viernes, 6 de mayo de 2011

Las cookies




Estoy convencido de que las cookies —sí, esas cositas que se almacenan en el ordenador dejando trazas de nuestra navegación por internet— saben más sobre mí de lo que yo mismo sé. Por  eso observo con atención ( a veces con preocupación) los anuncios que me sirven las páginas web que visito. A nadie se le escapa que la publicidad en internet es dinámica e intenta ajustarse a los gustos, preferencias y supuestas necesidades del internauta; para ello recopilan información de donde pueden (y pueden de muchos sitios) para servir la publicidad adecuada a la víctima compradora; en este caso, este menda lerenda y seguro servidor de ustedes que tiene el gusto de escribir esta nota.

Ya me desagradó cuando empezó a proponerme esos contactos seguros con esas tías tan ordinarias de pechos como balones de reglamento por tan redondos, turgentes e igualmente manufacturados.  Luego decidió que a lo mejor yo era un meapilas pacato y durante semanas se me estuvo apareciendo una individua de mediana edad con pinta de monja, sugiriendo que podía encontrar  la solución a mis problemas espirituales y carnales si me apuntaba a un determinado servicio de búsqueda de media naranja. Es verdad que últimamente afina un poco más y me sugiere unos “encuentros de altura” con unas bellas señoritas en un ambiente bastante lujoso. Les voy a hacer el mismo caso que a los anteriores, pero me agrada que, por fin, el monstruo de las galletas ha comprendido que yo soy un tío de gustos refinados y con un aceptable poder adquisitivo. Afortunadamente ya hemos superado aquel periodo en el que caí bajo sospecha de impotencia y se dedicaba a sermonearme "que no estaba todo perdido" y que "esas cosas tenían su remedio adecuado" ofreciéndome servicios que iban desde la discreta consulta con el sexólogo hasta el suministro, más o menos clandestino, de unas buenas dosis de viagra o cialis. En fin, lo que tiene claro, y ahí no hay forma de rebatirle, es que estoy más solo que la una.

Peor es la otra línea en la que se ha empecinado y que es la de llamarme viejales. Las ofertas de balnearios y viajes especiales para “seniors” son otra de sus grandes líneas de ataque. No se deja impresionar por mis gestas montañeras, mis deportivas salidas en bicicleta o mis viajes de mochilero por todo el mundo,  y se empecina en mandarme a descansar tomando el sol confortablemente instalado en una hamaca de la cubierta de un crucero o a gozar con unos baños de barro ideales para la artritis.

Al menos todavía se corta un poco, pero temo el día en que empiece con los bragueros ortopédicos y la pasta para fijar la dentadura postiza. Ese día apagaré el ordenador y ustedes no volverán a saber de mí. Mientras tanto, y hasta que llegue ese aciago momento, no dejen de visitar mi blog.

Les saluda cordialmente,

Miguel Guinea.