viernes, 21 de enero de 2011

Diario de un mentiroso: CLAUDIA SHIFFER


La otra noche vino a verme Claudia Schiffer. Aunque llevaba la cara tapada con un antifaz, la reconocí inmediatamente por las otras veces que me ha visitado. Miré desesperado al despertador: «No me vayas a sonar ahora, ¿eh?» le amenacé, rogué, mascullando a la estúpida máquina que reposaba sobre la mesilla como un sapo engreído, consciente del poder que tiene para regir mis destinos. No sería la primera vez que se ha puesto a sonar, desabridamente, en lo mejor de un sueño, estropeándolo todo.

—Guten tag, liebe —me dijo, con susurrante voz,
—Hola Claudia, me alegro de verte.
—Ah, du weißt, wer ich bin?
—Mira —le dije—, será mejor que pongas el traductor automático porque no tengo ni idea de alemán —y añadí— ¡Ni siquiera en sueños!
—Digo, que me has reconocido, cariño.
—Pues sí, la verdad, llevo muchos años soñando contigo y, al fin y al cabo, este antifaz no es precisamente un burka —respondí, mirándola admirativamente y echándome a un lado para hacerle un hueco.

Levantó la sábana y se acomodó junto a mí. Estaba fresca y tersa como una lechuga. Se quitó las braguitas y las medias pero se empecinó en conservar el antifaz. Me incliné sobre ella para besarla y me clave una punta en el ojo.
—Joer, ¿no te puedes quitar eso? —dije, molesto. Y añadí, para no parecer tan borde— Por favor.
—No querido. Es una fantasía.
—¿Una fantasía?¿Qué clase de fantasía saca-ojos es esta? —le pregunté.
—Una fantasía sexual.
—A mí nunca me ha apetecido ese rollo —repuse.
—Pero a mí sí.
—No puede ser. Tú eres mi fantasía, y mi fantasía — recalqué con intención los posesivos—, no puede tener otras fantasías que no sean mis fantasías—. Me iba despertando cada vez más, lo cual me cabreaba por momentos.
—Fucking latin. Siemprrre poniendo prrroblemas. Así no vamos a llegar a ninguna parrrte—. Claudia empezó a arrastrar fuertemente la erres como le pasa siempre que se enfada conmigo, y añadió: —Llevamos un montón de veces intentándolo y siemprrre surrrrge cualquierrrrr cosa. Kegel!!!!Verflucht!!!

Estábamos en eso, cuando sentí algo así como un fuerte ¡plof! y ella se desvaneció con rapidez. Me desperté del todo, dando un bote en la cama. Desde la baranda de la terraza, una urraca me miraba graznando con un tono muy desagradable. Dominado todavía por el sueño y sin saber muy bien dónde estaba, me dirigí a ella, preguntando:
—¿Claudia?

No debía de ser, porque dio dos breves saltos y, luego, alzando el vuelo, se perdió de mi vista.