martes, 14 de septiembre de 2010

El Cartulario: Capitulos XI-XX

XI.- Una lombriz.


Todavía era muy temprano para ir a la chamarilería. Estaba cavando en el jardín, con fuerza, con energía. Nunca me había sentido así. Como si estuviera respaldado por una fuerza universal. Por una decisión que iba mas allá de mi propia voluntad.
Tras el último golpe de azada, en el pellón de tierra, salió una lombriz. «¿Qué se plantea la lombriz sino ser lombriz?», me pregunté filosófico: Comer buen humus, juntar el culo con otra que tuviera buenos y lindos anillos. ¿Quién le contaba cuentos a la lombriz sobre mañana, el futuro, el pasado, sobre la ética de las lombrices y como debían respetarse las unas a las otras? ¿Que sabía la lombriz de sí misma sino que debía satisfacer sus deseos?
Di otro golpe con la azada. Los dos pedazos saltaron retorciéndose cada uno por su lado. Broto un líquido viscoso en cada uno de los extremos de la zona partida. Y en los otros, lo de siempre: una boca que quería comer, un culo que quería follar.
¿Qué quería la lombriz ahora? Lo único que había querido siempre:
Vivir.
Levanté la cabeza cuando vi llegar al coche de la policía y parar delante de la casa de Tomás. Dos agentes se bajaron. Tomás abría presuroso la puerta. Todos sus asquerosos kilos temblaban descontrolados.
Cuando se fue la policía, dejé los rosales sin plantar, apoyados contra la cerca y fui a ver si Tomás necesitaba algo. También me movía la esperanza de ver a Marta aunque hoy lunes era prácticamente imposible. Lo más probable es que ya se hubiera ido a casa de su madre. Marta es la hija que Tomás tuvo después de una breve pero apasionada relación con una mujer mucho más joven que él. Como él decía de sí mismo: «era un poco papagüelo». La relación naufragó a los pocos años de nacer la niña. Fue por aquella época cuando Tomás se convirtió en un comedor compulsivo intentado llenar de hamburguesas, cervezas y pizzas de atún un hueco afectivo que resultó imposible de colmar. Aún así, la grasa pareció envolver la pena y consiguió, si no hacerla desaparecer, por lo menos, inactivarla, adormecerla. Cada lágrima se le convirtió en una perlita oleosa que fue ocupando su lugar, como las gotas calcáreas que forman las estalactitas, forrando sus huesos, desensibilizando su organismo, blindándole de sí mismo.
Marta vivía con su madre de la que yo sabía muy poco, por no decir nada, y pasaba temporadas y fines de semana con Tomás. Había sido en esos periodos cuando la había visto transformarse, de la niña que pasaba a mi jardín a jugar con la perra y reclamar insistente mi atención durante las horas de la siesta, a la adolescente de belleza inquietante y sensual que despertaba, en mí, sentimientos que me costaba reconocer.
El sueño de la noche anterior donde Marta se me presentaba en casa, perdida, aterrada, desvalida; buscando mi protección en medio de una tormenta, resultó tremendamente revelador. No recordaba haber soñado con tal intensidad, con tanta sensación de realidad, desde hacía mucho tiempo. Incluso al despertarme y ver la cama vacía no estaba seguro de si es que Marta no se había deslizado de entre mis brazos y se había ido. Busqué señales suyas entre las sábanas, en la almohada. Algún cabello, el rastro de su olor, un pequeño pendiente olvidado. Nada. Al salir al jardín por la mañana y comprobar que no había ninguna señal evidente de la violenta tormenta (tormenta que había explotado en mi sueño al tener la mente alterada por las sensaciones que me sugería el cartulario) me convencí de que todo había sido un sueño.
¿Pero cómo un sueño puede llegar a ese grado de verismo...; mantener las situaciones coherentes de forma continuada durante tanto tiempo? ¿O no había sido tanto tiempo? El tiempo en los sueños es tremendamente elástico. Todo lo que yo había sentido al tener ese cuerpo desnudo, palpitante, anhelante, miedoso y a la vez entregado; ese murmullo irreproducible que habían exhalado sus labios al abandonarse, al aceptarme dentro de ella…¿se había acaso creado en mi cerebro en los dos escasos minutos previos al despertar? Los labios carnosos que besé durante horas...los ojos que se abrían en la oscuridad buscando los míos o que se cerraban según les alcanzaban las olas de la marea que se gestaba en alguna parte no identificada de nuestro interior compartido, el llanto quedo de arrepentimiento, el abrazo de consuelo, la pasión que vuelve a brotar, esta vez más fuerte, más animal, más desprovista de cualquier consideración o raciocinio…Todo eso había dejado un aroma, un perfume que impregnaba mi realidad y la penetraba de una sensación de haberlo vivido, de haberlo experimentado realmente, y mi cuerpo tenia la memoria celular, persistente, más allá de lo mental, de su cuerpo de gacelilla junto al mío.
Llamé a la puerta de la cocina. Está vez me sorprendió que Tomás tardara en salir. Quizás tenía que haber ido por la parte delantera. Cuando abrió estaba completamente vestido de calle y seguía muy alterado.
—Perdona chico, estaba dentro hablando por teléfono.
—Pasa algo Tomas? Puedo ayudar? He visto a la policía.
—¡La policía!—bufó Tomás —Pues si que sirven para algo ¡Que esperemos veinticuatro horas! ¡Que hasta que no pasen veinticuatro horas no piensan mover el culo! Que estará en casa de una amiga..
—Pero, ¿qué ha pasado?
—Marta ha desaparecido. No sabemos dónde está. Anoche me llamó “la bruja” —nunca decía su nombre— para preguntar por qué Marta no iba casa, la dije que había salido para su casa ya hacía dos horas por lo menos. Hemos estado toda la noche llamando por teléfono a las casas de sus amigas…las que conocemos. Preguntando y preguntando… los padres nos han dicho de todo. Esta mañana a las siete he llamado a la policía y se presentan ahora y porque estaban patrullando de rutina por la zona , que si no… Nos han dicho que no nos preocupemos que hablemos con sus amigos , porque un adolescente cuenta sus intimidades primero a su círculo más cercano de amistades. ¡Si por lo menos tuviera la clave de su correo electrónico o del facebook! Parece que en esta franja de edad, las desapariciones son de un día o sólo de horas, debido principalmente a enfados o chiquilladas y protagonizadas principalmente por chicas. Parece ser que los chicos se escapan más tarde…Ya la noté nerviosa, ayer por la tarde...
Tomás me mira esperanzado a los ojos, quiere que yo le convenza de que tiene razón, que todo es una tontería, de que no pasa nada y que seguro que, en este mismo instante, Marta ya está llegando a su casa.


