jueves, 10 de febrero de 2011

La Estrategia de la Araña

 


Las reflexiones de un frio seductor que tiende sus redes en una estrategia diabólica para capturar en ellas a una inocente muchachita.

por Miguel Guinea




Contenido

I.- EL HOMBRE SOPA

II.- EN EL SUPERMERCADO

III.- DOCE TARROS DE PEPINILLOS

IV.- MARTA RUIZ

V.- UNAS INICIALES. 

 


I.- EL HOMBRE SOPA


Planeé cuidadosamente mi estrategia de seducción. Puede parecerles inmoral pero en estos temas no me gusta dejar nada al azar.
El tipo de mujer que me atrae no es fácil de abordar. No va a las discos o bares con amigas (mucho menos sola) , y en las actividades públicas (piscinas, lecturas en el parque) es cuidadosa y está prevenida para no dar pie a los posibles moscones.
Es joven, delgada, atractiva, sana y natural. De temperamento práctico, aunque sensible y con una chispa (auto reprimida) de romanticismo. Suele estar ya comprometida en un largo noviazgo o ser una casada reciente —tras un largo noviazgo— o incluso una joven madre. Una mujer que todavía no se ha confesado a sí misma la pequeña sensación de desengaño que le provoca su relación. Si es madre, los hijos han de ser muy pequeños, para que todavía no haya entrado en la dinámica de una vida aperreada llevando niños de una actividad a otra. En definitiva, una mujer, que no haya tirado la toalla y que piense que el amor —otro tipo de amor— aun es posible. Los novios o maridos, son jóvenes también, demasiado ocupados en abrirse paso profesionalmente y en conservar sus viejas amistades y sin la experiencia y madurez suficientes para saber ser a la vez tiernos y fuertes con ellas.
Para comprender que le puede gustar a una mujer, yo me dejo guiar por la publicidad. Un minuto de publicidad cuesta mucho, muchísimo dinero. Expertos sicólogos y publicistas estudian a fondo el mensaje que transmiten y el colectivo al que se dirigen para sacarle el máximo rendimiento. Buscan la brecha, los puntos fuertes y débiles y los explotan a fondo. Así el modelo a seguir para mí, para llegar a ese tipo de mujer que me gusta, son los hombres de los anuncios orientados fundamentalmente al mundo femenino. Yo los llamo los hombres de los anuncios de sopas, aunque también dan una buena pista los anuncios que sugieren la imagen de confort en el hogar, mobiliario y calefacción, principalmente.
Un hombre-sopa no es necesariamente guapo sino eso que las mujeres llaman “interesante”, no es agresivo aunque si deportivo y hasta un punto atlético. A veces con gafas para sugerir algo de intelectualidad, aunque más bien las usa como lo hacía Clark Kent para esconder su evidente imagen de superhéroe clandestino. Las mujeres adoran la fantasía de que solo ellas son capaces de ver al superhéroe que tienen ( y así lo consideran a salvo de las lagartonas que lo podrían identificar como presa e incluso a salvo de su posible vanidad). El hombre-sopa viste de una forma limpia, no ostentosa, “arreglado pero informal”. Una bonita camisa o un confortable jersey de esos que nos regalan las mujeres y que nosotros jamás acertaríamos a comprar. Desde luego sin barba y desde luego con pelo. Un pelo liso, bonito y brillante como en un anuncio de champú. Luce una sonrisa franca y parece que tiene —en algunas situaciones— cierta habilidad de pensamiento lateral para captar sutilezas o jugueteos (casi como lo hace una buena amiga) pero sin que resulte marujón o afeminado.
En estas cosas no hay más remedio que gastar dinero. Una buena inversión inicial nos puede ahorrar mucho tiempo, esfuerzo y seguramente también dinero al encauzar los temas para que se desarrollen ágilmente. Con esas premisas me fui a una óptica a comprar unas gafas con cristales sin graduar y después a una buena tienda de ropa en una calle de moda y me deje vestir de arriba abajo por la dependienta que parecía muy eficaz
— Ojo con los complementos—,me dijo, mientras miraba con ojo muy crítico, mis astrosos zapatos de cordones rotos y mi cinturón , —En los complementos es donde se puede diferenciar al auténtico hombre elegante del advenedizo.
Le suplique que me acompañara a la zapatería de al lado y me ayudara a seleccionar un buen par de zapatos. Torció el gesto en un mohín de desprecio.
— Ir con todo de nuevo es paletíiiisimo —.Obviamente quería decir "ir vestido con todo nuevo".
Total, ciento ochenta euros me costaron los bonitos zapatos, ya curtidos, de su compañero de tienda, que aunque me quedaban un poco grandes lo pude solucionar con un par adicional de calcetines y con unas plantillas que además, no entiendo el porqué, me hacían parecer mucho más alto. Bueno, si. Es la extraña dinámica que las cosas buenas ejercen sobre nosotros. Póngase una magnífica chaqueta e inmediatamente le parecerá que ha crecido un par de centímetros. Si no me cree, pruébelo.
A la mañana siguiente me dirigí al supermercado. En el escaparate de la tienda de enfrente bailoteó por un momento la imagen de un auténtico hombre-sopa que superaba el bordillo de un ágil saltito.



