jueves, 17 de marzo de 2011

Los Sueños


La última frontera
   
por
         
Miguel Guinea






El muro.


Cada mañana al despertar vuelvo de ese otro mundo que he habitado por unas horas.
De forma casi instantánea la temerosa consciencia fabrica un sólido muro defensivo entre estos dos mundos queriendo ocultar al uno del otro.
En ese breve intervalo de tiempo a veces sorprendo recuerdos que son como lagartijas que intentan escabullirse ágilmente por las rendijas de la pared.
Con un poco de habilidad y suerte las agarro por la cola

Contenido

1.- El sueño de Cuscús, el perro
2.- El sueño de las focas, los abuelos okupas y las sonrisas
3.- El sueño de la katana
4.- El sueño del tajo en la cara
5.- El sueño de la mudanda.
6..- El sueño del fuego y de la muerte
7.- El sueño de las uvas robadas
8.- El sueño del terremoto.
9.- El sueño de la jabalina







1.- El sueño de Cuscús, el perro.



Camino con un amigo y su perro Cuscús por el extrarradio de una ciudad que no conozco. En un momento dado el perro se despista y lo buscamos entre los dos. Juntos al principio y luego nos vamos separando. Ante mí hay un altozano con una buena perspectiva y me asomo para otear el terreno. El abismo me impresiona y retrocedo con cuidado, temeroso.
Ahora lo busco por un amplio parking vacío. El entorno son fábricas y edificios industriales. El suelo, de hormigón, está lleno de grandes bolsas con aspecto tóxico, como de pegamento, esparcidas por el suelo. Encuentro un perrillo rubio y simpático que amistosamente se viene conmigo. Caminando llegamos a lo que parece un extraño callejón. Nos cierra el paso un perrazo enorme, negro, de aspecto diabólico, y con fulgurantes ojos verdes. Digo: «Hasta aquí» y me paro. El perro negro se acerca amenazadoramente poco a poco…Yo aguanto. Cuando ya está cerca, mueve el rabo y agacha las orejas. No es malo. Tiene los ojos enfermos y por eso se ven así en la oscuridad del callejón. Lo acaricio y le limpio las legañas. Camino con los dos perros subidos en la espalda. Por algún motivo que ahora no puedo precisar —aunque estaba claro— ellos no pueden valerse en ese momento por sí mismos. La calle termina en otro abismo y me dispongo a bajar destrepando. Los perros tienen miedo y se aferran a mi espalda estorbándome, así que los pincho con un boli para sacudírmelos. Me resulta más fácil ayudarles si están en el suelo. Ahora que me fijo…el perro rubio se parece a Cuscús
—«¿Eres Cuscús?»— Le pregunto mientras lo examino con ojo crítico, dispuesto a llevármelo….El perro se sienta sobre los cuartos traseros se apoya en una pata, luego en la otra, agacha las orejas y mueve el rabo. Es tan amistoso que creo que lo hubiera hecho de todos modos con cualquier nombre.
—«¿Eres Rasputín?»— Bromeo acercándole la cara ….El perro cambia de pata un par de veces más y golpea el suelo con el rabo. Plas, plas. En un descuido, estira el cuello y me tira un viaje con la lengua intentando lamerme la cara.
Bueno, está claro que por el nombre no voy a sacar nada.
En la pared del edificio próximo se abre una puerta y desde dentro un señor empuja suavemente por la espalda a un niño para que se dirija a mí, animándole a decirme algo. Se ve que el viejo confía en la capacidad del niño para dirigirse a ese extranjero que soy yo. Parecen, cholos o indígenas americanos. El niño habla con acento, y me dice con una sonrisa de grandes dientes sucios, un poco boba:
—Oiga amigo, muchas gracias por los ecuatoriles.
— ¿Qué?
—Usted debe tener un amigo que ha hecho algo muy goooordo.
—¿Cómo?
—El señor Ferrino solo viene por los ecuatoriles cuando alguien hace algo muy gordo —dice el niño, que es feo y cabezón como un joselito de película franquista, creyendo que así lo deja todo claro.
Sea lo que sea, entiendo que van a organizar una especie de fiesta o procesión para celebrarlo.
Este niño es bobo… ¿por qué va a ser precisamente mi amigo la causa?
— Aunque…— pienso filosófico — …no tengo por qué tener la razón siempre en todo ¿verdad?
El ¿falso? Cuscús, que estaba olisqueando al niño, me mira con una confiada pregunta en los ojos y menea el rabo. «¿Ahora qué?»

Echo a andar —y él me sigue sin dudarlo— hacia donde se oyen las voces de la fiesta y la música de la charanga.