XII.- Según caminaba presuroso…


Según caminaba presuroso hacia la calle donde el otro día encontré la chamarilería varios pensamientos sin concretar daban vueltas en mi cabeza. Seguía con la sensación de estar bajo el influjo de un sueño. Flotando entre medias de dos mundos y sin poder asirme a la anodina realidad que hasta entonces había sido mi vida cotidiana. Antes de doblar la esquina me asaltó la idea —sin duda basada en noveluchas y películas de misterio que alguna vez habré leido o visto— de que no iba a encontrar nada; de que la chamarilería no iba a estar allí; que me iba a encontrar con un solar, una floristería, otra calle completamente distinta. Pero no ¡qué tontería! Allí estaba. Entre la boca negra del garaje y la fachada repintada con colores chillones de la tienda de moquetas. Su minúsculo escaparate seguía ofreciendo los polvorientos cachivaches del otro día donde se mezclaban —en una impúdica exhibición de abandono y desamparo— un lavabo notoriamente rajado y un calentador estropeado de tuberías calcificadas junto con las mesillas y el cabecero de alguien que consumió cientos de noches de insomnio entre ellos; que alguna vez dejó en su estrecha superficie, pañuelos, medicinas, despertadores, libros de lecturas inacabadas con líneas que bailotean somnolientas, condones, vasos de agua que a la mañana siguiente aparecieron medio bebidos, con su líquido templado de noche, reuniendo burbujas de aire pegadas a sus paredes como pompas de sueño que no han llegado a explotar. Mesillas con cajones que huelen a pomada, a linimento y que han oído llorar, roncar, gemir de placer, o los gorjeos infantiles de los niños cuando vienen corriendo riendo a la cama a jugar un rato los domingos por la mañana. Mesillas muertas de muerto esperando otra oportunidad de resucitar, de robar, de chupar vampíricamente y absorber otras vidas y otros recuerdos y otras ilusiones…
Empujé la puerta esperando oír el campanillazo pero esta vez no cedió. Sorprendido, retrocedí un paso y busqué con la vista algún cartel, alguna indicación de horario, o motivo del cierre, algún timbre al que pegar los dedos en protesta por haberme cortado el paso, por pararme en seco, por dejarme tirado en la calle. Empujé más fuerte, esta vez utilizando el peso del cuerpo. Nada. La puerta estaba sólidamente cerrada.
En el garaje no sabían nada. Era un bosque de columnas mordidas en sus filos por parachoques impacientes; oscuros y con las luces apagadas para ahorrar. Lo atendía un inmigrante enfundado en su mono azul y que respondió con desconfianza a todas mis preguntas «¿El señor es de la policía?».
En la tienda de materiales de decoración tuve que esperar media hora a que esa insoportable pareja se decidiera primero por la textura y luego por el color y dibujo del papel pintado para la habitación de Borja y de Nicolás. Necesitaron todo ese tiempo para llegar a la peor elección de todas. Cuando le pregunté, el propietario no lo tenía nada claro. Llevaba poco tiempo en el barrio, pero le parecía que era frecuente el que la tienda pasara largos periodos cerrada . Mejor. Así no tenían que soportar los trastos tirados por la acera que impedían el paso a sus clientes, ni los herrumbrosas camionetas de gitanos descargando en el vado del garaje y todos los coches pitando. El viejo estaría enfermo, o robando por ahí cosas para el infame tienducho mientras desde allí las ratas hacían túneles para llegar a su almacén y roer la moqueta, que tenía más de dos kilometros y medio de moqueta completamente nueva almacenada que a saber lo que iba a pasar con ella ¡dios bendito, para eso pagamos impuestos! y fíjese como está la fachada de la casa...¡completamente abandonada! claro que... la comunidad de vecinos...¡qué se podía esperar! Yo he arreglado mi parte, a mis expensas, naturalmente, y ahora viene el ayuntamiento que no tengo licencia para la marquesina ¿se lo puede creer? ¿El viejo, dice? Quizás se habría muerto de una puñetera vez y se estaba pudriendo en la cocina de su casa —no, no sé donde vive— porque debería de tener más de cien años y eso es lo que tienen que hacer todos los que tienen más de cien años y dejan sus tiendas, llenas de ratas, abandonadas jodiendo a los demás...morirse de una puta vez. Eso es lo que tienen que hacer y perdone la franqueza.
Me llamó Paquita para preguntarme si ya me encontraba bien (no me acordaba de que el viernes había estado "malo”) y si mantenía o cancelaba la cita que yo tenía a la una con el señor Molina, el representante de esa industria farmacéutica… El señor Estébanez había llamado tres veces… y la comercial de la empresa de cartelería digital se había ido bastante cabreada tras esperarme veinte minutos está mañana (¡la cita de las diez, no la recordé!) Había dejado un dosier en mi despacho y volvería a llamar en un par de días…Mañana por la mañana no vendría porque tenía que llevar al mayor al alergólogo... y ¡claro! no la compensaba venir primero a la oficina para luego tener que volver a por el niño a la media hora, así que, que si hacía falta lo recuperaba…
¡Dios, qué estúpido me parecía todo!


XIII.- El Señor Molina.


Cuando llegué al despacho ya me estaba esperando el Sr. Molina, un alto ejecutivo de una joven empresa farmacéutica con planes muy agresivos de introducción en el mercado. Vestía un impecable traje de tonos claros y tenía la cabeza redonda y el pelo ralo. No con entradas o con la coronilla pelada, no, sino débil, ralo; como una pelusilla fina y rizada que no llegaba a ocultar el cráneo. Algo así a como yo me imaginaba que deberían tener el pelo los escrofulosos; nunca vi ninguno, ni sabía muy bien lo que era esa enfermedad, pero me los imaginaba así. Le complementaba una cara redonda y lujuriosa como la de un obispo salido que tapaba con unas gafas de gruesos cristales tras las que escondía unos ojos fríos, de pez. Manos cortas, regordetas, muy cuidadas. De manicura diaria.

Hablaba y hablaba sin parar. Habíamos acordado que tras la entrevista comeríamos juntos en el mejor restaurante de la ciudad. A veces me dejo invitar. Es un buen medio para probar la buena cocina y las mejores bodegas sin coste. O al bajo coste de aguantar al comercial de turno. Al oírle ya dudaba de si en este caso el precio que tendría que pagar no sería excesivo. Le mire a la cara, asintiendo de vez en cuando.

Hablaba y hablaba:

—…Bueno, nosotros estamos certificados desde el 2005 en la Norma de Empresa SGE21 de Gestión Ética y acabamos de pasar la auditoría de renovación con muy buenos resultados. Así mismo nos hemos adherido al Pacto Mundial (The Global Compact) promovido por Naciones Unidas en 1999, para acercar el mundo empresarial a la sociedad en garantizar condiciones de trabajo equitativas, respeto a los Derechos Humanos, protección del Medio Ambiente y por supuesto lucha contra la corrupción — aquí el Sr. Molina puso cara de virtuoso —. Nuestras directrices contemplan tanto la protección de la propiedad intelectual y transferencia tecnológica como el respeto a las comunidades locales y poblaciones indígenas —parpadeó tras las gafas y me miró de nuevo. Hablaba y hablaba —:Naturalmente tenemos que defender nuestros propios intereses. El proceso de desarrollo de un fármaco es muy laborioso y complicado. Se dilata muchísimo en el tiempo. Las inversiones que realizamos en I+D+i y en reservas de patentes son cuantiosísimas sin tener nunca claro el retorno que vamos a obtener. Cuando se han dado todos los pasos y ya se está a punto para comercializar el producto resulta que se ha podido perder la carrera. Como le decía, el proceso de desarrollo de un fármaco puede durar años y somos muchos corriendo en la misma dirección. Aquí, como en todo, gana el que llega antes, el primero.— Hizo una pausa que me pareció muy expresiva, y continuó —Y ahí es donde usted nos puede ayudar.

—¿Yo? No veo cómo —repuse.

—Permitiéndonos usar el atajo. Y permita que me explique: Tras el descubrimiento del potencial fármaco, hay un periodo de desarrollo temprano en el que se realizan las PoC…

—¿Las qué?—interrumpí.

— Perdone. Vivimos en un mundo de siglas: Proof of Concept. Pruebas de resistencia del concepto. En definitiva, ensayos preliminares donde el fármaco se administra por primera vez a seres humanos: un grupo de prueba reducido de pacientes o voluntarios sanos. Entre veinte y ochenta personas. Después, durante el DA, el desarrollo avanzado, se realizan los test definitivos con grupos prueba más numerosos; entre mil y tres mil personas. A veces más, cuantos más mejor.

—Entonces … ¿Qué necesitan ustedes?

—Sabemos que su departamento realiza una encomiable labor en programas de ayuda a los campos de refugiados de Uganda y Ruanda. Sería para nosotros de gran valor que pudiéramos realizar estas pruebas de desarrollo avanzado allí.