 


II- EN EL SUPERMERCADO


El supermercado estaba bastante vacio a esas horas de la mañana del sábado. La verdad es que había estado dudando en cual podía ser el momento idóneo. Al final me decanté por esa hora a pesar de que estaba seguro de que el número de posibles presas iba a ser muy reducido. Varías razones me decidieron a ello:
Primero, evitar el efecto cardumen. Si. ya saben… cardúmenes son esos grandes bancos de peces que se desplazan todos juntos. Una de las ventajas que les proporciona adoptar esa forma de vida social es, precisamente, la confusión que sienten los depredadores ante una abundancia de presas; la indecisión que les provoca el tener que seleccionar una víctima entre tantas. Segundo, necesitaba espacio para observar detenidamente y maniobrar con rapidez y agilidad. Sería lamentable que un carro cargado hasta los topes me cortara el paso en un momento de aproximación decisivo. Tercero, el que ella, la víctima, dispusiera de tiempo por delante posiblemente la mantendría más relajada. Cuarto, esa hora indicaba, sanas costumbres, equilibrio emocional y estabilidad. Ni madrugones, ni prisas de última hora.
Deambulé tranquilamente echando un vistazo y preparando a la vez mi propio carro. Había que seleccionar cuidadosamente el contenido. No solo alimentos, y por supuesto nada de chorizos o cosas que tuvieran un aspecto brutal. Un buen frasco de anchoas, un par de botellas de vino, paté de calidad. Cosas de limpieza y de higiene personal. Fruta, mucha fruta. Necesitaba algo incongruente, algo chocante que le provocara una pregunta interior, que la enganchara en una reflexión sobre mí. Al final me decanté por un pequeño muñeco de peluche. Eso es. Ella se tendría que preguntar qué coño pintaba ese muñeco en un carrito tan de “single”. Contaba con su curiosidad. La curiosidad es una excelente cualidad en las mujeres —siempre que no llegue al cotilleo— y yo debía explotarla. Si despiertas la curiosidad de una mujer… te puedo asegurar que la tienes en el bote.
En un pasillo nos cruzamos una chica bastante guapa y yo. Respingó, escorzó el talle y en seguida miró para otro lado. Parece que el traje de hombre-sopa funcionaba bien. Yo les puedo asegurar que sé cuando me ven aunque no me miren. No había por qué precipitarse. Decidí seguirla, sin molestarme en disimular demasiado, y observarla con algo más de detenimiento. Llegué a la conclusión que tenía un culo de esos que pueden hacer enloquecer a los hombres, pero…
Pero había algo que no me acababa de convencer. Demasiada pintura. Demasiada sexualidad a flor de piel. Mostraba la parte superior de las caderas y de las nalgas (preciosas por cierto, como un melocotón cubierto de un casi imperceptible y finísimo vello rubio). Dejaba demasiado visible la tirilla del tanga con sus mínimos pantalones de cintura bajísima (¿qué hacía con tanga a esas horas en el super?), encima iba con zapatos abiertos, las uñas de los pies repintadas y los tacones exagerados…; la camiseta demasiado ajustada y el pecho demasiado realzado artificialmente por el "bra". Todo era demasiado. Cuando una mujer tiene la sexualidad a flor de piel… la disipa rápidamente. Ella misma se basta para darse satisfacción. Entiéndanme, no estoy diciendo que fuera onanista, sino que ese tipo de mujer se contenta con despertar pasiones, saber que la miran y que la desean…y nada más. No se llega más allá con ellas; y si se llega, su coquetería, nunca satisfecha, se vuelve un auténtico quebradero de cabeza porque, inmediatamente, se orienta a exhibirse ante los otros hombres buscando una mirada admirativa y revalidante.
Cambié de rumbo y me dirigí hacia el lineal de los productos naturistas y ecológicos, echando un vistazo profundo y disimulado por cada una de las calles que formaban las estanterías.
Por fin la vi. Era sencilla y elegante. Con su bolso-mochila de piel y su pelo largo y liso. La cara fresca, lavada, sin pintura y unas pestañas inmensas sobre sus ojazos castaños claros. Se adornaba con bisutería muy fina, de artesanía que casi pasaba desapercibida. Me crucé con ella dos veces y no me he sentido más ignorado en toda mi vida. No es que no me mirase, o disimulase, no. Al contrario, me miró y hasta esbozó una sonrisa cuando paré mi carro (intentando marcar pectorales) con un gesto simpático para dejarla pasar. Pero nunca una sonrisa me ha desalentado tanto. Pura, pura, pura cortesía. Yo era tan poco peligroso, tan… nada, que hasta se podía ser amable conmigo, como lo era con el frutero o con la chica de la panadería...




