viernes, 31 de diciembre de 2010

La fruta y las mujeres


Los hombres somos tan perezosos para eso de lo sano que no comeríamos nunca fruta si no fuera por las mujeres. ¿A qué hombre no le han pelado la fruta —o no le han preparado un zumo— algunas de las mujeres que le quieren o le han querido? Si eso es algo que está en el inconsciente colectivo o si viene verdaderamente desde el origen de los tiempos, la verdad es que no lo sé. Las mujeres sin embargo, por aquello de la fibra y los antioxidantes o vaya usted a saber por qué, son unas decididas partidarias de la fruta. Quizás tenga que ver con aquello de la separación de roles mujer-recolectora y hombre-cazador. Ya saben: los hombres nos íbamos de juerga a cazar con los amigotes y las mujeres se quedaban con los niños recogiendo bayas del bosque cercano.

Pelar la fruta es algo molesto, pringa las manos y todo eso. Y aunque tengo que reconocer que eso no es un freno cuando se trata de comerme una pierna de cordero a bocados, no sé por qué me vuelvo más tiquismiquis cuando se trata de melocotones, kiwis y esas zarandajas. Sólo se salvan los plátanos, única fruta que los hombres, paradójicamente desde el punto de vista simbólico, comemos sin demasiado esfuerzo e incluso estamos dispuestos a pelarnos solos. Al igual que en otros muchos aspectos corporales, los hombres no nos vemos inclinados a asumir las evidentes molestias inmediatas a cambio de los hipotéticos beneficios futuros; quizás por eso hoy en día ya se ven, en algunos supermercados pijos y tiendas de conveniencia, envases con frutas de temporada (no estoy hablando de conservas) que vienen peladas y listas para consumir en el acto. Por muy cómodo que parezca... que quieren que les diga..., yo prefiero el método tradicional de toda la vida. Que me la pele ella.

Cúbito y Verdolaga o las uvas de fin de año

A lo mejor se han dado cuenta de que no me gusta el rito ese de las uvas al cambiar de año. Nunca las tomo. Nunca he contado el porqué. Quizás ahora, que tengo un inmenso deseo de sincerarme con todo, haya llegado el momento:

Desde pequeño he sido bastante soñador. Algo así como sí viviera en un mundo irreal. Hay cosas en el mundo del común de los mortales que a mí, sin embargo, me parecen llenas de misterio o completamente ilógicas. Otras veces, profundamente injustas.

El caso es que no debería de tener yo más allá de once años cuando una mañana, de esos inmensos veranos que tiene la infancia, rebuscando entre un montón de revistas viejas amontonadas en el trastero de mi casa me encontré con esa noticia de un hombre que, en un pueblo de Jaén, había muerto por asfixia al atragantarse comiendo las tradicionales Uvas de la Suerte de Fin de Año; en esta ocasión: de la mala suerte. El periodista —que ahora pienso que debería ser bastante novelero— describía con pelos y señales la situación añadiendo, sin duda, detalles melodramáticos de su propia cosecha.

La verdad es que me causó una impresión muy profunda. Con el pasar de los días el asunto se archivó en mi mente y lo más normal es que no hubiera vuelto a acordarme de ello nunca más; pero, mira por donde, los mecanismos de recuperación de lo guardado en la memoria tienen sus curiosas reglas, y la sinapsis neuronal chisporroteó fuertemente cuando meses más tarde, por Navidad, el frutero le dijo a mi madre que esas uvas que compraba eran buenísimas, y que las habían traído expresamente de Jaén. Yo estaba despistado, como siempre —en este caso mirando los cangrejos de la pescadería de al lado— pero algo empezó a moverse en mi cerebro:
«Mmmmm, de Jaén… ¿de Jaén? ¡DE JAÉN!»

Puedo jurar que en los días posteriores utilicé todas mis artes más persuasivas tratando de explicar el grave peligro que corríamos. Primero, lo intenté con mi madre que andaba como loca haciendo preparativos para la cena y es casi seguro que ni me oyó; luego con mi padre, que me dijo —mientras me ponía una mano en la cabeza— que «si bien le parecía un juego muy interesante, ahora no tenía tiempo y que quizás más tarde —después de que yo hiciera tooodos mis deberes— pudiéramos dedicarle un rato a jugar a eso». Mis hermanas, por supuesto, se dedicaron a rechiflarse de mí y a hacerme moñas y muecas, poniendo sus pantorrillas a una distancia prudencial de mis zapatones de escolar.

¡Qué desesperación! Como todos los niños del mundo, yo, en esa edad, tenía fantasías terroríficas sobre una eventual muerte de mis padres y la posibilidad aterradora de quedarme solo y desprotegido en el mundo. Lo único que me consolaba era la no desdeñable probabilidad de que una de las víctimas fuera alguna de mis hermanas.

Llegó el fatídico día treinta y uno y después de la cena, mi madre, como solía hacer todos los años, preparó, junto a la radio, una mesita pequeña con un montón de tazas  —una para cada miembro de la familia— con doce uvas en cada una; lo mismo hizo con un platillo —listo para bajarlo al suelo en el momento oportuno— para Tararí, el perro de mi abuelo.

La radio cortó en seco la música y comenzó a vociferar cuando conectaron con la Puerta del Sol. ¡Faltaban tres minutos!... aquello ya no había quien lo parara… ¡un minuto!... todos los miembros de mi familia avanzaban despreocupada e inconscientemente hacia la mesa… ¡hacia la muerte!…
Esos son los momentos que, de alguna forma, me caracterizan. No me aguanto, no señor. No me resigno. Lucho hasta el final poniendo todo mi corazón en ello y sin importarme la opinión ajena, así que, en un momento de inspiración, le largue un patadón a la mesa que cayó con estrépito.

Aunque no me importara, enseguida me enteré de la opinión ajena:
—«Este niño es tonto» —dijo, de forma rotunda, mi abuela paterna que venía poco por casa y nunca fue muy cariñosa.

No menos contundente resultó el primer viaje que me lanzó mi padre y que me calentó bastante la oreja. Realmente me salvó —como en el boxeo— el que comenzaran a sonar las campanadas de los cuartos. Toda la familia se abalanzó al suelo persiguiendo las uvas que habían rodado por todas partes. El que más consiguió fue Tararí, que se veía favorecido por eso de caminar a cuatro patas y por el entrenamiento y habilidad que ya tenía para cazar cualquier trozo de comida que se nos cayera al suelo. Lo curioso del caso es que normalmente las uvas no le gustaban demasiado y pasaba de comérselas, pero algo despertó su instinto deportivo al ver tanto afán de los demás por obtenerlas y luchó como el primero para hacerse con ellas. Por supuesto, fue el único capaz de comer doce uvas (bastantes más) en el tiempo reglamentario de las campanadas. Mientras tanto, yo corría de un lado para otro pisoteando con saña todas las uvas que podía, intentado que quedaran inutilizadas; y lo hacía con tal pasión que al final resbalé y terminé —como luego se supo— partiéndome un brazo.

Cuando volvíamos de la Casa de Socorro (que es como se decía por aquel entonces a los servicios médicos de urgencia) todos iban muy serios, sin mirarse ni nada, y callados en la oscuridad del taxi. Como contraste la gente en la calle estaba muy animada. Las mujeres eran todas jóvenes e iban muy guapas; pintadas, y con el pelo recogido en moños. Debajo de los abrigos con los que se cubrían para protegerse —ya que hacía un frío que pelaba— se les adivinaban escotes y brazos desnudos. Los hombres, afeitados, con corbata y oliendo muy bien a colonia.

Aquel año empezó bastante mal; los Reyes se olvidaron de traerme los juguetes. Sólo mi abuelo me regaló —a escondidas— un tirador que había hecho él mismo con unos alambres retorcidos, unas gomas y un trozo de cuero. Y continuó aún peor. A lo largo del año fueron ocurriendo variadas desgracias: a mi padre le robaron la moto; una de mis hermanas se cayó de narices y se rompió un diente de los de arriba; mi abuela se enfermó; en el mes de abril se inundó el sótano… En fin, ni que decir tiene que para todos yo era el causante de aquel año cenizo y desafortunado… Lo único bueno fue que Tararí tuvo perritos con la perra de los vecinos y nos dieron un cachorro. Le pusimos de nombre “Cúbito” que es un nombre un poco raro para un perro pero así me dijeron que se llamaba aquel hueso que me rompí.

Verdolaga, que era nuestro loro, se aprendió su nombre y como además imitaba a la perfección el silbido de mi padre se pasaba todo el rato vacilándole haciéndole correr de un lado a otro de la casa. Aún así, Cúbito y él llegaron a hacerse grandes amigos a pesar de que siempre se estaban peleando. O quizás por eso...

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Diario de un mentiroso: Las Pelusas.

