jueves, 9 de septiembre de 2010

El Cartulario: I.- La vieja Chamarileria

LA VIEJA CHAMARILERÍA




Siempre he tenido afición por las antigüedades y cosas raras. Por eso me extrañé de no haber reparado nunca en esa vieja chamarilería. Estaba entre un garaje y una tienda de pinturas y moquetas, y en su escaso escaparate se acumulaban los objetos más diversos entre toneladas de polvo. Empujé la puerta y pasé al interior. Convocado por el campanilleo, surgió de la trastienda un vejete que no desentonaría lo más mínimo con el resto de los trastos viejos y achacosos que colmaban los rincones y las mesas si no fuera por su extremada pulcritud y lo límpido de su mirada fría.

—Buenas tardes. ¿Qué le puedo ofrecer? —me preguntó.

—Buenas tardes —respondí—. Sólo estoy echando un vistazo.

La mirada del vejete chispeó tras las gafas y con un amplio y untuoso ademán pareció ofrecer la tienda entera a mi curiosidad. Se retiró junto a un mostrador de madera y desde allí me contemplaba mientras fingía hacer anotaciones o repasar sumas en un cuaderno negro con tapas de hule.

Estaba yo inspeccionando unos interesantes juguetes de hoja de lata cuando reparé en un montón de libracos antiguos en una vieja estantería. Había, sobre todo, libros de derecho civil forrados en piel, sin duda procedentes de la biblioteca de un viejo despacho de abogados vendida con prisas por los herederos de algún difunto letrado, y sin más valor que el de lo vistoso de sus encuadernaciones. Detrás de ellos extraje otro libro, en formato más grande, y que me interesó aún más por cuanto que aprecié que sus hojas tenían una textura diferente, mucho más robusta; posiblemente, estaban hechas de pergamino. Lo abrí, y leí —en una complicada, por los rabos y adornos, aunque clara caligrafía— algo semejante a esto. Decía:



«Sub Xpi nomine, eius Imperium, ego denique Albaro Didaz
quia sic timuit morte et penas inferni, quia sic trado in uita mea
pro remedio anime mee illo meo quingone quantum quadrat
inter meos germanos uel heredes ad uos abbas Martinus de
Sancta Maria de Mellum et ab omni congregation is eius, in uilla
de Argantus, ubi dicent in Romesieto, et in ipsa uilla in solares,
in cassas, in orrios, in cubas, in hereditates, in pumares, in diuissas,
in colazos, in montes, in fontes, in exitus, incultum, discultum,
mea hereditate et. mea poten tia por ubi lo potueritis inuenire
in uilla de Argantus, ab omni integritate»

Por lo poco que sé de latín llegué a la conclusión de que el libro podía ser un cartulario, también llamado tumbo, de alguna iglesia del norte de España ya que hablaba de pomares y de hórreos. Una auténtica joya. No crean que soy un experto, pero sí que tengo observados a los libros de este tipo en algunas visitas que he hecho a museos y viejas sacristías. Los cartularios son libros grandes de pergamino, donde las iglesias, monasterios, concejos y comunidades tenían copiados a la letra los privilegios y demás escrituras de sus pertenencias. El valor material que pueden llegar a alcanzar es elevado sólo si tenemos en cuenta la antigüedad y los materiales de los que están hechos. Si además pensamos en la información que pueden aportar sobre los usos y costumbres del lugar y de la época, su valía ya se vuelve incalculable.

Con el corazón saliéndoseme por la boca hice un descuidado montón con este y los demás libros y llamé al viejo que se aproximó exhibiendo su sonrisa pegajosa bajo su barbita de chivo.

—¿Cuánto pide por estos libros viejos?

—Ah. El señor tiene buen gusto. Son bellas encuadernaciones.

—¿Si? Bueno. No son más que nidos de ácaros y la piel de los lomos está podrida. No sirven para nada. Están totalmente desactualizados —dije, previendo una dura negociación. Y continué—: Los quiere un cliente mío que es un auténtico patán. Un nuevo rico que desea vestir de forma elegante las estanterías altas de la biblioteca de su chalet…

Para mi sorpresa, el viejecillo no puso el mayor interés en el tema.

—No se preocupe Don Miguel. El precio no será el problema. —¿Me conocía?—. Ya nos pondremos de acuerdo; mañana mismo se los envió a su casa —dijo mientras los iba amontonando en una gran caja de cartón.

—¿Me conoce usted? No recuerdo….—titubee.

—Claro, Don Miguel, le conozco desde chiquitito. A usted…y también conocí a sus padres —y añadió mientras me acompañaba a la puerta con su molesta sonrisa— Sigue viviendo en la casa grande que hay en la carretera, a la salida de la ciudad , ¿no?

Volvió a sonar el campanilleo — está vez imperioso al abrirse la puerta accionada con inusitada energía— y me encontré en la calle, bajo el sol de la tarde, desasosegado, inquieto, extraño.



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