2.- El sueño de las focas, los abuelos okupas y las sonrisas.


Estamos en casa enfundados en sacos de dormir y tirados por el suelo. Jugueteamos como si fuéramos focas a erguirnos y tirarnos uno encima del otro. Una pareja de abueletes que acaban de entrar se sientan en sillones de mimbre junto a las ventanas y nos contemplan. Se han colado simplemente empujando la puerta de la calle, como lo hace tanta otra gente. Comentan lo acogedora que es la casa, siempre que vienen a la ciudad se pasan por aquí. Dan por supuesto que nosotros también somos ocupas. La señora nos informa con sonrisa encantadora al ver el contenido sexual de nuestro juego que hay habitaciones que seguramente están disponibles para nosotros si queremos más intimidad. Sonrío:
—Gracias señora, ya lo sé —le respondo — Esta es mi casa. Nuestra casa —corrijo señalándote también a ti porque, aunque en realidad me pertenezca sólo a mí, quiero que te sientas participe de todo lo mío. Sonríes aunque me doy cuenta de que hubiera sido mejor no tener que corregir la frase. Los señores se quedan un poco corridos y siguen alabando la casa, lo acogedor y generoso que es tenerla de tan fácil acceso para la gente —«y otros caraduras como ellos que se cuelan sin pedir permiso» —pienso mientras sonrío amable y comprensivo y sin ninguna acritud ya que soy consciente de que no pongo trabas para que dejen de hacerlo.



3.- El sueño de la katana



Esta noche he tenido un sueño extraño.
Me despiertan unos ruidos repentinos. Incorporado en la cama, escucho con atención…. Nada. Cuando voy a dejarme caer de nuevo y a taparme con la sabana, los ruidos se repiten. Si. Es un sonido como de piezas metálicas que chocan. Ahora sí que me levanto de un salto. Avanzo desnudo por el pasillo hasta la habitación desde la que salen los ruidos. Al pasar por la esquina, silenciosamente, recojo la katana que tengo de adorno en un rincón. La extraigo de la vaina con mucho sigilo. El acero parece guiñarme un ojo, herido por la luz difusa de la noche que se filtra por las cortinas. Sonríe, cruel, aspirando el aire y la adrenalina que bombeo. Entiendo que toda su vida ha esperado ser algo más que un tonto adorno. Todo está en silencio de nuevo. Camino, descalzo, despacio, desnudo, atento…






Nota al pie:
El despertar es el gran asesino. La vigila lo mata todo. Ya nunca sabremos quién trasteaba en la cocina, desaparece el fulgor, la desnudez iniciática, la pasiones del acero condenado a ser un juguete, el golpeteo del corazón al avanzar en silencio…
Todo se deshace de un plumazo. Sólo queda un vago recuerdo de un aroma de un perfume de una sensación de un sentimiento…de algo que, de alguna forma, éramos y ya no somos.





4.- El sueño del tajo en la cara


¿Se puede soñar en verso? Esta mañana me he despertado muy temprano tras tener este sueño. Estaba amaneciendo. Me he levantado y he querido escribirlo para que no se me borrara y ha quedado así. Pura poesía, escrita de un solo tirón, sin ningún artificio e increíblemente llena del perfume de lo soñado.

Yo bailaba un tango
A las puertas de aquel bar,
Y escribía apasionado
La letra con tiza
En la pizarra del menú
Haciendo garabatos
Cuando lo viste venir de lejos
Y te asustaste
—Estabas desnuda—
—«Es un hombre malo» —dijiste
Y te fuiste corriendo
Yo me interpuse
Y él chuleaba
Así que le agarré por la pechera
Y le hablé muy seriamente.
Sacó un cuchillo
Y me amenazó diciendo:
—«Ves como tengo razón»
Le quité el cuchillo y le dije:
—«No se tienen razones. Se tienen cuchillos»
Y allí mismo le perdoné la vida.
Lo que diferencia a un hombre bueno de uno malvado
Es la generosidad.
Cuando recuperó el cuchillo él no perdonaba y me dijo
— «Para que te acuerdes de mí
Cada vez que te mires al espejo» —Y me tajeó la cara;
Esta mejilla
Que ya ven que la llevo marcada
Con esta otra boca
Como de tigre
Siempre cerrada
De sonrisa torcida y que no dice palabras
Sino de amargura.
Es la boca que condena
La que no canta
La que no perdona ni perdonará
Ninguna vez más.
Así, aunque los ojos sean amables,
Los labios cariñosos
Y el corazón como de corales
Lleno de cándidos peces
Llevo ahora, por fuera,
Una vía láctea que cruza mi cara
De horribles parapetos
Que no dejan espacio a la ternura.
Una trinchera de rencor,
Un suicidio de perdones,
Un terrible agujero
Por donde se me escapa
—Como aire caliente—
El ser que era yo antes.
Una firma de notario
"En Madrid, a tantos de tantos…"
A estas horas de la mañana
Que da fe de que todo ha cambiado
Y de que lo ha hecho para siempre.