Todos sabemos, o creemos saber, qué son las pelusas ¿no? Mientras tuve perros no me planteé el problema: Las pelusas eran —naturalmente— de los perros. Quiero decir que se producían por el pelo que soltaban los perros y esas cosas y a mí me parecía tan natural que anduvieran por ahí de un lado para el otro hasta que eran barridas o aspiradas.
Luego, ya sin perros, seguía habiendo pelusas, pero bueno…siempre he vivido con alguien. Todas mis sucesivas compañeras han tenido un magnifico cabello, brillante y terso que cepillaban cada mañana. Me encantaba cómo olía su pelo limpio y aireado. Con lo cual, ni me lo planteaba…las pelusas eran de mis mujeres.
Ahora que vivo solo, llevaba un tiempo en el que me sorprendía que siguiera habiendo pelusas, así que decidí vigilar disimuladamente y ver si podía averiguar de dónde diablos salían esas condenadas y sutiles madejas. El caso es que al observarlas con atención vino la gran sorpresa y no tuve más remedio que reconocer que parecían dotadas de inteligencia. Por ejemplo, si me veían con la aspiradora, demostraban bastante maña para irse rodando de un lugar a otro buscando rincones inaccesibles o rendijas en donde esconderse. A las pocas horas cuando yo lo creía todo limpio, pronto las veía revolotear por ahí de nuevo. A su bola.
Pero la prueba palpable no me llegó hasta el otro domingo: Tenía abierta la puerta de la terraza del dormitorio para que se ventilase. Yo andaba por la cocina, pero algo me pareció alertar. No sé. Un instinto especial, intuición, un aviso, llámenlo equis. El caso es que volví cautamente, de puntillas, sin hacer el más mínimo ruido y cuando me asomé a la puerta de la habitación... allí las vi. Dos magnificas bolas de pelusas colándose subrepticiamente. No sé si me sintieron pero el caso es que volaron desesperadamente a meterse con toda rapidez debajo de la cama, su sitio preferido. Salí corriendo a la terraza y por un segundo me pareció ver todavía perderse tras la esquina el destello de la minúscula nave interplanetaria de la que habían desembarcado.
Ya no cabe duda. Estamos siendo estudiados, analizados, observados por estos extraños seres que no sabemos qué fines oscuros pueden tener ¡La Humanidad nunca antes había estado en un peligro tan grave! ¡Somos vulnerables, muy vulnerables! ¡Lo saben todo! ¡Todo! Hasta nuestros más íntimos secretos de alcoba


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22 de diciembre. Ya es verano

La avenida 9 de julio atrapa la luz de la mañana en las fachadas de sus edificios blancos y en sus amplias perspectivas. Apenas circulan autos a estas horas. Al fondo el Mar del Plata brilla con reflejos de mercurio.
La habitación del hotel tiene un sobrio y elegante estilo basado en maderas oscuras y pesadas cortinas. Cortinas que jamás cerraremos. Desde lo alto de la torre sur se dominan las azoteas de los edificios próximos con sus enormes anuncios luminosos. Contra el cielo azul, casi blanco, enmarcado en el ventanal, se recorta tu cuerpo desnudo mientras rebuscas no sé qué en las maletas abiertas. Abajo se despliega la gigantesca avenida con las copas frondosas de los árboles y sus catorce carriles salpicados de coches y semáforos; todo chiquito, como un juguete o una maqueta.
Afuera de la habitación ya huele a mañana, a huevo frito, a vacaciones, a gasolina, casi a mar, a comercios abriendo… Adentro, aun se acumulan por los rincones oscuros algo de noche, respiración y calor tibio. Triunfan de luz, sin embargo, las tersas y planchadas sábanas blancas arañadas con rastros de nuestro olor. Y la cama y las almohadas conservan los moldes de nuestros cuerpos: Pompeya sin cenizas que emerge del Vesubio de la noche galopando hacía el olvido. Cojines, zapatos y bolsas, en desorden por el suelo. El periódico cuelga del pomo de la puerta con una actualidad que no es la nuestra. Noticias, creadas para otros, gritando desde sus gruesas letras mayúsculas.
Buenos Aires. Verano. Otra vez.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Diario de un mentiroso: El diagnóstico

Por fin me decidí y fui al médico. Llevo tanto tiempo encontrándome pachucho. Un malestar difuso. Un “no sé qué” hecho de tardes oscuras y labios vencidos.

Como era un médico de estos modernos no hizo ni caso a mis quejas sobre lo cansado que me sentía y las noches de insomnio. Dedicó la mayor parte del tiempo a mirarme a los ojos. No decía nada. Me dejaba hablar y hablar... y me miraba a los ojos.

—Usted padece de banalitis —me espetó de repente.

Pensé que había entendido mal y le repuse:

—¿Usted cree? La verdad es que no noto nada raro en el pene….

—No. No —me cortó —.No he dicho balanitis sino banalitis. Usted tiene una infección de banalidad más grande que un caballo. ¡Ponga algo interesante en su vida, hombre!

Y me sopló ciento cincuenta euros.

La verdad es que me encuentro bastante mejor.

Diario de un mentiroso: CARNE PICADA

—¡Por favor, no me comas! —.Como lo oyen, eso dijo.


Había tenido un mal día. Toda la mañana de local en local para ver si necesitaban un empleado, un limpiacristales, alguna chapuza, un vigilante, un ingeniero, un empapelador, un vendedor de biblias, un matón… y por la tarde en el parque, sentado en el banco rascándome la barba, bebiendo de ese cartón de vino malo que me quemaba las tripas e intentando olvidarme del frío y del olor rancio de mi camisa. Veía las chicas al pasar, llenas de juventud y belleza, que me miraban con desconfianza o indiferencia. Pieles tersas, pelo brillante, ojos vivaces, sonrisas alegres… Algo inasequible para mí; más lejano que el planeta Marte. Seres de otro planeta... ¿O era yo? ¿Era yo, el que ya estaba en otra galaxia...? Me atizé otro lingotazo. Es increíble. Apenas hace un par de años yo estaba en todo eso; participaba de esa vida. Ahora la veía como a través de un grueso cristal blindado.

Y así pasó: Aquella mujer mayor emperifollada que paseaba al perro. Un perro gordo y fofo con pinta de gilipuertas que seguro que comía tres veces al día mejor que yo. Me acerqué por detrás con la vista clavada en el bolsazo que aferraba firmemente bajo el brazo enjoyado. Caminamos un rato por un sendero cada vez más solitario; yo la seguía a veinte pasos de distancia. De repente se detuvo y me pareció que miraba nerviosa hacía atrás por encima del hombro. Abrió el bolso y rebuscó dentro. Sacó una bolsa de golosinas perrunas:
—Aquí, Pinky, aquí —gritó ofreciéndole algo. El chucho acudió con parsimonia balanceando las grasas.
La mujer lo ató y continuaron caminando hacia la salida del parque. Un coche de la policía local bajaba despacio por la avenida. Cuando llegué adonde ella se había parado encontré por el suelo un motón de cosas que se le habían caído del bolso al sacar las chuches: Un paquete de clínex, un billete de veinte euros y un pastillero metálico con las tapas de cerámica. Todavía olían a su penetrante perfume de vieja loca: una auténtica maldición para los desdichados que coinciden con ellas en el ascensor, el restaurante o el asiento del autobús.
El pastillero contenía unas píldoras redondas azules y otras rositas mucho más pequeñas. Me metí un par de las azules y seis de las pequeñas. No sabía para que eran pero da igual: Yo tengo de todo. Además los ricos toman medicinas buenas, de las caras…Y mira la vieja cacatúa lo bien que andaba, que si me descuido ni la alcanzo.
Desdoblé el billete de veinte euros mirándolo al trasluz como si no me lo creyera, pensando que en cualquier momento podría desaparecer.
—¡Vaya esto sí que es suerte! —pensé (¿o no lo era?) ¡Qué más da! Decidí darme un homenaje y entré en ese McDonald’s.
¡Y ahora esto! ¡La puta hamburguesa rogándome que no me la comiera con ojos llorosos!
Puede que fuera la cebolla o puede que llorara de verdad, pero no fui capaz de darle ese mordisco cuyo ademán había iniciado a pesar de tener la boca hecha agua y todo eso que dicen. Irritado, me bebí la cerveza y lo que quedaba del cartón de vino con el resto de las pastillas y las patatas fritas. La miré otra vez. Alzó la vista hacia mí en silencio, modosita y esperanzada. Tenía los ojos y la boca como las chicas del parque. Aunque tenía hambre, había otra cosa que me apetecía aún más; algo que había estado inasequible para mí estos dos últimos años…La envolví en un puñado de servilletas de papel y salí canturreando hacía la pensión. Con un poco de suerte podríamos entrar burlando a la patrona; le debía ya tres meses…
¿Qué no son buenas las medicinas de los ricos?... Me encontraba de puta madre




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La escalera. (Starway to heaven)


Escarrosa

Para mí las escaleras son un símbolo de sabiduría: fragmentan un problema —lo vertical— y lo convierten en algo manejable. Por la escalera ascendemos y descendemos, dos palabras plenas de contenido filosófico.
 La rosa roja puede ser el principio vital o la belleza, que para mí es el complemento ideal. Sabiduría y belleza creándose y dándose forma la una a la otra.

Quiromancia

Quiromancia 1

Quiromancia 2

Quiromancia 3

martes, 28 de septiembre de 2010

Las cosas bellas

 
Hoy, como lo he hecho durante todos los días de mi vida, he sacado a la calle mis viejos tesoros.
Esos artículos que durante décadas he defendido de los compradores arrogantes.
Nunca quise venderlos y les puse precios desorbitados. Así he conseguido conservarlos.
La gente que pasa se detiene y los admira. Preguntan, sopesan y regatean pero al final no pueden comprarlos y se van a sus casas conservando su deseo intacto.
Esta mañana un hombre, casi tan anciano como yo, ha venido a darme las gracias. Hace cuarenta años que intenta comprarme el retrato de una misteriosa mujer. Me dijo que el soñar con poseerlo algún día le dio sentido a su vida.
 
