lunes, 26 de diciembre de 2011

Caballito de olvido






Caballito de noria
de galopar  eterno,
de atornillada barriga
entre dos pernos,
Clavado  entre barras
tan verticales
que duelen como espadas
abdominales.

Héroe de madera repintada,
con su harakiri de pega
tan trepidante
que nunca alcanza
al que va delante.

El que va delante, que es el último
de los que le van detrás
¿Cómo lo ves?
¡No corras más!



Caballito de noria de galopar  eterno,
de atornillada barriga
entre dos pernos.

martes, 20 de diciembre de 2011

Don Quijote de la Crisis en... Cuentecito de Navidad




—La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Gallardopanzón, donde se descubre una grandiosa hada, la gigantesca Aguiguarrona, a quien pienso suplicar que me dé fuerzas para encarcelar a los políticos corruptos y expropiar a los banqueros usureros y les haremos batalla, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer y a dárselo a la pobre gente de este reino que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.

—¿Qué hada? —dijo Gallardopanzón.

—Aquella que allí ves —respondió su amo—, de gigantesca estatura y enjoyado vestido.

—Mire vuestra merced —respondió Gallardopanzón— que aquella que allí se parece no es hada, sino adorno de Navidad, y lo que en ella semejan vestidos galanos recubiertos de rubíes y esmeraldas son  en realidad las luces navideñas, que, colocadas por el centro de las ciudades nos mueven al consumo y a gastarnos los dineros...

domingo, 18 de diciembre de 2011

Amor precario (el vídeo)


A lo moderno

Este poema está dedicado a esos penosos  amores adúlteros, escondidos,  de oficina, hechos de engaños e interrupciones, de sustos y tapadillos. Amores precarios que mal crecen en estrechas macetas, sin aire y sin luz. Condenados a morir asfixiados si no se trasplantan  prontamente a un espacio de libertad.






Puede leer el texto aquí ---------à

sábado, 17 de diciembre de 2011

Recostado en Mozart toda la mañana

¡Ven! ¡Descansa! Sosiega la respiración. Calma tu pecho ¿A dónde vas tan deprisa?
¿De verdad crees que la vida pasará de largo sin que tú puedas alcanzarla?


viernes, 16 de diciembre de 2011

La Cárcel

Cuando las pesadas puertas de la cárcel se cerraron tras de mí sentí como si me hubieran golpeado en el cuello. Algo se encogió en mi corazón al oír el seco chasquido del cerrojo. Algo así como si se hubiera disparado el resorte de una trampa y yo ahora fuera un asustado ratoncito atrapado en un mundo hostil. El negro panorama que tenía por delante era superior a las escasas fuerzas con las que me sentía para enfrentarlo. Los días siguientes fueron durísimos para mí. Puse toda mi voluntad en adaptarme, en entender que la vida, ahora, era solamente eso: un estrecho y agobiante cerco de problemas acuciantes.

No pude resistirlo por mucho tiempo. Una noche caminé decidido hasta aquella joyería y lancé con todas mis fuerzas un ladrillo contra el escaparate. El grueso cristal blindado se agrietó sin llegar a romperse aunque, eso sí, saltó estrepitosamente  la alarma. Golpeé de forma más contundente con la barra de hierro hasta que conseguí abrir un agujero por el que introducir el brazo hasta más arriba del codo; tenía que pasar cómodamente; con seguridad; sin riesgos de cortes. Lo había hecho antes muchas veces y sabía que las prisas nunca son buenas para estas cosas. No, no lo eran para un  profesional tan pulcro como yo. Con parsimonia, tranquilamente,  fui recogiendo las joyas y metiéndomelas en los bolsillos de la chaqueta. Mientras, escuchaba con cautela, por encima de la alarma, los ruidos del vecindario. Atento, aguzaba el oído esperando oír la sirena del auto que vendría a recogerme. Que me llevaría de nuevo a casa.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Pollo al limón


No sé por qué escribo así: una palabra detrás de la otra y preocupándome para que quede claro, ¡hasta bonito, se diría! Supongo que he leído cosas parecidas y pienso que debe ser así como se hace; que estas son las reglas.  Es como lo que pasa con el tipo de comida. Comemos unos u otros alimentos según la cultura a la que pertenecemos. A veces son los mismos pero preparados de otra forma, con lo cual pierden la gracia. No es que no reconozcamos que eso es comida, no. Sencillamente, es que no nos gusta; lo encontramos demasiado diferente. Sospechosamente diferente, por así decirlo. Un atavismo que nos era muy útil para no envenenarnos, muy saludable, en nuestra anterior época de animales. De más animales.  Bueno, también están los que escriben raro aposta, pero eso es otra cosa. Quizás tienen la esperanza de que si no se les entiende sea porque han escrito algo bueno. Y mira que eso de “bueno” me resulta ya, a estas alturas, un concepto totalmente desprovisto de sentido, desubicado de la realidad. Nos pasamos la vida imaginando, suponiendo, desentrañando la realidad para ver si salimos en algo de ella, en algún aspecto, si somos actualidad, si existimos.  Creo que en el único libro donde he aparecido referenciado en toda mi vida es en la guía de teléfonos de la ciudad donde vivía antes. Cantamos para gustar, hablamos para gustar, escribimos para gustar, nos vestimos para gustar... Pero gustar no garantiza que lo estemos haciendo bien. Normalmente es al contrario. Es una mierda, un fracaso, una opción de perdedores morales.... Según cómo y dónde (que en definitiva condiciona a quién) gustemos, ¡claro! No es lo mismo la piscina municipal, que Ibiza; aunque nos bañemos en ambas. Pero la verdad es que tengo pocas oportunidades de moverme en el mundillo intelectual. Tampoco lo intento demasiado, para que voy a mentir, no vaya a ser que me pegue una leche por cantamañanas y, además, la mayor parte de lo que allí se dice me aburre. No me interesa lo intelectual,  me interesa la inteligencia, y esta es tan escasa tanto en un mundo como en el otro. Prefiero estar así, al tran tran.

