jueves, 28 de abril de 2011

Las zanahorias.


La plataforma hierve. Entran miles y miles de llamadas. Hace calor, los casi doscientos operadores —la mayoría chicas— hablan y hablan. Se repiten las fórmulas de cortesía estereotipadas en los saludos; los soniquetes  preferidos por cada cual para decir la frases manidas, automáticas, los idiomas mezclados, los argumentarios. La infraestructura informática es mi creación y estoy orgulloso de ella. Yo lo he dirigido;  he implantado este megaproyecto con novedosa tecnología pionera y ahora, después de todas las tensiones de la puesta en marcha, simplemente me paseo, vigilo, observo, analizo, corrijo, escucho de nuevo... La directora operativa de las chicas, joven y ambiciosa, las maneja con mano de hierro no exenta de simpatía. Llevamos meses colaborando juntos durante el arranque  —cada uno atendiendo a sus responsabilidades— y nos tanteamos como dos animales que compiten y se estudian con respeto, con precaución, sin decidirse a atacar todavía. 

Hoy lleva una graciosa camisa con un blanco crudo de fondo y un estampado grande de manojos de zanahorias. En el pasillo, camino del office para tomar un café, sin pensarlo demasiado, me dejo llevar por el impulso:

—¡Bonita camisa!

—¿?
—Debes tener al conejo muy contento —le digo, buscando el contacto por las bravas —Por las zanahorias —aclaro,  sin maldita la falta que hace.

He empleado "al" y no "el" para referirme al conejo. Sutilezas de las mías para separarlo ligeramente de ella, de su persona. Para darle entidad propia; extraerlo de su cuerpo; quitárselo de entre las piernas y concederle una minúscula posibilidad semántica de estar en una hipotética caja de cartón en la cocina de su casa.

Aún así se hace la medio ofendida: «golfo» y esas cosas… pero quedamos para unas cañas al terminar,  a las ocho de la tarde. Ya en el pub, achispada, parlotea animadamente. Me confiesa  —los cuerpos próximos, las miradas prendidas— que le encanta mandar y que la gente se acojone con las broncas que les echa... Es una de esas típicas hijas de puta, de tetas pequeñas, que siempre me han gustado.