lunes, 16 de mayo de 2011

Las torres









Las ven ¿verdad? Aunque esté rodeado por naturaleza en todo su esplendor —las encinas se doran al sol de esta tarde de primavera— esas torres trepan por el aire  buscándome.


Se apoderan del horizonte  para recordarme que el hombre sabe hacer esas cosas horribles de las que un día decidí huir y que se llaman ciudades . Una tarde, dando un paseo por los alrededores del pueblo,  las vi asomar en el horizonte y fueron creciendo, creciendo, como un grano malo o un cáncer, hasta quedarse  ahí. Parecían advertir: «Vamos a por ti, Miguel. Vamos a por ti»
Los americanos, que son muy prácticos en esto del lenguaje, llaman al panorama urbano skyline, es decir, la línea del cielo. Las ciudades se definen por la silueta que dejan al recortarse  en la línea del horizonte, pero estas torres son un sin sentido vertical surgiendo en el paisaje bucólico —monstruosas, aisladas— sin ninguna relación de escala o perspectiva con la urbe que las rodea. Son un atropello visual, unos robots gigantes de pesadilla interplanetaria, unos silos irracionales que, en vez de almacenar grano, guardan en sus tripas remedos de seres humanos. Unos espeluznantes  termiteros de acero y de cristal.
Siempre me han gustado los espacios abiertos y he odiado a los que se apoderan del horizonte y nos tapian la mirada. El hombre huye y se sienta frente al mar para poder mirar a lo lejos —aunque sea a nada— sin interferencias humanas. Es entonces cuando aparece la avioneta con el letrero colgando, la moto de agua metiendo ruido o el imbécil de la motora y el parapente ¡Qué frustrante esta vida artificial plena de estímulos consumistas!
Se podría decir (ustedes ya se lo imaginaban) que tuve una infancia mimada  —pobre, pero llena de cariño— haciendo siempre mi santa voluntad.  Eso sí, a veces tenía que arreglármelas con mis hermanitas mayores que inventaban mil fórmulas  para fastidiar al pequeño rey de la casa.  Una de las bromas que me parecía más difícil de rebatir era cuando agitaban sus manos a escasos centímetros de mis ojos a la vez que canturreaban: «el aire no es de nadie, el aire no es de nadie». Me parecía una verdad incuestionable. Así que cuando la emprendía a patadas con sus espinillas (mi estrategia defensiva más eficaz), esas veces no me sentía amparado por la justicia y la razón.
 Ahora estas torres parecen repetir, muchos años después, la misma burla  pero no sé a quién darle las patadas. Aunque quizás...

.