—Bueno. Lo podríamos estudiar. Tenemos una comisión que coordina las ayudas. En principio no veo mayor problema en hacerles llegar su interés para que lo analicen.

—Hay un pequeño problema, casi de índole burocrática, en el que usted nos puede resultar de gran ayuda una vez más. Tenemos el tema retenido en determinadas instancias a causa de una serie de lamentables casualidades sucedidas durante las PoC. Perdón las pruebas de resistencia del concepto y la fase I…

—Y ese problema fue… — colgué, impaciente, la pregunta.

El señor Molina parpadeo, a la vez que juntaba sus manos gordezuelas.

— Fallecieron dos personas.


XIV.- Un bonito coche


Camino del restaurante fuimos en el bonito coche de empresa del Sr. Molina. Un Lexus IS-F que unas veces ronroneaba como un gato y otras rugía como una pantera, y con todos los adelantos de conducción y navegación imaginables. Tecnología japonesa de última generación ( la casa matriz de la farmacéutica también era japonesa y tenían buenos acuerdos con ellos, según me comentó) Aunque el trayecto fue breve, dio tiempo para dejar claro que esas llaves que colgaban del contacto podían ser para mí, para siempre, como muestra del agradecimiento de la firma por mi comprensión y colaboración. Molina se reveló como un hombre práctico que exponía los temas de forma precisa y con seguridad. Sin andarse demasiado por las ramas. Aún así durante la comida deje claras mis reservas de que alguien pudiera resultar perjudicado por no ser prudente en el modo de realizar las pruebas con los medicamentos dados los resultados tan disuasorios obtenidos en las PoC No debían correrse riesgos. Molina le quito hierro al asunto. Todo había sido un desafortunado cúmulo de casualidades que no tenían por qué repetirse. Las pruebas se habían realizado con voluntarios de las penitenciarias y no había forma de garantizar que esos malditos yonquis no se estuvieran metiendo cualquier cosa a escondidas. Molina era mucho más flexible. Justificaba plenamente la experimentación en entornos tribales del tercer mundo mucho más fáciles de controlar. Sostenía que ya que afectábamos a el equilibrio de esas zonas sanándoles con otros muchos medicamentos a los que nunca habían tenido acceso, era razonable que las pruebas las hiciéramos con esos colectivos. No le parecía sensato ni equivalente arriesgar a gente de los países avanzados. Civilizados decía él.
Aun así, yo tenía escrúpulos de conciencia.
—¿Cuánto cree que duraría usted a la puerta de un campo de refugiados con ese reloj que lleva en la muñeca?
—¿Quiere decir que cuánto tardarían en robarme el reloj?
—No. Quiero decir que cuánto tardarían en matarle para robarle el reloj. No podemos aplicar los mismos baremos que tenemos aquí; los mismos criterios morales —y me preguntó: «Hasta qué punto está familiarizado con la historia de Ruanda». Le contesté —exagerando un poco —que a duras penas sabía que estaba en África y que estaba llena de negros.
—Es un país que está en una zona privilegiada —los grandes lagos — y de una riqueza extraordinaria. El oro con la mayor concentración del mundo se extrae de allí. Empezó a poblarse cuatro siglos antes de nuestra era por unos pigmeos cazadores –ya sabe esos hombres pequeñitos — conocidos como los twas que se asentaron en los bosques… Bastante después, muchos siglos después, llegaron los hutus que son agricultores y después los tutsis: ganaderos venidos de Uganda. Desde el siglo XVI los tutsis, una minoría elitista, realizan campañas militares contra los hutus acabando con sus príncipes. Para dejar claro su poder les cortaron los cojones (tal y como suena, ya ve que no se andaban con bromas) y los colgaron de adorno en los tambores reales buscando humillar a sus contrincantes y recordarles que eran súbditos de los tutsis. Lo aceptaron (ya ve cual era la alternativa) y así se apañaban. El 85% de la población que era hutu rendía vasallaje y era gobernada por la minoría tutsi. El lio se organizó, como puede imaginar, con los sucesivos países coloniales que desequilibraron el balance de fuerzas. Los prusianos primero y tras la Gran Guerra, los belgas. Los belgas primero reforzarón el clasismo tutsi y cuando se les volvió en contra apoyaron a la mayoría hutu que a mitad del siglo XX reclamaba la independencia dentro del imparable proceso descolonizador africano. En fin no quiero aburrirle, pero desde 1960 se han estado dando de leches manipulados por las potencias imperialistas y matándose a machetazos. Por ejemplo, en esa fecha de revoluciones independentistas, en los años sesenta, los hutus quemaron propiedades tutsis. Claro que estos se vengaron matando a sesenta y un hutus
—Qué horror —dije sin mucho convencimiento.
—¿Le parecen demasiados? —Preguntó Molina, y prosiguió —Los dos años siguientes fueron de venganzas hutus que estaban cada vez más envalentonados: Alrededor de veinte mil tutsis murieron asesinados y ciento cincuenta mil fueron al exilio.
—¡Qué horror! —repetí, esta vez más convencido.
—Interesante ¿verdad? En el 1961 Ruanda consigue la independencia liderada por la etnia hutu; los tutsis que han perdido el poder, se organizan en los países limítrofes y lanzan diversos ataques contra el gobierno ruandés, sin mucho éxito. Con lo cual, ya que no podían dentro, organizaron las terribles matanzas de 1972 en el vecino Burundi donde tenían mucho más margen de maniobra.
—No me diga que murieron otra vez decenas de miles de personas.
—No. Esta vez no.
—Menos mal —repuse.
—Esta vez fueron centenares de miles. Trescientos cincuenta mil hutus asesinados por las milicias tutsis.
Me quede con la boca abierta con el tenedor cargado de solomillo que parecía no encontrar el camino
—¡No puede ser!
—Se lo aseguro. En menos de un año el descontento provocó el golpe de Estado del general Habyarimana, de origen hutu. A pesar de no ser una solución democrática (quizás por eso) el general, al que apoyaba Francia, no lo hizo nada mal; en realidad demasiado bien para el gusto de las potencias con intereses en la zona. Hubo que tirar los precios del café para hundir la economía del país. Ya sabe, el colonialismo desestructuraba las economías de los países haciéndoles muy dependientes de un solo producto y fáciles de desestabilizar. Ruanda perdió el 40% de sus ingresos y una gran hambruna se abatió sobre ellos. El país se enfrentó a la peor crisis alimentaria de los últimos 50 años, infinidad de gente murió de hambre; aumentó el gasto militar y se abandonaron los servicios públicos y los logros sociales. Total el caldo de cultivo ideal para que, en octubre de 1990, el Frente Patriótico Ruandés compuesto por exiliados tutsis se infiltrara en el país y con el apoyo del ejército ugandés invade Ruanda. En 1993 los dos países firman un acuerdo de paz y se crea un gobierno de transición compuesto por hutus y tutsis.
—Vaya parece que por fin se arregla.
—No lo crea, en 1994, antes de ayer como quien dice, —¿cuántos años tendría usted?—en todos los estamentos se planea cuidadosamente otro genocidio. Unas milicias hutus de treinta mil hombres son entrenadas y equipadas por el ejército ruandés en un secreto a voces. Todas las potencias imperialistas mueven sus fichas en la zona. Los Estados Unidos que pretenden controlar la zona desde Uganda; los franceses, belgas y alemanes, que lo intentan desde Ruanda. Pululaban docenas de consejeros, espías, mercenarios y traficantes de armas. Todos interfiriendo las simbólicas acciones pacificadoras de la ONU. El genocidio se financió con el dinero sacado de programas de ayuda internacionales cedidos por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional bajo lo que denominaron con terrible ironía un Programa de Ajuste Estructural. Se estima que se gastaron 134 millones de dólares en la preparación. La matanza se puso en marcha perfectamente orquestada. El objetivo, acabar de una vez por todas con los tutsis. Probablemente, nunca se sabrá cuántos muertos provocó. Los lagos se tiñeron materialmente, no en sentido figurado, de sangre. Se cubrieron de cadáveres flotando y las aguas se corrompieron.
Me quedé mirando el sangriento corte del solomillo. Había perdido todo el apetito. Molina continuó hablando con total frialdad, como si diera cifras de la memoria económica de su empresa.
—Los muertos se calculan entre medio millón y un millón. No hay forma de saberlo con exactitud. Suponiendo que fueran ochocientos cincuenta mil representarían al once por ciento de la población total. Cuatro de cada cinco tutsis que vivían en el país murieron. Seis veces la bomba atómica de Hiroshima. Todas las mujeres tutsis fueron violadas sistemáticamente dentro de un programa de limpieza étnica. Ya sabe, los propios tutsis las matan si se quedan preñadas de un hutu. Haciendo un cálculo, muy por encima, unas sesenta y cuatro mil toneladas de carne humana machacada tirada por los campos o flotando en el agua — .Molina se quitó las gafas y las limpió con la servilleta, como si de hacer tanto ejercicio las hubiera empañado.
—¿Si del grupo de prueba fallecieran un par de enfermos, cosa que no va a suceder, usted que sentiría más, que fueran hutus o tutsis? —me preguntó mirándome con sus ojos de pez.
 


