martes, 29 de marzo de 2011

Tiempos Modernos


El caso es que cuando quiero poner distancia con este mundo moderno me voy a ese pueblo de Gredos donde uno de mis hijos y otros amigos suyos tienen una casa alquilada. Construida de piedra y adobe   —con su pajar, corral y pequeño huerto— conserva todo el encanto rudimentario de otros tiempos. Sin apenas comodidades —para que se hagan una idea dormimos en el suelo— la casa está en un pequeño pueblo en lo alto de la serranía. Como se pueden imaginar hace un frío que pela y el pueblo está casi deshabitado durante el invierno aunque desde hace unos años tiene un bar permanente que le da cierta vidilla.


Bueno, a lo que iba: Total, que nos fuimos para allá este fin de semana escapándonos el  viernes lo suficientemente pronto como, para de camino, comer en una venta de las proximidades de Ávila el famoso cocido madrileño que allí ofrecen; uno de los mejores del mundo, según dicen.  Ahí estábamos, dando cuenta de sus generosas sopas, que las ponen dobles, de fideos y de pan, cuando pegué la oreja a la conversación de la mesa de al lado. Los escritores —ya se sabe— tenemos que hacer estas cosas aunque les parezca un poco feo  porque si no, enseguida, se nos acaban los asuntos que contar.  La mesa estaba ocupada por cuatro mujeres de aspecto muy normalito y que, incluso a mí que ya tengo mis años, me parecieron más bien mayores:

—¡Pues bájatelo,  y ya está!—decía una de ellas a la amiga sentada enfrente. Pensé que se refería al bajo de unos pantalones o que quizás hablaban de un abrigo que necesitaba una adaptación a la moda actual.

—Pero es que tengo windows siete —repuso la interpelada.

—Da igual, te descargas el modo de compatibilidad con equispé…y andando.

 Volví a mi vino y a mis sopas desinteresado de la conversación aunque un poco sorprendido y un punto alarmado. Me parecía algo incongruente la charla tecnológica que esas buenas señoras desarrollaban en el vetusto y minúsculo comedor presidido por la tele,  un aparador y la cabeza apolillada de un jabalí disecado que, por su franca sonrisa, daba a entender que ya hacía mucho tiempo había perdonado la putada que le hicieron  el día que decidieron rellenarlo de crin y de papeles. No volví a recordar el tema hasta el día siguiente que, en el bar del pueblo,  vi a la Julia, la dueña del mismo, trasteando con un portátil:

—Mira, mira... y este es el burro del M. —enseñaba a unos parroquianos unas fotos mezcladas con textos en una inconfundible plantilla de blogger, la misma que yo uso. Me acerqué a curiosear y… si señores, totalmente cierto:  En este pueblo donde a duras penas hay cobertura de telefonía móvil, la señá Julia, se conecta con un modem usb que le da conectividad 3G y en un pispas ha puesto en marcha un maravilloso y entrañable blog —un bloc, como dice ella con mucha más propiedad— contando todas las entretelas del pueblo y que al parecer tiene más del doble de visitas que las que recibe el mío. Botellín de cerveza tras botellín, voy curioseando por sus interesantes páginas.



Paseamos por las laderas del monte, que llevan decenas de años sin que nadie las cultive. Los robles "varias veces centenarios" —como dirían en un documental cursi  de esos que ponen por la tele— no parecen, de momento, tener dirección IP pero ¡quién sabe! El aire me refresca y renueva mis ideas confundidas por la sorpresa y la cerveza.  La lluvia aguanta sin caer aunque las rachas del viento a veces nos humedezcan la cara anticipando tormentas cercanas. Los prados, empapados de agua, están salpicados de pequeños narcisos amarillos. Algunos pájaros "twittean" sus breves mensajes que quieren parecer primaverales. Enfrente, las montañas cubiertas de nieve bajo las nubes blancas, semejan haber estado así desde el principio de los tiempos. Respiro ávida, profundamente.