sábado, 19 de marzo de 2011

El sueño de Miguel



Para Ma y Te que se alimentan de sueños



I

Aunque casi olvidado en nuestros días, desde antiguo se sabe que las fuentes, los arroyos y otras corrientes de agua son lugares habitados por unos seres sutiles. Según la época y lugar se les ha venido dando distintos nombres: ninfas, hadas, elfos, duendes… Se llamen como se llamen, los de mi relato me estuvieron visitando en sueños una larga temporada con una historia inquietante que, según los casos, me hacía despertar alegre, triste o malhumorado. Tal como me sucedió, os lo cuento.

Resulta que, al parecer, en algún lugar del mundo vive un espíritu femenino, Daha, y otro masculino al que llaman Fosel. Daha reina en el tranquilo estanque de un antiguo y olvidado lavadero. Fosel es el amo y señor de una fuente que, con su abrevadero, está en el prado de al lado. Este año de fuertes nevadas las fuentes manaron con tanta potencia a causa del súbito deshielo que Fosel se desbordó de su cauce y extendió sus aguas llegando a encharcar el suelo del cercano lavadero. De este modo pudo conocer a Daha y quedar profundamente enamorado de ella.

En el primer sueño que tuve la pareja me contó que, junto con su cohorte de duendecillos y hadas, estaban preparando la boda para la luna llena de marzo; que tenían apalabrado el famoso coro de ranas de Turmiel, conocido como "Las Ranas de Alabama", y que la lechuza y el cárabo les habían confirmado su intención de oficiar como maestros de ceremonia en tan trascendental evento. La alegre tropa ha estado recorriendo todo el prado y las tierras en barbecho despertando a los grillos que duermen en sus agujeros —calentitos, felices y remolones— a la espera del verano; han recolectado muchos granos de polen y otras cosas buenas para comer; y cuidan de las violetas que crecen en la fuente y que han de servir de cómodas hamacas a los invitados.

En el segundo sueño todo había cambiado; mis personajillos estaban desolados ¡Oh desdicha! Hacía unas semanas que pasó de visita por estos antiguos territorios Emegebe, el mago cascarrabias, que —enfadado por ver todo el suelo encharcado— ¡dejó abierta la puerta del lavadero! mientras mascullaba su triple encantamiento:

— «Llave, cerrojo y candado ¡Para siempre bloqueado!»

¡Qué desolación tuvieron todos!; sin duda os preguntareis por qué. Pues muy sencillo, porque, al contrario que los humanos, los espíritus sutiles acostumbran a colarse por cualquier mínimo agujero y no saben entrar cuando el paso es franco y abierto ya que, con gran desconcierto, buscan infructuosamente rendijas en lo que, para ellos, es una sólida pared de aire.

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II

¡Qué desesperación la de Daha y Fosel, separados tan bruscamente! Sin poder ya mirarse a los ojos; reflejarse el uno en el otro; estrechar sus manos de agua. Desde ese momento volvieron a estar presentes todas las noches en mis sueños y tiñeron de tristeza con su recuerdo mis horas de vigilia al despertar.

¡Si vierais —tal como yo veía cada noche— estremecerse la superficie del estanque salpicada de sollozos que formaban pequeños círculos concéntricos! El agua se volvió pútrida; la guardia real de Daha, unos ciprinos dorados que solían nadar ceremoniosamente, en formación, haciendo la ronda todo alrededor del lavadero, se pasaban el día sacando la cabeza fuera del agua boqueando medio asfixiados.

No estaba en mejor situación el prado cercano...Los caños del abrevadero borboteaban un lamento, de forma profunda y continuada, quejándose por el amor perdido. El agua manaba intensamente fría y ni el sol más fuerte del mediodía podía templarla. Nadie se atrevía a beber por miedo a la vieja leyenda de los besos de hielo, y el lugar quedó solitario y triste. (¿Cómo? ¿Qué no conocéis la leyenda de los besos heladores? Pues es algo muy parecido que sucedió hace mucho, mucho tiempo… Aunque eso es otra historia y otra historia precisa de otro momento para ser contada).

Los grillos, las curianitas, los ratoncillos… se quebraban las patas empujando la pesada puerta con todas sus fuerzas pero sin ningún resultado. Cada noche los duendes contemplaban la luna con pesadumbre desde el cerro cercano, viendo la rueda hacerse cada vez más redonda. Consultaron al más viejo de ellos que tenía grandes conocimientos de astronomía. Esto les dijo:

—«Dentro de muy poco, el 19 de marzo, Espica la estrella más brillante de Virgo aparecerá justo a la derecha de la Luna. Ambas ascenderán en mitad de la noche, manteniéndose juntas hasta el alba rodando a través del cielo por todo el cuadrante sur. Esa será la señal. Los esponsales deben celebrase inmediatamente con la llegada de la primavera, al día siguiente, o no podrán ya celebrase en más de cuatrocientos cuarenta años».

Ese día se me presentaron en el sueño, haciendo como si no me vieran, Te y Ma, los dos espíritus más traviesos y burlones del prado (aunque ahora participaban circunspectos del pesar generalizado). Transmitían la convicción de que querían actuar, aunque fuera trasgrediendo todas las reglas de su mundo diminuto. No podían consentir que sus amos quedaran en esa triste situación. En medio del sueño, Ma mirando de reojo con disimulo, suspira:

—Nosotros solos nunca podremos con la puerta —y Te, frunciendo el ceño con determinación exclama:

—¡Tenemos que pedir ayuda a los humanos!