XV.- Un auténtico cerdo


Comprendía el dilema que me planteaba Molina. ¿Que significaban dos muertos, dos personas ya enfermas y quizás desahuciadas, en medio de esas cifras. De esa espantosa y salvaje mortandad. Mis consideraciones éticas parecían ridículos tiquismiquis de niño bonito de un país civilizado que había estado mirando para otro lado mientras toda esta salvajada ocurría. ¿Por qué mirar ahora? Por qué no aprovechar la oportunidad y disfrutar de las ventajas que podía proporcionarme esta propuesta que me hacían ¿Por no asumir el riesgo de que murieran un par de embrutecidos negros, intentando —además—curarles de una enfermedad? ¡Pero si se estaban matando entre ellos por centenares de miles a la menor oportunidad! Después de reflexionar brevemente, le respondí:
—. ¿Un tutsi y un hutu? Uno de cada etnia.
—Sabia elección —Sonrió, captando la ironía —Si algo fuera mal, seguramente, bastaría con que los pusiéramos juntos en la misma habitación del hospital… Se matarían entre ellos y quedaríamos exonerados de toda responsabilidad.
En la sobremesa Molina se reveló como un metahedónico avanzado, un autentico “cerdo”. Hizo una defensa a ultranza —seguramente sin conocerlas— de las tesis de Pausanias. «¿Por qué no disfrutar? ¿Por qué no aprovechar lo bueno que nos puede llegar a ofrecer la vida en el momento que se nos presenta? ¿Quién sabe si va a vivir un minuto más? ¿Por qué frenarse con estúpidas barreras morales inventadas por otros y defendidas por los débiles para así garantizarse un espurio, mínimo y pacato disfrute? ¿El bien común? ¿Qué era eso? No somos comunes, no somos iguales. Cada uno es de su padre y de su madre.
—Mire este vino —alzó la copa —. Todos sus delicados aromas, el recuerdo del varietal, los matices que ha aportado el envejecimiento en la barrica, los radicales del terreno donde creció, la antigüedad de la cepa, la intensidad de los rayos de sol que maduraron la uva, el exquisito gusto del enólogo que supo detener la fermentación en el momento justo, el conservar las botellas con mimo en el silencio reposado, inmutable, de la bodega…todo está ahí —hizo una pausa reflexiva y continuó —: pero no está para todos. Sólo para el que sepa apreciarlo en una fina copa de cristal donde el vino después de respirar a la temperatura adecuada libere todo su potencial organoléptico —.Se detuvo y tomó un buen trago, cerrando los ojos
« ¿A dónde quería llegar?», me preguntaba, mientras le veía paladear con delectación. Molina se había ido; había abandonado, en esencia, el comedor del restaurante. Aunque seguía sentado ante mí, en realidad estaba en otro lugar, perdido para todos, arrastrado a otro mundo de experiencias sensoriales. Quizás dejándose acariciar un momento por el calor de aquel sol que granó la uva. Tuve envidia de él, de su capacidad de sentir, de apreciar el momento con tal intensidad: Era algo que, sin saber cómo, intuía al ver su cara: por la forma de las aletas de la nariz algo aguileña, por los labios llenos y sensibles, por el hundimiento que adoptaron sus mejillas de obispo al sorber con ligera avidez el líquido y por la distensión de su frente cerúlea. Después de tres segundos, que me parecieron eternos, volvió, y abrió sus ojos de pez para mirarme. Esta vez chispearon con un desprecio e ironía que parecían abarcar a la humanidad entera.
—Llevé dos botellas como esta a casa de mis suegros la pasada Navidad. Mi suegra lo metió a refrescar en la nevera y mi suegro insistió en endulzarlo con gaseosa. «Para no ponerse piripi», dijo. Fíjese: “piripi”.


