jueves, 9 de septiembre de 2010

El Cartulario: IX.- Algunos planes inmediatos

ALGUNOS PLANES INMEDIATOS.




Me pasé el fin de semana en casa, dando vueltas, mirando y remirando el libro. Estaba de acuerdo con “el Profesor” Gorbea. Una copia “Del Placer” habría sido censada y catalogada en los últimos doscientos años aunque hubiera estado en el monasterio de clausura más remoto del mundo. Al menos, así habría pasado en los últimos cincuenta años. Pero ¿qué hubiera pasado si esa copia hubiera estado oculta a los ojos de todo el mundo los últimos ochocientos o mil años, sepultada tras la contabilidad de una pequeña parroquia? Si el cartulario era un palimpsesto, y todo apuntaba a que lo era, la cosa cambiaba de forma radical. Aquí no cabía falsificación posible, porque nadie me había venido con el texto a contarme pamemas o a venderme imposibles. El texto se había revelado ante mí surgiendo de su remoto pasado justo delante de mis narices. Y el soporte –el cartulario- había llegado a mis manos de la forma más imprevisible y sujeta al azar. ¡Ni siquiera había pagado un duro por él! «Esa era otra», me dije. Tenía que aclarar la procedencia y buscar algún modo de asegurar mis derechos de propiedad. La historia que contó Miguel de los dos millones de dólares que se embolsó el desconocido propietario anterior del palimpsesto de Arquímedes tras la subasta y el largo litigio entre Christie's, que le representaba, y el Patriarcado de Jerusalén no dejaba de dar vueltas en mi cabeza. ¡Dos millones de dólares! ¿Quién podía decir que “Del Placer”, un libro rarísimo, mítico, no valiera lo mismo? ¿o el doble? Por fin se me presentaba la oportunidad que había anhelado toda mi vida: dejar de ser un pardillo, un don nadie; un modesto profesional, un funcionarucho de tres al cuarto arrastrando mi culo por todas las oficinas y despachos de la Administración sin más horizonte que una jubilación miserable y una palmadita en la espalda ¡Había llegado mi hora e iba a saber aprovecharla! ¡Vaya que sí!

Lo primero que había que hacer era ir el lunes por la mañana a la chamarilería a investigar un poco y cerrar un contrato de compra-venta. Podía comprar algo más para abultar el tema...La estantería entera... los juguetes... Seguro que cuando el abuelo viera un buen fajo de billetes se le harían los ojos chiribitas. Podía alegar temas de Hacienda para querer hacerlo tan formal. Eso me protegería si El Cartulario había sido, por ejemplo, robado por unos gitanos en algún monasterio o sacristía. El que iría al trullo sería el vejete por comprar mercancía robada —¡total, para lo que le quedaba de vida!— Seguro que no tenía ningún justificante —«¡qué iba a tener!»— Y ya sería mucho más difícil que no se reconociera mi derecho. Podía, quizás, partir los beneficios con el propietario auténtico, suponiendo que apareciera…. Teniendo en cuenta que su valor se había multiplicado por diez mil, por cien mil, según había ido pasando de ser un libro viejo a cartulario, y de cartulario a palimpsesto —«¡Y qué palimpsesto!», me decía. «No es uno cualquiera», «Del Placer, de Pausanias. De Pausanias... de Iso, ¡ojo! No confundir ni con el militar ni con el geógrafo, Ja, ja, ja»— Me partía de la risa yo mismo ¡qué gracia me hacía! Me encontraba exultante.

Repartiríamos. En este asunto había bastante dinero como para que le diéramos varios un buen mordisco a semejante bocado. La negociación tendría que ser sencillísima, teniendo en cuenta que yo tenía todos los ases en mi mano (la información del valor real del documento) y uno más de propina en la manga (la posesión efectiva del cartulario) «¡Un repóquer sin necesidad de comodín. Cinco ases, directamente. Por la cara»— Me acordé de la manga manchada de donuts y me reí tontamente: «¡Eso pasa por guardar ases pringosos!», me dije. El chiste no tenía maldita la gracia, pero estaba tan contento, tan satisfecho conmigo mismo, que me reí un buen rato, aun sin ganas.

Aproveché la espera forzosa del fin de semana para estudiar un poco más el tema. Como siempre, internet se reveló como un aliado para la investigación aunque la información que me ofrecía no dejaba de parecerme demasiado superficial para poder satisfacer mi deseo y necesidad de saber.

El que los caracteres estuvieran verticales al otro texto resultó ser algo muy común. Al parecer los libros o codex se preparaban partiendo de rollos de pergaminos sueltos que, si estaban escritos, se raspaban y blanqueaban, y después se doblaban o cortaban en dos o más trozos hasta obtener el tamaño conveniente. Luego eran cosidos para darles la forma de libro. Un formato, mucho más práctico y manejable que el rollo, tanto para su consulta como para apilarlos, y que se reveló tan eficiente que ni tan siquiera ahora en la época digital pueden ser desplazados por las pantallas o los e-books. Esta disposición de las hojas hacía que fuera muy frecuente que el texto antiguo y el nuevo fueran perpendiculares y ayudaba no poco a la recuperación. Como todo no puede ser bueno, por otro lado lo complicaba al hacer que los textos estuvieran disjuntos o fragmentados o mezclados de unas obras con otras ya que no estaba en el plan del que fabricaba el codex el mantener la información anterior; sólo intentaba aprovechar los soportes de la forma que mejor le viniera.

Me preocupé seriamente ¿Significaba esto que El Cartulario no tenía por qué contener más información sobre “Del Placer” que el poema que ya se había revelado? Tal y como se describía que lo preparaban… por lo menos cuatro páginas del libro debían pertenecer al mismo pergamino; seguramente más. ¿O no? ¿Era esa hoja un retal? Para averiguarlo tendría que desencuadernar el libro; algo que no me planteaba ni remotamente. No, por lo menos, por ahora.

¿Habría otras obras, además "Del Placer" —conocidas o desconocidas, perdidas, quizás ignoradas desde lo más remotos tiempos— esperando a ser mostradas en esas hojas que ahora me pertenecían? ¿Secretos del universo celosamente guardados, escondidos, olvidados? ¿Las claves para la transmutación de la materia; convertir el plomo en oro? ¿El encantamiento secreto de la eterna juventud; los filtros del amor sin límite?

Por supuesto que no iba a correr riesgos con el soporte haciendo más experimentos caseros de revelado. No ahora que sabía el valor que tenía el documento y que podría verse comprometido por azar ¿Quién me aseguraba a mí que la misma chiripa que me lo mostró; la misma alquimia, mágica, fortuita, no se iba a volver en contra mía de una forma inopinada y reducir a El Cartulario a un montoncito de polvo o a una pulpa borrosa?

Desde mi mesa de trabajo el libro parecía brillar, atraerme, sumergirme en ensoñaciones; despertar mi ambición, mis deseos más recónditos; las más descabelladas esperanzas y pasiones. No conseguía separarme de él. Parecía ocupar toda la habitación y toda mi mente, con un deseo que crecía en mí y que ni siquiera era capaz de comprender ni de formular.




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