(Escúchelo recitado por el autor aqui----> El video)



5.- El sueño de la mudanza


El otoño lo baña todo de su luz dorada, las hojas de los plátanos bailan en el viento con todos los tonos imaginables del ocre y de un verde viejo. Parecen perseguir a los coches como perros ladradores que se avivaran cuando estos pasan. La gente son perfiles nítidos, simplificados bajo está luz intensa y clara. En la acera de enfrente, entre los peatones abrigados que caminan con la cabeza gacha rompiendo el viento con sus frentes, vislumbro una mujer que parece hermosa en la lejanía, rubia, elegante. Es como un velerito cimbreándose en un puerto deportivo cuando la mar está picada. Pienso, aunque no la veo bien, que tiene que ser hermosa y portadora de una historia interesante. Durante tres o cuatro pasos la acompaño con la vista fabricando vivencias y ensoñaciones… luego la dejo ir y empujo, apoyándome con el peso del cuerpo, la puerta de cristal. Vuelvo (otra vez) a esa habitación de hotel en la que habito ocasionalmente saltando de sueño en sueño a través de los años. La duda siempre se repite aunque no me inquieta ¿estarán todavía mis cosas? ¿La ropa y esas cuatro tonterías de aseo que dejé en la maleta? Entro por la puerta lateral del gigantesco y atareado hotel, la de la cafetería que también da a la calle. Esquivo la recepción; la factura debe ser ya inmensa pero curiosamente no me preocupa. (¿Quizás porque cuando consigan cobrarme no me quede ya nada con lo que pagar?. Esta reflexión no pertenece al sueño. La hago ahora).

Me llamas alarmada. Hay una pandemia que se extiende por el mundo. Un virus o algo así. Desde tu oficina vamos llamando a las distintas delegaciones para dar instrucciones que lo frenen. Que mala suerte que precisamente estamos justo ahora en ese proceso de cierre de centros. Algunos sistemas responden, otros están ya desmontados. Uno de los delegados que ha venido al congreso nos dice su password. Dice "mursia" pero como sesea vaya usted a saber. Pongo al lado una x para comprobarlo. Estamos expectantes. Tensos pero eficaces. Mientras lo intentamos, imagino esa oficina vacía, sin muebles , las persianas echadas, los equipos en cajas, amontonados contra una pared, un único teléfono conectado —en el suelo— sonando…



6.- El sueño del fuego y de la muerte



No hay futuro. Es tan terrible y desesperanzado para todos que es mejor morir ahora. No es solo por mí. La gente que quiero no debe acabar de esa manera. Alguien comienza a encender el primer fuego como jugando y lo propaga por la ropa del armario. Comprendo la idea. Hay un sentimiento colectivo de inmolarse. De acabar de una vez. Prendo la colcha y las cortinas. Pequeñas llamas amarillas van avanzando por la habitación. Me aseguro de que las ventanas estén cerradas. Seguramente es más dulce morir intoxicado por el humo que mordido por las llamas. Continuamos propagando el fuego por el resto de la casa y por la urbanización que la rodea.

El fuego también debe alcanzar el exterior que es como una especie de mall con restaurante, discoteca y un pequeño embarcadero. Cuantos más se beneficien del fuego mejor; de este fuego salvador que nos proporcionará la liberación al aniquilarnos compasivo. Vigilamos para que se extienda. Procurando que la gente, inadvertida, ignorante de la situación, no intente apagarlo. A través de los cristales veo las llamas saltar de mesa en mesa en el restaurante vacío a estas horas. En el agua negra —es de noche—del pequeño puerto veo resplandores rojizos y amarillos. El fuego avanza imparable. Todo arderá. Nadie podrá detenerlo. Me vienen a la cabeza imágenes de Numancia, inmolándose por el fuego y el cuchillo antes que caer en manos enemigas. Para mí siempre había sido una imagen heroica, ahora veo que estaban tan asustados que prefirieron darse muerte antes que sufrir el resto de sus vidas. ¿Qué enemigo implacable enfrentaban? ¿Qué enemigo puede ser más amenazador que la propia muerte? Alguien me dice que todo podría estar guardado en un disquete..., que quizás en esa información está la clave... y que había esperanza. Me da igual, prefiero no enterarme de si había salvación o no. Ya no es posible: el fuego lo domina todo.