—¿Los humanos? —pregunta Ma, —¡Jamás nos ayudarán! Es mejor ir a suplicar a Emegebe para que rompa el maleficio.

—¡Ese viejo gruñón y pagado de sí mismo! —dice Te — Nunca nos hará caso. En realidad creo que es incapaz de recordar la fórmula para romper el hechizo ¡Bien que me he vengado de él!

—¿Qué le has hecho? —gorjea la risa de Ma, anticipando la broma.

—Jo, Jo, Jo. Le hice tropezar y ahora tiene un pie hinchado como la pata de un buey. Le he untado las vendas con sudor de ortiga y excrementos de sapo y cada vez que quiere curarse con sus malditos encantamientos se le pone mucho peor. ¡Yo creo que se le está gangrenando!

Las risas de Ma y Te suben como cascabeles por la pared de la noche y, por un momento, parece que volviera algo de la alegría perdida al prado. Pero es sólo un espejismo.
Me despierto afiebrado, sudoroso, con la sensación de que tengo un encargo por cumplir.

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y III

Preocupado, consulté mis sueños con mi amigo Osvaldo que es psicoterapeuta (y, por supuesto, argentino). Le conté lo que cada personaje me había transmitido en cada uno de los sueños, y si estos podían ser una revelación de ese otro pequeño mundo que habita dentro del nuestro con invisible presencia; insistí en la urgencia del tema ya que los plazos se agotaban. Osvaldo me miró con sonrisa indulgente:

—¡Vaya quilombo que tenés ! Es que no sabés que tu Fosel, Daha y toda esa vaina no son más que proyecciones de tu mente, y que ninguno de ellos tiene exiteeensia propia, ni diferensiaaaada ni antagónica, ni nada! —La verdad es que no recuerdo muy bien si fue eso lo que dijo pero me sonó a algo parecido. Y después me espetó con cariño, con la energía con que se explican las cosas sencillas a los niños:

—¡Todoo’ eso’ mi’teriooso’ personajiiiiyo' son la misma persona. ¿Querés saber quién? —me miró con picardía— Pues sos… ¡vos! Y, por favoooor... dejá de creer en los duendesiiiiyo’, que etamo’ en pleno siglo ventiuuuno… ¡Con el santoral católico y el famoseo de la tele ya tenemo’ ma’ que sufisiiiieente!!

¡Eso sí que lo entendí! ¡Vaya descubrimiento! ¡En nuestros sueños, el que sueña es todos los personajes! ¡Claro! ¡No podía ser de otro modo! La idea se abrió paso en mi mente y estuvo allí relumbrando y lanzando destellos hasta la hora de acostarme. Mire el calendario, 19 de marzo. Abrí la ventana y, a oscuras, dejé que la luz de la luna salpicara el cabecero de mi cama. Espica la estrella virginal seguía dócilmente, allá en el horizonte, hacia el sur, a una gran rueda luminosa. Me acosté con determinación; casi con rabia; dormí y soñé.

Soñé que era Fosel, y sentí toda la potencia que me daba la tierra desde lo profundo de sus venas de agua con caudal inagotable; sentí el orgullo de saciar la sed de los rebaños que en otros tiempos acudían en las tardes calurosas del verano; y también soñé con los pastores de rudas manos que se refrescaban en el caño y cantaban sus canciones a la sombra cenicienta de las sabinas.

Soñé que era Daha y recordé las alegres risas de las lavanderas que solían venir andando desde el pueblo cercano con sus cestos cargados de ropa. Soñé con sus secretos de mujer cuchicheados con pueril picardía mientras sus senos se reflejaban entre las irisaciones del agua jabonosa. Sentí la ondulación suave, femenina, de la superficie del agua, marcando el compás de un tiempo inacabable, con la luz del sol filtrándose por la techumbre de tejas y rebotando en el agua para acabar bailoteando sobre el entramado de madera del techo.
Soñé que era Emegebe, el olvidadizo mago con principio de Alzheimer, incapaz ya de recordar sus cabalísticas fórmulas y de sanarse el solito el pie de una vez por todas. Soñé y recordé aquellos días, no tan lejanos, cuando era un mago poderoso y temido; lleno de juventud, sabiduría y fuerza; virtudes con las que imponía su autoridad en toda la comarca.

Soñé que era Ma y soñé que era Te, siempre juntos, espíritus juveniles, traviesos, sutiles, que desprecian la comida y viven de los fotones que deja el sol en suspensión en el aire. Despiertos y con ganas de ir a todos los rincones del mundo, enervan nuestra piel cuando los sentimos venir de todas partes y de ninguna como un vientecillo invisible que nos acaricia.

Y si yo era todos los personajes, también era todas cosas. Me convertí en prado, en nube, en techo de madera, en cercado. Así que, al final soñé que era la puerta y…, dando un fuerte golpe, me cerré.

Al mes me encontré de nuevo con Osvaldo; le dije que no había vuelto a tener esas horribles pesadillas, todo gracias al consejo que me dio. Me palmeó la espalda, y me dedicó esa sonrisa, tan suya, tan feliz, ante la que siempre me acabo rindiendo:

—Eteeee… ¿viiiste?, no hay que dejarse llevar por la fantasííííía.

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FIN DEL SUEÑO DE MIGUEL