 


III.- DOCE TARROS DE PEPINILLOS

Por primera vez en mi vida, me encontraba paralizado. No sabía cómo iniciar una aproximación; qué decir ni qué hacer. Tenía la mente en blanco. No podía preguntarle sobre los alimentos dietéticos o el mejor sofrito para los tallarines o hacerme el encontradizo en la cola de la cajera. Todas las estrategias que había estado barajando me parecían increíblemente ridículas —patéticas— y sin ninguna posibilidad de facilitar una aproximación.
Entonces es cuando la vi avanzar decididamente hacía mí y plantárseme delante. También la veía mover los labios, y sonreír, pero no era capaz de asociarlo con esa agradable voz que se escuchaba por encima del hilo musical, preguntándome algo.
—¿ … … …. … … .. vino? —,me miró a la cara durante un segundo, y cambió su expresión y tono por otro de ligera extrañeza:
—Per…, ¿Te …. ..go?—, me preguntó.
—¿Q-ué´?—,pude, al fin, articular
—Qué si le pasa algo ¿Se encuentra bien?— y luego al ver que yo recuperaba parte de la normalidad, dijo con simpatía—¡Perdone, seguro que no me esperaba y le he dado un buen susto! Soy una tonta, no debí asaltarle de este modo.
Intente reconstruir palabras y frases para llegar a una oración con sentido, pero no pude. Sólo percibí algo que me pareció un cambio en la forma de expresarse. Como si hubiera pasado de un amistoso tuteo inicial a un lenguaje algo más formal, aunque nunca distante. ¿La defraudó mi falta de reflejos? ¿Le dio tiempo a reconsiderar si debía hablarme? ¿Valoró de forma negativa la evidente diferencia de edad entre nosotros? Todas esas preguntas hacían ondas en mi mente —bloqueada por la sorpresa— interfiriéndose, como si fueran gruesas piedras que cayeran seguidas en la superficie de un lago.
—Sí. Digo, ¡No! No me pasa nada. Estoy bien —respondí, e intentando enganchar el tuteo por la punta de la cola antes que escapara del todo: —Perdona estaba distraído y no te he escuchado. ¿Decías?
—Perdona. No quería molestarte—Dijo, volviendo al tu (suspiré aliviado por dentro) —Te preguntaba si me podías ayudar a seleccionar un vino que vaya bien con la fabada.
¡Santo Dios! ¡Esto era increíble! Esa preciosidad estaba ahí, delante de mí, dándome la excusa perfecta para enrollarme un rato largo vagando por las estanterías de vinos y poder hablar prácticamente de cualquier cosa. No se me ocurre nada que no pueda asociarse, de una forma u otra, a una botella de vino…pero ¿fabada? Este ser angelical — al que yo solo me lo podía imaginar comiendo rosas y cosas así— me pedía asesoramiento nada menos que para una FABADA.
—¡Claro! ¡Encantado!— respondí sonriendo. — Aunque no creas que tengo mucha idea, ¿eh?— mentí.
Nos dirigimos juntos hacía la zona del vino. Cada uno empujando su carro. Ella con evidente esfuerzo porque lo tenía cargado hasta los topes y yo con mi “light” carga de delicatesen. Resultaba bastante curioso comprobar la diferencia en contenidos. Su carro parecía la compra que haría un cocinero de un tercio de la legión, abarrotado de alimentos contundentes, coliflores, alcachofas, embutidos, bandejas de costillas adobadas, gazpacho… y mientras pasábamos por los lineales ella seguía cargando cosas. Le ofrecí espacio en el mío —ahí estuve bastante hábil— que ella acepto gustosa para la buena docena de tarros de pepinillos y banderillas picantes que estaba intentando cargar