El caso es que hoy he ido a comer con un amigo a un restaurante chino. Nunca voy a los chinos y si voy, lo hago al que está junto a la estación de tren de mi pueblo ¿Que por qué? pues porque un día nos encontramos a un oriental bien vestido (sin duda, el dueño del restaurante) que estaba esperando en el portal de nuestra casa con dos grandes bolsas. Una con tarros de comida (caliente) y otra con latas de bebidas (frías). Realmente no sé por qué nos liamos tanto y somos tan contradictorios en este tema de la temperatura que debe tener lo que nos metamos al cuerpo. Resultaba muy gracioso verlo, allá en el ascensor, con el casco puesto (la visera levantada), la comida colgando y trajeado con corbata y todo. Charlábamos amigablemente preguntándole todo lo que se nos pasaba por la cabeza. En cambio, él sólo quería saber si nosotros éramos fulanito de tal. No, Fulanito de Tal es nuestro vecino. Así nos enteramos, de esa forma tan tonta, que se podía encargar por teléfono comida china, y bebidas, y que te la traían en unos envases que molaban mucho y que luego eran muy útiles y lo suficientemente resistentes como para guardar restos de comida y esas cosas (eso lo averiguamos más tarde, cuando se nos llenaron todos los armarios de la cocina de tarros vacíos). Por aquel entonces —que andábamos descubriendo el pueblo (y casi el mundo, enamorados)— nos maravillábamos con cualquier cosa. Al día siguiente cuando abrimos el buzón había una tarjeta. Era el dueño, estaba claro. Nos gustó su carácter emprendedor. Luego nos gustarían también —mucho— sus rollitos primavera y su arroz tres delicias. Algo menos, la ternera con pimientos, pero es que no se puede triunfar en todo.

En el chino que he comido hoy es el chino al que va siempre mi amigo. Por supuesto que lo había visto antes. Está mucho más cerca de mi casa que el otro pero jamás se me hubiera ocurrido por mí mismo entrar en él  ¿Por qué hacerlo? No tiene nada que ver conmigo. Para mí no existe como restaurante. Sólo existe como fachada.  Unas columnas amarillas de pega y unos dragones rojos de escayola. Mi amigo siempre viene a este ¡vaya usted a saber por qué! y ni siquiera ha oído hablar del otro. La vida se construye de casualidades.

Tiene doble puerta, pero la primera, la de la calle, está ferozmente abierta (hace un frío que pela) e inexplicablemente calzada con una cuña de madera. Entramos. Somos los primeros comensales. Viene una chinita muy mona a recibirnos. Nos pedimos unas Tsing Tao y ordenamos la comida. En China le cogí afición a esa cerveza (era el único líquido que bebía y hasta la usaba para lavarme los dientes) aunque creo que la que consumimos por aquí la fabrican en Alemania.

Entran dos mujeres, anodinas, sin ningún atractivo, y ocupan una de las mesas del fondo. Se dejan la puerta abierta. Un aire frío y cortante como una sierra de carpintero empieza a segar nuestras piernas y a palpar por nuestra espalda buscando el mejor lugar donde asestarnos la puñalada traidora de un enfriamiento. Cuando me llega a los riñones ya no aguanto más y me levanto para cerrar la puerta. Estoy de pie, parado en el umbral, y veo avanzar por la calle con inequívoca intención de entrar a una señora de aspecto agradable con las manos ocupadas por dos grandes bolsas de supermercado. Sujeto la puerta y le sonrío amablemente. Cuando entro al interior caminando detrás de ella para volver a mi sitio nos sale al encuentro la misma chinita mona de antes con su mejor sonrisa, tiene los ojos algo saltones como los dragones de la puerta:

—¿Dos?— pregunta y se va para una mesa del fondo. La señora responde «sí» (?) y se va tras ella, golpeteando con las bolsas en todas las sillas y mesas que flanquean el pasillo.
—¡Un momento!— pienso. Todo esto es un lío. En menos de un minuto se concatenan una sucesión de posibles disparates. Los veo pasar como flashes mientras me siento:

¿Piensa la mujer que yo soy un gerente del establecimiento (voy con traje y estoy plantado en la puerta) invitándola a entrar?
¿Piensa la chinita que vengo con la señora? A ellos les pasa lo mismo que a nosotros: todos los europeos somos iguales, indistinguibles; con unas tremendas narices de porra.
¿Piensa la señora que qué más da lo que le pregunten, si al fin y al cabo ella lo que viene es a comer y está deseando soltar las bolsas y que, además, a esta china del demonio no se la entiende nada de lo que dice?
¿Pienso yo que la señora viene sola y atontada, cuando en realidad ella sabe que yo soy un comensal pelado de frío intentando cerrar la puerta? ¿Está verdaderamente esperando a alguien y tiene un excelente oído y clara atención?

