lunes, 24 de enero de 2011

Los cardos

Con el calor, el chocolate se ablanda ligeramente y mancha mis dedos. Me gusta cuando doy un bocado al pan y queda la huella de mis dientes con alguna mancha marrón de chocolate y saliva. Voy a buscar a mi amigo Enrique y corro por los desmontes hasta que llego al grupo de chabolas donde vive. Las gallinas escarban y picotean en una cloaca a cielo abierto que forma un pequeño río maloliente, verde y gris, con reflejos irisados de jabón, que se aleja lentamente hasta caer por un pequeño barranco.

—Vamos donde los cardos —le digo—. He traído la espada— y le muestro mi fino florete de acero que me regalaron por Reyes, y que llevo sujeto al cinturón.

—No me dejan salir. Mi madre me ha dicho que primero tengo que ir a por el agua —contesta Enrique.

—Bueno, pues vamos—. Parto un trozo de la onza de chocolate y se lo ofrezco.

Enrique coge el bastidor de madera y uno de los cubos de metal —infinitamente limpios—y yo el otro. En la fuente, dos niñas gitanas están cargando agua.  Aunque son poco mayores que nosotros, ya les apuntan los senos en sus camisas floreadas como si fuesen dos capullos más. Tienen rostros como soles y greñas por la cara. Nos miran y se ríen.

Llenamos los cubos y Enrique los planta juntos, como a un metro de distancia el uno del otro; apoya el bastidor de madera en los bordes, pegado a las asas y se mete dentro de un salto; después, los eleva y comienza a andar, deprisa, deprisa; como si temiera que los brazos le fueran a crecer y hacerle pegar con los cubos en el suelo. Siempre me ha fascinado el invento este del bastidor (un cuadrilátero hecho con listones de madera) que mantiene los cubos alejados de las piernas y facilita el transporte. No se me ocurre cómo ayudarlo, así que voy trotando a su lado, como un bobo.

Llegamos al conjunto de edificaciones donde está su casa. Cruzamos por una especie de pasillo ancho, a cielo abierto, que hace las veces de patio de vecindad: A la derecha, las puertas y ventanas de las viviendas; a la izquierda, un pequeño talud con arriates de geranios, lirios e incluso algunas lechugas plantadas; y al fondo, tras la puerta entornada, se adivina la  letrina comunal. Nada más entrar en 
la vivienda, que carece de pasillo o recibidor, se accede directamente a un espacio que hace las veces de cuarto de estar, con un sofá convertible en cama, un aparador, la mesa y un par de sillas; en un rincón, algún taburete escamoteado  lleno de cosas. A la derecha se abre el dormitorio con una cama grande que parece ocuparlo todo y un armario oscuro y a la izquierda, la cocina con su fogón de leña y carbón que calienta la casa en invierno (y en verano); a la cocina le han robado un trozo y en él han puesto un lavabo con su espejo, y una pequeña repisa con peines y jabón.

Pido agua. Me encanta el sabor del agua en los cubos de zinc, y la fina transparencia que tiene.

—Anda niño. Haber bebido en la fuente —me dice la madre de Enrique—. Ahí tienes el botijo.

 
Me dan miedo los botijos; no se beber en ellos y el agua me sabe a tierra, a cueva. Con esfuerzo, lo alzo y me riego la pechera con un buen chorro de agua. Se ríen de mí.

—¡Mira el señorito! —exclama la madre de Enrique mientras me restriega con un trapo de cocina para secarme. Al final hunde el cazo de acero inoxidable en esa superficie cristalina y me ofrece en él el agua que pido con algo que parece una sonrisa.  

Yo bebo como un pato: estirando mucho el cuello y poniendo los brazos hacia atrás porque no sé que hacer con ellos. La madre de Enrique es muy guapa, pero siempre parece cansada.

—En cuanto que empiece a ponerse el sol,  aquí —le dice—. Y te pasas por la taberna; y si está tu padre, le dices que ya está la cena.

—Sí, mama. —Y salimos escopetaos. Enrique con su espada hecha con una vara de fresno.

—¡Te pasas por la taberna! —insiste, desde la puerta.

—Valeee.

Los cardos son grandes, gigantescos; crecen en las escombreras y antiguos basureros. Tienen unas preciosas cabezas moradas, y parecen árabes, o piratas. Estamos rodeados. Nosotros los vamos segando con implacables mandobles. Dos héroes abriéndose paso en medio de la tarde.