jueves, 9 de septiembre de 2010

El Cartulario: VII.- Miguel Gorbea

MIGUEL GORBEA


A las diez de la mañana me desperté. Me levanté a comerme un par de huevos con jamón y llamé al despacho para decirle a mi secretaria que cancelara las citas; que no me encontraba bien y que no iba a ir. No pareció extrañarse demasiado. Era relativamente frecuente que los viernes pusiera alguna excusa para no ir a trabajar si me había pasado con los güisquis en la tertulia de los jueves. Otras veces eran las salidas de fin de semana las que me incitaban al absentismo laboral en ese día. Esta vez, además, la voz que se me había quedado tras el trasnoche resultaba muy convincente.

—¿Algo más? —me preguntó.

—Si Paquita. Por favor, llame al “doctor” Gorbea e intente concertarme una visita con él en su despacho o en su casa lo antes posible. Es urgente. Si puede ser para hoy, no antes de las cinco, mejor. Me envía un SMS cuando lo tenga confirmado. Gracias.

Quería ver cuanto antes a mi tocayo Miguel Gorbea, al que todos apodábamos, con un poco de coña, “doctor” o “profesor” tanto por su saber enciclopédico como por su talante cascarrabias y con un punto de petulancia que sin embargo no le resta simpatía. Miguel es un personaje curioso al que me unen largos años de amistad y me fio mucho de su opinión ya que, en todo ese tiempo, he tenido sobradas muestras de la exactitud de su pensamiento a la vez que de la originalidad de su punto de vista.

A las seis y cuarto estábamos repantingados en los sillones del salón de su casa haciendo tintinear los cubitos de hielo en unos vasos alargados llenos de un rubio y delicioso licor. El “profesor” Gorbea llevaba un buen cuarto de hora hablando sin parar mientras gesticulaba vehementemente. El bigote y la perilla le conferían una imagen romántica de mosquetero jubilado o poeta a la búsqueda de oscuras golondrinas. Su pelo escaso en la frente y largo y descuidado en el resto de la cabeza acababa por darle una definitiva imagen de científico chiflado. Divagaba sobre literatura medieval, tema que yo había sugerido tangencialmente.

—Entonces ¿los palimpsestos?... —Intenté centrarle un poco.

—Una gran contribución a la paleografía. Uno de los misterios más interesantes de nuestro tiempo. Si, si. Auténticas resurrecciones del pasado. Palimpsesto es una palabra de etimología griega y que significa “grabado nuevamente”. Son —como todo el mundo conoce— manuscritos que conservan huellas de otra escritura anterior realizada en la misma superficie y que fue borrada expresamente para dar lugar a la que ahora existe —.Me contestó Miguel. Y continuó, embalado:

—Lo paradójico de esto, es que la escasez de pergamino y las dificultades del comercio de papiro —un soporte mucho menos robusto—, así como el aislamiento de unas zonas culturales de las otras, llevó a que se borraran obras muy valiosas para escribir autenticas chorradas como rezos y otras anotaciones conventuales. Obras menores de escasísimo interés…O bien otras, que siendo importantes, al fin y al cabo, ya se conservaban de ellas muchas copias en otros lugares y que sin embargo al ser escritas de nuevo por este método sepultaban en el olvido ignoradas piezas únicas. Eso pasó por ejemplo con uno de los más afamados palimpsestos: El que descubrió Nieburh en Verona en 1816 que contenía las Institutas del célebre jurisconsulto romano Gayo imperfectamente raspadas por alguien que afortunadamente tenía tan torpe la mano como ignorante la mente, y que las condenó a muerte para escribir encima las obras de San Jerónimo. Por no hablar de obras de ciencias puras, con conocimientos valiosísimos olvidados por la barbarie imperante, como el encontrado con textos de Arquímedes bajo píos y anodinos rezos, y que contenía la única copia conocida de su método para el cálculo de los teoremas mecánicos. Estremece pensar cómo podría haber cambiado el mundo si la información sobre el método matemático que Arquímedes empleaba para sus cálculos basado en la teoría de los límites hubiera estado disponible para la Humanidad desde la fecha en que él lo concibió. Cinco siglos tardó la ciencia en desarrollar una técnica que produjera resultados equivalentes...

—¿Y cómo se descubren?

—¿Los límites de una función? Pues tomando tantos puntos como se desee suficientemente cercanos al valor de la función en un determinado punto, supongamos “c” pero distintos de “c”…

—No, no. Los palimpsestos, los palimpsestos —aclaré a toda prisa.

—Bueno, algunos son muy evidentes. Como te comentaba antes afortunadamente en muchos casos se hicieron auténticas chapuzas en el borrado y blanqueado del pergamino previo a su reescritura. En el propio de Arquímedes el texto era tan evidente que ya el académico Constantine Tischendorf que visitó Constantinopla a mediados del siglo XIX, se sintió intrigado por el escrito matemático griego visible en el documento y se llevó con él una de sus páginas sin llegar a saber nunca de que se trataba. Por cierto que la historia de este palimpsesto es muy novelera: con robos, guerras, desapariciones y pleitos. A finales del siglo pasado, el siglo veinte, la firma Christie's pudo subastarlo tras un largo pleito sobre los derechos del mismo contra, ni nada menos, que el Patriarcado de Jerusalén que argüía derechos que se retrotraían al mil seiscientos y pico asegurando que pertenecía al monasterio de Mar Saba de donde fue robado ¡qué morro!. Finalmente, se adjudicó por dos millones de dólares a un desconocido magnate norteamericano del que se sabe que es dueño de una empresa puntera en tecnología informática. No. No es Bill Gates. Se supone que es Jeff Bezos, el dueño de Amazón. Bueno algunas ventajas se han obtenido: desde entonces se ha restaurado y es público y accesible para su estudio por todos los científicos del mundo. Se han empleado para el revelado las técnicas más actuales y avanzadas utilizando escaneos con frecuencias de radiación infrarroja, luz ultravioleta o rayos X y realizado un procesado digital de la imagen…Nada que ver con los métodos que se conocían de antiguo y que son agresivos para el soporte, como la aplicación mediante un pincel de tintura de agallas o del sulfhidrato de amoniaco, también conocido como tintura de Giobert,….

—¿El qué?— salté. Miguel pareció encantado con mi pregunta.

—Giobert. Un químico, político y agrimensor italiano que además tuvo una participación activa y colaboracionista con los franceses…

—No. No —. Tuve que cortarle porque si no se hubiera enrollado con las guerras napoleónicas o cualquier otra cosa —¿De qué dices que está compuesta esa tintura?

—De sulfhidrato de amoniaco. Todo el mundo lo sabe —me respondió resentido, mirándome de hito en hito, por haberle cortado el rollo sobre un tema tan interesante y que sin duda dominaba como era el del colaboracionismo de Giobert, quien quiera que fuera este señor.

Cuando hablas con Miguel siempre te trasmite la sensación de que tú eres el único imbécil que no está al tanto del tema que desarrolla de forma magistral y que eso lo dominan hasta los niños en las guarderías y que viene siendo el tema habitual de conversación en los bares, los mercados y los edificios en construcción, desde el siglo pasado.... Es un gran tipo.



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