XVI.- Los Acantos


Después de la comida y para celebrar nuestro entendimiento Molina me propuso ir a “dormir la siesta” a Los Acantos. Tuve que reconocer que no sabía de lo que me hablaba. Los Acantos resultó ser un bonito y discreto chalet en lo alto de una colina en las afueras. Nos recibió Lola, una mujer en la cuarentena, alta y vistosa con un aire pijo de antigua modelo o diseñadora de joyas. Vestía un pantalón negro que hacía todavía más estilizada su figura y una camisa del mismo color abierta de una forma estudiadamente descuidada que mostraba buena parte de sus senos. Todo su cuerpo parecía bronceado a conciencia, como si pasara largas horas al sol o en la cabina de rayos uva. Sonreía agradablemente mostrando una dentadura algo imperfecta pero que le aportaba un chispa de naturalidad y simpatía. Nos acomodamos en uno de los salones y un trajeado criado o camarero o vaya usted a saber lo que era, con unas espaldas que parecían reventar la bien cortada chaqueta, nos trajo una bandeja con las bebidas. El salón comunicaba con una zona de jardín con piscina que en esos momentos estaba desierta. Lola tenía una charla fluida que manejaba con confianza con Molina y hacía alusión a anécdotas pasadas; algo muy divertido que pasó la última vez que estuvo con esos dos señores japoneses, unos directivos de la farmacéutica.
Se interesó por mí pero de una forma muy discreta sin hacer alusión a nada personal para que yo no me viera obligado a tener que dar información de mi situación familiar o actividad profesional si no quería. Al final me dijo:
—Bueno Molina ya conoce la casa. Pero quizás a ti te guste echar un vistazo antes a nuestras muñecas —y me aproximó el álbum que ya había observado encima de la mesa —. Como verás hay muchas caras conocidas. Modelos o presentadoras de televisión. No digo que lo sean todas. Naturalmente la mayoría no están ahora aquí pero podemos concertar una cita para cenar si os interesa e incluso probar a ver si se pueden acercar mientras os tomáis otra copa. ¿Por qué no? A veces hay suerte.
Ojeé el book distraídamente. Alguna caras me sonaban vagamente como de azafatas o bailarinas de algún programa de la televisión autonómica.
—Si quieres algo “más especial” puedes mirar aquí —Lola lanzó el humo del cigarrillo al techo elegantemente, y me aproximó un cuaderno mucho más delgado mientras me miraba.
Las fotos eran bastante artísticas. Hechas con buen gusto. De chicas completamente desnudas en posturas que resultaban inocentes a la vez que sexis. Algunas ocultaban el rostro. Difícilmente llegarían a los dieciocho años. También había alguna cosa rara, como anoréxicas o alguna que claramente estaba pasada de peso y otra un poco andrógina.
El corazón me dio un salto cuando vi la foto de aquella chica sentada en el borde de la bañera afeitándose el pubis ¿Era Marta? La cara quedaba oculta intencionadamente por el pelo. El cuerpo era como el de Marta. Vamos, como yo me imaginaba que era el de Marta. Se parecía. Pero el pelo...el pelo era el suyo; estaba casi seguro. Esa larga cabellera ligerísimamente ondulada no podía ser nada más que la de Marta.
—Esta chica —pregunté —¿cómo se llama?.
— Ah. Te gusta Yvette. Desde luego es una delicia. Y una fiera. No te fíes de ese aspecto de mosquita muerta. Ja, ja, ja. Seguramente lo podemos arreglar para ahora mismo. Veinticinco minutos…¡como la paella! — se rió Lola, y continuó dirigiéndose a Molina —A ti te está esperando Cristine. Como ya avisaste…
Cuando Lola salió. Molina sacó un sobrecito del bolsillo y soltó una pequeña montañita de un polvo blanco ligeramente escamoso y rosado en una bandeja de plata que estaba encima de la mesa.
—Boliviana. La mejor —dijo mientras deshacía los grumos con una tarjeta de crédito y agrupaba el polvo en cuatro finas rayas.
Me di cuenta que por los nombres no iba a sacar nada en claro. ¿Sería posible que fuera Marta? Desde hacía cinco días me encontraba metido en un torbellino en el que todo parecía poder ocurrir. Encontrar el cartulario primero en la inopinada tienda con todos los avatares de la entrega; descubrir el palimpsesto; la charla con Miguel Gorbea que abrió mi mente a teorías que chocaban frontalmente con todos los valores éticos que había manejado hasta el momento, el descubrir mi vergonzosa pasión por Marta, y tener que aceptar que me atraían sexualmente las jovencitas inmaduras, casi niñas, algo que siempre había rechazado como un crimen. La tienda inopinadamente cerrada que frustraba mis planes inmediatos de adquirir legalmente el manuscrito y la oportunidad de tener dinero por fin que me brindaba el palimpsesto. Por otro lado ahí estaba de repente a mi alcance un buen coche como el que manejaba Molina…El darme cuenta de mis estúpidos recelos morales y ser consciente de que por cuestionar un simple experimento de bajo riesgo renuncio a obtener algún beneficio directo. Mientras que por otro lado, no solamente yo ¡todo mi país! ¡todo el mundo rico! nos estamos comportando de un modo totalmente hipócrita y con un doble rasero cuando se trata del tercer mundo y permitimos no ya dos muertos sino masacres inimaginables, hambres, sufrimiento sin límite mientras nosotros cambiamos los muebles del salón, llevamos al sicólogo a nuestras mascotas o nos vamos de crucero en el verano.
El mundo que conocía se derrumbaba a mi alrededor y surgía otro donde cada uno iba a lo suyo, modelos que se vendían, adolescentes que se prostituían cuando salían del colegio y antes de ir a casa a hacer los deberes, empresarios dispuestos a todo para ganar la carrera que posicionara su producto como el primero en el mercado…
Al poco volvió Lola. Me había parecido oírla hablar fuerte, quizás discutir con el matón en alguna parte de la casa. Se sentó a mi lado en el sofá y cruzó elegantemente las piernas
«¡Ay amor! Yvette no va a poder ser. Pero fíjate en Olga, esta chica húngara» y me señalaba la foto de una preciosidad de ojos grises que simulaba jugar con un osito, «estaría aquí en menos de media hora» me aseguró.



XVII.- Un trasto peligroso


Aspiré la coca con un tubito que me ofreció Molina. Aunque no suelo tomarla, no era la primera vez que la probaba: allá en los ardores de mi lejana primera separación tuve una época en la que me metía algunas rayas entre güisqui y güisqui con la gente “guapa” con la que salía por la noche. Nunca noté nada especial, más allá de cierta capacidad de poder estar un montón de horas saltando de un garito a otro y rematar la noche en alguna cama desconocida. Siempre he supuesto que esa resistencia y capacidad de recuperación que me posibilitaba hacer un papel relativamente aceptable en el trabajo tras una ducha y un par de horas de sueño era imputable más al vigor de mi juventud que a cualquier otra cosa. También creo que me ayudaba la recarga de batería que hacía al dormir, en plan vampiro, todas las horas de luz que pudiera tener un fin de semana.
Pero aquel polvo ligerísimamente rosado era otra cosa. Esta vez sentí como una llamarada que, surgiendo no sé de donde, iba quemando las telarañas con las que hasta entonces había estado cubierto mi cerebro. Una visión, clara, nítida, de la situación se aposentó en mi mente a la vez que percibía toda la fuerza que yo tenía para manejarla. El mundo estaba ahí para mí, a mi disposición, todo lleno de posibilidades, ofreciéndoseme. Toda mi vida anterior, con sus miedos, sus recelos, sus dudas, ahora me parecía ridícula. Se me hizo evidente que yo era un pájaro que nunca me había atrevido a volar. Me había pasado toda la vida aleteando torpón encerrado, esperado a que me trajeran un poco de alpiste y se dignaran limpiar la jaula donde se amontonaban mis propios excrementos. Saltaba de un palo al otro y al hacerlo abría las alas una fracción de segundo. Y pensaba que volaba.
Sentía un deseo intenso de moverme. El asiento del sofá parecía empujarme el culo hacia fuera. Sed. Tenía sed. Apuré el güisqui y de un salto me levanté y salí al jardín. Molina levantó la cabeza y clavó en mí sus ojos de besugo, pero no se movió del asiento. Caminé eufórico por el borde de la piscina, el agua lanzaba destellos reflejando ocasionalmente los rayos del sol. Aunque hacía frio como para que apeteciera un baño, sí que resultaba muy agradable estar ahí afuera. La sensación del aire en la cara era completamente sensual. Quise sentarme pero las tumbonas estaban sin las colchonetas. Abrí un pequeño cobertizo que estaba al lado de dos duchas suponiendo que allí guardarían el material de la piscina. Estaba entrando cuando me alcanzó el de las espaldas cuadradas. Se interpuso bruscamente y me asió de un brazo con fuerza. La voz le temblaba intentando disimular el jadeo de la carrera que se había dado cuando me dijo con voz de pocos amigos: «Perdón señor esta zona es privada» mientras cerraba la puerta. Luego respiró profundamente y añadió recuperando la cortesía. «No vaya a tropezar y hacerse daño. No hay luz y está lleno de trastos por el suelo. Ya tuvimos un problema el mes pasado».
La verdad es que aunque no me gusta que me zarandeen, normalmente soy apocado y en situaciones similares me habría retirado sin decir nada. No sé si fue la coca pero esta vez respondí:
—¿Cómo se atreve a sujetarme? —y le lancé un puñetazo a esa fea jeta cuadrada que tenía.
Cazó mi puño en pleno vuelo como si fuera una simple mosca de verano. A todo esto ya había salido Molina y detrás venía Lola presurosa. Su suelto pecho se bamboleaba de una forma muy sugerente dentro de la camisa negra y su gesto de preocupación le daba un aire atractivo que no había sido capaz de apreciar antes.
El gorila se esfumó, y entre los dos me llevaron para adentro. Molina me miraba divertido con su cara de obispo que parecía estar disfrutando del espectáculo que yo estaba dando y Lola se deshacía en disculpas. «Que cuanto lo sentía. Que despediría a ese impertinente sin modales. Pero que era verdad... que entendiera...que ya habían tenido un disgusto... que ese cobertizo con los aperos de jardinería estaba lleno de trastos peligrosos…»
Yo escuchaba sus excusas en silencio mientras me dejaba conducir otra vez al interior de la casa y me preguntaba hasta que punto era un trasto peligroso ese cuerpo envuelto en una manta que yo había llegado a vislumbrar en la penumbra. Y, si de verdad era peligroso, ¿para quién lo era?.