—Me encantan los pepinillos—me dijo a modo de disculpa, apartándose el pelo de la cara con un manotazo perfecto.
La hubiera besado ahí mismo



 


IV.- MARTA RUIZ

Frente a la estantería de vinos recordé haber leído que la fabada tiene un mal maridaje con los vinos tintos, afortunadamente había unas buenas botellas de sidra Tareco y se la recomendé. Es una sidra natural de mesa, que son como las de escanciar, pero de mayor calidad y un poco más estabilizada, con lo que se puede consumir en comedores finos, sin poner el suelo perdido, pero manteniendo todos los perfiles aromáticos y de boca, de la sidra de siempre. A ella le sorprendió esta decisión y apuntaba más bien a potentes vinos tintos. La disuadí diciéndole que me parecía que los sabores ahumados de la morcilla y el picante del chorizo revientan los aromas de un vino tinto de crianza. Lo mejor, para mí, sin duda, era tomar una buena sidra porque es muy ácida, refresca y limpia la boca así que cargué cuatro botellas en mi carro, dos para ella y dos para mí. Seguía con la idea de ir construyendo pequeños y sutiles puntos de contacto sin saber muy bien por donde se me presentaría la oportunidad de mantener abierta la relación para encuentros futuros. No quería demostrar demasiado interés que la pudiera asustar o provocar rechazo. Ella aceptó el consejo, aunque, sospechosamente, la vi cargar dos botellas de Protos que según me aseguro eran para otro momento.
En la línea de caja pagó con una tarjeta de crédito que en determinado momento se le cayó al suelo. La recogí con presteza y al devolvérsela aproveché para curiosear al nombre troquelado en ella: Marta Ruiz.
Acompañé por el aparcamiento de superficie a Marta hasta su coche, que sorprendentemente resultó ser un enorme todoterreno, y la ayudé a cargar en unas cajas que tenía apiladas en la parte trasera, toda la compra de su carro y varios artículos suyos que llevábamos en el mío
Al despedirnos volvió a repetir ese gesto de apartarse el pelo de la cara que tanto me había atraído y me tendió la mano:
— Bueno, Agradecidísima. Muchas gracias por tu ayuda, de verdad. Me llamo Marta.
— Encantado —repuse — .Yo me llamo Miguel. A ver qué te parece el invento ese de la sidra. Espero que os guste. Ya me contarás.
—Suelo venir al súper los sábados por la mañana. Claro que no todos. A ver si tenemos suerte y nos volvemos a ver —me dijo mirándome inocentemente a los ojos.
—Ojalá — respondí con mi mejor sonrisa.
—Adiós —dijo, y añadió con un guiño y señalando a mi carro mientras se montaba en el coche—:Bonito muñeco.
Desaparcó con pericia y se fue, acelerando rápidamente, sin mirar atrás.
Cargué las cuatro tonterías que había comprado en el maletero del mío y tiré el muñeco de peluche en el asiento de al lado del conductor. Mientras, respondía a Marta mentalmente:
«Estoy seguro de que vamos a tener suerte. Ya lo creo que vamos a tener suerte»


