viernes, 31 de diciembre de 2010

La fruta y las mujeres


Los hombres somos tan perezosos para eso de lo sano que no comeríamos nunca fruta si no fuera por las mujeres. ¿A qué hombre no le han pelado la fruta —o no le han preparado un zumo— algunas de las mujeres que le quieren o le han querido? Si eso es algo que está en el inconsciente colectivo o si viene verdaderamente desde el origen de los tiempos, la verdad es que no lo sé. Las mujeres sin embargo, por aquello de la fibra y los antioxidantes o vaya usted a saber por qué, son unas decididas partidarias de la fruta. Quizás tenga que ver con aquello de la separación de roles mujer-recolectora y hombre-cazador. Ya saben: los hombres nos íbamos de juerga a cazar con los amigotes y las mujeres se quedaban con los niños recogiendo bayas del bosque cercano.

Pelar la fruta es algo molesto, pringa las manos y todo eso. Y aunque tengo que reconocer que eso no es un freno cuando se trata de comerme una pierna de cordero a bocados, no sé por qué me vuelvo más tiquismiquis cuando se trata de melocotones, kiwis y esas zarandajas. Sólo se salvan los plátanos, única fruta que los hombres, paradójicamente desde el punto de vista simbólico, comemos sin demasiado esfuerzo e incluso estamos dispuestos a pelarnos solos. Al igual que en otros muchos aspectos corporales, los hombres no nos vemos inclinados a asumir las evidentes molestias inmediatas a cambio de los hipotéticos beneficios futuros; quizás por eso hoy en día ya se ven, en algunos supermercados pijos y tiendas de conveniencia, envases con frutas de temporada (no estoy hablando de conservas) que vienen peladas y listas para consumir en el acto. Por muy cómodo que parezca... que quieren que les diga..., yo prefiero el método tradicional de toda la vida. Que me la pele ella.

Cúbito y Verdolaga o las uvas de fin de año

A lo mejor se han dado cuenta de que no me gusta el rito ese de las uvas al cambiar de año. Nunca las tomo. Nunca he contado el porqué. Quizás ahora, que tengo un inmenso deseo de sincerarme con todo, haya llegado el momento:

Desde pequeño he sido bastante soñador. Algo así como sí viviera en un mundo irreal. Hay cosas en el mundo del común de los mortales que a mí, sin embargo, me parecen llenas de misterio o completamente ilógicas. Otras veces, profundamente injustas.

El caso es que no debería de tener yo más allá de once años cuando una mañana, de esos inmensos veranos que tiene la infancia, rebuscando entre un montón de revistas viejas amontonadas en el trastero de mi casa me encontré con esa noticia de un hombre que, en un pueblo de Jaén, había muerto por asfixia al atragantarse comiendo las tradicionales Uvas de la Suerte de Fin de Año; en esta ocasión: de la mala suerte. El periodista —que ahora pienso que debería ser bastante novelero— describía con pelos y señales la situación añadiendo, sin duda, detalles melodramáticos de su propia cosecha.

La verdad es que me causó una impresión muy profunda. Con el pasar de los días el asunto se archivó en mi mente y lo más normal es que no hubiera vuelto a acordarme de ello nunca más; pero, mira por donde, los mecanismos de recuperación de lo guardado en la memoria tienen sus curiosas reglas, y la sinapsis neuronal chisporroteó fuertemente cuando meses más tarde, por Navidad, el frutero le dijo a mi madre que esas uvas que compraba eran buenísimas, y que las habían traído expresamente de Jaén. Yo estaba despistado, como siempre —en este caso mirando los cangrejos de la pescadería de al lado— pero algo empezó a moverse en mi cerebro:
«Mmmmm, de Jaén… ¿de Jaén? ¡DE JAÉN!»

Puedo jurar que en los días posteriores utilicé todas mis artes más persuasivas tratando de explicar el grave peligro que corríamos. Primero, lo intenté con mi madre que andaba como loca haciendo preparativos para la cena y es casi seguro que ni me oyó; luego con mi padre, que me dijo —mientras me ponía una mano en la cabeza— que «si bien le parecía un juego muy interesante, ahora no tenía tiempo y que quizás más tarde —después de que yo hiciera tooodos mis deberes— pudiéramos dedicarle un rato a jugar a eso». Mis hermanas, por supuesto, se dedicaron a rechiflarse de mí y a hacerme moñas y muecas, poniendo sus pantorrillas a una distancia prudencial de mis zapatones de escolar.