XVIII.- Olga

Lola había venido a buscarnos para decirnos que las chicas ya estaban aquí. Molina se fue hacia uno de los pequeños bungalós que se abrían al jardín y Lola me acompañó al piso de arriba. Cada vez me sentía más atraído por esta mujer: Su trasero que se balanceaba ante mis ojos según subía la escalera... la forma de volverse obsequiosa... la preocupación que no conseguía ocultar en su rostro y que ponía una nube pequeñita en su ceño…Cuando llegamos al rellano del primer piso, yo ya tenía una erección considerable y un deseo irracional y desbordado de estrecharla en mis brazos. La abracé a la vez que la empujaba con todo mi cuerpo contra la pared. La sujeté fuertemente con la mano derecha en el hombro y con la izquierda por la cintura. Se puso rígida e inició un gesto de rechazo apoyando las palmas de sus manos en mi pecho. Sólo unos breves segundos. Luego se relajó, acarició mi espalda y mi nuca y su lengua y sus labios respondieron a las acometidas de los míos y dejó que nuestros cuerpos se amoldaran. Cerró los ojos. Un tibio calor ascendía desde su camisa abierta y se repartía por mis cuello y cara. Deslicé mi mano por dentro de la cintura del pantalón y palpé esas nalgas que así me habían encendido al subir la escalera. Sujetándola fuerte por uno de los cachetes la apreté, restregándome, ondulando las caderas, contra mi pene inflamado que parecía haber cobrado vida propia. Como si fuera un guerrero, un toro envuelto en la muleta, una serpiente, un animal salvaje, una comadreja asesina…pujaba contra la tela del pantalón. Sólo quería salir. Salir y matar, golpear, penetrar, rasgar, horadar, quemar y saquear. Clavarse victorioso, como un estandarte en tierra extraña y decir orgulloso «ya eres mía»…
Con un quiebro suave, sin violencia, Lola se zafó de mi abrazo, sonriendo:
—¡Eres un cielo! —me dijo, y continuó, mientras abría la puerta de la habitación ante la que estábamos—:Guarda tus fuerzas para Olga. Te juro que las vas a necesitar. Luego vendré para asegurarme de que todo está a tu entera satisfacción — y me dio un breve beso, casi ingenuo, como los que se dan las parejas que llevan siete años de noviazgo al despedirse en el portal, seguros de que se van a ver mañana con todos sus sentimientos intactos.
¿Significaba eso que iba a volver para meterse en la cama conmigo, mas tarde? ¿Quizás con Olga, también?
Olga me esperaba sentada sobre la cama, completamente vestida de calle de lo más normal. Un niqui verde pistacho listado de amplio cuello, con mangas hasta los codos y unos pantalones vaqueros de un azul claro. Calzaba unas bambas blancas. Unas gafas oscuras en la cabeza a modo de diadema y un gran bolso a su lado, cerrado, con dibujos grises. Delgada, con largas piernas, brazos y manos desprovistas de bisutería. Sólo unos discretos pendientes que de vez en cuando se entreveían cuando sacudía la cabeza. Permanecía sentada, con las piernas juntas, modosa y expectante como si fuera a una entrevista de trabajo.
Me gustó Olga. Ese aire juvenil, despreocupado, limpio. Totalmente ajeno a la vulgaridad que se supone sexy de la lencería con encajes o de colores chillones; la pintura exagerada de ojos, uñas y labios; o las actitudes provocativas. Parecía como si hubiera venido deprisa y corriendo de la academia o de la oficina donde trabajaba de administrativa. Quizás había dejado la boutique a cargo de una compañera, o a su madre acabando de secar los cacharros de la comida en la cocina.
Nunca antes había estado con prostitutas. Tenía vagas convicciones sobre lo inmoral de comerciar con el cuerpo y, además, la certeza de no precisarlas. Siempre se me habían dado bien las mujeres. Bastaba con que una se me metiera entre ceja y ceja para que, después de un más o menos breve cerco, acabara cayendo.
Realmente ahora me cuestionaba si esta acción de seducirlas no era todavía más inmoral que el hecho de simplemente pagarlas por un trabajo. Un trabajo que aunque las hiciera entregar el cuerpo por lo menos preservaba intacto su corazón.
Olga permanecía sentada en la cama y yo la observaba de pie, desde el centro de la habitación.
—¿Qué quieres que haga? —me preguntó.
—Desnúdate — ordené.
Siempre me ha encantado ver desnudarse a las mujeres. Cómo lo hacen... Si se vuelven o no… Por cual prenda empiezan… Si se sacuden el pelo…
Olga lo hizo de maravilla. En pie, se paró junto a los pies de la cama y, con un buen sentido del ritmo, se fue desnudando, ni deprisa ni despacio; sin ningún gesto insinuante; como si estuviera en la consulta del médico. Se descalzó sin emplear las manos, y, con magnífico sentido del equilibrio, se sacó los pantalones —primero una pierna, luego la otra— que dobló cuidadosamente y dejó en una silla. Se bajó las bragas —bonitas; blancas; sencillas— y las depositó encima. Aun así, su vientre permaneció oculto durante una buena docena de segundos por el largo niqui que le llegaba casi hasta medio muslo. Me miro evaluando la sensación que me provocaba. Finalmente se sacó el niqui por la cabeza y, recuperando las gafas que se le habían descolocado al hacerlo, lo sacudió, lo dobló en dos y lo dejó sobre los pantalones y bragas. Hecho esto, sólo quedaba el sujetador... Dirigió las manos a la espalda y ahuecó el pecho echando los hombros ligeramente hacia delante. Lo extrajo con seguridad y lo puso junto al resto de la ropa.
…Y así, por fin, se me mostró decididamente desnuda: Sus largos miembros, los pechos pequeños y firmes, el pubis rasurado. Tenía un pequeño diablillo sentado sobre una rosa, tatuado con tintas azules verdes y rojas, en la parte derecha de un vientre firme y liso. El pelo largo, que caía sobre las pronunciadas clavículas, le enmarcaba la cara y resaltaba, aún más, sus ojos claros de un gris azulado, como un cielo de abril en una tarde lluviosa. Se parecía a la Marta de mis sueños, de mi sueño, enormemente, turbadoramente. Me preguntó si podía ir al baño. Cuando volvió yo también estaba desnudo. Avanzó hacía mí y me mordisqueó ligeramente, jugando, los pelos del pecho.
Las cosas que sabía hacer esta chica, de apenas veinte años, eran increíbles. La oportunidad de los movimientos y lo que sugería con ellos y te invitaba a hacer. La alegría con la que se movía, el registro de su voz poniendo el acento justo en el momento adecuado. La atención al contacto en cualquier postura, mucho más allá de lo puramente genital: sus manos de largos dedos siempre te recordaban que estaba allí, tocando un muslo, acariciando un tobillo, la cabeza; lo que tuviera a su alcance. Sus ojos en los que era una delicia perderse. Ojos de persona, de amigo. Siempre atentos: jamás perdían la atención y se iban a otra parte. Estaban siempre allí, conmigo.
El placer era tan intenso que resultaba inaguantable; doloroso. Crecía y crecía de una forma tan atroz que al final se volvió insostenible. Me cortaba la respiración, detenía mi corazón. Tuve la certeza de que no podría vivir un minuto más de esa sensación sin morirme; y por eso, el orgasmo me llegó pronto. Como una liberación. Con un rugido que pareció brotar del fondo más profundo de mi ser animal. Ahí estaba esa sensación estallando en mi cabeza: El cielo, el paraíso; la vuelta a un mundo que nunca debimos abandonar; el retorno al origen; el éxtasis donde anularse, dejar de ser, pensar, recordar, temer, dudar…
Acabamos tirados boca arriba en la cama, el uno al lado del otro sudando y sin respiración. Por la ventana me llegaba un rumor, como un largo y pronunciado estertor o un gemido in crescendo. Y, repentinamente: la risa. Una risa loca, estentórea, inagotable, eterna, que se sobreponía sobre cualquier otra cosa y que sólo podía ser de Molina… nuestro Borgia farmacéutico amoral. Papa del placer, príncipe de los sentidos, obispo de la satisfacción inmediata, capellán de la lujuria, metahedónico de pro. Un "cerdo" auténtico que ahora berreaba como si le arrastraran clavado en un garfio camino de la matanza, o se estuviera él solo muriendo de gusto.
Cuando recobré el habla y se calmaron los latidos de mi corazón, quise indagar un poco sobre el tema que me inquietaba desde que había visto las fotos abajo, en el salón. Le pregunté a Olga si conocía a Marta. Nada. No le sonaba.
—«Sí. Una chica parecida a ella... más joven... que salía en el book afeitándose el pubis…» —expliqué
—¿El qué? —preguntó.
—El coño —.Estaba claro que “pubis” no era una palabra que estuviera en su vocabulario de español. Nada escaso, por cierto, para nombrar partes del cuerpo.
—Ah. ¡Yvette!. Sí. La he visto un par de veces. Es muy simpática aunque creo que le gustan las cosas raras… ¿Tú quieres eso?
Teniendo en cuenta todo lo que habíamos hecho, me daba miedo imaginarme lo que Olga podía considerar “raro”…
Cuando iba a preguntárselo, golpearon delicadamente en la puerta.


