martes, 8 de marzo de 2011

Muñecas Rusas




Notas de un
 Viaje a Rusia

Por:
Miguel Guinea



Bienvenido, bienvenida. Ha llegado usted -puede que por azar- a uno de los post con más visitas de todo el blog.  No se deje intimidar por su longitud, en él he reunido por conveniencia editorial una serie de artículos publicados por separado. Le recomiendo encarecidamente una tranquila y sosegada lectura de su contenido en una o varias veces, ahora o cuando disponga de más tiempo. Sin duda va a disfrutar con ello. 
Y ya que está aquí :-) No deje de visitar otros contenidos de este blog (narración, vídeo, poesía, ...) estoy seguro de que le va a encantar.


Un cordial saludo

Miguel Guinea









INDICE

1.- Prólogo.
2.- Las Toylets.
3.- Suzdal.
4.- Las fotos de bodas.
5.- Los puestecitos de venta de recuerdos.
6.- Tengo cara de “enterao”.
7.- EL Cristo Salvador.
8.- Las casas de madera.
9.- ¡¡NIET!!
10.- ¡A Casa!
11.- San Petersburgo. Primeras impresiones
12.- Cuando te encuentran las cosas
13.- ¡Esa música!
14.- La ulika Arbat
15.- En el avión.










1.- Prólogo

Bueno… ¿a dónde vamos?
Que no haga calor… que no tenga mosquitos… que sea interesante… que no hayamos estado antes…y así hasta mil y mil conjeturas y como siempre, en el último momento.
Damos vueltas por las librerías curioseando las guías de viaje que llenan los anaqueles.

Esperamos que algún país nos llame. Una señal. Algo que nos motive a cambiar nuestras sosegadas vidas por el puteo de ir de un lado a otro con los trastos a cuestas.

Durante unos días apuntamos a Finlandia, pero algo me echa para atrás. Pongo de pre-texto los mosquitos. Pero yo sé que ni los mosquitos más gordos del mundo me quitan la idea de ir a un lugar cuando este me gusta. Me asusta la idea de unas aburridas vacaciones rurales conviviendo con mi pareja en un sitio desesperantemente civilizado.

De repente….Rusia, ¿RUSIA? ¡¡¡R U S I A!!!

Ese es el destino. Ahí hay que ir. A el país más grande del mundo, con el río más largo de Europa, la montaña más alta de Europa, con siete husos horarios distintos….

Las imágenes relampaguean dentro de la cabeza en rápida sucesión: el vodka, los zares, el caviar, los soviets, los cosacos, el Volga, Siberia, El doctor Zhivago (no importa que esté rodado en Segovia), Lenin, Dostoievski, Gagarin .…

¡Cuántas cosas sabemos de Rusia!

Lo suficiente para que te llame la atención, pero no tanto como para perder el interés.

¡Cuántas cosas hay en Rusia!

¡No importa no verlo todo! ¡Lo que podamos! ¡Una vueltecita minúscula!
Siempre quedan rastros de unas cosas en las otras. Los países se empapan de si mismos, de su geografía, de su historia. Los lugares se contaminan los unos de los otros. Como la sangre que baña las células de tu cuerpo. Viéndote la cara puedo imaginarme tus pies. Solo hay que tener sensibilidad y ganas de hacerlo.

…Y yo tengo ganas de ir a Rusia.



2.- Las Toylets

La vida del turista de ciudades es bastante dura.  Sales tempranito del hotel y te pasas horas y horas pateando las calles de un lugar para otro. Por muy aligerado que hayas salido, al poco rato tienes que resolver cómo, cuándo y dónde orinar.

Te vas bandeando con los servicios de los museos; con los cafés; colándote en los grandes almacenes o en los  —predeciblemente  siempre limpios y fácilmente accesibles—  Mac Donalds.

La última opción son los urinarios públicos. Siempre poco limpios y malolientes. Aunque sean de pago. Están diseminados por los sitios estratégicos: calles comerciales, plazas y monumentos… Acá los más usuales son unas cabinas estrechas con un retrete en forma de asiento, sin agua corriente. Un agujero donde se acumulan las deposiciones de todo el que por ahí pasa. Cuestan unos rublos y la gente hace cola ante ellos.

No están diferenciados por sexos y es fácil ver entrar en ellos a la pija de los pantaloncitos blancos —que transparentan un mínimo tanga— caminando sobre sus tacones de vértigo  para hacer su pis finolis sobre las heces, todavía humeantes, del sanguíneo obrero que acaba de salir.

