domingo, 20 de febrero de 2011

Milady y el infinito







Saltamos varias vallas y rodamos, rodamos… ¡cómo si nunca fuéramos a volver! ¡Siempre adelante!
Al final la carretera se hunde en el agua. Por eso no hemos visto por aquí ni a dios.
—Vamos a vadear—dice Milady
—Tú estás majareta—replico —¿No ves las copas de los arboles? Hay por lo menos dos metros de profundidad.
Milady se ríe burlona:
—Ja, ja, ja ¡Es que te lo crees todo, capullo! —(esa boquita que tiene)
Pues sí, la verdad. Cada vez estoy más convencido de que se le ha aflojado más de una tuerca con tanto traqueteo y tanta caída. Al fin y al cabo ¿no es raro que una bicicleta hable? ¿Va a estar, además, bien de la cabeza?
Me siento en el suelo a ojear los mapas mientras me como un plátano y la vigilo de reojo.  Milady canta por lo bajito y mira soñadora  delante de ella, al infinito. Yo sé que si la dejara sola se tiraría al agua como una Alfonsina de carbono.