jueves, 30 de diciembre de 2010

Diario de un mentiroso: CARNE PICADA

—¡Por favor, no me comas! —.Como lo oyen, eso dijo.


Había tenido un mal día. Toda la mañana de local en local para ver si necesitaban un empleado, un limpiacristales, alguna chapuza, un vigilante, un ingeniero, un empapelador, un vendedor de biblias, un matón… y por la tarde en el parque, sentado en el banco rascándome la barba, bebiendo de ese cartón de vino malo que me quemaba las tripas e intentando olvidarme del frío y del olor rancio de mi camisa. Veía las chicas al pasar, llenas de juventud y belleza, que me miraban con desconfianza o indiferencia. Pieles tersas, pelo brillante, ojos vivaces, sonrisas alegres… Algo inasequible para mí; más lejano que el planeta Marte. Seres de otro planeta... ¿O era yo? ¿Era yo, el que ya estaba en otra galaxia...? Me atizé otro lingotazo. Es increíble. Apenas hace un par de años yo estaba en todo eso; participaba de esa vida. Ahora la veía como a través de un grueso cristal blindado.

Y así pasó: Aquella mujer mayor emperifollada que paseaba al perro. Un perro gordo y fofo con pinta de gilipuertas que seguro que comía tres veces al día mejor que yo. Me acerqué por detrás con la vista clavada en el bolsazo que aferraba firmemente bajo el brazo enjoyado. Caminamos un rato por un sendero cada vez más solitario; yo la seguía a veinte pasos de distancia. De repente se detuvo y me pareció que miraba nerviosa hacía atrás por encima del hombro. Abrió el bolso y rebuscó dentro. Sacó una bolsa de golosinas perrunas:
—Aquí, Pinky, aquí —gritó ofreciéndole algo. El chucho acudió con parsimonia balanceando las grasas.
La mujer lo ató y continuaron caminando hacia la salida del parque. Un coche de la policía local bajaba despacio por la avenida. Cuando llegué adonde ella se había parado encontré por el suelo un motón de cosas que se le habían caído del bolso al sacar las chuches: Un paquete de clínex, un billete de veinte euros y un pastillero metálico con las tapas de cerámica. Todavía olían a su penetrante perfume de vieja loca: una auténtica maldición para los desdichados que coinciden con ellas en el ascensor, el restaurante o el asiento del autobús.
El pastillero contenía unas píldoras redondas azules y otras rositas mucho más pequeñas. Me metí un par de las azules y seis de las pequeñas. No sabía para que eran pero da igual: Yo tengo de todo. Además los ricos toman medicinas buenas, de las caras…Y mira la vieja cacatúa lo bien que andaba, que si me descuido ni la alcanzo.
Desdoblé el billete de veinte euros mirándolo al trasluz como si no me lo creyera, pensando que en cualquier momento podría desaparecer.
—¡Vaya esto sí que es suerte! —pensé (¿o no lo era?) ¡Qué más da! Decidí darme un homenaje y entré en ese McDonald’s.
¡Y ahora esto! ¡La puta hamburguesa rogándome que no me la comiera con ojos llorosos!
Puede que fuera la cebolla o puede que llorara de verdad, pero no fui capaz de darle ese mordisco cuyo ademán había iniciado a pesar de tener la boca hecha agua y todo eso que dicen. Irritado, me bebí la cerveza y lo que quedaba del cartón de vino con el resto de las pastillas y las patatas fritas. La miré otra vez. Alzó la vista hacia mí en silencio, modosita y esperanzada. Tenía los ojos y la boca como las chicas del parque. Aunque tenía hambre, había otra cosa que me apetecía aún más; algo que había estado inasequible para mí estos dos últimos años…La envolví en un puñado de servilletas de papel y salí canturreando hacía la pensión. Con un poco de suerte podríamos entrar burlando a la patrona; le debía ya tres meses…
¿Qué no son buenas las medicinas de los ricos?... Me encontraba de puta madre




---oOo---

Diario de un mentiroso ---------------------> Indice