Algunas cabinas son un negocio fabuloso, como la que está al principio de la ulika Arbat.  Sentados en la acera vemos desfilar incesantemente el muestrario más variado de la sociedad moscovita: el obrero, el empresario, el mafioso, el padre de familia, la madre de familia, la hija de familia, la anciana sin familia, los jóvenes…

Diez rublos, más diez rublos, más diez rublos, más diez rublos… los billetes se acumulan formando un grueso fajo en la mano de la señora que cuida las cabinas (que las cuida, es mucho decir).

De vez en cuando alguien pone las manos al salir y la mujer se las salpica con un chorrito de agua de un botellón que tiene al lado junto con algunos útiles de limpieza con funciones más testimoniales y propagandísticas que otra cosa.



3.- Suzdal

Dan las ocho de la tarde. Un sol apacible lo dora todo y un vientecillo mantiene el ambiente fresco. Me agrada porque conserva a raya a los mosquitos.

Estoy sentado en el Kremlin de Suzdal en los peldaños de la escalera de una iglesia totalmente construida de madera; incluso su bonita cúpula en forma de cebolla.

Se adivinan los restos de las murallas en forma de altozanos cubiertos de hierba que se extienden por la ribera del río.  Por ellos pasean las familias rusas hablando con ese acento tan dulce. Nos saludan de forma muy cortes y formal: “Sdrás vuiti e”. Las mujeres  —como ya es habitual— increíblemente guapas y femeninas.

La campiña está salpicada de pintores que intentan captar esta atmósfera que no he visto en ningún otro lugar. Una sensación jamás sentida. Una percepción que poco a poco se va cotejando con todo aquello que dejaron en mi imaginación los cuadros que contemplé de los paisajistas rusos, las novelas leídas en mi adolescencia de Dostovieski o de Solojov o de Andreiev, el teatro de Chejov.

El alma rusa… empiezo a vislumbrarla; empiezo a llenarme de Rusia; a sentir en ruso…

Me llegan lejanos los ruidos del pueblo: perros que ladran, niños que juegan, motores que rulan tranquilos.

Adonde quiera que mire veo monasterios, espacios abiertos, arbolado, ríos... Veo las caras de las ancianas que en la plaza porticada del mercado, venden pepinillos, frutas del bosque, setas… cualquier cosa que les ayude en su maltrecha economía, que contribuya a sostener su precarísima subsistencia.

Atrás quedó Moscú con su grandiosidad de vértigo; su vida imposible. Todo vuelve a tener una dimensión humana; ¡hasta la triste estatua de Lenin envuelto en su eterno abrigo de bronce mecido por el viento! y que parece haberse vuelto invisible en medio de  la plaza oficial, grande y vacía.

Esperamos a los últimos rayos de sol; los más hermosos. Mañana partiremos, rumbo a otro lugar con la conciencia de que no será tan bello; empujados por el viaje, por la necesidad de cambiar de sitio, de ver cosas. Volveremos a luchar por tener un lugar donde dormir;  a vencer las dificultades, las frustraciones, que nos producen este choque del deseo con la  realidad.

Cada día es toda una vida; cada día está lleno de emociones, de sensaciones intensas. Hablamos de lo que sucedió ayer como si fuera algo remoto en lo que hay que ponerse de acuerdo para recordar….



4.- Las fotos de bodas

Será porque este mes (julio) es bastante caluroso. No sé. El caso es que las calles están inundadas de parejas de novios haciéndose fotos junto a los monumentos.
Los novios, vestidos en traje de boda y acompañados de una docena de familiares y amigos, llegan en una pequeña caravana formada por dos o tres vehículos que pueden variar desde el modesto utilitario a la más lujosa limusina.
A determinadas horas algunos sitios se saturan y se forman colas de distintas parejas esperando para hacerse la foto. Aguardan a una distancia prudencial para no interferir. De paso las “marus” rusas se cotillean los trajes las unas a las otras con el rabillo del ojo, bien cargado de rímel, y se critican los tocados.
La mayoría van con un fotógrafo profesional que les induce a adoptar poses frente al objetivo. Naturalmente muchas de las actitudes resultan ridículamente cursis. Mucho besito… mucho brindis de champán…

Porque… esa es otra. ¡Brindan, y rompen las copas sobre los monumentos! Los de más ringorrango llevan a un “propio” con una botella de champaña y una docena de copas todavía vivas en su caja de cartón.