¡Qué desesperación! Como todos los niños del mundo, yo, en esa edad, tenía fantasías terroríficas sobre una eventual muerte de mis padres y la posibilidad aterradora de quedarme solo y desprotegido en el mundo. Lo único que me consolaba era la no desdeñable probabilidad de que una de las víctimas fuera alguna de mis hermanas.

Llegó el fatídico día treinta y uno y después de la cena, mi madre, como solía hacer todos los años, preparó, junto a la radio, una mesita pequeña con un montón de tazas  —una para cada miembro de la familia— con doce uvas en cada una; lo mismo hizo con un platillo —listo para bajarlo al suelo en el momento oportuno— para Tararí, el perro de mi abuelo.

La radio cortó en seco la música y comenzó a vociferar cuando conectaron con la Puerta del Sol. ¡Faltaban tres minutos!... aquello ya no había quien lo parara… ¡un minuto!... todos los miembros de mi familia avanzaban despreocupada e inconscientemente hacia la mesa… ¡hacia la muerte!…
Esos son los momentos que, de alguna forma, me caracterizan. No me aguanto, no señor. No me resigno. Lucho hasta el final poniendo todo mi corazón en ello y sin importarme la opinión ajena, así que, en un momento de inspiración, le largue un patadón a la mesa que cayó con estrépito.

Aunque no me importara, enseguida me enteré de la opinión ajena:
—«Este niño es tonto» —dijo, de forma rotunda, mi abuela paterna que venía poco por casa y nunca fue muy cariñosa.

No menos contundente resultó el primer viaje que me lanzó mi padre y que me calentó bastante la oreja. Realmente me salvó —como en el boxeo— el que comenzaran a sonar las campanadas de los cuartos. Toda la familia se abalanzó al suelo persiguiendo las uvas que habían rodado por todas partes. El que más consiguió fue Tararí, que se veía favorecido por eso de caminar a cuatro patas y por el entrenamiento y habilidad que ya tenía para cazar cualquier trozo de comida que se nos cayera al suelo. Lo curioso del caso es que normalmente las uvas no le gustaban demasiado y pasaba de comérselas, pero algo despertó su instinto deportivo al ver tanto afán de los demás por obtenerlas y luchó como el primero para hacerse con ellas. Por supuesto, fue el único capaz de comer doce uvas (bastantes más) en el tiempo reglamentario de las campanadas. Mientras tanto, yo corría de un lado para otro pisoteando con saña todas las uvas que podía, intentado que quedaran inutilizadas; y lo hacía con tal pasión que al final resbalé y terminé —como luego se supo— partiéndome un brazo.

Cuando volvíamos de la Casa de Socorro (que es como se decía por aquel entonces a los servicios médicos de urgencia) todos iban muy serios, sin mirarse ni nada, y callados en la oscuridad del taxi. Como contraste la gente en la calle estaba muy animada. Las mujeres eran todas jóvenes e iban muy guapas; pintadas, y con el pelo recogido en moños. Debajo de los abrigos con los que se cubrían para protegerse —ya que hacía un frío que pelaba— se les adivinaban escotes y brazos desnudos. Los hombres, afeitados, con corbata y oliendo muy bien a colonia.

Aquel año empezó bastante mal; los Reyes se olvidaron de traerme los juguetes. Sólo mi abuelo me regaló —a escondidas— un tirador que había hecho él mismo con unos alambres retorcidos, unas gomas y un trozo de cuero. Y continuó aún peor. A lo largo del año fueron ocurriendo variadas desgracias: a mi padre le robaron la moto; una de mis hermanas se cayó de narices y se rompió un diente de los de arriba; mi abuela se enfermó; en el mes de abril se inundó el sótano… En fin, ni que decir tiene que para todos yo era el causante de aquel año cenizo y desafortunado… Lo único bueno fue que Tararí tuvo perritos con la perra de los vecinos y nos dieron un cachorro. Le pusimos de nombre “Cúbito” que es un nombre un poco raro para un perro pero así me dijeron que se llamaba aquel hueso que me rompí.

Verdolaga, que era nuestro loro, se aprendió su nombre y como además imitaba a la perfección el silbido de mi padre se pasaba todo el rato vacilándole haciéndole correr de un lado a otro de la casa. Aún así, Cúbito y él llegaron a hacerse grandes amigos a pesar de que siempre se estaban peleando. O quizás por eso...

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Diario de un mentiroso: Las Pelusas.

