domingo, 13 de febrero de 2011

Comeremos ensalada…



Si no le apetece leer, escúchelo narrado por el autor aquí----------->
http://miguelguinea.blogspot.com/2012/01/prohibiciones-hasta-en-la-sopa.html


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Pues verán ustedes, yo, la verdad, de estudiar ni pum. A mí lo que me gustaba era ir con la guitarrita por los mesones con otros amigos y esas cosas, pero, para que mi viejo me dejara en paz, me matriculé en Filosofía y Letras ¡La cantidad de pibitas guapas que había por allí!
En aquellos tiempos del tardo franquismo estábamos todo el día de movidas y lo que molaba era correr a los grises en el Paraninfo. Musicalmente, que quieren que les diga, tampoco yo era un Beethoven; pero un día que estábamos en una asamblea en la facu de Derecho y cantábamos cosas revolucionarias y todo eso, vinieron a desalojarnos...Total, que a mí se me ocurrió que podíamos hacer una sentada allí mismo y con la música del corro de la patata improvisé una canción. Jo, molaba mazo; empezaba: “al corro la patata, nos haremos la sentada….” y así.
El caso es que hizo gracia y en las manis posteriores había gente que la coreaba. Un día hasta la cantamos en el Johnny (El San Juan Evangelista, un colegio mayor muy enrollado) y unos troncos que estaban haciendo una maqueta de canciones revolucionarias la incluyeron con un ruido de fondo de ulular de las sirenas de las lecheras de la policía; ¡uf! ¡Una pasada!
Tuve la suerte de que la censura franquista la prohibió, con lo cual - aunque soy consciente de que era una mierda - empezó a circular en casetes clandestinas. Más tarde la grabé en Francia y se vendía como churros bajo cuerda en las fábricas. Bien es verdad que para ayudar a promocionar la venta decíamos que lo recaudado era para el fondo de resistencia de huelga de las clandestinas CC.OO.... pero bueno, el marketing es el marketing, y todo sea por la revolución.
Aquellos buenos tiempos pasaron y llegó la democracia. No acabé la carrera y unos doce años después, cuando mis padres se cansaron de darme la paga y amenazaban con echarme de casa, me coloqué a través de un tío mío en una pizzería. Allí estaba sin pena ni gloria cuando de repente un tío muy trajeao, que se estaba metiendo un macburger a la salida del cine con su mujer y dos niños repelentes, va y me dice:
—Oye, ¿Tú no eres el Molotov? —Así me llamaban en la célula porque todos teníamos mote, por seguridad y esas cosas molonguis de la clandestinidad.
—Coño, Gorki. Joer ¡Cómo has cambiao ¡Pareces un ministro!
—Ja,ja,ja. Hombre, ministro no. Subsecretario solamente.
Joder con el Gorki, me acuerdo que era nuestro enlace en la Facultad de Derecho. Mira cómo había mejorado. Como a esa hora terminaba mi turno, me invitó a su casa, un chalet de puta madre en la zona de Somosaguas, y allí estuvimos bebiendo y escuchando los viejos vinilos de Inti Illimani, Quilapayun y esas cosas de la época hasta la madrugada.
—Ahora vas a alucinar ¡Mira lo que tengo! —dijo José Ramón (su autentico nombre) mientras me mostraba la casete donde estaba mi “Corro de la patata”. Jajaja que risas y que buenos recuerdos.
—¿Sabes lo que vamos a hacer...? —me dijo —...la voy a incluir en un trabajo que estamos lanzando desde el Fondo de Cultura Democrática con canciones y videos de la Transición.
—Hombre Josérra, no sé yo si esto merece la pena…
—Na. No te preocupes. Cuela cualquier cosa. Lo de menos son las canciones. Nosotros vamos a por la subvención que es una pasta gansa ¡Yo me encargo de todo!
A las tres de la madrugada José Ramón me acompañó hasta la entrada de la urbanización, supongo que para que no me pegaran un tiro por andrajoso. Olía a leña, los perros ladraban lejos y los álamos susurraban suavemente.
—¿Sabes Gorki?...—le dije, aspirando una bocanada de aire limpio y fresco mientras miraba alrededor —No sé por qué le llaman a esto Somosaguas. Tenía que llamarse Somos la leche.
Cuando tres meses después empecé a recibir dinero por los derechos de autor no me lo creía. No me creía que se hubieran vendido más de dos copias de semejante porquería. Llame a Gorkí para darle las gracias:
—Gracias tío, parece que esto funciona muy bien, ¿no? ¿Cuánto se ha vendido?
—Nada. Hay un problema con la distribuidora y los ejemplares están todos en el sótano de la Fundación.
—¿Nada? ¿y la pasta que me está llegando?
—Ah, eso... Será del canon.
—¿Canon? ¿Qué coño es eso?
—Cobramos por cada soporte que se vende, por si acaso a los piratas se les ocurre grabar tu canción, ja ja ja.
—Ja ja ja. ¿Y les llamáis piratas? ¡Qué huevos tenéis!
—Y eso no es todo, también está la cuota.
—¿Qué cuota?
—La que pagan los bares, las discotecas, los camping, las peluquerías, las residencias de ancianos…
—¿Y eso por qué?
—Tienen radios y televisores ¿no? A ver si los muy jodíos van a poner a sus clientes tu canción por la cara si a alguna emisora se le ocurre programarla.
—No lo creo. Además, la emisora ya pagaría por ponerla. ¿No?
—Toma, claro. Faltaría más.
—Ja ja ja ¡Cuándo yo digo que sois la leche...! Oye, no te olvides de los colegios y las guarderías que también cantan al corro la patata con los niños —le dije de coña. Pero él se lo tomó muy en serio. Tuve que separar el auricular de la oreja por el berrido que pegó, aún así, su voz se oía a un metro de distancia:
—¡¡¡Eres un genio!!! ¡¡¡Un puto crack, Molotov!!! ¡Llevamos meses detrás de ellos y no se nos ocurría como meterles mano!
—Pa mí que a estos se les va la pinza...Tanta coca no puede ser bueno... —pensé, mientras colgaba despacito el teléfono.






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