 


martes, 14 de septiembre de 2010

Aquí viene el sueño



Aquí viene
El sueño.
Nube,
Algodón,
Celofán
De colores,
Que envuelve
Mi cerebro.

Caen
P
á
r
p
a
d
o
s
En leves
Vuelos

Flojos,
Vacíos,
Cabeza
Brazos
Cuello

El día
Se me d e s h a c e
Despacito
Por dentro.
Se diluye
Dulce,
Lentamente,
Como trozos
De caramelo.


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Puede oírlo recitado aquí ---> 



El Cartulario: Capitulos XI-XX

XI.- Una lombriz.


Todavía era muy temprano para ir a la chamarilería. Estaba cavando en el jardín, con fuerza, con energía. Nunca me había sentido así. Como si estuviera respaldado por una fuerza universal. Por una decisión que iba mas allá de mi propia voluntad.
Tras el último golpe de azada, en el pellón de tierra, salió una lombriz. «¿Qué se plantea la lombriz sino ser lombriz?», me pregunté filosófico: Comer buen humus, juntar el culo con otra que tuviera buenos y lindos anillos. ¿Quién le contaba cuentos a la lombriz sobre mañana, el futuro, el pasado, sobre la ética de las lombrices y como debían respetarse las unas a las otras? ¿Que sabía la lombriz de sí misma sino que debía satisfacer sus deseos?
Di otro golpe con la azada. Los dos pedazos saltaron retorciéndose cada uno por su lado. Broto un líquido viscoso en cada uno de los extremos de la zona partida. Y en los otros, lo de siempre: una boca que quería comer, un culo que quería follar.
¿Qué quería la lombriz ahora? Lo único que había querido siempre:
Vivir.

jueves, 9 de septiembre de 2010

El Cartulario: X.- Marta

MARTA




Me despierto. Los relámpagos iluminan, con su repentina luz azul, los rincones de mi dormitorio y los devuelven a la sombra en menos de un segundo. Un rayo ha caído en las proximidades con estruendo, como un tremendo latigazo. Las ramas de los arboles golpean enfurecidas unas contra las otras y alargan sus brazos intentando azotar la fachada de la casa. Una cortina de agua cae sobre la calle y el jardín. Los cristales de las ventanas parecen peceras, lupas que transforman —deformándolo— el paisaje.

Pulso el interruptor. No hay luz. No hay luz tampoco en la calle. Los edificios semejan rebaños de animales dormidos, apretados, sujetándose los unos a los otros, manteniendo el contacto con la confianza de traspasarse el miedo, de reducirlo compartiéndolo; de sobrevivir hasta que llegue la luz del día. Esperan sin confianza. Esperan, como en una memoria atávica del diluvio, que Dios nos perdone. Que algo mejore. Que la vida —por fin— sonría. Que amanezca.

Ahora me doy cuenta: No ha sido el rayo el que me ha despertado; son unos golpes que llegan desde la puerta de la calle. Bajo a tientas hasta la cocina y rebusco en el aparador hasta que doy con la linterna; son tan frecuentes los cortes de luz en este barrio aislado que ha crecido tan desordenadamente, que siempre la tengo a mano.

«¿Quién es?» pregunto intentando poner una voz bronca y firme que me asusta a mí mismo al retumbar en el hueco que hace la caja de la escalera. Escucho. Nada. Sólo se siente la tormenta afuera… Y al instante redoblan las patadas, los débiles puñetazos en la puerta, los gemidos. Abro, y allí está Marta, empapada bajo su camisón pegado al cuerpo. Tapándose los oídos en un inútil intento de apagar los truenos…

La hago pasar y aterrorizada se abraza a mí.

Ahora estoy en el baño secándola con una toalla. Ha vuelto la luz y yo canto bajito para tranquilizarla. Su cuerpo adolescente, desnudo, enrojece según lo voy frotando. Tiene los ojos muy abiertos, los labios apretados, los brazos ligeramente separados del cuerpo, las manos hacía delante, y el pelo rozando los hombros… ese pelo mojado que huele de una forma deliciosa.

Admiro sus formas divinas, etéreas, en formación; la delgadez de sus miembros, lo plano de su vientre, lo estrecho de su cintura, las graciosas curvas que dibujan la espalda y la cadera; los pechos creciendo como granadas, como frutas, pero con su perfecta geometría femenina ya resuelta; el vello suave que tapiza la zona púbica.

Es una crisálida mágica en alguna fase de su proceso de transformación. Todavía en alguna parte del camino que va desde su forma infantil a la plenitud madura de la mariposa evidente que es. Una belleza inocente, que nunca he querido ver, reconocer, aceptar que se había instalado ahí, tan próxima. Seguramente por miedo a mí mismo; a mis deseos ocultos; al monstruo que duerme en mi interior. Por miedo a lo evidente; a algo tan evidente como que nunca voy a volver a sentir esa sensación de abrazar un cuerpo que estrena vida, terso, impaciente, temeroso, inexperto.

¡Esa sensación perdida desde hace tanto tiempo! Una sensación amada que retorna a mí desde mi propia adolescencia y me toma, me invade, me penetra por los dedos y a través de la toalla, por los olores que aspiro, por el susurro de la canción, por el ritmo del masaje, por el movimiento que este provoca en la carne que se balancea liberada a su propia inercia. Una marea que va creciendo en olas sucesivas, suaves, fuertes, firmes, que van avanzando sin que tome conciencia de ello. Cada una va más lejos. Cada ola es más suave pero más persistente que la anterior —¿cómo se explica eso?— Una tras otra, tienen un latido, un pulso, que iguala, que aplana los pensamientos; los diluye haciéndolos desaparecer: castillos de arena que se deshacen sin dejar rastro. Solo ser. Solo estar, Sólo sentir, sin cuestión alguna, espuma de agua, arena, sol, reverbero...por fin en otro espacio vital fuera de lo mental.

Una sensación que se instala en la boca del estomago, llenando de finos alfileres mi columna y la base de mi nuca buscando, exigiendo, un placer vedado, inalcanzable, refugiado tras una muralla de convenciones sociales y tabúes autoimpuestos. Constantemente negado. Un placer que no es que se vaya a aplazar, sino que sencillamente ha desaparecido ya para siempre de mi vida.

La separo ligeramente meciéndola por los hombros. Puedo contemplarla ahora sin disimulo. Puedo contemplarla ahora que Marta tiene los ojos cerrados, la boca ligeramente entreabierta…

“…Lo que no goces hoy no lo habrás gozado nunca”

La sentencia de Pausanias retumba en mi cabeza. Lapidaría. Categórica. Sólo vivimos en el presente. Sólo debería obligarnos nuestra propia felicidad.



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El Cartulario: IX.- Algunos planes inmediatos

ALGUNOS PLANES INMEDIATOS.




Me pasé el fin de semana en casa, dando vueltas, mirando y remirando el libro. Estaba de acuerdo con “el Profesor” Gorbea. Una copia “Del Placer” habría sido censada y catalogada en los últimos doscientos años aunque hubiera estado en el monasterio de clausura más remoto del mundo. Al menos, así habría pasado en los últimos cincuenta años. Pero ¿qué hubiera pasado si esa copia hubiera estado oculta a los ojos de todo el mundo los últimos ochocientos o mil años, sepultada tras la contabilidad de una pequeña parroquia? Si el cartulario era un palimpsesto, y todo apuntaba a que lo era, la cosa cambiaba de forma radical. Aquí no cabía falsificación posible, porque nadie me había venido con el texto a contarme pamemas o a venderme imposibles. El texto se había revelado ante mí surgiendo de su remoto pasado justo delante de mis narices. Y el soporte –el cartulario- había llegado a mis manos de la forma más imprevisible y sujeta al azar. ¡Ni siquiera había pagado un duro por él! «Esa era otra», me dije. Tenía que aclarar la procedencia y buscar algún modo de asegurar mis derechos de propiedad. La historia que contó Miguel de los dos millones de dólares que se embolsó el desconocido propietario anterior del palimpsesto de Arquímedes tras la subasta y el largo litigio entre Christie's, que le representaba, y el Patriarcado de Jerusalén no dejaba de dar vueltas en mi cabeza. ¡Dos millones de dólares! ¿Quién podía decir que “Del Placer”, un libro rarísimo, mítico, no valiera lo mismo? ¿o el doble? Por fin se me presentaba la oportunidad que había anhelado toda mi vida: dejar de ser un pardillo, un don nadie; un modesto profesional, un funcionarucho de tres al cuarto arrastrando mi culo por todas las oficinas y despachos de la Administración sin más horizonte que una jubilación miserable y una palmadita en la espalda ¡Había llegado mi hora e iba a saber aprovecharla! ¡Vaya que sí!

Lo primero que había que hacer era ir el lunes por la mañana a la chamarilería a investigar un poco y cerrar un contrato de compra-venta. Podía comprar algo más para abultar el tema...La estantería entera... los juguetes... Seguro que cuando el abuelo viera un buen fajo de billetes se le harían los ojos chiribitas. Podía alegar temas de Hacienda para querer hacerlo tan formal. Eso me protegería si El Cartulario había sido, por ejemplo, robado por unos gitanos en algún monasterio o sacristía. El que iría al trullo sería el vejete por comprar mercancía robada —¡total, para lo que le quedaba de vida!— Seguro que no tenía ningún justificante —«¡qué iba a tener!»— Y ya sería mucho más difícil que no se reconociera mi derecho. Podía, quizás, partir los beneficios con el propietario auténtico, suponiendo que apareciera…. Teniendo en cuenta que su valor se había multiplicado por diez mil, por cien mil, según había ido pasando de ser un libro viejo a cartulario, y de cartulario a palimpsesto —«¡Y qué palimpsesto!», me decía. «No es uno cualquiera», «Del Placer, de Pausanias. De Pausanias... de Iso, ¡ojo! No confundir ni con el militar ni con el geógrafo, Ja, ja, ja»— Me partía de la risa yo mismo ¡qué gracia me hacía! Me encontraba exultante.

