jueves, 9 de septiembre de 2010

El Cartulario: VI.- ¡Bingo!

¡BINGO!




Contemplaba atónito los signos que acababa de descubrir. Qué extraño. Podía jurar que antes no estaban. Por lo menos, no los había visto antes de ahora. ¿Estarían ocultos justo debajo de la mancha? No puede ser. Demasiada casualidad. Fui a buscar una lupa. Si, si. En realidad sólo se veía totalmente claro el carácter central; los otros dos se difuminaban un poco por los bordes en lo que correspondería al círculo que habría formado la zona en contacto con el amoniaco.

Otra cosa sorprendente y que, definitivamente, tenía que haberme llamado la atención antes, de haber estado allí, era su ubicación: aislados en medio de ese cuadrante inferior derecho de la página completamente en blanco; y no menos, el sentido de la escritura, pues —no cabía duda— estaban alineados de forma perpendicular al texto; por no insistir en lo que primero me llamó la atención: el que tanto la tinta, como el trazo, como el tamaño, eran completamente diferentes.

Cuanto más los miraba más convencido estaba de que pertenecían a otro texto distinto que, por algún motivo relacionado con la mancha, se había hecho evidente. Al final me decidí a hacer una prueba. Pero había que ser prudentes…

Busqué el trípode, la cámara y el flash. Los instalé sobre la mesa de la cocina e hice varias tomas generales de la página y varias macrofotografías por zonas, buscando el mayor nivel de detalle.

Fui al garaje a recuperar mi vieja caja de pinturas y pinceles. Salí por el jardín. La noche estaba avanzada y, por fin, silenciosa. Las ventanas de las casas del vecindario apagadas. Una extraña sensación de estar siendo observado me hizo volver la cabeza al cerrar la puerta al regresar a la casa. Nadie. Cerré cuidadosamente, atrancando la puerta con el cerrojo interior —nunca lo hacía— y, como si estuviera realizando algo malo o clandestino, corrí los visillos y me aseguré de que las persianas de la cocina estuviesen completamente bajadas.

Preparé en una taza con agua una disolución muy ligera del líquido limpiador que había utilizado antes. Con mi mejor pincel plano de pelo de marta —el que usaba para dar las pinceladas más suaves al hacer veladuras o transparencias cuando pintaba— y sin temblarme el pulso, extendí la solución sobre un área de tres centímetros cuadrados siguiendo la hipotética línea que sugerían los caracteres fantasmas.

Esperé. Esta vez el líquido tardó mucho más en evaporar al ser menos volátil, seguramente por su alto contenido acuoso. Al final la zona fue perdiendo ese color oscuro que le daba la humedad. Nada.

Aumenté la concentración al doble. Una parte de agua por otra de amoniaco y repetí el experimento con idéntico resultado negativo. Finalmente di el amoniaco directamente a la concentración que traía el preparado comercial; sin disolver.

El pergamino permanecía obstinadamente en blanco.

Eran las cuatro de la mañana y a punto estaba de tirar la toalla cuando tuve una inspiración. Recuperé de la basura la caja de los donuts —Tomás al final se los había comido todos— y con unas pinzas extraje una pizca de un pegote pegajoso del azúcar que había quedado en el celofán y que desleí en la taza con el amoniaco y un poco de agua.

¡Bingo! El vello se me erizó al ver aparecer poco a poco otros caracteres semejantes a los anteriores.

Continué trabajando la superficie, cada vez con más confianza y en zonas más amplias. A las siete de la mañana, subí las persianas y abrí las cortinas. Estaba extenuado. A la incipiente luz de la mañana era un placer contemplar esas líneas recién descubiertas formando un bello texto con una exquisita caligrafía. Algo que parecía un poema, pero que no llegaba a comprender, se mostraba estampado en sentido vertical en medio de la página.

Suspiré con una mezcla indecible de alegría, sorpresa, satisfacción, curiosidad, incredulidad, esperanza…

Si tenía algo claro era el que no iba a volver a comerme un donuts en toda mi vida.

Apagué todas las luces y me metí en la cama.



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