«¿Qué hago yo imaginando lo que piensan los demás, ni qué coño me importa?», eso si que lo pienso, mientras me sirvo el pollo. Mi amigo me sonríe. Renuncio a intentar siquiera contárselo, transmitírselo. Es una de esas cosas que me pasan todos los días y que se me quedan hundidas para siempre en el pantano de la mente. Un derroche de sinapsis, de chisporroteos, de elucubraciones imbéciles; en vez de relajarme, de dejarme  llevar por ese río al que no hay que empujar, que ya fluye por sí solo. Flow, flow. Be water my friend.

—Gracias tío, vaya biruji que hacía— alza la copa.

Brindamos.



lunes, 12 de diciembre de 2011

Guitarra entre tus brazos


¡Ay, si yo fuera guitarra entre tus brazos!
Cantar, recostado contra tu pecho,

Temblar,  apoyado en  tu regazo.
Sentir tus largos dedos rasgados
subir por mi lado más estrecho.
Vibrar así los dos, acompasados.






Escúchelo recitado por el autor aquí --->


miércoles, 7 de diciembre de 2011

Menos de mil palabras (el vídeo)


A lo moderno




Puede leer el texto aquí -----> http://miguelguinea.blogspot.com/2011/11/menos-de-mil-palabras.html

La Cautiva


Había una vez una doncella cautiva de un Gran Moro. Como la hicieron prisionera de pequeñita, ignoraba su estado y vivía una existencia casi perfecta dentro de su jardín dorado. Un día fue hasta el fondo del jardín en busca de unas hierbas para los macarrones, y allí oyó una canción que venía del otro lado de la tapia. Aunque la melodía era alegre y dulce a la vez, se asustó grandemente pues ignoraba que pudiera existir cosa alguna más allá de su jardín. Por la noche, el moro notó su turbación y le preguntó que le pasaba; con la conciencia confusa de haber hecho algo malo, salió del paso como pudo y se juró no volver nunca por ese rincón tan misterioso.

Pero pasaban los días y esa música no dejaba de sonar en su cabeza, y no podía sufrir más la curiosidad que le producía el deseo de saber si seguiría sonando. Una tarde calurosa, cuando todos dormían la siesta dentro de la casa, se acercó con paso cauteloso, con el corazón saltándole dentro del pecho. Del otro lado de la tapia llegaba una agradable voz que entonaba de forma nítida y sencilla un romance lleno de sentimiento:

Romance de La Cautiva
«Qué suerte, la de los muros,
que cercan tu cuerpo leve.
Qué fortuna tiene el jardín
que con tus pechos florece,
y hace botones de rosas
de tus pezones tan breves.
Qué suerte en tu sonrisa,
encontraron ya las fuentes,
pues bebiendo de sus caños
les das un frío de nieve
y haces tiritar de amor
con el blancor de tus dientes.
Como un surtidor celeste
acomoda sus rayos, el sol,
entre tu pelo caliente,
fabricando panes de olor,
con ansias de poseerte.
Y se estremece el agua
que duerme dentro del pozo,
y se desmayan de gozo
los pájaros por tu falda,
cuando aparecen tus ojos
—oculto cristal de rocío—
miel de almendras amargas…»

¡Ahora sí que se asustó Zoraida! ¡Salió corriendo hacia la casa, tropezando con todo lo que hallaba a su paso y tapándose los oídos sin querer escuchar más. Pensando que algún demonio le estaba jugando una mala pasada.

La vida familiar en la casa del Gran Moro era muy estrecha y vigilada; con muy poco espacio para la intimidad y muy volcada hacia dentro. Todos estaban muy relacionados y participaban de las vidas ajenas con igual intensidad que de la suya propia; muchas veces sin ser capaces de fijar donde estaban los límites de cada cual. Tanto era así que si, por ejemplo, la madre se hacía un pequeño corte en un dedo al hacer la comida, era posible que durante unos días sangraran varios de los habitantes de la casa y, desde luego, todos se ponían un vendaje aunque, para mayor confusión, no siempre en el mismo dedo. Para defenderse de este ambiente y tratar de evitar que su identidad se diluyera en el grupo y desaparecer tragada por ellos, Zoraida había desarrollado una técnica que podríamos llamar de disociación. Vivía —trataba de vivir— dos vidas: una vida real, a la que entregaba la —para ella— ‘falsa’ Zoraida, la Zoraida de conveniencia y al gusto de todos; y una vida virtual, donde realmente habitaba —¡oh paradoja!— la Zoraida ‘auténtica’.

«Madre, dejadme ir a lavar al río», pidió Zoraida un día mostrando un gran cesto lleno con sus mejores túnicas y, no se sabe muy bien por qué, se lo permitieron.