Repartiríamos. En este asunto había bastante dinero como para que le diéramos varios un buen mordisco a semejante bocado. La negociación tendría que ser sencillísima, teniendo en cuenta que yo tenía todos los ases en mi mano (la información del valor real del documento) y uno más de propina en la manga (la posesión efectiva del cartulario) «¡Un repóquer sin necesidad de comodín. Cinco ases, directamente. Por la cara»— Me acordé de la manga manchada de donuts y me reí tontamente: «¡Eso pasa por guardar ases pringosos!», me dije. El chiste no tenía maldita la gracia, pero estaba tan contento, tan satisfecho conmigo mismo, que me reí un buen rato, aun sin ganas.

Aproveché la espera forzosa del fin de semana para estudiar un poco más el tema. Como siempre, internet se reveló como un aliado para la investigación aunque la información que me ofrecía no dejaba de parecerme demasiado superficial para poder satisfacer mi deseo y necesidad de saber.

El que los caracteres estuvieran verticales al otro texto resultó ser algo muy común. Al parecer los libros o codex se preparaban partiendo de rollos de pergaminos sueltos que, si estaban escritos, se raspaban y blanqueaban, y después se doblaban o cortaban en dos o más trozos hasta obtener el tamaño conveniente. Luego eran cosidos para darles la forma de libro. Un formato, mucho más práctico y manejable que el rollo, tanto para su consulta como para apilarlos, y que se reveló tan eficiente que ni tan siquiera ahora en la época digital pueden ser desplazados por las pantallas o los e-books. Esta disposición de las hojas hacía que fuera muy frecuente que el texto antiguo y el nuevo fueran perpendiculares y ayudaba no poco a la recuperación. Como todo no puede ser bueno, por otro lado lo complicaba al hacer que los textos estuvieran disjuntos o fragmentados o mezclados de unas obras con otras ya que no estaba en el plan del que fabricaba el codex el mantener la información anterior; sólo intentaba aprovechar los soportes de la forma que mejor le viniera.

Me preocupé seriamente ¿Significaba esto que El Cartulario no tenía por qué contener más información sobre “Del Placer” que el poema que ya se había revelado? Tal y como se describía que lo preparaban… por lo menos cuatro páginas del libro debían pertenecer al mismo pergamino; seguramente más. ¿O no? ¿Era esa hoja un retal? Para averiguarlo tendría que desencuadernar el libro; algo que no me planteaba ni remotamente. No, por lo menos, por ahora.

¿Habría otras obras, además "Del Placer" —conocidas o desconocidas, perdidas, quizás ignoradas desde lo más remotos tiempos— esperando a ser mostradas en esas hojas que ahora me pertenecían? ¿Secretos del universo celosamente guardados, escondidos, olvidados? ¿Las claves para la transmutación de la materia; convertir el plomo en oro? ¿El encantamiento secreto de la eterna juventud; los filtros del amor sin límite?

Por supuesto que no iba a correr riesgos con el soporte haciendo más experimentos caseros de revelado. No ahora que sabía el valor que tenía el documento y que podría verse comprometido por azar ¿Quién me aseguraba a mí que la misma chiripa que me lo mostró; la misma alquimia, mágica, fortuita, no se iba a volver en contra mía de una forma inopinada y reducir a El Cartulario a un montoncito de polvo o a una pulpa borrosa?

Desde mi mesa de trabajo el libro parecía brillar, atraerme, sumergirme en ensoñaciones; despertar mi ambición, mis deseos más recónditos; las más descabelladas esperanzas y pasiones. No conseguía separarme de él. Parecía ocupar toda la habitación y toda mi mente, con un deseo que crecía en mí y que ni siquiera era capaz de comprender ni de formular.




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El Cartulario: VIII.- Pausanias o "Los Cerdos"

PAUSANIAS O “LOS CERDOS”.


«Entonces, era eso. ¡Dios bendito! ¡El increíble poder transformador de la química! Comprendía ahora la pasión de los alquimistas. La portentosa capacidad de mutar, de transformar unas cosas en otras; de cambiar la sustancia de los objetos, las propiedades, la esencia última y fundamental; algo que parecía reservado a los dioses y que sin embargo estaba ahí, a disposición de cualquier humano que quisiera probar, experimentar: un pequeño, débil y desnudo ser en toda la creación que juega a ser aprendiz de brujo con toda la potencia del universo saltando entre sus manos. El amoniaco habría reaccionado con cualquiera de las porquerías conservantes... o colorantes... o edulcorantes… o espesantes… o gelificantes… o antioxidantes. Con la glucosa, los aminoácidos, la albúmina… ¡Qué sé yo! Nunca saqué más de un cinco y medio en química... Con cualquiera de los centenares de aditivos añadidos al donuts o a los productos base que se utilizan para su elaboración en ese constante empeño de falsificar aspectos, olores, sabores y colores de la cadena alimentaria…hasta lograr esa combinación perfecta, ese sulfhidrato milagroso que había revelado los caracteres, que los había convocado al presente para que resurgieran de su pasado milenario como sí de una sesión de espiritismo se tratara. Voces que surgían ante mí de no sé sabe cuál remoto pasado con una ignota intención y con un mensaje todavía por descifrar...»

Estaba perdido en mis pensamientos cuando la voz de Miguel me atrajo a la realidad. Mi tocayo llevaba hablando solo un buen rato. Solo no. Para ser más exactos, sin que yo atendiera.

—¿Tú no lo crees así? —Me miraba. Asentí con cara de póquer y se ve que era lo que estaba esperando ya que continúo, imparable —…y fíjate que curioso: ¡estaba escrito en gótico, pero en el alfabeto ulfilano! Si hombre, el del obispo Wulfila, —te tiene que sonar— que es el más antiguo, básicamente una adaptación de los caracteres griegos unciales mas tres latinos y algunas runas germánicas. Mmm, ahora no recuerdo bien el número ¡cinco!, me parece que son cinco…

—¿Qué opinas de esto? —le corté una vez más, sacando bruscamente una de las fotos que había hecho al texto revelado y poniéndola encima de la mesa entre nosotros; sin mirarla. La foto era de proximidad. Sólo se veían los caracteres sin dar una idea del soporte sobre el que estaban escritos.

Miguel observo el papel atentamente sin decir nada durante un minuto o dos y luego se levantó y se dirigió a una de las paredes tapizada de libros. Volvió con un tomo grande –presumiblemente un diccionario— y un par de libros más pequeños.

—Es griego clásico desde luego. Arcaizante. Tengo un par de dudas —dijo, como si se justificara de no darme una disertación inmediata sobre el contenido del papelito. Al rato, exclamó —Ajá. Sí. Aquí está —y sujetando uno de los libros pequeños con una mano, y llevándose la otra al corazón, declamó con buena entonación mientras leía:

"Tú, que preguntas inquieto a los dioses indiferentes

Si habrá vida después de la muerte.

Pregúntate, más bien, si viviste antes de morir.

Antes de que lo pienses se irá el placer en las alas del tiempo.

Lo que no goces hoy no lo habrás gozado nunca."

Y luego añadió, mirándome divertido a los ojos, con una sonrisa, como el que adivina un acertijo complicado:

—Pausanias. Pausanias de Iso —aclaró —. No hay que confundirlo con el militar, ni con el geógrafo que es muy posterior.

Le agradecí muchísimo la aclaración pero me hubiera resultado imposible confundirlos. No conocía a ninguno de los tres.

—Realmente es muy poco conocido— asumió Miguel, por una vez en su vida. Y me preguntó, curioso —¿De dónde lo has sacado?

La verdad es que no quería decirle —no todavía— el extraño medio por el que había llegado a mis manos. Tenía que aventurar una historia, con el riesgo que entraña intentar colarle a Miguel una mentira ya que, usualmente, tarda muy poco en detectar las inconsistencias de cualquier patraña. Necesitaba tiempo para inventar algo, así que intenté desviar la conversación.

—Entonces…¿qué sabes de Pausanias?

—Bueno en realidad es muy poco lo que se conoce de él. Se supone que era amigo o conocido de Evémero, ya sabes, el discípulo de Teodoro, El Ateo —y se quedó tan tranquilo, tan pancho. Ojeando en silencio uno de los libros; como si lo que acabara de decir fuera la explicación de todo y lo dejara lo suficientemente claro como para no tener que añadir nada más.

Aunque suponía que lo hacía adrede; para dejarme por tonto, y como venganza por no contestar a su pregunta, no tuve más remedio que rogarle que ampliara el tema con más detalles.