            Me dan pena las copas. Las veo asomando de la caja, abocadas a su fugaz destino. Pienso: “Una vida tan corta para cumplir una sola misión, como si fueran un zángano fertilizante o un terrorista suicida” pero más tarde se me ocurre que, a lo mejor, las fabrican ya en exclusiva para ese único fin: copa de agua, copa de vino, copa de romper en una boda…
Ninguno parece estar pasándolo especialmente bien. Todo este jolgorio en realidad es una obligación. Menudo trajín se traen. Aunque pongan cara de felicidad, mirándoles detenidamente, es fácil sorprender gestos de frustración, de fatiga, de impaciencia… De todas formas no debe ser cómodo caminar con esos zapatos nuevos, sentarse sobre la hierba húmeda queriendo salvar el traje, beber a estas horas ese champán tan ácido…
Y si no… que se lo digan a esa pobre novia que vi en San Petersburgo, enfrente de la Bolsa, junto a las Columnas Rostrales. Magnifico sitio para una foto. Lástima que están un poco lejos de cualquier café, museo o incluso un Mac Donals con sus servicios predeciblemente limpios. Tanto champán, tanto champán…y la pobre chica saltaba de una pierna a la otra, sin poder aguantarse, dentro de su bonito vestido blanco descotado y con un enorme vuelo sustentado por una especie de can-can, miriñaque o como quiera que se llame eso que ponen`para que la falda quede como una campana.

Lo que si abundaban eran las famosas cabinas Toylets ’s de las más guarras y concurridas de la ciudad….
Ahí estaba yo, con el Pulitzer de fotografía, pasando ante mis ojos como una alucinación. Contemplando, boquiabierto, la maniobra de meter a la novia dentro de la apestosa cabina y a la barrera de amigas tapándola ante la imposibilidad de cerrar la puerta…Qué quieren que les diga…Yo que ella…¡hubiera preferido mearme en las bragas!



5.- Los puestecitos de venta de recuerdos

Hay algo de fiesta campestre, de merendola parroquial, de reunión de antiguos alumnos, en los puestos de venta de recuerdos en Suzdal.

No son chiringuitos sino simples mesas alineadas a lo largo de los senderos en los prados que rodean a los monasterios y otros sitios principales. Casi todos son atendidos por agradables jóvenes, y en ellos venden artesanía de madera.

            Sorprende su abundancia frente al escaso número de turistas que a esa hora de la tarde deambulamos por el pueblo. Sin duda esperan la llegada de autobuses con visitantes de paso.

Sin embargo, el que estén ahí, aparentemente para nada, me refuerza en la idea de que su único interés es charlar y relacionarse entre ellos. Como en un guateque.

Tengo la ilusión de que en cualquier momento van a comenzar a sacar la limo-nada y las tartas desde los edificios cercanos.

Una de las mujeres me mira desde su mesita y, al ver su expresión, ya sé desde el primer momento, que voy a comprarle algo. Me llevo lo más barato, dos bonitas cucharas de madera de boj con lindos esmaltes de pintura roja, negra y amarilla. Son como las que pocas horas antes utilicé en el restaurante para comer mi puchero de salenka, una especie de sopa con verduras y carne.

            Mientras escribo estas notas un airecillo suave me acaricia. Levanto la mirada y se me queda prendida, soñadora, en el paisaje…
Contemplo, desde las murallas herbosas del Kremlin, al río perderse en curvas perezosas y pienso —por pensar en algo— que jamás en mi vida he visto tantas cúpulas en forma de cebolla juntas.



6.- Tengo cara de “enterao”

Me pasa siempre.

Estoy en la calle de cualquier ciudad de cualquier país y todos los del lugar me preguntan cosas: ¿Dónde está esto? ¿Cómo se va a lo otro? ¿Cuándo pasa el tren? Así con todo.

A veces les entiendo y a veces no. A veces le puedo ayudar y a veces no.

Hoy —estamos en Moscú— nos hemos refugiado de las cuatro gotas de lluvia que caen sentándonos un momento en una parada de autobús. En este corto periodo de tiempo me han preguntado por el metro, por la hora, por una calle que debe de estar por aquí cerca debajo de un puente…y todo este trajín  —ustedes ya lo imaginan— ¡naturalmente que ha sido en ruso!

Yo… he sacado el plano de la ciudad, he mostrado el reloj, he dicho muchas veces “pa ruski”…

Da igual hablar o no hablar el idioma del lugar. Nunca te salvas cuando tienes, como yo la tengo, esta convincente cara de “enterao”.

En fin…he estado en la calle y en la calle pasan estas cosas.