Zoraida no volvió, y nunca jamás tuvieron noticia alguna de ella. La música cesó y ahora sólo se escucha el zumbido de las chicharras en el calor de la tarde mezclándose con el borboteo de una pequeña fuente llena de hierbajos que nadie cuida.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Pues sabemos que es mentira... (el texto)


A lo clásico.
(Puede ver el vídeo aquí,)


Pues sabemos que es mentira, pues sabemos que no es verdad,
que el amor es sueño oscuro y se tiene que acabar,
que la que hoy ves bella, graciosilla y te hace suspirar
mañana la veras tuerta, y vellosa, culibaja, medio coja
y de gran obesidad

Pues sabemos que es mentira, pues sabemos que no es verdad,
que el amor nunca dura y se tiene que acabar,
que la que hoy simplemente transpira, mañana ha de sudar;
que la que ahora ríe alegre con voz quebrada y fina,
mañana te gritará, monstruosa, en la cocina
y los platos por lavar.

Pues sabemos que es mentira, pues sabemos que no es verdad,
que el amor es muro bajo y se tiene que saltar
que cuando vivas con ella siempre te gustará
mucho más la vecina, esa prima, la cuñada, la tendera
la priora o la portera, ¡la abadesa de Antequera!,
o hasta puede que el abad. 

Pues sabemos que es mentira, pues sabemos que no es verdad,
¿por qué —sinrazón imposible— nos volvemos a enamorar!




jueves, 1 de diciembre de 2011

The thrill is gone

Pues aprovechando que la emoción se ha ido... ahora unos minutitos musicales para relajar, para que no todo sea del rollo este de escribir, de leer y esas cosas tan sabiondas. Escuchen, vean y disfruten a estos tíos, a ver que les parece. Les pongo la letra que, a pesar de su aparente sencillez, también tiene mucha miga.

¡Ah!, y que digo yo que —para haberseles  ido la emoción— lo están haciendo de puta madre. ¿No?









Letra original:
The thrill is gone
The thrill is gone away
The thrill is gone baby
The thrill is gone away
You know you done me wrong baby
And you'll be sorry someday
The thrill is gone
It's gone away from me
The thrill is gone baby
The thrill is gone away from me
Although I'll still live on
But so lonely I'll be
The thrill is gone
It's gone away for good
Oh, the thrill is gone baby
Baby its gone away for good
Someday I know I'll be over it all baby
Just like I know
a man should
You know I'm free, free now baby
I'm free from your spell
I'm free, free now
I'm free from your spell
And now that it's over
All I can do is wish you well
Traducción:
La emoción se ha ido.
Se ha ido lejos.
La emoción se ha ido, cariño.
Se ha ido.
Sabes que me hiciste daño, cariño.
Y algún día te arrepentirás de ello.
La emoción se ha ido.
Se ha ido de mí.
La emoción se ha ido, cariño.
Se ha ido de mí.
Y aunque sobreviviré,
lo haré tan solo.
La emoción se ha ido.
Se ha ido por completo.
Oh, la emoción se ha ido.
Se ha ido por completo, cariño.
Algún día lo superaré, cariño.
De la misma forma
en que un hombre deberá hacerlo.
Sabes que soy libre. Soy libre ahora, cariño.
Libre de tu hechizo.
Soy libre, ahora.
Libre de tu hechizo.
Y ahora que todo ha pasado,
todo lo que puedo hacer es desearte.



domingo, 27 de noviembre de 2011

Dícenle vida, señora (el video)


A lo clásico.



No, si ya lo decía Virgilio, otro clásicazo como yo: «Sed fugit interea fugit irreparabile tempus»   ("Pero, entre tanto, huye irreparable el tiempo") Que para los amiguetes se quedó simplemente en el conocido «Tempus fugit».  Los latinos, que tenían frases de sobra para todo, también decían eso de ¡Carpe diem! Así que...ya lo saben, no hagan el tonto. ¡Mucho "carpe" mientras queden "diem"!
Les dejo un vídeo que he realizado con un micro-poema que escribí hace ya ¿hum?,...¡casi un año!, ¿Lo ven...?¿Ven cómo pasa el tiempo?

Puede leer el texto aquí--------> http://miguelguinea.blogspot.com/2010/12/dicenle-vida-senora.html

viernes, 25 de noviembre de 2011

La Balada de los Esqueletos

Primas de riesgo o rimas arriesgadas, ¿qué prefieres?

Para ayudar un poquillo a localizarlos he marcado en rojo los versos del video.




SAID THE PRESIDENTIAL SKELETON, "I WON'T SIGN THE BILL!"
SAID THE SPEAKER SKELETON, "YES YOU WILL!"
SAID THE REPRESENTITIVE SKELETON, "I OBJECT"
SAID THE SUPREME COURT SKELETON, "WHAT DO YOU EXPECT?"

SAID THE MILITARY SKELETON, "BUY STAR BOMBS"
SAID THE UPPER-CLASS SKELETON, "STARVE UNMARRIED MOMS"
SAID THE YAHOO SKELETON, "STOP DIRTY ART"
SAID THE RIGHT WING SKELETON, "FORGET ABOUT YOUR HEART"

SAID THE GNOSTIC SKELETON, "HUMAN FORM'S DIVINE"
SAID THE CHRISTIAN COALITION SKELETON, "NO IT'S NOT, IT'S MINE"
SAID THE BUDDHA SKELETON, "COMPASSION IS WEALTH"
SAID THE CORPORATE SKELETON, "IT'S BAD FOR YOUR HEALTH"


SAID THE OLD CHRIST SKELETON, "CARE FOR THE POOR"
SAID THE SON OF GOD SKELETON, "AIDS NEEDS CURE"
SAID THE HOMOPHOBE SKELETON, "GAY FOLKS SUCK"
SAID THE HERITAGE POLICY SKELETON, "BLACKS ARE OUT OF LUCK"

SAID THE MACHO SKELETON, "WOMEN IN THEIR PLACE"
SAID THE FUNDAMENTALIST SKELETON, "INCREASE THE HUMAN RACE"

SAID THE RIGHT-TO-LIFE SKELETON, "FETUS HAS A SOUL"
SAID THE PRO-CHOICE SKELETON, "SHUT UP YOUR HOLES!"

