jueves, 9 de septiembre de 2010

El Cartulario: IV.- Matar los libros

MATAR LOS LIBROS




Intenté, sin éxito, abrir la caja tirando de las solapas de las tapas de cartón nada más traspasar la puerta y en medio del recibidor. Pronto me di cuenta de que estaba demasiado bien embalada para lograrlo. Los cúteres los tengo junto con las otras herramientas en el garaje, algo que en esos momentos a mi impaciencia le parecía un lugar tan remoto como Sídney o Sebastopol. Lo más rápido y sensato sin duda era buscar en la cocina unas tijeras o un instrumento cortante. Así lo hice y armado de un cuchillo conseguí por fin abrir la caja.

Un rápido vistazo vino a confirmar mis temores ¡No estaba el libro! El cartulario no aparecía entre los tomos polvorientos y desordenados ¡Me lo temía! ¡Maldito viejo! ¡Cómo me la había jugado! Volqué la caja entera con rabia y frustración en el suelo del pasillo y los tomos de derecho se esparcieron levantando pequeñas nubes de polvo…

En ese momento sonó el timbre de la puerta.

Cuando todavía no había acabado de sonar, ya me había vuelto rápidamente y abierto con brusquedad. Estaba rabioso. «¿Qué?», dije, casi aullé.

El inoportuno visitante dio un respingo al ver mi cara desencajada y el cuchillo que, sin saber muy bien lo que hacía, todavía blandía, de forma que se podía interpretar como amenazante, en mi mano derecha. Casi se le cae de las manos el paquetón envuelto en papel de estraza que traía.

—¡Joder, chico! ¿qué pasa? ¿A quién has matado?

—¿Qué? ¿Cómo? — dije sin reaccionar y sin acabar de asimilar la situación de lo que me estaba pasando.

Tomás estaba ante mí con su fofo trasero embutido en unos pantalones demasiado ajustados y el torso malamente oculto por una inmensa camisa hawaiana con más de mil años y un estampado de palmeras horroroso. La cintura sin abrochar —no hubiera podido— dejaba ver el elástico del pantalón del pijama, y por la camisa, demasiado abierta, unas tetas grandes como las de una mujer pero con vello.

—Oye ¡Que lo siento! No me di cuenta antes. ¡También dejaron este paquete! Dijeron que no cabía en la caja y que lo habían envuelto aparte!

Diciendo esto, y sin ser invitado, saltó sobre los libros desparramados con una agilidad difícilmente imaginable en un hombre de su volumen y descargó el bulto que traía sobre la mesa de la cocina. A la vez, clavaba sus ojos llenos de gula en un paquete de donuts que había en un anaquel.

—¡Vaya! ¡Donuts! ¡Mi bollo favorito! ¿puedo comerme uno? —me preguntó mientras ya se metía uno en la boca y se reservaba otro en la mano izquierda.

Cuando conseguí que se fuera, sonreía con su cara de luna llena. Los restos del azúcar glasé se distribuían sin un plan preconcebido, al albur, entre la comisura de la boca y su doble papada. Miró significativamente los libros tirados en el suelo y luego me miró a mí. Yo ya había dejado el cuchillo en el cajón de la cocina (sobre todo para evitar las tentaciones de matarle):

—Un coñazo. Estos libros antiguos que tienen las hojas pegadas, son un coñazo. No entiendo por qué los hacían así.

Me tendió una mano que yo simulé no ver.

—Buenas noches.

—Buenas noches.



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