 


V.- UNAS INICIALES.

Volví contento a casa. En las palabras de despedida de Marta veía sin duda una invitación a propiciar un nuevo encuentro. Me felicitaba por haberla encontrado. Me gustaba mucho su estilo. Realmente me parecía un objetivo fácil y adecuado. Aunque no dejaba de picarme la curiosidad en varios puntos que me habían resultado chocantes y que tenía que reconocerlo se habían salido de mi planificación y habían rebasado mis expectativas. Por ejemplo, la sencillez y accesibilidad que había mostrado y lo incongruente de los alimentos de su elección frente a su imagen de chica fina y natural. Como guinda, el tremendo todoterreno que conducía —con todos los aditamentos de conducción deportiva y agresiva que llevaba, como podían ser las defensas delanteras y traseras, los faros adicionales o el snorkel para vadear ríos—  en vez del pequeño Opel  con una ele torcida  en el cristal trasero que yo había secretamente  esperado.
Me conecte a mi web. Realmente estaba pletórico. Tenía ganas de transmitir a todos los seguidores de mi blog ” El rincón de la araña” las novedades y avances de la jornada y los resultados halagüeños de mi experimento de seducción. Rápidamente recibí varios comentarios en un sentido u otro que me animaban a proseguir o que reprobaban mi conducta. Buceé un poco más en la red buscando información sobre la seducción y sus técnicas y su relación con la literatura. Navegando, inopinadamente llegué a ese magnífico libro que tanto me impresionó cuando lo leí en mi adolescencia  Les Liaisons Dangereuses  de Choderlos de Laclos. Me pregunté si es que no era yo —si no había sido toda mi vida— un vizconde de Valmont empeñado en demostrar que no había barrera virtuosa que no fuera susceptible de ser derribada siempre que se atacase con la inteligencia y dedicación necesaria.
Cuando iba a cerrar el navegador, eché un vistazo a los otros resultados que me ofrecía mi búsqueda en google sobre la seducción y me llamó la atención esa entrada que decía “La trampa”. Era un post en un blog curiosamente muy parecido al mío donde se describía todo el proceso de caza de un incauto. Lo más inquietante era que algunos detalles  —¡El supermercado, la sidra…— coincidían de forma alarmante con la historia que acababa de vivir. El blog se llamaba Mantis Religiosa —ese bichito que la tradición cuenta que se come a sus amantes en el momento de la cópula. El post, lleno de cínicos comentarios de los seguidores, estaba firmado como  M. R.
M. R. las siglas de Mantis Religiosa…Se me puso el vello de punta
¿O eran las iníciales de un nombre? Un nombre como, por ejemplo...

 ¿Marta Ruiz?