SAID THE DOWNSIZE SKELETON, "ROBOTS GOT MY JOB"
SAID THE TOUGH ON CRIME SKELETON, "TEARGAS THE MOB!"
SAID THE GOVENOR SKELETON, "CUT SCHOOL LUNCH"
SAID THE MAYOR SKELETON, "EAT THE BUDGET CRUNCH"
SAID THE NEO-CONSERVATIVE SKELETON, "HOMLESS OFF THE STREETS"
SAID THE FREE MARKET SKELETON, "USE 'EM UP FOR MEAT"

SAID THE THINK TANK SKELETON, "FREE MARKET'S THE WAY"
SAID THE SAVINGS AND LOAN SKELETON, "MAKE THE STATE PAY"
SAID THE CHRYSLER SKELETON, "PAY FOR YOU AND ME"
SAID THE NUKE POWER SKELETON, "AND ME AND ME AND ME"
SAID THE ECOLOGIC SKELETON, "KEEP SKIES BLUE"
SAID THE MULTI-NATIONAL SKELETON, "WHAT'S IT WORTH TO YOU?"

SAID THE NAFTA SKELETON, "GET RICH - FREE TRADE"
SAID THE MAFIADORA SKELETON, "SWEATSHOPS, LOW PAY"
SAID THE RICH GAT SKELETON, "ONE WORLD, HI-TECH"
SAID THE UNDERCLASS SKELETON, "GET IT IN THE NECK"
SAID THE WORLD BANK SKELETON, "CUT DOWN YOUR TREES"
SAID THE IMF SKELETON, "BUY AMERICAN CHEESE"

SAID THE UNDER-DEVELOPED SKELETON, "WE WANT RICE"
SAID THE DEVELOPED NATION SKELETON, "SELL YOUR BONES FOR DICE"

SAID THE AYATOLA SKELETON, "DIE WRITER, DIE"
SAID THE JOE STALIN SKELETON, "THAT'S NO LIE"
SAID THE MIDDLE-KINGDOM SKELTON, "WE SWALLOWED TIBET"
SAID THE DALI LAMA SKELETON, "INDIGESTION'S WHAT YOU GET!"
SAID THE WORLD CORP. SKELETON, "THAT'S THEIR FATE"
SAID THE USA SKELETON, "GONNA SAVE KUWAIT"

SAID THE PETRO-CHEMICALS SKELETON, "ROAR BOMBERS, ROAR!"
SAID THE PSYCHEDELIC SKELETON, "SMOKE A DINOSAUR"

SAID THE NANCY SKELETON, "JUST SAY NO!"
SAID THE RASTA SKELETON, "BLOW NANCY BLOW!"

SAID THE DEMOGOG SKELETON, "DON'T SMOKE POT"
SAID THE ALCOHOLIC SKELETON, "LET YOUR LIVER ROT"
SAID THE JUNKY SKELETON, "CAN'T WE GET A FIX?"
SAID THE BIG BROTHER SKELETON, "JAIL THE DIRTY PRICKS!"
SAID THE MIRROR SKELETON, "HEY GOOD LOOKING"
SAID THE ELECTRIC CHAIR SKELETON, "HEY, WHAT'S COOKING?"

SAID THE TALKSHOW SKELETON, "FUCK YOU IN THE FACE"
SAID THE FAMILY-VALUE SKELETON, "MY FAMILY-VALUE MAKES"
SAID THE NEW YORK TIMES SKELETON, "THAT'S NOT FIT TO PRINT"
SAID THE CIA SKELETON, "CAN'T YOU TAKE A HINT?"

SAID THE NETWORK SKELETON, "BELIEVE MY EYES LIES"
SAID THE ADVERTISING SKELETON, "DON'T GET WISE"
SAID THE MEDIA SKELETON, "BELIEVE YOU ME"
SAID THE COUCH POTATO SKELETON, "WHAT ME WORRY?"
SAID THE TV SKELETON, "EAT SOUND BYTES"
SAID THE NEWSCAST SKELETON, "THAT'S ALL, GOODNIGHT"


martes, 22 de noviembre de 2011

Menos de mil palabras



Menos de mil palabras, para que tú lo leas,
para que no saltes, impaciente, a otra cosa;
para que valga menos que un automóvil pero más que un café...

Camino por mil palabras sin recordar especialmente ninguna,
Como no recuerdo los pañales que me cambiaron,
ni las veces que sonreí, ni los besos que di o que me dieron —excepto aquel que sabía a clandestinas aceitunas
y que, con su fuerza terrible, derribó, por increíble que parezca, una farola.

