viernes, 31 de diciembre de 2010

Cúbito y Verdolaga o las uvas de fin de año

A lo mejor se han dado cuenta de que no me gusta el rito ese de las uvas al cambiar de año. Nunca las tomo. Nunca he contado el porqué. Quizás ahora, que tengo un inmenso deseo de sincerarme con todo, haya llegado el momento:

Desde pequeño he sido bastante soñador. Algo así como sí viviera en un mundo irreal. Hay cosas en el mundo del común de los mortales que a mí, sin embargo, me parecen llenas de misterio o completamente ilógicas. Otras veces, profundamente injustas.

El caso es que no debería de tener yo más allá de once años cuando una mañana, de esos inmensos veranos que tiene la infancia, rebuscando entre un montón de revistas viejas amontonadas en el trastero de mi casa me encontré con esa noticia de un hombre que, en un pueblo de Jaén, había muerto por asfixia al atragantarse comiendo las tradicionales Uvas de la Suerte de Fin de Año; en esta ocasión: de la mala suerte. El periodista —que ahora pienso que debería ser bastante novelero— describía con pelos y señales la situación añadiendo, sin duda, detalles melodramáticos de su propia cosecha.

La verdad es que me causó una impresión muy profunda. Con el pasar de los días el asunto se archivó en mi mente y lo más normal es que no hubiera vuelto a acordarme de ello nunca más; pero, mira por donde, los mecanismos de recuperación de lo guardado en la memoria tienen sus curiosas reglas, y la sinapsis neuronal chisporroteó fuertemente cuando meses más tarde, por Navidad, el frutero le dijo a mi madre que esas uvas que compraba eran buenísimas, y que las habían traído expresamente de Jaén. Yo estaba despistado, como siempre —en este caso mirando los cangrejos de la pescadería de al lado— pero algo empezó a moverse en mi cerebro:
«Mmmmm, de Jaén… ¿de Jaén? ¡DE JAÉN!»

Puedo jurar que en los días posteriores utilicé todas mis artes más persuasivas tratando de explicar el grave peligro que corríamos. Primero, lo intenté con mi madre que andaba como loca haciendo preparativos para la cena y es casi seguro que ni me oyó; luego con mi padre, que me dijo —mientras me ponía una mano en la cabeza— que «si bien le parecía un juego muy interesante, ahora no tenía tiempo y que quizás más tarde —después de que yo hiciera tooodos mis deberes— pudiéramos dedicarle un rato a jugar a eso». Mis hermanas, por supuesto, se dedicaron a rechiflarse de mí y a hacerme moñas y muecas, poniendo sus pantorrillas a una distancia prudencial de mis zapatones de escolar.

¡Qué desesperación! Como todos los niños del mundo, yo, en esa edad, tenía fantasías terroríficas sobre una eventual muerte de mis padres y la posibilidad aterradora de quedarme solo y desprotegido en el mundo. Lo único que me consolaba era la no desdeñable probabilidad de que una de las víctimas fuera alguna de mis hermanas.

Llegó el fatídico día treinta y uno y después de la cena, mi madre, como solía hacer todos los años, preparó, junto a la radio, una mesita pequeña con un montón de tazas  —una para cada miembro de la familia— con doce uvas en cada una; lo mismo hizo con un platillo —listo para bajarlo al suelo en el momento oportuno— para Tararí, el perro de mi abuelo.

La radio cortó en seco la música y comenzó a vociferar cuando conectaron con la Puerta del Sol. ¡Faltaban tres minutos!... aquello ya no había quien lo parara… ¡un minuto!... todos los miembros de mi familia avanzaban despreocupada e inconscientemente hacia la mesa… ¡hacia la muerte!…
Esos son los momentos que, de alguna forma, me caracterizan. No me aguanto, no señor. No me resigno. Lucho hasta el final poniendo todo mi corazón en ello y sin importarme la opinión ajena, así que, en un momento de inspiración, le largue un patadón a la mesa que cayó con estrépito.

Aunque no me importara, enseguida me enteré de la opinión ajena:
—«Este niño es tonto» —dijo, de forma rotunda, mi abuela paterna que venía poco por casa y nunca fue muy cariñosa.

No menos contundente resultó el primer viaje que me lanzó mi padre y que me calentó bastante la oreja. Realmente me salvó —como en el boxeo— el que comenzaran a sonar las campanadas de los cuartos. Toda la familia se abalanzó al suelo persiguiendo las uvas que habían rodado por todas partes. El que más consiguió fue Tararí, que se veía favorecido por eso de caminar a cuatro patas y por el entrenamiento y habilidad que ya tenía para cazar cualquier trozo de comida que se nos cayera al suelo. Lo curioso del caso es que normalmente las uvas no le gustaban demasiado y pasaba de comérselas, pero algo despertó su instinto deportivo al ver tanto afán de los demás por obtenerlas y luchó como el primero para hacerse con ellas. Por supuesto, fue el único capaz de comer doce uvas (bastantes más) en el tiempo reglamentario de las campanadas. Mientras tanto, yo corría de un lado para otro pisoteando con saña todas las uvas que podía, intentado que quedaran inutilizadas; y lo hacía con tal pasión que al final resbalé y terminé —como luego se supo— partiéndome un brazo.

Cuando volvíamos de la Casa de Socorro (que es como se decía por aquel entonces a los servicios médicos de urgencia) todos iban muy serios, sin mirarse ni nada, y callados en la oscuridad del taxi. Como contraste la gente en la calle estaba muy animada. Las mujeres eran todas jóvenes e iban muy guapas; pintadas, y con el pelo recogido en moños. Debajo de los abrigos con los que se cubrían para protegerse —ya que hacía un frío que pelaba— se les adivinaban escotes y brazos desnudos. Los hombres, afeitados, con corbata y oliendo muy bien a colonia.

Aquel año empezó bastante mal; los Reyes se olvidaron de traerme los juguetes. Sólo mi abuelo me regaló —a escondidas— un tirador que había hecho él mismo con unos alambres retorcidos, unas gomas y un trozo de cuero. Y continuó aún peor. A lo largo del año fueron ocurriendo variadas desgracias: a mi padre le robaron la moto; una de mis hermanas se cayó de narices y se rompió un diente de los de arriba; mi abuela se enfermó; en el mes de abril se inundó el sótano… En fin, ni que decir tiene que para todos yo era el causante de aquel año cenizo y desafortunado… Lo único bueno fue que Tararí tuvo perritos con la perra de los vecinos y nos dieron un cachorro. Le pusimos de nombre “Cúbito” que es un nombre un poco raro para un perro pero así me dijeron que se llamaba aquel hueso que me rompí.

Verdolaga, que era nuestro loro, se aprendió su nombre y como además imitaba a la perfección el silbido de mi padre se pasaba todo el rato vacilándole haciéndole correr de un lado a otro de la casa. Aún así, Cúbito y él llegaron a hacerse grandes amigos a pesar de que siempre se estaban peleando. O quizás por eso...

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