7.- EL Cristo Salvador

Bueno, pues seguimos aquí sentados en el banco, viendo pasar la vida, la gente y esas cosas. Se han abierto grandes claros por los que se cuela un sol radiante. Consulto la guía y veo que por aquí cerca está la Catedral del Cristo Salvador, que aunque no parece muy interesante tiene la ventaja de estar al lado. Por algo será.

La Catedral es un edificio moderno. Un gigantesco merengue de mármol blanco con cúpulas doradas, como si fueran yemas de Ávila, configuran este pastelón que se yergue ante nosotros con amplias perspectivas. La antigua iglesia la dinamitaron hasta los cimientos por orden de Stalin con la idea de construir un megaproyecto, el Palacio de los Soviets, que al final no llegó a realizarse. Kruchev acabó construyendo una buena piscina pública. Algo que si bien no favorecía la redención de las almas al menos servía para mantener los cuerpos sanos y en remojo. Supongo que también darían clases de salvamento y esas cosas; otro tipo de salvamento. El caso es que, tras la glasnost y ya con el borrachín de Yeltsin —que se ve que no le gustaba el agua— volvieron a tirar la piscina y a reconstruir la iglesia con un montón de mármoles caros. Parece que no acaban de decidirse de si quieren carne o pescado, por decirlo de alguna forma.

Cuando nos aproximamos, hay una larga cola de peregrinos de cuatro en fondo que rodea el edificio esperando para entrar. Nos colamos cerca de la entrada por la cara; por la cara de turistas, claro. A nadie parece importarle demasiado. Se adivina que muchos de ellos son campesinos. No sé si es que es un día especial o esta situación se da todos los días. Las cosas que tienen los viajes; sólo ves un trozo, que para ti se convierte en el todo; si ese día llueve, siempre lloverá por los siglos de los siglos en esa ciudad.

Al final entramos, y ya dentro vagamos un poco curioseando fuera de la formación. Contra lo que esperábamos no podemos deambular por el interior de la iglesia. El espacio interior está delimitado por barreras improvisadas con sólidas vallas metálicas que retienen y controlan a los miles de fieles. La fila desemboca en un amplio claro. Un área donde un montón (decenas) de sacerdotes ortodoxos están cantando un gori gori tremendo envueltos en incienso. Exponen una reliquia, el brazo incorrupto de no sé quién. Los fieles también cantan. Los de la fila se van aproximando y besan el brazo, después continúan y salen por el otro lado. Muchos se quedan amontonados ocupando las otras partes de la nave, tras las vallas, sin parar de rezar y cantar; los otros siguen caminando y salen al exterior por una puerta en el ala opuesta del edificio.

¿Ustedes han visto alguna vez un rito ortodoxo? Son impresionantes. ¿Y los sacerdotes? También. Vestidos con magníficas ropas, de cejas hirsutas, con melenas y grandes barbazas y aire de cabreados empuñando grandes cruces e iconos dorados. Cualquiera de ellos parecen un Rasputín loco con deseos de asesinarte.

Volvemos disimuladamente sobre nuestros pasos, para salir por donde entramos. Dos monjes tremendos que custodian la entrada no nos dejan salir. Con gestos nos indican que sigamos la fila. La fila conduce inevitablemente al sitio donde se desarrolla la ceremonia. Es una trampa con una única salida. ¿Recuerdan esas señales de dirección antiguas que era una mano con el dedo índice extendido? ¿Sí? Pues parece que aquí no es una mano sino todo el brazo incorrupto de San Nosequién el que señala la salida. No hay más remedio que pasar por ahí.

Nos aproximamos lentamente con el resto de los peregrinos. Yo voy practicando a santiguarme como lo hacen ellos —al revés— del hombro derecho al izquierdo. La gente ya está mosqueada con nosotros y unos cuantos sacerdotes locos no nos quitan la vista de encima. Pero estoy decidido; ¡Hay que salir! Al acercarnos el clamor es inmenso; noto calor; el incienso me marea…de repente un hombre que esta cuatro o cinco posiciones por delante de mi, al llegar ante la reliquia se arroja al suelo, con los brazos en cruz, y lo besa. La gente sube el tono, ya no cantan, es un clamor. Demasiado para mí. No vengo preparado para esto. Me acojono y me salgo de la fila —Alicia conmigo— intentando volverme atrás. Estamos en el centro de la gigantesca nave, bajo la inmensa cúpula, y miles de personas nos contemplan. Dos curas locos casi nos empujan gritando. Aunque no sé ruso nunca me ha quedado algo tan claro: 'Adelante'. Yo ya sólo veo la salida; la luz radiante de la tarde que se adivina tras el gran vano de la puerta al otro lado. Agarro a Alicia y la pongo por delante —para tenerla bajo control visual y asegurarme de que no tiene problemas— y avanzamos. “Al fin y al cabo esto ha sido hasta hace muy poco tiempo una piscina, una piscina, una gran piscina…”, me voy repitiendo por dentro de forma bastante boba.

