viernes, 21 de enero de 2011

Diario de un mentiroso: Bartolo

Lo que hoy había posado en la baranda de la terraza al despertarme no era una urraca gorda y redonda como la del otro día, no. Hoy lo que estaba era un loro joven, atlético y con pinta de espabilado.
—Hola —le digo —¿Cómo te llamas?
—Rrrr, Bartolo, Bartolo, rrrr,rrrr
—Y ¿qué haces aquí? ¿Te has perdido?
—Noo-ó, noo-ó. Bartolo, Bartolo, rrr —repitió Bartolo moviéndose inquieto de una pata a la otra al ver que me aproximaba.

Me paré para no asustarlo más. Mirando despacio me di cuenta de que Bartolo me sonaba mucho. Al principio no caía, pero luego recordé la noticia —y la foto que la acompañaba— que había visto por internet hace unos días sobre algo acaecido en la República Dominicana:

“Apresan a un loro por ser testigo de un crimen:
Un loro y las supuestas revelaciones que ha hecho sobre un asesinato, se ha convertido en la comidilla de los habitantes de esta urbe, hasta tal punto se ha llegado, que la pícara ave, se encuentra apresada en las dependencias de los cuerpos investigativos de la Dirección Cibao Central de la Policía Nacional (DCCPN) con sede en esta ciudad."

—¡Tú eres Bartolo? —afirmé-pregunté —. El loro de doña Carmen Altagracia Castillo García, la pobre mujer que apareció asesinada en su casa en estado de descomposición.
—Fiuuuuuuu, fi, fi. —silbó Bartolo y, agitando las alas, afirmó muy convencido —: Bartolo, Bartolo, rrrgg,rrrgg.

Sí, sí. Sin duda que era Bartolo. Me preguntaba cómo era posible que se hubiera escapado de la policía y cómo se las había ingeniado para venir volando hasta aquí desde tan lejos. Recordé vagamente historias de gatos y perros que habían cruzado continentes buscando a sus anteriores propietarios. Y si un gato podía hacerlo...¿cuánto mejor no lo haría un loro, que pueden hasta volar? Y de todos los loros del mundo, mucho más capaz que cualquier otro veía yo precisamente a este de mi terraza que parecía tan listo.

Fui a buscar la bolsa de pipas que tengo en la cocina decidido a atraparlo. Estaba seguro de que la policía o los familiares de doña Carmen pagarían una buena recompensa por él. O si no, quizás, podía ofrecerme a salir con él en algún programa de esos imbéciles de entrevistas de los mil que tiene la tele; o llevarle como tertuliano por la mañana a alguna emisora de radio… Veía a Bartolo como un buen medio de sacarme unos eurillos extras ahora que la vida está tan mal. ¡Qué les voy a contar a ustedes!

Cuando volví a la terraza, Bartolo ya se había ido. ¡Mecachís! ¡Otra oportunidad perdida!
Aunque, bien pensado… yo no había leído en ningún lado que el loro de la asesinada se llamara Bartolo. Lo había dado por supuesto. A lo mejor este loro no era el loro de la noticia. ¡Cómo iba a haber venido solo desde tan lejos!

Me metí en la ducha… Cuando solté el grifo y empezó a caerme el chorro de agua fría, según me despejaba, se me ocurrió otra posibilidad que hasta entonces había pasado por alto…

« ¡Leñe! ¿No será Bartolo el nombre del asesino?»