absurdo; seco; breve. Como una señal para dar la salida en una carrera de atletismo. Tan fuera de lugar está aquí, en medio de esta sinfonía monocorde, que es inmediatamente absorbido por el rumor eterno de la selva. Los perros levantan la cabeza un momento; sin muchas ganas;  sabiendo lo poco que lograrán ver con sus ojos casi ciegos, cubiertos de legañas.
A Helmut la bala le entra por el ojo derecho y le sale por la base del cráneo tras la oreja izquierda. No lleva su nombre. Aun así lo encuentra; le atraviesa y le hace caer muerto; fulminado; desparramando masa encefálica por la acera de madera.
Las balas son cartas que sólo saben ir en línea recta. Más vale no ponerse en su trayectoria en el momento de la entrega.