Sin saber bien cómo, estamos al otro lado de la barrera, con la salida expedita. Atrás va quedando un clamor fanático. Ya estamos en la calle. Respiramos aliviados. Al final ha quedado una tarde alegre y soleada, con nubes pastando en el cielo como borreguitos. Cientos de personas de aspecto humilde, amable y simpático aguardan ante la puerta de entrada al edificio. Algunos nos miran con curiosidad.

Suspiro como sacudiéndome una pesadilla.

Y es que en la guía dice que la Catedral del Cristo Salvador no es un sitio especialmente interesante que tenga algo que ver...

No quiero ni imaginarme lo que pueda pasar cuando visitemos el museo del Hermitage en San Petersburgo, que dicen que es tan entretenido…¡Vaya con las guías!




8.- Las casas de madera



Si ustedes hojean un libro de viajes sobre Rusia seguramente verán una foto de una casa de madera con los marcos de las ventanas primorosamente tallados. No es un reclamo turístico. Las hay por cientos en la campiña. Casas normales, espléndidamente decoradas con madera labrada y pintadas de bonitos colores.

En Suzdal quise enseñarle a Alicia una que me había parecido especialmente encantadora y que estaba junto a un monasterio abandonado. Llegamos por la tarde tras vagar un poco con el auto por los estrechos caminos que conectan unos monasterios con otros a las afueras del pueblo.

En el prado que había ante la casa un hombre segaba la hierba. Nos hablaba pero no le comprendíamos. Al final nosotros, para darnos a conocer, dijimos Hispania…, Madrid…, cosas así.

El hombre nos miró seriamente y de repente adopto un aire pensativo, profundo, concentrado. Pensó mucho, mucho, mucho… y cuando esperábamos el inevitable nombre de un futbolista, alzó el puño derecho y dijo, bastante clarito:
—¡Pasionaria!

Nos quedamos tan pasmados que creímos no haber entendido. El hombre repitió , está vez con ligero matiz de titubeo:
— ¡Pasionaria?

— Da, da (si, si). Pasionaria —contestamos nosotros muertos de risa mientras agitábamos los puños en el aire.



9.- ¡¡NIET!!

Niet. No. Es la respuesta inmediata a cada cosa que se te ocurra pedir…

Pero no hay que desalentarse. A pesar de lo que pone en el diccionario “niet” no es siempre “no”.  Por lo menos no un “no” tajante que no se pueda arreglar con un poco de paciencia en la mayoría de los casos.

  Veamos algunos ejemplos:

En la tienda de alimentación

Tu pides

—Aqua minerale —Hasta aquí, todo va bien. Los problemas empiezan cuando aclaras:

—Visgasa. Ne gasorobo —es decir, sin gas.

—Niet —.Es la respuesta fulminante. Un niet como un pistoletazo; un niet como la copa de un pino  a pesar de que estás viendo una estantería tooooda  llena de botellas de dos litros que ya tienes identificada como agua sin gas. Entonces pones cara de súplica y señalas con el dedo a la evidente estantería, insistiendo:

—Agua visgasa. Voda. Pezalsta — y todas las gracias que te sabes en ruso.

Al poco, el tendero se mueve como un robot a la estantería y te da la botella aunque eso sí, refunfuñando. Pero si tu quieres dos ahí empieza otro problema. Dices con seguridad, con firmeza:

—dvat —y como si se le saltara un resorte, el robot-tendero dice:

—¡NIET



En el pub

Pido “two pepsis” y un plato de “french fries”. Como no entienden inglés, im-proviso:

—Dvat kartofelt frii

¡Bien! Parece que ha funcionado. Se va para la cocina sin decir ni pio. Vuelve con manteles, cubiertos, pan y servilletas y nos pone la mesa muy bien y elegante. Bueno. Nosotros callados. Al rato aparecen las patatas en un plato decorado con lechuga. ¡Realmente bonito! ¡Hum, que ricas! Pedimos otro.

NIET —dicho con una cara de: “Ya está bien de abusar ¿no?.

En el restaurante

Veo al comensal de al lado con un vaso de vino. Pido vino
NIET

En el hotel

El hotel está prácticamente vacío. Queremos cambiar de habitación:

NIET




10.- ¡A Casa!

