sábado, 5 de marzo de 2011

La Princesa y el Jardinero





Una historia de amor que rompe las barreras sociales, ambientada en la India milenaria


por

Miguel Guinea




Bienvenido, bienvenida. Ha llegado usted -puede que por azar- a uno de los post con más visitas de todo el blog.  No se deje intimidar por su longitud, en él he reunido por conveniencia editorial una serie de artículos publicados por separado. Le recomiendo encarecidamente una tranquila y sosegada lectura de su contenido en una o varias veces, ahora o cuando disponga de más tiempo. Sin duda va a disfrutar con ello. 

Y ya que está aquí :-) No deje de visitar otros contenidos de este blog (narración, vídeo, poesía, ...) estoy seguro de que le van a encantar.


Un cordial saludo

                        Miguel Guinea




Índice de publicaciones

Prólogo. De cómo me hice jardinero.
 I – El Autómata.- El misterioso pájaro de juguete.
 II – Las Rosas.- Rosas y poemas.
 III – La Esclava.- La entrega no correspondida.
 IV – Abrazo Nocturno.- Lo más parecido a ella.
 V – Amor Antiguo.- La espera.
 VI - Los Pretendientes.- La princesa recibe regalos y retratos.
 VII - El Bharatanatyam.- La princesa baila para el jardinero una danza secreta y milenaria.
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Prólogo



Un día quise dejar todo mi bagaje, mi orgullo, mi poder… para ponerme al servicio de una joven princesa. Para que entendiera mi propósito le leí el primer poema de El Jardinero de Rabindranath Tagore. Fue nuestro contrato de amor y a partir de entonces cultivé su jardín durante muchos años. Estos mini relatos que publico ahora son como flores que nacieron en aquellos días
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El jardinero (Rabindranath Tagore)

El servidor: —¡Oh, Princesa, ten piedad de tu servidor!
La Princesa: —Terminó ya la asamblea, y todos mis servidores se han ido. ¿Por qué vienes tan tarde?
El servidor: —Mi hora llega cuando la de los demás ha pasado. Dime qué trabajo ordenas al último de tus servidores.
La Princesa: —¿Qué puedo ordenarte, si es tan tarde?
El servidor: —Hazme jardinero de tu jardín.
La Princesa: —¿Qué locura es ésta?
El servidor: —Renunciaré a cualquier otra tarea, abandonaré al polvo mis lanzas y mis espadas. No me envíes a lejanas cortes. No me pidas nuevas conquistas: hazme jardinero de tu jardín.
La Princesa: —¿Y en qué consistirá tu servicio?
El servidor: —En llenar tus ocios. Conservaré fresca la hierba del sendero por dónde vas cada mañana y dónde, a cada paso tuyo, las flores deseosas de morir bendicen el pie que las pisa. Te meceré entre las ramas del septaparna mientras la luna, apenas levantada en la noche, intentará besar tu vestido a través de las hojas. Llenaré con aceite perfumado la lámpara que arde junto a tu lecho y adornaré tu escabel con maravillosas pinturas de azafrán y sándalo.
La Princesa: —¿Y cuál será tu recompensa?
El servidor: —Que me des permiso para tener entre mis manos tus pequeños puños, que parecen capullos de loto, y para rodear tus brazos con cadenas de flores; que pueda teñir las plantas de tus pies con el zumo encarnado de los pétalos de ashoka, y recoger, con un beso, la mota de polvo que pueda posarse en ellos.
La Princesa: —Tus ruegos han sido escuchados.
Serás el jardinero de mi jardín.

(R. Tagore, El jardinero)


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I - EL AUTÓMATA


La princesa, hastiada de la corte, sale a pasear por el jardín.
En la fuente central, su jardinero ha puesto en secreto un autómata junto a la pileta.
Es un pájaro de juguete hecho de acero, plumas y cristal que, aprovechando la fuerza del agua, mueve las alas y canta.
            Sus trinos estridentes llegan por encima del borboteo del agua a todos los rincones del jardín y tienen asombrados a los criados.
Al acercarse a contemplarlo —si ponen mucha atención— los sirvientes pueden sentir, además del canto, lo que toman por el monótono ruido del engranaje.
            La princesa sonríe complacida; sólo ella entiende claramente lo que el motor dice en su rechinar apenas audible. Repite sin cesar: “te quiero, te quiero, te quiero…”

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II - LAS ROSAS


La princesa reprende a su jardinero:
            —¡Otra vez rosas! —le dice.
            —¿No sería mejor enamorar a un poeta para que me diera versos?
                       El jardinero ha cortado todas las flores y las ha puesto a macerar en un cubo con agua.
            Ha desarraigado los rosales y quemado sus tallos en una gran hoguera en el centro del jardín hasta que quedaron carbonizados.
            Ha pasado tres noches sin dormir tumbado sobre el estiércol que usa para abonar, vuelto de espaldas a las estrellas.
            Por la mañana la princesa –arrepentida- sale al jardín con la intención de hacerse perdonar. Mira asombrada la pared, toda pintada de rosa, sobre la que han escrito mil veces con una raiz tiznada de carbón :
            “Rosa, rosa, rosa…”
Junto a la pared del palacio, abandonados, un cubo con pétalos deshechos y unos tallos renegridos.
 La princesa se pregunta conmovida si le han escrito un poema con mil palabras de amor o mil poemas de una sola palabra.