Camino por desolados campos donde me he ido dejando jirones, pedazos de corazón, rasguños del alma, generosos sentimientos;
donde he quemado mi vida con la gasolina del tiempo —bonzo calcinado de túnica manchada por químicos anhelos.
La gente me lanza sus escupitajos de soledad, sus miradas huidizas, escuálidas —su comprensión de anuncio televisivo, su prisa por llegar a casa y quitarse los zapatos.

Camino por desoladas ciudades con flores radicales, atómicas,
que llevan años creciendo sobre el asfalto con los genes perturbados;
que multiplican sus pétalos de plástico hasta procrear grandes masas anónimas —un sonoro olor a sangre que inunda los barrios proletarios con cabizbajas ondas letales;
que irradian su falsa tibieza simulando tristes fuegos húmedos —niebla de alcantarilla que brota y crece como un árbol rubio, sin sombra, deshuesado, taciturno.

Camino por desoladas memorias desencajadas —las ilusiones se caen, empujándose unas a otras, como patinadoras borrachas,
haciendo piruetas bajo la luz fluorescente en medio de una pista vacía —mientras, suena la música gangosa de los altavoces formando vahos a su alrededor, como un aliento frío, y se dan golpetazos sin perder sus carbónicas sonrisas de coca cola, sus mejillas y labios maquillados con conservantes; sus ridículas falditas cortas que dejan ver redondos y necios  culos.

Rompen su cráneo contra el hielo y de la cabeza les salen gordas larvas ciegas, polillas oscuras que, en su último revoloteo, se queman en bombillas de purpurina. —Y veo, entonces,
que todos mis recuerdos también han envejecido conmigo;
que los espacios se han achicado y los sabores desaparecido;
que quizás nunca existieron y que ya ni siquiera recuerdo el día en que me lo inventé todo;
que las mujeres que amé han reducido su tronco y engordado sus brazos transformadas en matronas
y que ya no serán nunca más esas tersas serpientes de cinturas abarcables y labios gordezuelos.

Y veo que la velocidad me hace quedarme quieto, asustado,
no ir a ninguna parte, lleno de extraños mareos y ruidos;
con un mundo ilusorio siempre al alcance de la mano,
una catarata que ciega mis ojos, que me satura de cosas prescindibles,
que me acoraza frente al amor, rugiente, de mis hermanas y hermanos. —Amor latiente, amor de látex, amor derretido,
que se extiende como un sexo encendido, por lo demás, también doliente y necesitado;
que ha perdido su prístina pureza; olvidado de sus flujos naturales;
de la sangre, los planetas y las mareas que lo gobiernan;

Amores que crecen codificados en demandas y certificados por tics con los que ocultarse de sí mismos;
De aquellos que ya han tirado la toalla y están saltando al ring disfrazados —como si la vida fuera una pelea amañada de lucha libre o un inmenso pantano de chocolate;
Aquellos que hacen simulacros de amor en sórdidas camas y se sorben los mocos en los vasos de los bares —haciendo viejos gestos obscenos que ya nadie entiende ni secunda.
Aquellos que fueron adiestrados en clichés de realización y están disecados en el formol de sus paradojas.
Aquellos que escriben citas de soledad en sus agendas repletas de huecos.
Aquellos que siempre buscan y nunca encuentran.
Aquellos que sudan sucias palabras vestidas y jamás se bañarían, desnudos, en un lago de  silencio.
Aquellos cursis que me provocan una nausea irremediable, un vómito de atardeceres, corazones y rosas podridas.
Aquellos que sólo se reflejan en pavorosos espejos convexos…

Y todo para no pegarnos un tiro con una pistola de desesperanza;
sabiendo que nos ahogaremos un día con la dentadura postiza,
que cualquier noche de Navidad brindaremos con cava amancebados con la máquina de diálisis,
que servirán cuarto y mitad de nuestros cuerpos a los cirujanos en las mesas de los quirófanos —en un festín para zombis de podredumbre cancerosa,
que empaparemos los colchones de los asilos con la orina de nuestros recuerdos hasta quedar limpios de nostalgias y empaquetados y listos para la muerte —para poder irnos sin reincidir, sin equivocarnos en nuestro camino de vuelta a casa, a esa inmensa y compasiva matriz oceánica de la que un día, sin saber cómo, nos escapamos durante un destello.

Camino por desolados días, iguales como espadas, como rodajas de mortadela barata,
Perdiendo en cada uno de ellos algo de lo que se me fue pegando a mi paso por la vida.
Maldita, inútil, jodida roña del tiempo que he ido juntando como un tesoro
en una estúpida caja de terciopelo.




puede escucharlo recitado por el autor aquí -----> Menos de mil palabras (el vídeo)








Texto y fotos:  ©Miguel Guinea. Reservados todos los derechos
Para ver la serie, vaya a etiquetas y  clique en Poemas sin corazón

domingo, 20 de noviembre de 2011

El Yatagarasu

A Javier Revolo, que  me inspiró este post, con mi agradecimiento.