Rusia es un país alcoholizado. Si a los 10 litros de alcohol por cabeza que se reconocen teniendo sólo en cuenta el vodka legal le sumamos el procedente del “samogon” o vodka casero y otros destilados ilegales, se estima que el consumo per capita (incluidos niños y ancianos) es de 18 litros de alcohol puro; más del doble de lo que la OMS considera la cantidad máxima admisible.

La cultura rusa ha estado desde siempre literalmente empapada en alcohol y este ha servido como vía importante de ingreso fiscal para el estado. Naturalmente el gobierno no es capaz de imponer tasas a aquello que no controla: El consumo de los destilados ilegales que también aportan una buena cantidad de litros de alcohol a la nada remilgada coctelera rusa, y la no desdeñable afición que tienen los rusos —a falta de alcohol— por los combinados “exóticos” a base de barniz, líquido limpiacristales, laca para uña, anticongelante y otras barbaridades.

 La cifra de muertos, enfermos y gente con malformaciones congénitas derivadas del alcoholismo es escalofriante. La mayor parte de los gobiernos han tolerado —cuando no incentivado— el consumo. Los ocasionales intentos de corregir esta lacra mediante leyes han provocado siempre descontento popular y colaborado eficazmente a motivar la caída de los regímenes que pretendían implantar esas medidas, como en el caso del zar Nicolás II o del honesto —y abstemio (el pueblo ruso nunca se lo perdonó)— Gorbachov.

¡A CASA!
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Aunque se bebe a todas horas, es especialmente en los fines de semana cuando más puedes apreciarlo. El sábado y el domingo se ve pasear a todo el mundo con bote-llas en las manos. Jóvenes y adultos. Hombres y mujeres. Lumpen, marginales, gente corriente, pijos…Todo el mundo.
Hoy es domingo por la mañana y estamos dando un paseo, haciendo las últimas fotos, para despedirnos de Yaroslav, una ciudad hermosísima a orillas del rio Volga. Pandillas de jóvenes trasnochados se ponen delante de nuestro objetivo. Van de buen rollo. No son agresivos.

Al poco, ponemos rumbo a Rostov Veliki (Rostov el Grande); otra de las ciudades imperiales que parece ser de las más bellas del Anillo de Oro según un libro de formato grande que compré en Moscú y que contiene preciosas fotografías.

Aunque se apode “El Grande”, Rostov en realidad es un pueblo pequeño. No sé muy bien cómo hemos perdido la carretera general. Tampoco es raro, ya que las carreteras son desastrosas, con pocas indicaciones y estas en cirílico. Nos aproximamos por unas pistas de tierra entre casas muy modestas. Son las 11 de la mañana y todo está desierto. No se ve a nadie. Se me ocurre que para preguntar, si veo a alguien, lo mejor es enseñar el libro con la página abierta donde hay una gran fotografía del Kremlin de Rostov y tirar para donde señalen.

Estamos parados en una intersección dudando. Camino adelante se aproxima una campesina embarazada con un niño de la mano y tirando de un hombre completamente borracho que avanza a traspiés. Al parecer es frecuente que los hombres se queden tirados en la taberna y a la mañana siguiente las mujeres van a buscarlos para llevarlos a casa.

Me bajo del auto y me acerco a preguntar. El borracho se abalanza hacía mi babeando y la mujer de un tirón –se ve que tiene costumbre- lo devuelve a su sitio. Por el otro camino ha llegado un grupo igual. Otra mujer con otro borracho. Se paran a saludarse y a mí me ignoran. Yo estoy boquiabierto, plantado como un bobo, en medio de las dos familias y con el gran libro abierto en las manos; las mujeres hablando de sus cosas y los borrachos cada uno a su lado con la expresión perdida como animales camino del matadero. Desde las páginas centrales destellan las imágenes de Kremlin de Rostov heridas por el sol de la mañana.

Alicia me contaría más tarde que esa fue una de las imágenes más chocantes que había visto en su vida.

De lejos parecía una extraña ceremonia





11.- San Petersburgo. Primeras impresiones


Es inevitable. Siempre comparas.

San Peter  me parece ahora mucho menos interesante que Moscú, más paleta en su grandiosidad, más impersonal en su elegancia, más inhóspita en su cosmopolitismo

Supongo —sé— que en un par de días andaré enamorado de San Petersburgo y me parecerá el lugar más hermoso del mundo, pero hoy aún soy fiel a los momentos que me enamoraron, a las perspectivas que me cautivaban dejándome suspenso, extasiado, en medio de la Plaza Roja.