Todos sabemos, o creemos saber, qué son las pelusas ¿no? Mientras tuve perros no me planteé el problema: Las pelusas eran —naturalmente— de los perros. Quiero decir que se producían por el pelo que soltaban los perros y esas cosas y a mí me parecía tan natural que anduvieran por ahí de un lado para el otro hasta que eran barridas o aspiradas.
Luego, ya sin perros, seguía habiendo pelusas, pero bueno…siempre he vivido con alguien. Todas mis sucesivas compañeras han tenido un magnifico cabello, brillante y terso que cepillaban cada mañana. Me encantaba cómo olía su pelo limpio y aireado. Con lo cual, ni me lo planteaba…las pelusas eran de mis mujeres.
Ahora que vivo solo, llevaba un tiempo en el que me sorprendía que siguiera habiendo pelusas, así que decidí vigilar disimuladamente y ver si podía averiguar de dónde diablos salían esas condenadas y sutiles madejas. El caso es que al observarlas con atención vino la gran sorpresa y no tuve más remedio que reconocer que parecían dotadas de inteligencia. Por ejemplo, si me veían con la aspiradora, demostraban bastante maña para irse rodando de un lugar a otro buscando rincones inaccesibles o rendijas en donde esconderse. A las pocas horas cuando yo lo creía todo limpio, pronto las veía revolotear por ahí de nuevo. A su bola.
Pero la prueba palpable no me llegó hasta el otro domingo: Tenía abierta la puerta de la terraza del dormitorio para que se ventilase. Yo andaba por la cocina, pero algo me pareció alertar. No sé. Un instinto especial, intuición, un aviso, llámenlo equis. El caso es que volví cautamente, de puntillas, sin hacer el más mínimo ruido y cuando me asomé a la puerta de la habitación... allí las vi. Dos magnificas bolas de pelusas colándose subrepticiamente. No sé si me sintieron pero el caso es que volaron desesperadamente a meterse con toda rapidez debajo de la cama, su sitio preferido. Salí corriendo a la terraza y por un segundo me pareció ver todavía perderse tras la esquina el destello de la minúscula nave interplanetaria de la que habían desembarcado.
Ya no cabe duda. Estamos siendo estudiados, analizados, observados por estos extraños seres que no sabemos qué fines oscuros pueden tener ¡La Humanidad nunca antes había estado en un peligro tan grave! ¡Somos vulnerables, muy vulnerables! ¡Lo saben todo! ¡Todo! Hasta nuestros más íntimos secretos de alcoba


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22 de diciembre. Ya es verano

La avenida 9 de julio atrapa la luz de la mañana en las fachadas de sus edificios blancos y en sus amplias perspectivas. Apenas circulan autos a estas horas. Al fondo el Mar del Plata brilla con reflejos de mercurio.
La habitación del hotel tiene un sobrio y elegante estilo basado en maderas oscuras y pesadas cortinas. Cortinas que jamás cerraremos. Desde lo alto de la torre sur se dominan las azoteas de los edificios próximos con sus enormes anuncios luminosos. Contra el cielo azul, casi blanco, enmarcado en el ventanal, se recorta tu cuerpo desnudo mientras rebuscas no sé qué en las maletas abiertas. Abajo se despliega la gigantesca avenida con las copas frondosas de los árboles y sus catorce carriles salpicados de coches y semáforos; todo chiquito, como un juguete o una maqueta.
Afuera de la habitación ya huele a mañana, a huevo frito, a vacaciones, a gasolina, casi a mar, a comercios abriendo… Adentro, aun se acumulan por los rincones oscuros algo de noche, respiración y calor tibio. Triunfan de luz, sin embargo, las tersas y planchadas sábanas blancas arañadas con rastros de nuestro olor. Y la cama y las almohadas conservan los moldes de nuestros cuerpos: Pompeya sin cenizas que emerge del Vesubio de la noche galopando hacía el olvido. Cojines, zapatos y bolsas, en desorden por el suelo. El periódico cuelga del pomo de la puerta con una actualidad que no es la nuestra. Noticias, creadas para otros, gritando desde sus gruesas letras mayúsculas.
Buenos Aires. Verano. Otra vez.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Diario de un mentiroso: El diagnóstico

Por fin me decidí y fui al médico. Llevo tanto tiempo encontrándome pachucho. Un malestar difuso. Un “no sé qué” hecho de tardes oscuras y labios vencidos.

Como era un médico de estos modernos no hizo ni caso a mis quejas sobre lo cansado que me sentía y las noches de insomnio. Dedicó la mayor parte del tiempo a mirarme a los ojos. No decía nada. Me dejaba hablar y hablar... y me miraba a los ojos.

—Usted padece de banalitis —me espetó de repente.

Pensé que había entendido mal y le repuse:

—¿Usted cree? La verdad es que no noto nada raro en el pene….

