sábado, 19 de marzo de 2011

Prólogo largo para un cuento corto

Los que hayais leido El Sueño de Miguel ...


...quizás os preguntéis si es un cuento fabulado o no. Hoy escribo este artículo con un doble propósito.

El primero, aclarar que todo es absolutamente real. Desde los datos astronómicos hasta el argentino Osvaldo, pasando por el Prado, las ranas de Alabama, el mago Emegebe, los ciprinos dorados, el cerro, las sabinas, la puerta y, por supuesto, los duendecillos Ma y Te. Asimismo —¡cómo no!— Fosel y Daha existen; y acompaño alguna foto para que quizás los podáis identificar si algún día se cruzan en vuestro camino. El único invento que no se corresponde con la realidad es la mención a “la leyenda de los besos heladores” que no existe, ni nunca existió y que fue introducida en el relato como artificio para fabricar otro más tarde si me venía la inspiración y gana; cosa que nunca llegó a producirse.

El Prado. En primer término (de espaldas):Fosel. Al fondo: Daha



El segundo propósito, es difundir el prólogo que escribí para él y que tuve el buen criterio de no poner delante ya que un prólogo puede matar a un relato y disuadir al lector de seguir leyendo. Siempre he pensado que hay que hacer dos tipos de libros distintos: Unos de buenos relatos y otros sólo de eruditos prólogos, ya que la experiencia me enseña que suelen ser lectores distintos los que aprecian prólogos de los que gustan de cuentos y novelas. Va pues a continuación este:


Prólogo largo a un cuento corto

De creer a Cervantes, fue al escribir el prólogo del Quijote donde se encontró con las mayores dificultades; y no se me hace del todo extraño ya que, ¿qué cosa puede ser un prólogo sino esas palabras que, por definición, nacen huérfanas, y son dichas para presentar lo que se escribió mucho antes y sin necesidad de su concurso?. Palabras que, seguramente, el lector percibirá como una tediosa barrera entre él y el objeto de su interés.
Pensando en todo esto, para que estas que escribo ahora no os resulten del todo ociosas, y dado mi natural poltrón y perezoso, decidí tomar prestadas algunas frases del prólogo del Ingenioso Hidalgo con las que construir un par de citas cultas, y que, gracias a ese artificio, no se pueda decir de este mío que no contiene al menos alguna parte de buena literatura. Además, en breve veréis con cuanta fidelidad se ajustan a mi caso y situación.

Así pues, escribía Cervantes: “…sin juramento me podrás creer que quisiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y el más discreto que pudiera imaginarse. Pero no pudiera yo contravenir a la orden de naturaleza; que en ella cada cosa engendra su semejante. Y así, ¿qué podía engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío sino…” y aquí sigo con mis propias palabras: este improvisado cuento corto que hoy someto a vuestra consideración y que, según se desprende de lo antedicho, nace en lo intelectual genéticamente condenado?

También debo confesar que, como a Don Miguel, me cohíbe el que llaman “juicio del vulgo” y hago mía su inquietud: “…que dirán cuando vean que, al cabo de tantos años como ha que duermo en el silencio del olvido, salgo ahora, con todos mis años a cuestas, con una leyenda seca como un esparto, ajena de invención, menguada de estilo, pobre de concetos y falta de toda erudición y doctrina…”

¿Lo veis ahora? No parece sino que esas palabras me estuvieran esperando a lo largo de los siglos para calzarse a mi situación como el más ajustado de los guantes. Sumido en estas cavilaciones, sólo me atrevo a difundir este cuento entre vosotros, familiares y amigos míos; acogiéndome al cariño que tantas veces me habéis manifestado; confiado en que vuestra bondad y comprensión puedan disimular las muchas faltas que tiene… Pues, como hijo tardío y en todo semejante a mí, en él son fáciles de adivinar las traiciones que ya me hizo Naturaleza, y seguramente localicéis sin demasiada dificultad, aquellas calvas incipientes que se transparentan en el argumento o las pertinaces arrugas que surcan su prosodia. Bien es verdad que a vuestro favor he aderezado el texto, como si de ensalada se tratara, salpicándolo de puntos y comas aquí y allá. Ciertamente gozáis de licencia para ponerlas donde creáis que falten tomándolas de donde seguro que sobran. Todo menos que al leerlo, alguno de vosotros, amigos míos, sienta la fatiga de la falta de aire sufriendo el riesgo de una apoplejía; o que, por el contrario, se quede parado en seco en lo mejor del discurso como mula renuente que solo avanza a trompicones y a fuerza de palos.
Los parajes y personajes que han ido ocupando mi imaginación nacieron de mis frecuentes excursiones a la búsqueda de fósiles por el Señorío de Molina, y es de buena ley que mi inspiración rinda el tributo que se merece a la soledad de esos páramos y al sol inclemente que cayó sobre mi cabeza durante las horas y horas que consumí en ansioso vagabundeo examinando piedras con ojos febriles. Hago mención especial de mi querido lavadero en las proximidades de Anchuela donde, tras dar buena cuenta de mis sencillas —aunque felizmente abundantes— provisiones de pan, jamón y vino, dormí tan buenas siestas uniendo alegremente mis ronquidos al croar de las ranas.
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La bellísima Daha