7.- El sueño de las uvas



Robamos uvas en el campo. Son unos hermosísimos racimos de uvas tintas. Lo curioso es que, aunque están en la mata, los racimos los extraigo de unas rudimentarias bolsas confeccionadas con papel de estraza. Conozco a las dueñas y sé que el pequeño hurto no representa ningún daño para ellas excepto el que estemos tú y yo ahí sin su permiso esquilmando las vides abusando de su confianza. Encuentro una cepa con otro varietal que me gusta más, devuelvo los anteriores y selecciono un par de racimos de magnifico aspecto ¿para qué más? Llega un momento en el me parece imposible que pase más tiempo sin que dejen de sorprendernos y te digo que debemos irnos. Tú estás como infantilmente avariciosa, atareada en unas matas cercanas. Me asomo al camino y veo venir subiendo por él, a las dueñas, dos hermanas, ya mayores, una en pos de la otra. Empiezo a bajar y les digo, gritando para que tú me oigas y te escondas
— Buenos días, señoras. Qué pronto vienen al campo
—Buenos días, profesor. Buenos días — me saludan con respeto y siguen para arriba a buen paso aliviándose del esfuerzo con las manos en las rodillas o en las caderas. Están en buena forma. Quién imaginaría, al ver su frágil aspecto, la velocidad que estas buenas señoras son capaces de desarrollar cuesta arriba.
Cuando llegó a la casa, tengo que pasar primero por su vivienda y —cosas de los sueños— ellas están también allí. Así que me distraigo hablando un rato, todavía cargado con las bolsas. Sería descortés pasar sin echar una parrafadita. A mi mentalidad de pequeño delincuente le hace gracia estar ahí hablando con ellas y con las bolsas cargadas de uvas que según les cuento he comprado en el mercado.
—Permítanme ir a casa a descargar y ahora vuelvo— les digo.
En la escalera me encuentro con sus hijas que vuelven del mercado. Maldición, si sale el tema van a decir que yo no estaba allí. Voy a casa y escondo las uvas. Todo es una tontería sin importancia, casi una broma. Lo de menos desde luego es el valor económico de este par de racimos. Cuando voy a volver a su casa, desde el otro lado de la calle y a través de sus ventanas abiertas oigo el alboroto que arman. No cabe duda de que se ha descubierto el asunto de las uvas. Por el barullo y las voces se podría pensar que las están matando. Veo a la joven criada que baja precipitadamente a la calle para advertirme. De un lado a otro de la calle y por medio de señas hablamos.
Yo: —(Enarco la cejas, señalo con la cabeza a la casa).
La criada: —(Afirma vivamente con la cabeza).
Yo: —(Por señas y moviendo los labios) Pero… ¿se han enfadado de verdad?
La criada: —(Sacude la mano derecha y vocaliza) Mucho. Algo gordo. Muy gordo.


Me encojo de hombros y nos sonreímos. Por la calle cruza uno de esos que conocí ocasionalmente hace muchos años y que tenía completamente olvidado. El hermano mayor de un amigo (también olvidado). Por un instante nos miramos dudando si saludarnos o no. No lo hacemos. Los bajos de la casa de enfrente son como un bar o unos billares amplios de esos que había antiguamente por los barrios. Están agradablemente en sombra. La gente habla tranquilamente y beben botellines de cerveza. Hasta mí llegan los sonidos de las carambolas.




8.- El Sueño del Terremoto



Es de noche, estamos en el pasillo, con las luces encendidas.
Las paredes, el techo, el suelo…se agitan en espasmos de distinta intensidad. Instintivamente me coloco en donde pienso que el edificio puede aguantar más. Te miro intentando evaluar si estás bien y cuál puede ser el sitio más seguro para ti. Los segundos son eternos. Pienso: «Ya va a acabar. Tiene que acabar ya, o todo se derrumbará» No. Continúa temblando, sacudiendo. De nuevo te miro, en silencio, conectados a través de los ojos; sintiendo que en cualquier momento se puede abrir el suelo, derrumbarse el techo, y desaparecer cualquiera de nosotros.
No tengo miedo. Es otra cosa. Pareciera que el miedo necesitara tiempo, antecedentes, expectativas, temores para desarrollarse. No hay tiempo para el miedo. Para construir un buen miedo. Es poco lo que puedo hacer. Es solo suerte. Un poco de buena, o mala, suerte.




9.- El Sueño de la Jabalina




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