viernes, 21 de enero de 2011

Diario de un mentiroso: Las mujeres y el baño


Ayer se me acabó el pan congelado así que tiré de un paquete de cereales que, no sé muy bien cómo, ha llegado al armario de la cocina.

Supongo que ustedes también padecen, al igual que yo, de lectomanía, palabra  que me acabo de inventar,  y que no es la pulsión morbosa de robar las cucharas en los restaurantes y las toallas en los hoteles, no;  sino la manía de leer cualquier cosa que se nos ponga por delante: bien sean las etiquetas de la ropa, los prospectos de las medicinas, los logos de las bolsas de plástico y cosas así…

Estaba, entonces, digo, leyendo inadvertidamente la caja de cartón de los cereales cuando llegué a la conclusión de que la mayor parte de las mujeres quieren ser sobresalientes en todo, en todo... menos para ir “al baño” (eufemismo muy extendido de la acción de cagar), que para eso lo que precisamente desean es ser regulares.

¿Qué pasa con los intestinos de las mujeres? Todas las parejas que he tenido (que ya van para unas cuantas, no sé si por suerte o por desgracia) eran estreñidas. A veces, por ejemplo en los viajes, eso se convierte en una auténtica tortura porque, si ya tienen dificultades en casa en condiciones normales, imagínense lo que les representa el enfrentarse a “un baño” que no es el propio. El asunto se les convierte en una misión imposible que les va poniendo de muy mala leche según pasan los días y las toxinas se van acumulando en su organismo.

Les podría contar y no acabar nunca. Yo he asistido —en paciente y comprensiva espera— a ritos esotéricos casi mágicos, a preparativos como los de un boxeador antes del combate decisivo para el título, a lecturas de obras completas de escritores del siglo XIX, a auténticos e interminables partos de la burra… Todo ello para que el resultado final acabara siendo menos productivo que el trabajo de mi jefe. (¡Glup! ¡Espero que no me esté leyendo! Es una broma Don Ramón).
Bueno, les tengo que dejar que nos vamos de fin de semana y parece que Viviana ya ha acabado.

—¿Qué tal, cariño? ¿Nada?