A veces pareciera que mis historias se escriben solas: primero un objeto, un personaje, una idea, se enseñorea de mi mente y ahí empieza a dar vueltas: más en la forma de imagen que de ideas, más en palabras que brotan formando frases que en argumentos. Luego, cuando me pongo a escribirlo, suele salir de un tirón, formándose, definiendo su estructura en ese mismo momento. Parece como si en ese instante se hilvanaran delicadas relaciones entre todo. Después, durante los dos días siguientes, no ceso de toquetearlo, corrigiendo o añadiendo pequeñas cosas.  Así ha pasado también en el relato que recientemente he escrito: El abanico donde sus formas gráciles, cortesanas, se complementaban en mi mente con otros significados más viriles, más marciales, incluso, podríamos decir, reciamente espirituales.

En la sala que describo en el relato —un espacio donde he reunido el poder absoluto, que interpreta la historia a su modo (como hacen todos los vencedores), la sumisión aduladora de los cortesanos que asisten como espectadores boquiabiertos al desarrollo de la acción y la fría y decidida pasión por la venganza de la voz que narra—  el abanico se me convierte por un momento, durante su breve y certero vuelo,  en una especie de transustanciación del Yatagarasu la mítica ave de tres patas, representación sintoísta del Sol y de la voluntad de los dioses de intervenir en los destinos de los humanos, guiándoles.  Describo así una típica (samuráis, kimonos, abanicos) y tópica (usurpación, asesinato, venganza) historia ambientada en una época no definida del Japón pero que se adivina regida por el bushido; por códigos, valores, conductas, fuertemente personales; interiorizadas mucho más allá de lo que puedan estar las leyes sociales a las que hoy en día nos acogemos; sometiéndonos, en el fondo, cobardemente a ellas para sentirnos protegidos.

Cuando veo al abanico salir volando de la mano de mi protagonista convertido en arma letal, quiero hablar del Yatagarasu, que me parece una bella idea, y sin embargo ya no cabe en mi relato, porque es entonces, sin planearlo, cuando se me produce la sinapsis, el entronque con las otras ideas, las emocionales, la humanas, las psicológicas, las que analizan por un agujerito lo que pueden ser las pequeñas y reales motivaciones que  llegan a dominar nuestro comportamiento, el de todos los seres humanos, y en mi cabeza (y en mi relato) aparece, así, de repente, cobrando una fuerza extraordinaria, ese deseo caprichoso del emperador que se sobrepone incluso a la normal animadversión que solemos tener a las cosas que nos causan daño y que nos deja con la duda de sí, toda su maldad, su despotismo, el daño que intuimos que ha provocado, no es más que el antojo de un niño mal criado. Y entonces, la típica y tópica historia se convierte en otra cosa; se desvincula de un territorio o de una época; se transforma en algo que tenemos siempre, a veces sin saberlo, muy dentro de nosotros, hablándonos al oído.

Si nos paramos a escucharlo podemos sentir que, como el Yatagarasu, despliega sus alas y nos va guiando hacia otros territorios. Buen viaje.






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viernes, 18 de noviembre de 2011

El abanico


Entramos al Salón Celeste donde el divino emperador nos va a recibir. Antes, la guardia imperial nos ha despojado de nuestras armas. Conservamos, sin embargo, nuestros abanicos: de papel y bambú decorados con dibujos y caracteres. Sus dos caras —que sirven para transmitir las órdenes en el campo de batalla— son de nítidos colores, diferentes en cada lado. Sólo el mío es de acero y de seda totalmente negra. Su diseño, airoso y grácil,  le permite volar como un halcón y, a la vez, ser capaz de segar en un segundo la garganta más robusta que encuentre a menos de doce pasos de distancia. Plegado en mi cintura ha pasado inadvertido a los ojos de los guardias.

El señor absoluto de nuestras vidas y bienes nos recibe. En sus años de dominio su alma caprichosa, envidiosa, lo ha ido empujando a apropiarse de todo aquello que tuviéramos; de cualquier cosa que llamara su atención. De rodillas ante él posamos la frente en el suelo. Siento la frialdad sus ojos  cuando se detienen por un momento sobre mí:

—¿No eres tú Katsuro, el hijo de Taganatakara, el traidor? — me interroga.

—No Majestad. Soy Katsuro, el hijo de Taganatakara, el fiel vasallo de vuestro hermano. El que murió a su lado, defendiéndolo,  cuando usurpasteis el trono.

El abanico abre sus alas y vuela certero mordiendo su cuello. Es como si un gran pájaro negro cruzara la sala sediento; con una sed que sólo la sangre puede aplacar. Su aleteo genera un aire fresco que acaricia las mejillas asombradas de los asistentes y se introduce levemente por sus bocas abiertas. Tras herirlo, cae al suelo, con un golpe seco, a sus pies.

 El emperador retrocede tres delicados pasos como si bailara. La sangre inunda su garganta y chorrea por la seda azul de la pechera de su kimono. Sus ojos, porcinos, redondos, admirados —todavía codiciosos— miran al abanico con lo que parece un irreprimible deseo de poseerlo; aunque sólo sea por esos breves y últimos segundos que le quedan mientras cruza la Puerta de las Tinieblas. Extiende su mano hacía él en un gesto desmayado y después me mira con una mirada que la muerte comienza a volver vidriosa. Hay en ella algo nuevo, desconocido; algo que jamás antes se había asomado a su cara: una expresión infantil de súplica esperanzada, de niño mimado que no comprende lo que le está pasando; de por qué se le niega su deseo. Se tambalea; hace esfuerzos guturales por hablar. Antes de caer, atragantándose con su propia sangre, llega a barbotear:

—¡Qué hermoso!