Vulgarísimos grupos de turistas lo invaden todo, borrando, ocultando, desvaneciendo, la indiscutible belleza de este lugar. Belleza que me resulta antipática precisamente por su esencia de corte centro europeo profundamente burguesa.


Las dimensiones de sus edificios, de sus calles, de sus monumentos, son inmensas. Tanto como la vanidad de los que patrocinaron su construcción.

Como decía, es inevitable comparar.


12.- Cuando te encuentran las cosas

A veces es un error andar buscando algo. Creo sinceramente que algunas cosas nos buscan. No paran hasta que dan con nosotros.
Llevamos unos días en San Petersburgo. Hemos salido esta mañana con la decisión de visitar el Hermitage. El fabuloso museo. Uno de los mejores del mundo y sin duda uno de los más grandes, con su colección de… ¡dos millones ochocientos mil!... objetos artísticos.
La verdad es que yo andaba un poco renuente por la pereza que me dan los sitios masificados por los grupos de turistas y como de “obligado cumplimiento”.
Al salir del metro hemos enfilado la avenida Neski, cuando al cruzar un canal las —aquí— inusuales cúpulas en forma de cebolla de la iglesia de la Resurrección nos llaman la atención y nos hacen cambiar de rumbo. Llegamos ante ella. Entramos.
Tras visitar la iglesia con sus increíbles mosaicos, descubrimos unas inopinadas y preciosas verjas forjadas, estilo art decó que resultan ser de los jardines del Gran Duque Mijaíl, mi tocayo. El jardín es un sitio quieto y tranquilo que invita a entrar. Entramos.
Descansamos un rato. Nos sentamos en un agradable banco a la sombra. Allí ojeo las guías de viaje. ¡Aja! Así que aquí al lado hay un palacio con una fachada interesante… Bueno, vamos a verla.
! ¡Ajá! Así que el palacio también alberga un museo de pintura rusa que es una verdadera joya… Entramos
El Museo Ruso es un edificio amable y acogedor de estilo neoclásico con una espléndida luz cenital para ver los cuadros. Está prácticamente vacío y la gente que deambula en silencio por las salas es respetuosa. No hay grupos. En la primera sala ya me quedo boquiabierto con las magníficas pinturas de paisajistas y retratistas rusos de los siglos XVIII y XIX. Es un tema que me interesa especialmente desde que vi una exposición sobre el tema en el Prado (en el palacio de Villahermosa) hace ya bastantes años y que me dejó impactado.
Ajá! Así que también en la planta izquierda del palacio se alberga el Museo Etnográfico con medio millón de cachivaches de la cultura rusa de los dos últimos siglos. Curioseamos.
Ajá! Así que también tienen exposiciones itinerantes… La exposición es de un tal MNPO que pinta endiabladamente igual que nuestro Miró. Entramos
Enseguida caemos en la cuenta de que MNPO es como se transcribe Miró al cirílico, claro; y que lo que estamos viendo es una buena muestra de las obras de distintas colecciones rusas de nuestro pintor universal.
Ajá! Así que también tienen otra de exposición temporal de carteles rusos de las dos guerras. Entramos
La exposición es fascinante. Sobre todo los carteles del periodo soviético con grandes artistas y diseños modernos y atrevidos. En una sala también proyectan una película en ruso con imágenes desde 1904 hasta nuestra época. Entramos
La película recoge filmaciones de distintas épocas con carácter propagandístico y de divulgación. Reflejan los logros sociales y los horrores de la guerra. Aunque no entiendo al narrador que habla en ruso las imágenes son ya de por si lo suficientemente impactantes y emotivas como para dejarme anclado a la silla hasta el final.
Se me saltan las lágrimas cuando desde la pantalla viene hacia mí una multitud heroica en marcha, envuelta en la música de A las Barricadas.
Al final me encontraron.
 "A veces es un error andar buscando algo. Creo sinceramente que algunas cosas nos bus-can. No paran hasta que dan con nosotros". Miguel Guinea.


13.- ¡Esa música!

