viernes, 21 de enero de 2011

Diario de un mentiroso: El pelo

Los espejos son como esos amantes crueles que primero llenan de halagos y con el tiempo se vuelven sinceros y despiadados. Los de mi casa ahora se han confabulado para vapulear mi ego y cada día se encarga uno u otro de irme cantando las verdades. Esta mañana se han estado metiendo con mi pelo que más que ralear en lo alto de mi noble testa parece que hubiera iniciado una franca desbandada.

Siempre he pensado que si el pelo fuera algo importante crecería dentro del cráneo y no por encima de la cabeza expuesto a todos los accidentes e inclemencias. Ahora, que por decirlo en prosa quevediana “se arremangó mi frente”, ya estoy dudando si no es que la cabellera ha seguido mi consejo. ¿Que por qué digo esto? Muy sencillo, porque otro espejo, esta vez el del baño, se encarga de mostrarme las abundantes crines que brotan con lozanía por los agujeros de mi nariz y sobre todo por las orejas. No cabe duda que en vez de ese serrín que antes se decía que teníamos los atolondrados en la cabeza, tengo un buen puñado de crin o de estopa.

Armado con las tijeritas de las uñas he procedido a sanear la zona; aunque, luego, me he arrepentido. Se me ha ocurrido que si los dejo crecer y los peino convenientemente pueden llegar a dar el pego y volver a cubrir esa calva vergonzante del cráneo que un mal día abandonaron.

Alguno de esos peinados creativos he visto por la calle e incluso un periodista de éxito lo luce sin reparos en los medios nacionales e internacionales: se trata de poner la raya del pelo encima de la oreja, donde llevaban el lápiz los tenderos antiguos, y luego, a base de forzar con fijador la inclinación natural de su caída, llevar el cabello al otro lado. Los más virtuosos hasta hacen maravillas helicoidales (con forma de ensaimada, vamos).


Mi otra esperanza es que cambie la moda y volvamos pronto a los sombreros de caballero. Dense prisa, por favor.