Todo ha transcurrido en apenas un instante. Lo que tarda el sol en besar el agua del lago cuando amanece.




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domingo, 13 de noviembre de 2011

Charis Wilson y la magia de las dunas


El otro día a cuenta de la nostalgia estuve hablando de refilón de Hagemeyer y de Carmel. Quería haber escrito más, mucho más, pero veía que se me escapaba el tema principal y entonces no lo hice. Se me quedó por dentro una montaña, grande y apasionada, que me ha estado brotando (misterios del alma humana) en forma de poesía (?). Aunque bien pensado, tampoco es tan extraña esta erupción de versos -de removidas lavas interiores-  si tenemos en cuenta que la mayor parte de estas cosas en realidad son símbolos o arquetipos de mi propia existencia. Yo quería hablar de todas esas ideas que se me venían a la cabeza girando alrededor de Charis Wilson y de Weston, pero sobre todo de Charis y del amor. También de esas dunas del océano Pacífico y de las tertulias de intelectuales discutiendo de arte o arreglando el mundo; del amor entre personas separadas por un abismo de edad, y entonces hablar también de ti y de mí; de los artistas sin un céntimo, de la especulación en el mundo del arte, de lo injusto que representa beneficiarte sólo con una milésima parte de lo que puede llegar a cotizar tu obra. Hablar de los paraísos; los perdidos por unos y encontrados por otros; de los lugares con caracter que se transforman en lugares con encanto, pasto del consumo; de Carmel by the Sea y de lo cool; de los Caños de Meca, del Cabo de Gata y de Ibiza. De Clint Eastwood y de su rancho, con las noches de jazz y los días de golf. De la fotografía y la guerra; de Hagemeyer tocando la flauta en los campos de instrucción, del servicio militar; de los retratos a los soldados por unos pocos dólares como recuerdo para sus novias; de la segunda guerra mundial y los permisos temporales, rebajado de matar y de que te maten. También del contraste entre Holanda y California, los campos de tulipanes y el desierto; de la vida vegetariana y el anarquismo; del abandono y lo que representa huir de un sitio porque se desvirtúa y ya te hastía.



De ti, Weston, de tus incontables mujeres, de la paciente Flora y de Margrethe que te abrió los ojos y la vida a otra forma de pensar, de tantas otras que te entregaron sus cuerpos, que fotografiaste, que amaste. De tu estudio en Méjico con Tina Modotti la bella activista revolucionaria que arrimó su corazón generoso a España y nos echó una mano en lo del 36;  de Diego Rivera y Frida Khalo. De las tendencias en fotografía;  del pictorialismo y el realismo y el grupo F/64 y las discusiones con tu amigo; con Hagemeyer. De las formas musculosas de los pimientos y las redondeadas de las conchas; y de la delicada arquitectura de las hojas de col y los corazones de alcachofa. De las dunas y las jóvenes desnudas. Del amor sin barreras, apasionado desde el primer día. Del ansía de libertad y de los celos. Del parkinson y la depresión; del abandono y la ruptura. De la juventud y la vejez; la enfermedad, el declive y los pujantes proyectos de vida y la imposible coexistencia de ambos. De los jóvenes sindicalistas apuestos. ¿Te acuerdas de Noel? : se casaron un día después de vuestro divorcio. Pero eso tú ya lo sabías. Hablar de tus cenizas arrojadas al mar y de los trescientos miserables dolares que tenías entonces en tu cuenta del banco.


De la desnudez; de lo inocente que puede resultar la desnudez desnuda, desprovista de artificios; de su pureza estética al integrarse con la naturaleza. Del recuerdo; de vivir marcado por el recuerdo de alguien que ya ha muerto hace mucho tiempo. Y entonces hablar de Charis, sobre todo de Charis: modelo, amante, musa y esposa. Aun bella en su casa de Santa Cruz a los noventa años; de su muerte en los días cortos de un noviembre como este hace muy poco tiempo. De las dunas y el océano, y de la inteligente Charis que escribía por ti los artículos que luego firmabas. Pero sobre todo de las dunas: sedimentos, montañas trituradas, digeridas, (dune, nude). Dunas que surgen del agua con hambre de sol y tierra; lentas olas de arena con sabor a mar, pronto conquistadas; colonizadas, por espartos y barrones, por coleópteros y nidos de pájaros, otra vez por el amor, otra vez por la vida, otra vez por la muerte pero, sobre todo, yo, de lo que quería hablar, era de Charis.









sábado, 12 de noviembre de 2011

Duna

Femenil y curvado cuerpo
con dulces recovecos.
Vientre, axila, pubis sutil
tapizado de barrones.

Matemática del viento seco
Rebosante, eterna perdedora,
que creces y te rindes, gentil,
derramándote al otro lado.

Cóncava caminante sin pasado
que huyes del mar y al mar añoras,
Moldeada cuna de la luna
que se adormece en tus arenas

Déjame descansar en tu regazo,
Ovillarme entre tus piernas,
Sentir latir tu pecho,
Gastar en ti mis horas.

Abrázame con tu calor que el día encierra
Permite que me resguarde a tu socaire
Acéptame. Como tú, sólo soy de tierra.
Quiéreme. Como a ti, sólo me susurra el aire.