XIX.- En la tela de la araña


Lola abrió discretamente la puerta. No sé por qué, quizás siguiendo un reflejo, me tapé con la sábana. Entró y le hizo un gesto seco e imperioso a Olga que sin decir palabra recogió su ropa de la silla, la pegó contra su pecho con una mano, sujeto los zapatos con la otra, y salió desnuda al pasillo sin volverse. Vi su lindo culo en el hueco de la puerta que se cerró tras ella. Me sentía incómodo con la situación. Yo desnudo y en la cama, y Lola, en medio de la habitación, vestida y como indecisa.
Todo había cambiado. La pasión que sentí al subir la escalera tras ella y que me había llevado a abrazarla se había esfumado. La euforia y la sensación de poder se habían ido transformando primero en laxitud mientras miraba al techo tras el encuentro con Olga, y después, en algo parecido a un hueco. Algo que no llegaba a ser malestar pero si un deseo de volver a estar como antes: por encima del mundo. Por fin Lola se sentó en el borde de la cama y buscó mis labios a la vez que posaba la mano en mi entrepierna por encima de la sábana en una caricia tranquila, estática —como a la expectativa— recogiendo en el hueco de su mano mi sexo. En menos de un minuto se dió cuenta de mi falta de entusiasmo. Se rió intentando disimular (mal) un gesto de fastidio al verme tan poco interesado. Me pareció como si la ofendiera.
—Ja, ja, ja ¡Hay que ver esta Olga! Ya te dije que era una fiera. Te ha dejado completamente planchado —dijo, mientras apartaba la mano y se ponía en pie.
—Necesito otro tiro ¿No tendrás coca? —pregunté. Recordaba el sobrecito que había exhibido Molina pero no me parecía posible ir a buscarlo por donde quiera que estuviese —si es que estaba todavía— para pedirle algo de esos polvitos mágicos.
—Venga. Vístete y vente conmigo — dijo Lola. Y me alargó los pantalones.
Subimos al segundo piso: una planta mucho más pequeña y menos lujosa que las otras y que parecía estar dedicada a dar servicio al resto de la casa. Todas las puertas estaban cerradas. Lola abrió la del fondo y entramos a una especie de despacho con dos ordenadores sobre una mesa, archivadores y material de oficina. Una pequeña impresora multifunción que supuse que también hacía las veces de fotocopiadora, escáner y fax. En un rincón una caja de caudales de tamaño mediano y un diminuto mueble bar.
Abrió un cajón y extrajo una bolsita de plástico, un espejo, una cuchilla y un popote de plata mejicano decorado con una serpiente. La bolsita era idéntica a la de Molina.
Desde que salimos de la habitación de abajo, toda la conversación volvía de forma recurrente al incidente de la piscina. Empezó a quedarme claro que ese interés que Lola se tomaba conmigo tenía más que ver con su deseo de averiguar hasta que punto yo había visto algo en el cobertizo que con todos mis abundantes encantos personales.
Me sentí paranoico. Meterme un tiro en esa situación era lo que menos me apetecía del mundo. Dependía de mi habilidad el salir de allí sin problemas o acabar haciendo compañía al bulto que había visto tirado en el suelo. Comenzó a darme la neura de que nadie sabía que yo estaba allí. Excepto Molina claro. Pero, ¿qué sabía yo de Molina, a parte de su contagioso desprecio por la vida humana? ¿Por qué la bolsa de coca de Lola y la de Molina eran iguales? ¿Estaba en un cepo? ¿En la red de una tela de araña? Veía a Lola emplear eficientemente dos de sus ocho patas en deshacer los grumos del polvo con la cuchilla dando golpecitos sobre el espejo. Mientras... me sonreía con sus colmillos ligeramente torcidos que antes me parecieron tan graciosos y que ahora me recordaban terriblemente a los palpos maxilares de una araña.