—Si hombre, los hedonistas, los buscadores del placer. Todo el mundo lo sabe. Un sistema filosófico que considera el placer como fin primordial en la vida y que defiende su búsqueda y obtención — y viendo mi cara de burro, se armó de paciencia y se decidió a explicarlo como si estuviera hablando con un niño de cinco años:

— En la antigua Grecia había, entre otras muchas escuelas de pensamiento, dos que eran de orientación hedonista, ¿no?: Los cirenaicos y los epicúreos; estos últimos mucho más conocidos en nuestro tiempo. Las dos escuelas detestaban la superstición y la religión a la que consideran como cualquier otra superstición más. Tomaban como base del juicio y de la conducta humana la experiencia y la razón; para que luego digan que el materialismo o el humanismo son inventos de nuestra época. No se ha avanzado un ápice…, no se ha creado una sola idea nueva en el campo de la filosofía desde el siglo segundo antes de Cristo… Heidegger, por ejemplo, con todo su rollo hermenéutico…

—¿Y en que difieren? —. Con el tiempo he desarrollado cierta práctica en detectar cuando Miguel está a punto de abandonar el tema principal e irse por las ramas.

—Ambas escuelas florecieron en los siglos cuarto y tercero antes de Cristo y se basan en las ideas de Sócrates que afirmaba que la felicidad es uno de los fines de la acción moral. La escuela cirenaica, que fue fundada por Aristipo de Cirene lo llevó más allá, a las últimas consecuencias, y mantenía que el placer era el bien superior. Sostenía que las gratificaciones corpóreas intensas eran preferibles a las mentales. ¿Comprendes? — me preguntó.

—Creo que sí. Aristipo hubiera apreciado más tu güisqui que tu charla, ¿no es así? — le contesté, alzando el vaso, para demostrarle que era un buen alumno. Miguel apreció la broma con una franca sonrisa y continuó:

—¡Efectivamente! ¡Muy bien! Los cirenaicos también negaban que debamos posponer la gratificación inmediata para conseguir una ganancia a largo plazo. Quizás estos son los aspectos que más los diferencian de los epicúreos, que eran más buenos chicos.

—¿Entonces, Epicuro…—pregunté.

—Epicuro buscaba la ataraxia, un estado físico y mental de felicidad y buen rollito conseguido mediante un equilibrio inteligente de placeres y dolores. Incluso, como tenía bastante pasta —una buena base para poder dedicarse a la filosofía, aunque dicen que no asegura la felicidad— compró una finca a las afueras de Atenas que llamó "El Jardín" y allí vivía con sus discípulos y—... Miguel hizo una pausa maliciosa —¡con sus discípulas! Una gran innovación respecto a las escuelas filosóficas de la época que sólo admitían hombres. En ella vivió aislado de la vida política y de la sociedad, practicando la amistad y la vida estética y de conocimiento, junto con otras actividades que imagino igual de agradables. Bueno, a pesar de mi cinismo, es de ley reconocer que Epicuro no limitaba los placeres sólo al cuerpo. Para él era importante el conocimiento y la experiencia. Por eso evitaba placeres cuyo abuso o ganancia inmediata pusieran en peligro la felicidad futura. De hecho, preconizaban cierto grado de estoicismo buscando la renuncia y carencia de apetito corporal como forma de no sufrir. Algo de razón debía tener con lo de esperar, porque la finca se revalorizó un montón a los pocos años cuando el desordenado crecimiento urbano de la city se extendió hasta sus puertas—... el "profesor" me hizo un guiño irónico de los suyos. — Dinero llama a dinero.

—¿y los cirenaicos…? —le animé a continuar.

—Los cirenaicos eran mucho más "jevis" —prosiguió Miguel —. De entrada planteaban que los deseos personales se debían satisfacer de inmediato sin importar los intereses de los demás. Y estaban enfrentados con los "curas", quiero decir con las instituciones religiosas de la época, lo que les originó toda clase de problemas y persecuciones. Eso le pasó por ejemplo a Teodoro, al que llamaban en plan peyorativo El Ateo, (y, todo hay que decirlo, con algo de guasa, ya que Teodoro significa adorador de Dios y Ateo, sin creencia). Cosa que por otra parte era cierta, y que según cuenta Plutarco, le provocó bastantes problemas mientras residia en Atenas y tuvo que salir por pies. Lo mismo vale para un discípulo suyo, Evémero. Gran viajero, se supone que también a veces por motivos de salud, y que visitó los confines del mundo conocido en aquella época. El tal Evémero explicaba que los dioses habían sido en realidad tipos célebres; famosos y virtuosos que de algún modo habrían contribuido al bien general —se ve que no eran como los de la tele de ahora— por lo cual habían sido recordados como dioses, aun siendo mortales. A esta doctrina que intentaba racionalizar los mitos se la llamó Evemerismo. Nunca entró en la cabeza de la gente. También se llevó sus buenos palos... Por cierto, que fue este Evémero, el hermeneuta, el que cuenta que en uno de sus viajes encontró una colonia fundada en una isla por Pausanias de Iso en la que al parecer se vivía en total y continuo libertinaje —Esto de las colonias era algo habitual en el hedonismo ya que hacen de sus creencias más un modo de vida que una filosofía; vendrían a ser algo así como los hippies de la antigüedad—. De aquella isla trajo una copia manuscrita en papiro de un supuesto libro escrito por el fundador, Pausanias, llamado "Del Placer". Según dicen, Pausanias habría llevado al límite la creencia hedonista sin parar en barreras de ninguna clase. Las enseñanzas de Pausanias se extendieron fuertemente sobre todo por Eritrea y se fundaron colonias con distinta fortuna y posibilidades de continuación dado lo disolvente de su doctrina. También penetró en la vida social, no necesariamente en colonias de adeptos, sino en pueblos y ciudades normales, preconizando un individualismo y egoísmo atroz. Se les acabó considerando como una secta peligrosa y eran conocidos como "metahedónicos" o pausaniaistas o sencillamente como "los cerdos" dados los extremos a que podían llegar en la torpe persecución del placer como fin en la vida. El platonismo y el cristianismo persiguieron con saña estas enseñanzas materialistas que ni siquiera gozaban del apoyo de los epicúreos que aunque predicaban el mismo fin: el placer, hacen una interpretación mucho más "espiritual" del mismo —menos deconstructiva de las estructuras socialmente aceptables; si quieres, más manejable socialmente al estar basada en recompensas a "largo plazo" . Los epicúreos en la práctica serían hoy los "sanos" o "ecologistas" de la antigüedad con su "me jodo hoy para estar sano y feliz mañana". Aunque ese mañana, desde luego, se refiere a un futuro en la propia vida del individuo. Nunca tuvieron la caradura de prometer una vida mejor tras la muerte o tras una reencarnación como han venido haciendo todas las religiones mercachifles que trafican con humo espiritual vendiendo parcelas de más allá en un autentico timo que jamás ha dejado de funcionarles. Cosas incomprensibles del alma humana y su necesidad de transcendencia.

—Y entonces, ¿Sí unos eran los "hippies" y los otros los "eco-verdes", los metahedónicos serían...? —. Dejé la pregunta colgada en el aire.

—Los metahedónicos serían los "yonquís" —sentenció brutalmente Miguel —. Capaces de matar a su madre si se interpusiera entre ellos y su deseo.

—Decías que Eveméro trajo una copia del libro de Pausanias. ¿Está publicado? ¿Dónde se puede conseguir o consultar una copia?

—Ja, ja, ja ¡Vaya pregunta! —Miguel se rió de buena gana como si el tema fuera chistosísimo. Cuando se recuperó, continuó, limpiándose las lágrimas que la risa le había hecho brotar: — Se supone que todas las trascripciones de "Del placer" fueron perseguidas y destruidas. Como si de una distopía orwelliana se tratara, fueron incluso eliminadas todas las referencias de los libros que se dedicaban a combatirlas. — y al ver mi cara de incomprensión, aclaró:

—¡Como en 1984, hombre! La novela de Orwell. No pongas esa cara de bobo...— y añadió enseguida—Ya sabes que, por ejemplo, la doctrina epicúrea es conocida hoy en día más gracias a sus refutaciones, como por ejemplo las de Sexto Empírico, que a lo que nos ha podido llegar directamente como son los escasos comentarios de Plutarco, Cicerón o Seneca. Una paradoja, pero así es. Se conoce más por sus atacantes que la diseccionaron minuciosamente en su afán por anularla que por sus defensores.. —Hizo una pausa, mirando soñador al techo. Como si en él fuera a encontrar las razones inexplicables del comportamiento humano.

—Tras el triunfo del catolicismo sobre el arrianismo, seguramente desde mucho antes, se podría asegurar que no quedó ninguna copia de "Del Placer" en papel, tablilla, papiro o pergamino alguno si es que alguna vez existió y no son sólo patrañas. Los que defienden que "Del Placer" fue un texto real se basan en algunas oscuras referencias que pudieron ser pasadas por alto en la hipotética "limpia" y por la atribución al mismo de este poema tan curioso que traes y que es tenido como quinta esencia de las ideas que podría llegar a contener: Un placer perentorio, inmediato, sin cuestionamiento. Irrenunciable, si realmente creemos que nada nos depara la vida futura; que nada nos garantiza que vayamos a añadir un minuto más a nuestras vidas —. Miguel sacudió la cabeza, como espantando negras imágenes, y continuó con un tono de voz mucho menos apasionado, más profesoral

—El poema se encontró grabado en griego en la piedra del dintel de unas ruinas de un palacio en una pequeña isla en el océano Índico que algunos quieren hacer ver que pudiera ser la legendaria Pancaya, fertilísima en aromas, cuna del ave fénix y también de discutida existencia y ubicación. Esta isla la describe el propio Evémero en otra obra que ha perdurado a lo largo de los siglos y que son sus relatos de viaje "Inscripción Sagrada". De ahí que se los relacione...Aunque este tema es bastante controvertido dentro de lo poco conocido que resulta en líneas generales.

