miércoles, 9 de marzo de 2011

Me llamo Noé

Entonces YaHvé lamentó haber hecho al hombre en la tierra, y le dolió en su corazón. Y dijo YaHvé: "Arrasaré de la faz de la tierra los seres que he creado, desde el hombre hasta el ganado, los reptiles y las aves del cielo; porque lamento haberlos hecho." (Genesis).



Me llamo Noé y soy hijo de Lamec, que fue hijo de Matusalén que a su vez era hijo de Enoc.



Hace mucho, mucho tiempo, en aquella época en la que Dios aun se compadecía de mí, me ordenó construir un arca donde meterme con mi familia y una pareja de cada uno de los animales para ponernos a salvo de una gran catástrofe con la que pensaba purificar la Tierra.

Siguiendo su inspiración, en medio del desierto construí un gran barco, el Arca. En su interior fui juntando parejas de animales mientras era el hazmerreir de todos mis convecinos; pronto dejarían de burlarse al ver que no paraba de llover y que los ríos se desbordaban y los valles se anegaban.

Aquella tarde, cuando el arca comenzó a flotar, fui a buscarte a tu humilde casa de piedra que se alza entre las aromáticas plantas de romero que tapizan la colina. Habías salido con tus padres intentando poner a salvo los rebaños de cabras y darlos en venta en la lejana ciudad. Solitarias y silenciosas estaban las cuadras y los rediles aromados de almizcle. Me resguarde en los muros de la casa, ahora cerrada, y recordé aquellos días de verano cuando nos veíamos furtivamente a la hora de la siesta mientras todos dormían. Zumbaban en la modorra del calor de la tarde los moscardones mientras un sol implacable se estrellaba en las piedras. Nos escondíamos de todos en la fresca sombra del pequeño chozo construido sobre el arroyo para guardar los quesos o bajo la sombra de las higueras cargadas de frutos dulces. Tú acariciabas mis sienes o sujetando mi cabeza entre tus manos la hacías descansar en tu regazo mientras decías:
— “ …mi nardo exhala su perfume.
Mi amado es para mí una bolsita de mirra
que descansa entre mis pechos.
Mi amado es para mí un racimo de alheña
en las viñas de Engadí”
Y yo te respondía, inflamado:
— “¡Qué hermosa eres, amada mía, qué hermosa eres!
¡Tus ojos son palomas!...”


Salí de mis ensueños. El cielo estaba negro y tenebroso. Relámpagos y rayos cruzaban como latigazos el aire en medio de horrísonos truenos que retumbaban en todos los rincones del valle. El agua me azotaba hasta casi no dejarme respirar. Volví solo al llano donde el Arca ya se mecía libre sobre la superficie del agua en medio del vendaval desatado. A través del estruendo me llegaban las voces, mezcladas con el clamor de los animales, de mis hijos y nueras que me llamaban impacientes. A duras penas me izaron a la cubierta y allí me derrumbé, con el corazón roto, en medio de un montón de cuerdas y canastos de enea.

Luego siguieron esos pavorosos días de cielos abiertos en los que no cesó de llover. Sacudidos por olas gigantescas de agua y lodo asistimos a la desaparición inmisericorde de todo el mundo conocido. El tiempo que no me exigía el cuidado de las bestias lo pasaba en la cubierta, amarrado con una soga para no ser arrastrado, oteando el escaso horizonte por si llegaba a verte en medio de tanta desolación, o examinando todos los despojos humanos que el azar aproximaba a la quilla con el temor de identificar tu cuerpo de gacela entre ellos.

Por fin un día amaneció azul y radiante como si nunca hubiera pasado nada. El arca flotaba rodeada de agua por todas partes en la que se reflejaban de forma apacible algunas nubes blancas. Mi hijo mayor soltó una paloma que primero ascendió desorientada en el cielo aunque pronto se dirigió volando de forma decidida hacia el este. Al cabo de un rato, desapareció. Al caer la tarde la paloma volvió exhausta.

Pasaron varios días y era evidente que el nivel del agua estaba descendiendo. Cada mañana repetíamos la ceremonia de la paloma hasta que un día que se fue hacía el sureste apareció con un ramito de olivo en el pico. Mi familia alborozada quiso poner rumbo en esa dirección pero yo les disuadí.

Así se sucedieron los días y cada vez la paloma volvía con una rama distinta en el pico, a veces de exóticas plantas desconocidas, pero yo nunca les dejaba desembarcar en las costas cada vez más evidentes que nos rodeaban y les hacía remar más y más lejos.

Una noche, mientras yo dormía y aprovechando que habíamos encallado, me abandonaron y dejaron escapar los animales. Todos se fueron excepto los palomos mensajeros que tú me habías regalado y que tantas veces habíamos usado para comunicarnos en secreto.

A la mañana siguiente, como pude, libere a la ruinosa barca y la puse de nuevo a flote.

Sin velas ni remos voy vagando donde el viento y la corriente quieran llevarme. Mis emociones han sustituido a los animales y así unas veces —cuando estoy suave y melancólico— me siento como los corderitos que nacieron en medio del diluvio; otras —cuando el dolor por tu amor perdido me mata— soy una auténtica fiera que destrozaría lo que tuviera por delante de un cruel zarpazo, y otras veces hago de hiena o de chacal, cuando los más bajos instintos se apoderan de mí.

Cada mañana suelto a la paloma y espero su regreso. Sólo desembarcaré cuando me traiga una ramita florecida de romero en el pico. La señal del amor. Nuestra señal.



Habla mi amado, y me dice:
"¡Levántate, amada mía,
y ven, hermosa mía!
Porque ya pasó el invierno,
cesaron y se fueron las lluvias.
Aparecieron las flores sobre la tierra,
llegó el tiempo de las canciones,
y se oye en nuestra tierra
el arrullo de la tórtola.
(El Cantar de los cantares)