No hay manera. En cualquier sitio, el bar más cutre o la cafetería más fina, te cascan 2000 decibelios de la música más hortera-discotequera-de-bolera.
Llevamos más de once horas pateando la calle. Vista desde fuera, la cafetería es de lo más mono, con un estilo posch de lo más elegante. Entramos, exhaustos, pálidos, huyendo del insoportable ruido del tráfico...
…Pero entrar es como bajar a las profundas entrañas de la disco más disco de Ibiza a las cuatro de la madrugada. En realidad, cualquiera de las discos en las que yo haya podido estar a lo largo de mi vida me parecen apacibles panteones comparado con esto.
Nos recibe una caja de ritmos que martillea implacable sin parecer afectar a la media docena de clientes –indudablemente pobres sordos peterburgeses que no tienen conciencia de en donde están- repartidos por las mesas.
Miramos desesperados buscando algún rincón a salvo de la terrible batahola ¡Nada! el local tiene una acústica excelente. Nos derrumbamos sobre una silla, derrotados, aceptando nuestro destino. Pedimos té y un pedazo de tarta.
Mientras garrapateo estas notas, pienso en la esplendida tradición literaria que tienen los cafés e intento imaginarme a Puskin, aquí sentado, escribiendo algún poema.
No sé si reír o llorar, pero mejor… no haré ni lo uno ni lo otro ¡Hum! ¡La tarta está muy buena…!


14.- La ulika Arbat


La ulika Arbat en Moscú es una calle peatonal con restaurantes y sitios de copas. Allí se mezclan los turistas con los jóvenes moscovitas. Hay puestos de recuerdos y gente cantando por la calle. También hay mendigos y borrachos, y borrachos mendigos, y no es raro encontrarse también con algún mendigo borracho.

Sobre estos tipos de los que te hablo vi dos cosas que me han impresionado de forma duradera:

Una. Un bestia pega dos puñetazos en la nariz a un hombre que está sentado en el suelo -todavía tengo en los oídos el ruido seco que hicieron los nudillos al chocar con la cara-  El pobre hombre recibe el castigo sin siquiera esbozar un ademán de defensa. Mira estupefacto el hilo de sangre que, saliendo de su nariz en perfecta vertical, cae en la acera.

Sangraba y no fue capaz ni de levantarse.


Otra. Una mujer de aspecto sucio y desarrapado, arranca trozos de un cartel pegado a la pared y se los come. Hay muchos carteles distintos, pero ese es algo especial, representa a un gato negro de aspecto diabólico. El papel es satinado y el grabado parece cargado de tinta negra. Se ve  de lo más tóxico. Lo que me impresiona es la cara de autentica delectación que la mujer pone mientras mastica.

No se alimentaba. Había algo increíblemente vicioso en su expresión



15.- En el avión.

Bueno, ya estoy en el avión de vuelta a casa. En el aeropuerto de San Petersburgo hemos coincidido con un grupo de españoles que han viajado a Rusia con un programa de adopción. Hay parejas de todas las partes de España: Granada, Alicante, Euskadi… Han viajado a los rincones más remotos tras de su sueño; cada uno a la zona donde le toca adoptar: Siberia, Krasnoyar, San Petersburgo…¡hasta a Vladivostok!
Vuelven alegres y esperanzados. Nos cuentan que el proceso es muy largo —más de dos años— y tienen que salvar mucha burocracia en ambos países. Han hecho viajes agotadores de más de doce horas en tren para ver a los niños que van a adoptar. Hablan de ellos o nos enseñan fotos y videos caseros:
—El mío va a cumplir dos años el catorce de septiembre.
—Pues el mío tiene cuatro.
Tienen miedo de que tengan enfermedades como raquitismo o sida; o secuelas derivadas del alcoholismo de los padres. Son un grupo bullicioso y alegre que se apoyan los unos a los otros.
En los asientos próximos destacan un grupo de indios con bigotes negros y pieles oscuras. Hay entre ellos hasta un sij con su turbante y todo y las habituales barbas de aspecto fiero. Vienen de Moscú, han visitado San Peter y ahora vuelan con nosotros. Estarán un día en Madrid, un día en Paris, otro en Alemania (no saben la ciudad), Italia y luego de vuelta a Nueva Delhi. Rusia, España, Francia, Alemania e Italia en una semana o así. Nos lo cuentan orgullosos de su poder adquisitivo. Un delirante turismo de aeropuertos.
Al final trabamos amistad todos: los adoptantes, los indios y nosotros.
Los españoles le preguntan a Alicia de que país es. Les extraña que hable el español tan bien. La inevitable pregunta que tanto la cabrea y que tiene que sufrir en todas partes por ser rubia, de tez blanca y ojos claros. Incluso el sij, al rato se descuelga con un gutural “What country are you from” o algo así. Todos estamos de acuerdo en que no parece española sino más bien eslava. Yo digo que la he adoptado mayorcita para ahorrar trámites. Los españoles se ríen y el sij quiere saber que he dicho. Cuando se lo traducen, se queda mirándonos muy serio, muy serio. Se lo ha creído.
Yo creo que no le parece mala idea.