—Por cierto, —Me miró a los ojos y volvió a preguntarme, esta vez muy serio — ¿De dónde has sacado la foto? —Esta vez me pilló preparado.

—Hay unos marchantes rusos que quieren vender una serie de textos raros a unos inversores que yo asesoro y han enviado algunas pruebas para su evaluación. Sobre todo manuscritos bizantinos. Parece que el tema no está muy claro —avance, tímidamente.

Miguel meneó la cabeza, dubitativo:

—Tras la caída de la URSS, la corrupción ha calado en todas partes. Las mafias han saqueado todos los fondos de los museos y monasterios de los antiguos países que la componían e incluso de Rusia. También hay en circulación un sinnúmero de falsificaciones. Ten cuidado. Además de a los filólogos, consultad a un buen diplomático —Suspiró, sabiendo que toda su vida tendrá que dar explicaciones adicionales porque los demás somos unos asnos y aclaró con suavidad —En este contexto, un diplomático no es lo que la gente común entiende. La Diplomática es la ciencia que estudia la validez de los documentos.

Y luego afirmó, tajante:

—Respecto a “Del Placer”, ni lo sueñes. Es una falsificación seguro. Si hubiera existido una copia, aunque fuera en un monasterio remoto, se habría sabido. Habría estado documentada desde hace siglos.



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El Cartulario: VII.- Miguel Gorbea

MIGUEL GORBEA


A las diez de la mañana me desperté. Me levanté a comerme un par de huevos con jamón y llamé al despacho para decirle a mi secretaria que cancelara las citas; que no me encontraba bien y que no iba a ir. No pareció extrañarse demasiado. Era relativamente frecuente que los viernes pusiera alguna excusa para no ir a trabajar si me había pasado con los güisquis en la tertulia de los jueves. Otras veces eran las salidas de fin de semana las que me incitaban al absentismo laboral en ese día. Esta vez, además, la voz que se me había quedado tras el trasnoche resultaba muy convincente.

—¿Algo más? —me preguntó.

—Si Paquita. Por favor, llame al “doctor” Gorbea e intente concertarme una visita con él en su despacho o en su casa lo antes posible. Es urgente. Si puede ser para hoy, no antes de las cinco, mejor. Me envía un SMS cuando lo tenga confirmado. Gracias.

Quería ver cuanto antes a mi tocayo Miguel Gorbea, al que todos apodábamos, con un poco de coña, “doctor” o “profesor” tanto por su saber enciclopédico como por su talante cascarrabias y con un punto de petulancia que sin embargo no le resta simpatía. Miguel es un personaje curioso al que me unen largos años de amistad y me fio mucho de su opinión ya que, en todo ese tiempo, he tenido sobradas muestras de la exactitud de su pensamiento a la vez que de la originalidad de su punto de vista.

A las seis y cuarto estábamos repantingados en los sillones del salón de su casa haciendo tintinear los cubitos de hielo en unos vasos alargados llenos de un rubio y delicioso licor. El “profesor” Gorbea llevaba un buen cuarto de hora hablando sin parar mientras gesticulaba vehementemente. El bigote y la perilla le conferían una imagen romántica de mosquetero jubilado o poeta a la búsqueda de oscuras golondrinas. Su pelo escaso en la frente y largo y descuidado en el resto de la cabeza acababa por darle una definitiva imagen de científico chiflado. Divagaba sobre literatura medieval, tema que yo había sugerido tangencialmente.

—Entonces ¿los palimpsestos?... —Intenté centrarle un poco.

—Una gran contribución a la paleografía. Uno de los misterios más interesantes de nuestro tiempo. Si, si. Auténticas resurrecciones del pasado. Palimpsesto es una palabra de etimología griega y que significa “grabado nuevamente”. Son —como todo el mundo conoce— manuscritos que conservan huellas de otra escritura anterior realizada en la misma superficie y que fue borrada expresamente para dar lugar a la que ahora existe —.Me contestó Miguel. Y continuó, embalado:

—Lo paradójico de esto, es que la escasez de pergamino y las dificultades del comercio de papiro —un soporte mucho menos robusto—, así como el aislamiento de unas zonas culturales de las otras, llevó a que se borraran obras muy valiosas para escribir autenticas chorradas como rezos y otras anotaciones conventuales. Obras menores de escasísimo interés…O bien otras, que siendo importantes, al fin y al cabo, ya se conservaban de ellas muchas copias en otros lugares y que sin embargo al ser escritas de nuevo por este método sepultaban en el olvido ignoradas piezas únicas. Eso pasó por ejemplo con uno de los más afamados palimpsestos: El que descubrió Nieburh en Verona en 1816 que contenía las Institutas del célebre jurisconsulto romano Gayo imperfectamente raspadas por alguien que afortunadamente tenía tan torpe la mano como ignorante la mente, y que las condenó a muerte para escribir encima las obras de San Jerónimo. Por no hablar de obras de ciencias puras, con conocimientos valiosísimos olvidados por la barbarie imperante, como el encontrado con textos de Arquímedes bajo píos y anodinos rezos, y que contenía la única copia conocida de su método para el cálculo de los teoremas mecánicos. Estremece pensar cómo podría haber cambiado el mundo si la información sobre el método matemático que Arquímedes empleaba para sus cálculos basado en la teoría de los límites hubiera estado disponible para la Humanidad desde la fecha en que él lo concibió. Cinco siglos tardó la ciencia en desarrollar una técnica que produjera resultados equivalentes...

—¿Y cómo se descubren?

—¿Los límites de una función? Pues tomando tantos puntos como se desee suficientemente cercanos al valor de la función en un determinado punto, supongamos “c” pero distintos de “c”…

—No, no. Los palimpsestos, los palimpsestos —aclaré a toda prisa.

—Bueno, algunos son muy evidentes. Como te comentaba antes afortunadamente en muchos casos se hicieron auténticas chapuzas en el borrado y blanqueado del pergamino previo a su reescritura. En el propio de Arquímedes el texto era tan evidente que ya el académico Constantine Tischendorf que visitó Constantinopla a mediados del siglo XIX, se sintió intrigado por el escrito matemático griego visible en el documento y se llevó con él una de sus páginas sin llegar a saber nunca de que se trataba. Por cierto que la historia de este palimpsesto es muy novelera: con robos, guerras, desapariciones y pleitos. A finales del siglo pasado, el siglo veinte, la firma Christie's pudo subastarlo tras un largo pleito sobre los derechos del mismo contra, ni nada menos, que el Patriarcado de Jerusalén que argüía derechos que se retrotraían al mil seiscientos y pico asegurando que pertenecía al monasterio de Mar Saba de donde fue robado ¡qué morro!. Finalmente, se adjudicó por dos millones de dólares a un desconocido magnate norteamericano del que se sabe que es dueño de una empresa puntera en tecnología informática. No. No es Bill Gates. Se supone que es Jeff Bezos, el dueño de Amazón. Bueno algunas ventajas se han obtenido: desde entonces se ha restaurado y es público y accesible para su estudio por todos los científicos del mundo. Se han empleado para el revelado las técnicas más actuales y avanzadas utilizando escaneos con frecuencias de radiación infrarroja, luz ultravioleta o rayos X y realizado un procesado digital de la imagen…Nada que ver con los métodos que se conocían de antiguo y que son agresivos para el soporte, como la aplicación mediante un pincel de tintura de agallas o del sulfhidrato de amoniaco, también conocido como tintura de Giobert,….

—¿El qué?— salté. Miguel pareció encantado con mi pregunta.

—Giobert. Un químico, político y agrimensor italiano que además tuvo una participación activa y colaboracionista con los franceses…

—No. No —. Tuve que cortarle porque si no se hubiera enrollado con las guerras napoleónicas o cualquier otra cosa —¿De qué dices que está compuesta esa tintura?

—De sulfhidrato de amoniaco. Todo el mundo lo sabe —me respondió resentido, mirándome de hito en hito, por haberle cortado el rollo sobre un tema tan interesante y que sin duda dominaba como era el del colaboracionismo de Giobert, quien quiera que fuera este señor.

Cuando hablas con Miguel siempre te trasmite la sensación de que tú eres el único imbécil que no está al tanto del tema que desarrolla de forma magistral y que eso lo dominan hasta los niños en las guarderías y que viene siendo el tema habitual de conversación en los bares, los mercados y los edificios en construcción, desde el siglo pasado.... Es un gran tipo.



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El Cartulario: VI.- ¡Bingo!

¡BINGO!




Contemplaba atónito los signos que acababa de descubrir. Qué extraño. Podía jurar que antes no estaban. Por lo menos, no los había visto antes de ahora. ¿Estarían ocultos justo debajo de la mancha? No puede ser. Demasiada casualidad. Fui a buscar una lupa. Si, si. En realidad sólo se veía totalmente claro el carácter central; los otros dos se difuminaban un poco por los bordes en lo que correspondería al círculo que habría formado la zona en contacto con el amoniaco.

Otra cosa sorprendente y que, definitivamente, tenía que haberme llamado la atención antes, de haber estado allí, era su ubicación: aislados en medio de ese cuadrante inferior derecho de la página completamente en blanco; y no menos, el sentido de la escritura, pues —no cabía duda— estaban alineados de forma perpendicular al texto; por no insistir en lo que primero me llamó la atención: el que tanto la tinta, como el trazo, como el tamaño, eran completamente diferentes.

