jueves, 9 de septiembre de 2010

El Cartulario: X.- Marta

MARTA




Me despierto. Los relámpagos iluminan, con su repentina luz azul, los rincones de mi dormitorio y los devuelven a la sombra en menos de un segundo. Un rayo ha caído en las proximidades con estruendo, como un tremendo latigazo. Las ramas de los arboles golpean enfurecidas unas contra las otras y alargan sus brazos intentando azotar la fachada de la casa. Una cortina de agua cae sobre la calle y el jardín. Los cristales de las ventanas parecen peceras, lupas que transforman —deformándolo— el paisaje.

Pulso el interruptor. No hay luz. No hay luz tampoco en la calle. Los edificios semejan rebaños de animales dormidos, apretados, sujetándose los unos a los otros, manteniendo el contacto con la confianza de traspasarse el miedo, de reducirlo compartiéndolo; de sobrevivir hasta que llegue la luz del día. Esperan sin confianza. Esperan, como en una memoria atávica del diluvio, que Dios nos perdone. Que algo mejore. Que la vida —por fin— sonría. Que amanezca.

Ahora me doy cuenta: No ha sido el rayo el que me ha despertado; son unos golpes que llegan desde la puerta de la calle. Bajo a tientas hasta la cocina y rebusco en el aparador hasta que doy con la linterna; son tan frecuentes los cortes de luz en este barrio aislado que ha crecido tan desordenadamente, que siempre la tengo a mano.

«¿Quién es?» pregunto intentando poner una voz bronca y firme que me asusta a mí mismo al retumbar en el hueco que hace la caja de la escalera. Escucho. Nada. Sólo se siente la tormenta afuera… Y al instante redoblan las patadas, los débiles puñetazos en la puerta, los gemidos. Abro, y allí está Marta, empapada bajo su camisón pegado al cuerpo. Tapándose los oídos en un inútil intento de apagar los truenos…

La hago pasar y aterrorizada se abraza a mí.

Ahora estoy en el baño secándola con una toalla. Ha vuelto la luz y yo canto bajito para tranquilizarla. Su cuerpo adolescente, desnudo, enrojece según lo voy frotando. Tiene los ojos muy abiertos, los labios apretados, los brazos ligeramente separados del cuerpo, las manos hacía delante, y el pelo rozando los hombros… ese pelo mojado que huele de una forma deliciosa.

Admiro sus formas divinas, etéreas, en formación; la delgadez de sus miembros, lo plano de su vientre, lo estrecho de su cintura, las graciosas curvas que dibujan la espalda y la cadera; los pechos creciendo como granadas, como frutas, pero con su perfecta geometría femenina ya resuelta; el vello suave que tapiza la zona púbica.

Es una crisálida mágica en alguna fase de su proceso de transformación. Todavía en alguna parte del camino que va desde su forma infantil a la plenitud madura de la mariposa evidente que es. Una belleza inocente, que nunca he querido ver, reconocer, aceptar que se había instalado ahí, tan próxima. Seguramente por miedo a mí mismo; a mis deseos ocultos; al monstruo que duerme en mi interior. Por miedo a lo evidente; a algo tan evidente como que nunca voy a volver a sentir esa sensación de abrazar un cuerpo que estrena vida, terso, impaciente, temeroso, inexperto.

¡Esa sensación perdida desde hace tanto tiempo! Una sensación amada que retorna a mí desde mi propia adolescencia y me toma, me invade, me penetra por los dedos y a través de la toalla, por los olores que aspiro, por el susurro de la canción, por el ritmo del masaje, por el movimiento que este provoca en la carne que se balancea liberada a su propia inercia. Una marea que va creciendo en olas sucesivas, suaves, fuertes, firmes, que van avanzando sin que tome conciencia de ello. Cada una va más lejos. Cada ola es más suave pero más persistente que la anterior —¿cómo se explica eso?— Una tras otra, tienen un latido, un pulso, que iguala, que aplana los pensamientos; los diluye haciéndolos desaparecer: castillos de arena que se deshacen sin dejar rastro. Solo ser. Solo estar, Sólo sentir, sin cuestión alguna, espuma de agua, arena, sol, reverbero...por fin en otro espacio vital fuera de lo mental.

Una sensación que se instala en la boca del estomago, llenando de finos alfileres mi columna y la base de mi nuca buscando, exigiendo, un placer vedado, inalcanzable, refugiado tras una muralla de convenciones sociales y tabúes autoimpuestos. Constantemente negado. Un placer que no es que se vaya a aplazar, sino que sencillamente ha desaparecido ya para siempre de mi vida.

La separo ligeramente meciéndola por los hombros. Puedo contemplarla ahora sin disimulo. Puedo contemplarla ahora que Marta tiene los ojos cerrados, la boca ligeramente entreabierta…

“…Lo que no goces hoy no lo habrás gozado nunca”

La sentencia de Pausanias retumba en mi cabeza. Lapidaría. Categórica. Sólo vivimos en el presente. Sólo debería obligarnos nuestra propia felicidad.



Volver al índice