domingo, 29 de mayo de 2011

Lola (Ad kalendas graecas )

Durante años fui a trabajar esporádicamente a una pequeña y bonita ciudad de la costa mediterránea.
Allí cultivé el amor de una chiquilla con palabras tiernas y melosas. Ninguno conocía nada del otro. Dejábamos al azar la responsabilidad de volver a juntarnos. Cuando nos despedíamos nunca sabíamos si nos íbamos a volver a ver. Pasaban los meses, los años y, de repente, un día, nos cruzábamos en la calle de nuevo.
Este poema tiene treinta años. A veces sueño que nos volvemos a encontrar y que ninguno de los dos ha cambiado. La encuentro a ella y me encuentro a mí.



Ahí va la Lola, flor del romero, boca que ríe, ojos que lloran.
¿A quién espera la niña, día tras día, hora tras hora?
Tiene el alma de brisas y se queda sola.
Un marinero de blanco le trae una piedra del Japón;
Jabón de olor (y una peineta de cristal)
El mercader portugués.
Un jesuita un misal de oro y nacarado.
Los chiquillos las primeras
Naranjas que han robado.
El jardinero aparta una flor
—La más pequeña entre todas—
Y dice: este botoncito para mi Lola.
¿Dónde va la Lola, flor del romero, boca que ríe, ojos que lloran?