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III - LA ESCLAVA


Los súbditos no pagaban los impuestos, el ejercito se negó a pelear, la nobleza inmersa en sus estúpidas rivalidades,,,
            —¿Qué puedo hacer para tener a todos contentos? —preguntó la princesa con voz preocupada.

            El jardinero levantó la cara donde los años comenzaban a dibujar surcos similares a los que él abría en la tierra y sonrió, pero no dijo nada.

            Al cabo del tiempo volvió aún más triste:

            —He vendido cuanto tenía y se lo di a la muchedumbre. He devuelto a los soldados a sus casas y ya nadie vigila las murallas que nos separan de los bárbaros que nos rodean, las torres se cubren de hiedra y las serpientes se enroscan al sol en los patios de los cuarteles. En los edificios vacíos solo resuena la monótona pregunta del cuclillo ¿cu-cu? ¿ Qué -Quién? La nobleza se apoderó de todos mis palacios y ya sólo me queda este jardín con su pabellón….¡ y aún así no están contentos!”.


            El jardinero la miró con dulzura, pero no dijo nada.

            Un día llegaron con sus picos y sus palas, demolieron el jardín construyendo una fabrica, la princesa trabajaba como esclava en una de sus salas.

            Nunca estaban contentos, ni satisfechos con ella. Cada día le demandaban mayor cantidad de esfuerzo. Por la noche fregaba los suelos.

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IV - ABRAZO NOCTURNO


            La princesa no bajó está noche al jardín

            ¿Qué hará el jardinero si está solo?

            Pone la música, enciende la vela, corta una rosa y la tiende en la cama, junto a él.

            La rosa exhala una suave fragancia y emite un leve ronquido.

             El jardinero sonríe feliz. Siente a su amada entre sus brazos a lo largo de toda la larga noche.








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V - AMOR ANTIGUO

            La princesa, reclinada en el lecho, escucha al jardinero tocar la flauta, bebe el licor de dulces pasas que él preparó. Bailan las sombras de la noche agitadas por el temblor de la llama en el candil
           
             La joven princesa ve los surcos que el tiempo dibujo en la cara del jardinero y comprende que él estaba ahí, muchos años antes de que ella naciera, juntado amor para ofrecérselo.








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VI- Los Pretendientes

Los padres de la princesa desean que ella se case. Como no quieren forzar su voluntad le dejan escoger esposo entre todos los hombres casaderos de su mismo rango y condición.
Pronto se ha extendido la noticia por el reino y también en los reinos vecinos. Desde el alba hasta el anochecer no cesan de llegar presentes, a cual más valioso. Con cada lujoso regalo los pretendientes acompañan un retrato para llegar así más rápidamente al corazón de la princesa.
Es la hora de la siesta y la princesa y sus doncellas se encierran en la torre y juegan a poner nombre e inventar historias sobre esas figuras que las miran desde los marcos de maderas nobles; rostros, la mayor parte de las veces, ridículamente pomposos o con actitudes engreídas. Afuera, trabajando en el parterre, el jardinero oye el eco de las risas. Cuando distingue la voz de la princesa entre las otras voces, algo dulce le recorre por dentro. Recuerda el día en que se desprendió de todas sus riquezas, abandonando casa, armas y ganado. Sus amigos y familiares le tomaron por loco. Con ropa humilde llegó a esta puerta y pidió trabajar de jardinero. Desde entonces cuida el sendero por donde ella pisa con pies descalzos cada mañana y prepara pulseras de flores para sus muñecas y tobillos.
En el aposento de al lado se amontonan los regalos en desorden. La princesa sólo dedica atención a esa rosa roja que le llegó misteriosamente sin ninguna nota o retrato. Enseguida vació desdeñosa las joyas de uno de los vasos de plata que le habían regalado y llenándolo del agua más fresca puso la rosa en un lugar preferente, donde siempre puede verla. La extraña flor es de una belleza exquisita y exhala una suave fragancia. Se pensaría que fue cultivada en el cielo o que sea una rosa mágica que cautiva al que la mira.
Es como el amor verdadero. Pasa el tiempo y cada día está más bella.


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VII - El Bharatanatyam

Esta noche, la princesa quiere bailar para su jardinero el Bharatanatyam la mística danza milenaria de sus antepasados.
 ¡Naturalmente es algo que no lo permite el protocolo!
Anhelante, espera a que todos se recojan viendo apagarse las luces una por una.
 Por fin han cesado los ruidos de los platos y las voces que llegan desde la cocina se han ido apaciguando.
 El último de los criados ya se ha retirado, cerrando todas las puertas tras de sí, y el eco de sus pasos se pierde en las losas del patio.
A la luz de la luna, la princesa cruza el jardín como una cierva sigilosa... Abre el portón a los dos músicos, vagamundos, perseguidores del mar, con los que acordó el pago ayer en el mercado.
Tímidamente aparta la cortina de la choza donde el jardinero duerme.
En la madrugada, envueltos en los sueños, la gente se pregunta de dónde puede venir esa música tan deliciosa y si no será el mismo Shiva, El Protector, que baila su danza de regeneración cósmica.
A la mañana siguiente, ella, risueña, lo negará todo —incluso a su jardinero— y nunca sabremos si de verdad ha sucedido.
Los músicos, que la hubieran podido traicionar, ya están lejos. Partieron temprano al alba persiguiendo un horizonte lejano. Al caminar, sus pasos hacen tintinear alegres las dos monedas de plata.