XX.- Una vieja deuda


Cuando escribo de lo que sucedió en aquellos días en los que me hice con el Cartulario me doy cuenta de que proporciono el máximo de detalles. Van saliendo de mí, páginas y páginas llenas de palabras como si fueran los anillos cargados de huevos de una tenia que me corroyera por dentro. Quisiera que ustedes entendieran todo lo que pasó por mi cabeza. Cómo se fraguó todo. Que me comprendieran. Y es por eso por lo que me pierdo en los detalles más nimios; lo cuento todo porque me resulta imposible separar lo fundamental de lo que no tiene importancia. ¿Cuál de estas pequeñas cosas se disparó, mutó y me hizo cambiar? No lo sé. Yo era un hombre normal. Se lo aseguro. Estoy totalmente convencido. Normal, ¡como cualquiera de ustedes! De hecho con principios más sólidos y creencias más solidarias que la mayoría de la gente. Me pregunto si es que puede un hombre cambiar de esta manera sólo por que se envenene de una idea; de un concepto, de una duda. ¿O es que todos llevamos dentro, dormida —y no queremos despertarla— a esta fuerza aterradora? ¿Está nuestro deseo real, sin tapujos, reprimido al nivel más profundo del inconsciente? ¿Es nuestro deseo un monstruo de cuyo sueño depende la pervivencia de la especie, la posibilidad de vivir en común, de amar sin egoísmos, de ser felices sin autodestruirnos?
Al final, como quizás hayan adivinado, acabé envuelto en esa trama de la que no supe escapar. Una telaraña que me atrapó con sus gratificaciones inmediatas. Avancé en el mundo de las drogas sintéticas buscando, cada vez más, la sensación más placentera, el éxtasis más inmediato, más perentorio. Éxtasis que a la postre siempre se mostraba evasivo, momentáneo, inasible, entendido como algo que se me escapaba constantemente. Cada vez me resultaba más difícil lograr y mantener ese nivel en el que quería vivir permanentemente. No sé si Pausanias y sus adeptos tenían a su disposición estímulos tan poderosos como los míos, al lado de los cuales los placeres habituales quedan reducidos a la categoría de simples sensaciones agradables. Creo que no. Pero lo cierto es que su credo del “disfruta ahora y no te cuestiones el después” encajaba perfectamente en lo que yo estaba experimentando. Y el que me encontrara dispuesto a rebasar cualquier barrera con tal de conseguirlo, también. Ya no quería experimentar la sensación, sino que necesitaba la sensación. El placer que obtenía se derivaba, se intensificaba, por el mero hecho de obtenerlo; de dejar de sufrir por su carencia.
Las drogas me las facilitaba Molina y cada vez eran mayores los favores que tenía que hacer para pagarle. Estaba realmente en sus manos. Con esto no quiero disculparme. Todo lo que hice, en realidad, quise hacerlo; y me buscaba las vueltas para auto justificarme en cada caso. Tras el experimento con ese peligroso medicamento que me propuso al principio de nuestra relación — y que era sólo la punta del iceberg—, enseguida comprobamos que los campos de refugiados eran una auténtica mina, tan rica como la más productiva del mejor oro puro nativo ruandés. Tráfico de órganos y venta de niños son sólo algunas de las horribles vilezas en las que me vi enfangado. Cuando decides mirar para el otro lado ya no ves nada. No hay un gradiente de valores. Todo es posible. Todo es viable si es rentable.
Molina, con su tapadera de la industria farmacéutica, también proporcionaba el material para mantener a esas pobres chicas como esclavas sexuales, lo que resultaba ser otro pingüe negocio a otro nivel. Las chicas eran captadas en discotecas, en los cursos superiores de institutos y colegios, a través de las redes sociales de internet, en gimnasios… Se las iba enredando y chantajeando usualmente con temas de sexo y pornografía. Algunas eran inicialmente violadas usando Rohypnol o Ketamina y grabadas en videos caseros que se amenazaba con distribuir en su entorno social. Siempre se intentaba provocar su adicción y una vez enganchadas era fácil que colaboraran como corderitos. Los Acantos estaba especializado en proporcionar sensaciones fuertes a sus clientes y en sus instalaciones se daba satisfacción a las mayores aberraciones sexuales que he llegado a conocer. Las vejaciones que podían llegar a sufrir esas pobres adolescentes eran inconcebibles.
La muerte de Marta a manos de un sádico que gustaba de experimentar con sensaciones de asfixia no fue el único accidente ocurrido mientras yo fui un visitante asiduo de la casa. El cadáver apareció desnudo y en descomposición veintidós días después en una alcantarilla a cielo abierto de un barrio de la periferia. Aquel bello cuerpo de mariposa evidente que soñé tener en mis brazos cuando vino a esconderse de esa negra tormenta que puede ser la vida, sólo era una masa hinchada de gusanos con un hedor insoportable. Su asesinato nunca llegó a esclarecerse. La única imagen que conservo de ella nunca llegó a existir de verdad: la veo como aquella noche, en el baño de casa, desnuda, enrojecida la piel por la toalla; y entonces la miro… separándola ligeramente meciéndola por los hombros. Puedo contemplarla ahora sin disimulo. Puedo contemplarla ahora que Marta tiene los ojos cerrados, la boca ligeramente entreabierta…. Sí, en mi cabeza puedo contemplarla ahora hasta la saciedad, hasta la eternidad. Ahora que Marta está muerta y que nunca volverá.
El asunto afectó tanto a Tomás que intentó colgarse en el salón de su casa. Cuando saltó desde encima de la mesa, el gancho de la lámpara no aguantó y medio techo se vino al suelo. Pobre gordinflón, quién le iba a decir que su sobrepeso le salvaría la vida. Justo lo contrario de lo que le decían los médicos. Más tarde intentó arrojarse desde lo alto de un puente que cruzaba la autovía. Pero es tan patoso, el pobre. Se enganchó por el tobillo en la baranda, y quedó colgando cabeza abajo como un globo de esos fláccidos que ponen por las paredes en las fiestas infantiles. Los bomberos tuvieron que emplear una pequeña grúa para rescatarlo. Se partió el tobillo y desde entonces cojea. Las circunstancias de la desaparición y muerte de la niña le dejaron completamente trastornado. Estuvo en tratamiento durante mucho tiempo intentando superarlo. No creo que lo haya logrado. A veces venía a casa y hablaba de Marta durante horas. Yo contemporizaba y ocultaba lo que sabía. Con la tensión y la cojera ha engordado veinte kilos más. Es un auténtico queso de bola.
Al final, la red de prostitución y tráfico de órganos cayó, supongo que por rivalidad con otra banda o cartel que competía en el mismo negocio. Al fin y al cabo no pasábamos de ser modestos aficionados comparados con las grandes mafias internacionales que se mueven en este mundo. No creo que fuera una brillante acción de la policía como se quiso presentar porque, todos sabíamos que la mitad de ella estaba comprada, al igual que otros muchos miembros de la administración, yo incluido. En cualquier caso sólo echaron el guante a los mataos de siempre. Matones, camellos y chulos. A Lola la cayeron seis años. Con sus dotes, en seguida organizó una red de favores en la cárcel de mujeres. También llevaba la clínica y la biblioteca. Parece ser que una funcionaria se encaprichó de ella. A Molina le dieron el chivatazo y tuvo tiempo de poner tierra por medio. La última vez que supe algo de él estaba dirigiendo una filial de la farmacéutica en Sudáfrica. Un país que produce buenos vinos. Siempre lo imagino mirando la copa y entrando en ese otro mundo que hay mucho más allá. Creo que estaba metido en algún rollo de la Unicef promoviendo campañas antiabortivas en Ruanda y Zaire apoyado por la jerarquía católica o algo así. A Toni, el camarero de las anchas espaldas, le pegaron un tiro en una refriega, pero eso fue antes de la caída...
A mí me intentaron empapelar pero al final no reunieron pruebas suficientes para enviarme al talego. Me echaron seis meses que no tuve que cumplir por no tener antecedentes. Claro está que también me expulsaron del cargo, me echaron del partido y me inhabilitaron para ejercer cargos públicos durante cuatro años. ¿Ejercer el qué? No hubiera podido ni ponerle el sello a una póliza. Estaba la mayor parte del tiempo en una nube. Colgado del crack o de la heroína. Vendí todo lo que tenía para comprar la droga. Me metí toda la porquería del mundo, ahora que no tenía acceso a estupefacientes de calidad como a los que estaba acostumbrado. Daba pequeños palos o mendigaba a los familiares y amigos. Al final todos me abandonaron. El último: Miguel Gorbea, nuestro querido “profesor” de aquel grupo de amigos que nos reuníamos los jueves por la tarde. Nunca olvidaré esa última vez que nos vimos en su casa (donde, por cierto, le robé el teléfono para venderlo) y que quizás fue el punto de inflexión donde llegué a tocar el fondo. Gracias a él me mentalicé de que algo debía de cambiar. De que no podía continuar así. Inicié una cadena de intentos de desintoxicación, desgraciadamente con sus sucesivas recaídas.
Pasaba largas temporadas en el hospital. Aún hoy en día me siento muy enfermo, agotado, sin ninguna ilusión por la vida. Sí es verdad que no existe nada después de la muerte, no me importaría morirme hoy mismo. Ahora. Sin acabar este escrito.
Ustedes sin duda se preguntarán qué pasó con el cartulario. Pues no lo sé. No les engaño. Mi casa la subastaron para hacer frente a mis deudas mientras yo estaba en el hospital. Todo salió de la forma más descontrolada.. El Cartulario, mezclado con todos mis otros libros, incluidos los de derecho, quizás esté ahora acumulando polvo en la estantería de alguna vieja chamarilería. No quiero saber dónde está, no lo necesito. La mayor parte del tiempo ni me acuerdo de él.
Sólo a veces.
A veces, en esas tardes vacías y desesperanzadas que paso sentado en una silla ante la ventana mirando sin ver la calle, ocasionalmente alguien puede llamar a la puerta. Entonces acudo arrastrando los pies y, antes de abrir, me quedo inmóvil un instante ante la puerta todavía cerrada.
Es justo en ese momento cuando me acuerdo del Cartulario, y pienso que quizás pueda ser el viejo de las barbas de chivo y límpida mirada fría el que espera al otro lado. Y que viene —con su sonrisa untuosa y su libretita negra de tapas de hule— a cobrar, por fin, la vieja deuda







Volver al índice