Cuanto más los miraba más convencido estaba de que pertenecían a otro texto distinto que, por algún motivo relacionado con la mancha, se había hecho evidente. Al final me decidí a hacer una prueba. Pero había que ser prudentes…

Busqué el trípode, la cámara y el flash. Los instalé sobre la mesa de la cocina e hice varias tomas generales de la página y varias macrofotografías por zonas, buscando el mayor nivel de detalle.

Fui al garaje a recuperar mi vieja caja de pinturas y pinceles. Salí por el jardín. La noche estaba avanzada y, por fin, silenciosa. Las ventanas de las casas del vecindario apagadas. Una extraña sensación de estar siendo observado me hizo volver la cabeza al cerrar la puerta al regresar a la casa. Nadie. Cerré cuidadosamente, atrancando la puerta con el cerrojo interior —nunca lo hacía— y, como si estuviera realizando algo malo o clandestino, corrí los visillos y me aseguré de que las persianas de la cocina estuviesen completamente bajadas.

Preparé en una taza con agua una disolución muy ligera del líquido limpiador que había utilizado antes. Con mi mejor pincel plano de pelo de marta —el que usaba para dar las pinceladas más suaves al hacer veladuras o transparencias cuando pintaba— y sin temblarme el pulso, extendí la solución sobre un área de tres centímetros cuadrados siguiendo la hipotética línea que sugerían los caracteres fantasmas.

Esperé. Esta vez el líquido tardó mucho más en evaporar al ser menos volátil, seguramente por su alto contenido acuoso. Al final la zona fue perdiendo ese color oscuro que le daba la humedad. Nada.

Aumenté la concentración al doble. Una parte de agua por otra de amoniaco y repetí el experimento con idéntico resultado negativo. Finalmente di el amoniaco directamente a la concentración que traía el preparado comercial; sin disolver.

El pergamino permanecía obstinadamente en blanco.

Eran las cuatro de la mañana y a punto estaba de tirar la toalla cuando tuve una inspiración. Recuperé de la basura la caja de los donuts —Tomás al final se los había comido todos— y con unas pinzas extraje una pizca de un pegote pegajoso del azúcar que había quedado en el celofán y que desleí en la taza con el amoniaco y un poco de agua.

¡Bingo! El vello se me erizó al ver aparecer poco a poco otros caracteres semejantes a los anteriores.

Continué trabajando la superficie, cada vez con más confianza y en zonas más amplias. A las siete de la mañana, subí las persianas y abrí las cortinas. Estaba extenuado. A la incipiente luz de la mañana era un placer contemplar esas líneas recién descubiertas formando un bello texto con una exquisita caligrafía. Algo que parecía un poema, pero que no llegaba a comprender, se mostraba estampado en sentido vertical en medio de la página.

Suspiré con una mezcla indecible de alegría, sorpresa, satisfacción, curiosidad, incredulidad, esperanza…

Si tenía algo claro era el que no iba a volver a comerme un donuts en toda mi vida.

Apagué todas las luces y me metí en la cama.



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El Cartulario: V.- La prueba del amoniaco

LA PRUEBA DEL AMONIACO




Cuando se fue Tomás por fin pude atender el tema que atraía toda mi atención. Sobre la mesa de la cocina estaba el envoltorio que presumiblemente contenía el cartulario. Rasgué el papel con prisas y suspiré aliviado cuando aparecieron ante mi vista las tapas del libro que había descubierto en la chamarilería hacía unas pocas horas y que se me antojaban largos años.

Abrí la tapas y examine extasiado el libro. Por primera vez me di cuenta de lo excelentemente conservado que estaba: Las páginas claras, los caracteres nítidos, la ausencia de polvo en los lomos y cantos…¡Qué extraña esta ausencia de polvo! Debía haberse conservado en una vitrina o, mejor, en un arcón que sin duda lo había preservado del deterioro que provoca el aire y la luz.

Estaba especulando de que época podría ser, intentando encontrar en el texto alguna fecha o datos que me dieran una primera aproximación, pasando las hojas con sumo cuidado, casi con reverencia, cuando me di cuenta —con horror— de esa página manchada.

La mancha era reciente. Todavía pringosa, se adhería a la página opuesta. Me resultó fácil identificar el azúcar glasé ¡Maldita sea!

Efectivamente, miré con odio el puño de mi camisa que había recogido el pequeño resto de donuts abandonado por Tomás sobre la mesa y que ahora tan diligentemente me encargaba de repartirlo por el impoluto —a lo largo de los siglos y hasta hoy—cartulario. Me arremangué varias vueltas con premura para contener la extensión del desastre.

El primer intento de limpiarlo con el papel de la cocina colaboró a extender y consolidar la mancha un poco más. Busqué nerviosamente debajo del fregadero sacando un frasco de amoniaco. «Ajá. Esto puede servir» pensé dominado por una estúpida urgencia. Como si la mancha fuera a crecer y a crecer, ocupándolo todo, si no la eliminaba de inmediato. Empapé ligeramente una servilleta en el producto y frote delicadamente; con mucho cuidado.

Satisfecho comprobé que la mancha desaparecía. Apenas quedaba la señal humedecida del círculo de amoniaco que se reducía sensiblemente según el líquido se iba evaporando.

La mancha desapareció completamente. En el lugar donde había estado —una zona en blanco de la página sin texto— se advertían, bastante nítidos, en un tono ocre y revelados de la nada, tres caracteres de trazo y tamaño totalmente diferentes a los del resto del documento.



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El Cartulario: IV.- Matar los libros

MATAR LOS LIBROS




Intenté, sin éxito, abrir la caja tirando de las solapas de las tapas de cartón nada más traspasar la puerta y en medio del recibidor. Pronto me di cuenta de que estaba demasiado bien embalada para lograrlo. Los cúteres los tengo junto con las otras herramientas en el garaje, algo que en esos momentos a mi impaciencia le parecía un lugar tan remoto como Sídney o Sebastopol. Lo más rápido y sensato sin duda era buscar en la cocina unas tijeras o un instrumento cortante. Así lo hice y armado de un cuchillo conseguí por fin abrir la caja.

Un rápido vistazo vino a confirmar mis temores ¡No estaba el libro! El cartulario no aparecía entre los tomos polvorientos y desordenados ¡Me lo temía! ¡Maldito viejo! ¡Cómo me la había jugado! Volqué la caja entera con rabia y frustración en el suelo del pasillo y los tomos de derecho se esparcieron levantando pequeñas nubes de polvo…

En ese momento sonó el timbre de la puerta.

Cuando todavía no había acabado de sonar, ya me había vuelto rápidamente y abierto con brusquedad. Estaba rabioso. «¿Qué?», dije, casi aullé.

El inoportuno visitante dio un respingo al ver mi cara desencajada y el cuchillo que, sin saber muy bien lo que hacía, todavía blandía, de forma que se podía interpretar como amenazante, en mi mano derecha. Casi se le cae de las manos el paquetón envuelto en papel de estraza que traía.

—¡Joder, chico! ¿qué pasa? ¿A quién has matado?

—¿Qué? ¿Cómo? — dije sin reaccionar y sin acabar de asimilar la situación de lo que me estaba pasando.

Tomás estaba ante mí con su fofo trasero embutido en unos pantalones demasiado ajustados y el torso malamente oculto por una inmensa camisa hawaiana con más de mil años y un estampado de palmeras horroroso. La cintura sin abrochar —no hubiera podido— dejaba ver el elástico del pantalón del pijama, y por la camisa, demasiado abierta, unas tetas grandes como las de una mujer pero con vello.

—Oye ¡Que lo siento! No me di cuenta antes. ¡También dejaron este paquete! Dijeron que no cabía en la caja y que lo habían envuelto aparte!

Diciendo esto, y sin ser invitado, saltó sobre los libros desparramados con una agilidad difícilmente imaginable en un hombre de su volumen y descargó el bulto que traía sobre la mesa de la cocina. A la vez, clavaba sus ojos llenos de gula en un paquete de donuts que había en un anaquel.

—¡Vaya! ¡Donuts! ¡Mi bollo favorito! ¿puedo comerme uno? —me preguntó mientras ya se metía uno en la boca y se reservaba otro en la mano izquierda.

Cuando conseguí que se fuera, sonreía con su cara de luna llena. Los restos del azúcar glasé se distribuían sin un plan preconcebido, al albur, entre la comisura de la boca y su doble papada. Miró significativamente los libros tirados en el suelo y luego me miró a mí. Yo ya había dejado el cuchillo en el cajón de la cocina (sobre todo para evitar las tentaciones de matarle):

—Un coñazo. Estos libros antiguos que tienen las hojas pegadas, son un coñazo. No entiendo por qué los hacían así.

Me tendió una mano que yo simulé no ver.

—Buenas noches.

—Buenas noches.



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El Cartulario: III.- Tomás

TOMÁS




La verdad es que no pude concentrarme en la partida ni en las acaloradas discusiones que me parecieron más tontas y vulgares que nunca. En vez de oponerme, como siempre hago, a todos los puntos de vista comúnmente aceptados y machacarlos con la fuerza de mi dialéctica o mi habitual cinismo irónico, me mantuve callado; ausente; dominado por la extraña sensación que había sentido esa tarde al salir de la tienda bajo el fuerte campanillazo. A mis amigos les pretexté que me habían caído mal las bravas del picoteo mezcladas con la jarra de cerveza helada y me volví, bastante temprano a casa, en un taxi. Cuando llegué había una nota pillada en el marco de la puerta principal.