—No. No —me cortó —.No he dicho balanitis sino banalitis. Usted tiene una infección de banalidad más grande que un caballo. ¡Ponga algo interesante en su vida, hombre!

Y me sopló ciento cincuenta euros.

La verdad es que me encuentro bastante mejor.

Diario de un mentiroso: CARNE PICADA

—¡Por favor, no me comas! —.Como lo oyen, eso dijo.


Había tenido un mal día. Toda la mañana de local en local para ver si necesitaban un empleado, un limpiacristales, alguna chapuza, un vigilante, un ingeniero, un empapelador, un vendedor de biblias, un matón… y por la tarde en el parque, sentado en el banco rascándome la barba, bebiendo de ese cartón de vino malo que me quemaba las tripas e intentando olvidarme del frío y del olor rancio de mi camisa. Veía las chicas al pasar, llenas de juventud y belleza, que me miraban con desconfianza o indiferencia. Pieles tersas, pelo brillante, ojos vivaces, sonrisas alegres… Algo inasequible para mí; más lejano que el planeta Marte. Seres de otro planeta... ¿O era yo? ¿Era yo, el que ya estaba en otra galaxia...? Me atizé otro lingotazo. Es increíble. Apenas hace un par de años yo estaba en todo eso; participaba de esa vida. Ahora la veía como a través de un grueso cristal blindado.

Y así pasó: Aquella mujer mayor emperifollada que paseaba al perro. Un perro gordo y fofo con pinta de gilipuertas que seguro que comía tres veces al día mejor que yo. Me acerqué por detrás con la vista clavada en el bolsazo que aferraba firmemente bajo el brazo enjoyado. Caminamos un rato por un sendero cada vez más solitario; yo la seguía a veinte pasos de distancia. De repente se detuvo y me pareció que miraba nerviosa hacía atrás por encima del hombro. Abrió el bolso y rebuscó dentro. Sacó una bolsa de golosinas perrunas:
—Aquí, Pinky, aquí —gritó ofreciéndole algo. El chucho acudió con parsimonia balanceando las grasas.
La mujer lo ató y continuaron caminando hacia la salida del parque. Un coche de la policía local bajaba despacio por la avenida. Cuando llegué adonde ella se había parado encontré por el suelo un motón de cosas que se le habían caído del bolso al sacar las chuches: Un paquete de clínex, un billete de veinte euros y un pastillero metálico con las tapas de cerámica. Todavía olían a su penetrante perfume de vieja loca: una auténtica maldición para los desdichados que coinciden con ellas en el ascensor, el restaurante o el asiento del autobús.
El pastillero contenía unas píldoras redondas azules y otras rositas mucho más pequeñas. Me metí un par de las azules y seis de las pequeñas. No sabía para que eran pero da igual: Yo tengo de todo. Además los ricos toman medicinas buenas, de las caras…Y mira la vieja cacatúa lo bien que andaba, que si me descuido ni la alcanzo.
Desdoblé el billete de veinte euros mirándolo al trasluz como si no me lo creyera, pensando que en cualquier momento podría desaparecer.
—¡Vaya esto sí que es suerte! —pensé (¿o no lo era?) ¡Qué más da! Decidí darme un homenaje y entré en ese McDonald’s.
¡Y ahora esto! ¡La puta hamburguesa rogándome que no me la comiera con ojos llorosos!
Puede que fuera la cebolla o puede que llorara de verdad, pero no fui capaz de darle ese mordisco cuyo ademán había iniciado a pesar de tener la boca hecha agua y todo eso que dicen. Irritado, me bebí la cerveza y lo que quedaba del cartón de vino con el resto de las pastillas y las patatas fritas. La miré otra vez. Alzó la vista hacia mí en silencio, modosita y esperanzada. Tenía los ojos y la boca como las chicas del parque. Aunque tenía hambre, había otra cosa que me apetecía aún más; algo que había estado inasequible para mí estos dos últimos años…La envolví en un puñado de servilletas de papel y salí canturreando hacía la pensión. Con un poco de suerte podríamos entrar burlando a la patrona; le debía ya tres meses…
¿Qué no son buenas las medicinas de los ricos?... Me encontraba de puta madre




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La escalera. (Starway to heaven)


Escarrosa

Para mí las escaleras son un símbolo de sabiduría: fragmentan un problema —lo vertical— y lo convierten en algo manejable. Por la escalera ascendemos y descendemos, dos palabras plenas de contenido filosófico.
 La rosa roja puede ser el principio vital o la belleza, que para mí es el complemento ideal. Sabiduría y belleza creándose y dándose forma la una a la otra.

Quiromancia

Quiromancia 1

Quiromancia 2

Quiromancia 3