jueves, 30 de diciembre de 2010

Diario de un mentiroso: El diagnóstico

Por fin me decidí y fui al médico. Llevo tanto tiempo encontrándome pachucho. Un malestar difuso. Un “no sé qué” hecho de tardes oscuras y labios vencidos.

Como era un médico de estos modernos no hizo ni caso a mis quejas sobre lo cansado que me sentía y las noches de insomnio. Dedicó la mayor parte del tiempo a mirarme a los ojos. No decía nada. Me dejaba hablar y hablar... y me miraba a los ojos.

—Usted padece de banalitis —me espetó de repente.

Pensé que había entendido mal y le repuse:

—¿Usted cree? La verdad es que no noto nada raro en el pene….

—No. No —me cortó —.No he dicho balanitis sino banalitis. Usted tiene una infección de banalidad más grande que un caballo. ¡Ponga algo interesante en su vida, hombre!

Y me sopló ciento cincuenta euros.

La verdad es que me encuentro bastante mejor.