«He recogido algo que han traído esta tarde para ti. Lo tengo en casa» .Y firmaba: «Tomás»

Tomás es el vecino de toda la vida de la casa de al lado. Otro caserón destartalado —el único, junto con el mío— que sobrevive en el barrio, cada vez más cercado por las obras de pretenciosos residenciales y edificios de apartamentos. Aunque no nos une una verdadera amistad, mantenemos relaciones de buena vecindad y apoyo mutuo como si fuésemos colonos del viejo Oeste cercados por indios hostiles.

«Caramba ¡Una entrega! ¿Serán los libros? El viejo habló de enviármelos mañana…», pensé. Como vi luz, y no era realmente tarde, agarré el carretillo del cobertizo y me acerqué a su casa. Conociendo sus costumbres, llamé por la puerta trasera. La de la cocina.

Tomás abrió la puerta acabando de masticar algo y limpiándose los dedos y la boca con un trapo de higiene más que dudosa. Tomás siempre está comiendo algo. Sus más de ciento treinta kilos deben tener algo que ver en eso.

—Hum, grung, hum ¿Hasg traígdo el caguetillo? —preguntó-afirmó, tragando. Y, ya con la boca vacía, continúo mucho más claramente —:¡Buena idea! Pesa un huevo.

Allí estaba la gran caja de cartón cuidadosamente reforzada con cinta de embalar. La subimos al carro no sin esfuerzo, ni sin que Tomás dejara de imprimir cinco rotundas marcas dactilares grasientas en la superficie de la misma.

—¿De verdad que no quieres probar unas alitas de pollo? —me ofreció (con la boca pequeña) sin que realmente yo hubiera dicho ni que sí ni que no. Tampoco había existido ningún ofrecimiento previo. La cocina apestaba a grasaza.

—No Tomás. Muchas gracias. Ya he cenado. ¿Has tenido que desembolsar algo? —le pregunté.

—Pues no. Nada. ¡Una gente muy rara, chico! ¡Ni propina han querido!— me respondió mientras se rascaba distraídamente la entrepierna por encima del pantalón del pijama.

Por fin cerró la puerta. Algunos coches oscuros, escasos, como pájaros de mal agüero o brujas descarnadas, zumbaban por la calle, con sus ocupantes anónimos silueteados en el interior. Circulando deprisa. Siempre demasiado deprisa.

Empujé el carro con impaciencia hasta mi casa. Estaba ansioso por abrir la caja.



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El Cartulario: II.- Caminando hacia el café

CAMINANDO HACIA EL CAFÉ


Desde la chamarilería, me alejé caminando hacia el café donde todos los jueves echaba la partida de mus con mis amigos y que era el propósito inicial de mi deambular antes de encontrarme con la inopinada tenducha. Después de la partida vendría la cena y la seguramente vinosa tertulia donde les daríamos la vuelta a todas las razones de este y el otro mundo entre grandes voces. Mientras, intentaba recordar de qué podía conocerme el viejo. Bueno, todo el mundo sabe que soy un desastre para esto de la gente. Mi segunda “ex” (o ¿era mi tercera?) me solía reprochar «que mi despiste era la prueba evidente de que todo el mundo me importa un carajo» y que «todas mis ideas altruistas, comunistas y demás “istas” redentoras, sólo soy capaz de aplicarlas a amorfas masas innominadas, pero que en cuanto se trat de hacer foco en la persona, en el individuo, soy un autista total». Exageraba, ¿no creen ustedes? Por razones de mi actividad pública me presentan a mucha gente. A veces a grupos numerosos. En esa situación, me resulta imposible recordar a las personas. Sólo me queda una vaga idea del grupo; cómo si el propio grupo fuera una única persona. Así, por ejemplo, la “Asociación de Ceramistas de la Tercera Edad” es para mí un ente individual en sí. Sólo reconocible cuando los seis miembros de su junta directiva están todos juntos, apelotonados; formando un cuerpo compacto que me contempla desde sus doce ojos y me sonríe con su media docena de bocas desdentadas.

Pero, si el viejo de la tienda, además, conoció a mi padre…lo más seguro es que fuera por el tema de su afición a coleccionar trastos inútiles. Única cosa que herede de él; junto con la destartalada casa familiar y algunas deudas.

«¡Claro! Eso era», suspiré aliviado levantando la vista del suelo. Estaba delante de la puerta del café. Ensimismado, había llegado hasta él sin apenas darme cuenta.



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El Cartulario: I.- La vieja Chamarileria

LA VIEJA CHAMARILERÍA




Siempre he tenido afición por las antigüedades y cosas raras. Por eso me extrañé de no haber reparado nunca en esa vieja chamarilería. Estaba entre un garaje y una tienda de pinturas y moquetas, y en su escaso escaparate se acumulaban los objetos más diversos entre toneladas de polvo. Empujé la puerta y pasé al interior. Convocado por el campanilleo, surgió de la trastienda un vejete que no desentonaría lo más mínimo con el resto de los trastos viejos y achacosos que colmaban los rincones y las mesas si no fuera por su extremada pulcritud y lo límpido de su mirada fría.

—Buenas tardes. ¿Qué le puedo ofrecer? —me preguntó.

—Buenas tardes —respondí—. Sólo estoy echando un vistazo.

La mirada del vejete chispeó tras las gafas y con un amplio y untuoso ademán pareció ofrecer la tienda entera a mi curiosidad. Se retiró junto a un mostrador de madera y desde allí me contemplaba mientras fingía hacer anotaciones o repasar sumas en un cuaderno negro con tapas de hule.

Estaba yo inspeccionando unos interesantes juguetes de hoja de lata cuando reparé en un montón de libracos antiguos en una vieja estantería. Había, sobre todo, libros de derecho civil forrados en piel, sin duda procedentes de la biblioteca de un viejo despacho de abogados vendida con prisas por los herederos de algún difunto letrado, y sin más valor que el de lo vistoso de sus encuadernaciones. Detrás de ellos extraje otro libro, en formato más grande, y que me interesó aún más por cuanto que aprecié que sus hojas tenían una textura diferente, mucho más robusta; posiblemente, estaban hechas de pergamino. Lo abrí, y leí —en una complicada, por los rabos y adornos, aunque clara caligrafía— algo semejante a esto. Decía:



«Sub Xpi nomine, eius Imperium, ego denique Albaro Didaz
quia sic timuit morte et penas inferni, quia sic trado in uita mea
pro remedio anime mee illo meo quingone quantum quadrat
inter meos germanos uel heredes ad uos abbas Martinus de
Sancta Maria de Mellum et ab omni congregation is eius, in uilla
de Argantus, ubi dicent in Romesieto, et in ipsa uilla in solares,
in cassas, in orrios, in cubas, in hereditates, in pumares, in diuissas,
in colazos, in montes, in fontes, in exitus, incultum, discultum,
mea hereditate et. mea poten tia por ubi lo potueritis inuenire
in uilla de Argantus, ab omni integritate»

Por lo poco que sé de latín llegué a la conclusión de que el libro podía ser un cartulario, también llamado tumbo, de alguna iglesia del norte de España ya que hablaba de pomares y de hórreos. Una auténtica joya. No crean que soy un experto, pero sí que tengo observados a los libros de este tipo en algunas visitas que he hecho a museos y viejas sacristías. Los cartularios son libros grandes de pergamino, donde las iglesias, monasterios, concejos y comunidades tenían copiados a la letra los privilegios y demás escrituras de sus pertenencias. El valor material que pueden llegar a alcanzar es elevado sólo si tenemos en cuenta la antigüedad y los materiales de los que están hechos. Si además pensamos en la información que pueden aportar sobre los usos y costumbres del lugar y de la época, su valía ya se vuelve incalculable.

Con el corazón saliéndoseme por la boca hice un descuidado montón con este y los demás libros y llamé al viejo que se aproximó exhibiendo su sonrisa pegajosa bajo su barbita de chivo.

—¿Cuánto pide por estos libros viejos?

—Ah. El señor tiene buen gusto. Son bellas encuadernaciones.

—¿Si? Bueno. No son más que nidos de ácaros y la piel de los lomos está podrida. No sirven para nada. Están totalmente desactualizados —dije, previendo una dura negociación. Y continué—: Los quiere un cliente mío que es un auténtico patán. Un nuevo rico que desea vestir de forma elegante las estanterías altas de la biblioteca de su chalet…

Para mi sorpresa, el viejecillo no puso el mayor interés en el tema.

—No se preocupe Don Miguel. El precio no será el problema. —¿Me conocía?—. Ya nos pondremos de acuerdo; mañana mismo se los envió a su casa —dijo mientras los iba amontonando en una gran caja de cartón.

—¿Me conoce usted? No recuerdo….—titubee.

—Claro, Don Miguel, le conozco desde chiquitito. A usted…y también conocí a sus padres —y añadió mientras me acompañaba a la puerta con su molesta sonrisa— Sigue viviendo en la casa grande que hay en la carretera, a la salida de la ciudad , ¿no?

Volvió a sonar el campanilleo — está vez imperioso al abrirse la puerta accionada con inusitada energía— y me encontré en la calle, bajo el sol de la tarde, desasosegado, inquieto, extraño.



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